Desde hace algún tiempo reviso viejos papeles, la mayor parte de los cuales contiene picardías de viejos amigos, de las que podría salir un libro sobre la Picardía Boliviana. En ese altar mayor que construyo con amor de alarife y de orfebre hay una hornacina central para mi finado y dilecto amigo Jorge Suárez, nacido en La Paz un 26 de marzo y muerto en Sucre, en agosto de 1998.

Jorge ejercía esa forma pura y sin culpa de la maldad que se llama picardía. Era incapaz de hacer daño a nadie, pero al igual que el autor de El Buscón, no se ahorraba una pulla, un epigrama, una frase feliz para herir, pero jamás de muerte, al prójimo.

Todos fuimos víctimas de su proverbial agudeza: por ejemplo, Adolfo Cáceres Romero. Jorge le dedicó el siguiente epigrama: �Las víctimas publicó / un autor de mucha menta. / Al leerlo me di cuenta / que otra víctima fui yo�.

Jorge Zabala no se libró del ojo zahorí de Suárez, que le atizó el verso siguiente: �Falso que esté en la antesala / de la locura, Zabala / el pensador colifato. / Hace rato, hace ya rato / que Zabala está en la sala�.

Mi carnal Alfredo sostuvo desde su primera juventud una contienda metafísica consigo mismo, para quitarse de esta vida, pero sin llegar jamás a usar un vehículo expedito del suicidio. Jorge Suárez lo quería mucho, pero no se ahorró este epigrama para su dilecto amigo: �No, señores, no finó / aquí, Medrano, el suicida / amaba tanto la vida / que a tiempo se arrepintió. / Lo malo es que me dejó / con su epitafio en la mano / en triste comicidad. / Cuando te mates, Medrano, / ¡usa balas de verdad!�.

En los años 70, Enrique Rocha Monroy hacía noticia con los premios literarios que comenzaron a lloverle con singular profusión. Jorge apreciaba esos éxitos muy suelto y divertido de cuerpo, como lo demuestra la siguiente cuarteta: �Aquí yace Enrique Rocha / el de los premios desiertos, / murió para presentarse / en un concurso de muertos�.

Todos fuimos víctimas de la acerada picardía de Jorge, incluido naturalmente este humilde servidor, según se demuestra con el siguiente epigrama: �De un premio que no ganó / Ramón Rocha se fue al cielo / Dios le dé el premio consuelo / que Guttentag le negó�.

Jorge escribió Hoy Fricasé, Sonetos con infinito, Oda al padre Yunga y una novela corta e inolvidable: El otro gallo; pero su vida fue un ejercicio espontáneo de la docencia literaria.

A veces era ácido incluso con los amigos. Una noche me dijo que Allá lejos, mi novela primeriza, era un gran pleonasmo, y que me iba a denunciar. Es cierto, lo admito allende el tiempo. En otra ocasión me dijo que las columnas que escribía sobre mis desventuras con la bicicleta, ésas eran pues cuentos, y no las huevadas que publicaba con ese rótulo. Radicalmente cierto. Jorge era asimismo un camelista culto y agudo en temas inofensivos pero imposibles de certificar. Cierta vez contó a unos jóvenes que allá en Santiago de Chile lo había visitado Pablo Neruda para pedirle prestado el cuarto verso de uno de sus sonetos. Por supuesto, Jorge se lo regaló. A continuación, Jorge decía de memoria el soneto de Neruda con el cuarto verso defectuoso, y luego cómo había sido mejorado con la interpolación del verso regalado al gran poeta. Por supuesto, los jóvenes quedaron deslumbrados, pero algo en la sonrisa de Jorge me decía que estaba mintiendo de una manera genial.