París.- Las montañas se encontraban todavía frescas a causa de los distintos eructos y sus lomos empezaban a reposarse, mientras que su sudor se convertía en hilos en dirección del mar; fue en este momento cuando todo comenzó al pie de Apu, una misteriosa montaña donde el frío para llegar a la cúspide, pasa por todas las gradas del termómetro.

Allí me encontré por primera vez con unos animales los más insólitos que conozco y sin parecido con los otros seres vivos. En mis primeras observaciones descubrí que eran bípedos e implumes. Cuando tuve oportunidad de volverlos a mirar en detalle, noté su piel lisa y sin cerdas. Lo único en común que les encontré con los demás animales era que la hembras tenían tetas y sus crías mamaban. Hasta ese momento se alimentaban de mí todas las variedades de antiodáctilos que osando me descubrían, algunos cánidos y escasos paquidermos. Para ese entonces yo ya había aprendido a defenderme de insectos y de otros minúsculos animales que habitan mi medio. Los seres recién vistos, cogían mi cuerpo y yo pasaba de mano en mano, me observaban atentos y se mostraban admirados y regocijados de mi presencia. Empezaron a morderme y de inmediato me di cuenta, por mis experiencias anteriores, que sería uno de sus alimentos preferidos. Lo que no presagiaba era lo que ocurriría después.. Siguiendo mis pasos me buscaban por todas partes, ellos subían y subían la cordillera, y con el tiempo descubrieron mi residencia principal donde proliferó y creció toda mi familia y parentela. Estoy hablando de los alrededores del lago Titicaca.

Mi primera y gran sorpresa la tuve, luego de que ellos me tragaban tal como me arrancaban del seno de Pacha Mama, cruda y con cáscara, durante muchos años procedieron así. De pronto cambiaron, empezaron a usar un proceso para el ablandamiento de mi cuerpo antes de engullirme, me asaban algunas veces con piel, y en otras me despellejaban.. Luego se les dio por ablandarme en agua hirviendo y posteriormente me mezclaron con pedazos de animales y algunas raíces. También me pusieron nombre por primera vez, Maman Jatha. Son tantos los nombres que me han dado desde entonces que en mi cerebro hay poco espacio para ellos. Cuando me llevaron por primera vez a Europa, los italianos me llamaron tartufol, los alemanes kartoffel, los rumanos katof, y ¡qué decir! Lo que nunca pensé fue que el encuentro con estos animales cambiaría mi vida para siempre. En adelante me despreocupé de todos mis problemas, éstos se acabaron en forma definitiva. Había sufrido tanto, defendiéndome algunas veces contra otras plantas, en ocasiones contra animales grandes y pequeños, eludiendo la furia de Pacha Mama que no siempre está de buen humor y pasa abruptamente de lo húmedo a lo seco. Y en ese orden, múltiples adversidades que en momentos críticos me hacían desfallecer y casi perecer.

Ellos empezaron a cuidarme con esmero, con un cuidado increíble. En el sur donde muere el horizonte y Pacha Mama no existe más, era tal la dedicación por mí que hicieron crecer mi cuerpo hasta pesar un cuarto de tonelada. En Chiloé era donde más me querían. Recordaba los viejos tiempos cuando en esos mismos predios para poder sobrevivir avanzaba penosamente, siguiendo siempre el clima frío pero no tan helado porque por debajo de 9 grados centígrados la frescura me entume, y por encima de 23 el calor me asfixia.

En mi caminar por entre Pacha Mama llegué a peñascos y riscos, allí me descubrieron esos animales de los que antes he venido hablando, pero que tenían la característica de dormir una noche aquí y otra noche allá, conocidos como nómadas por el tanto mudarse. Como yo crecía por todas partes, mis flores se confundían con las nubes, entonces optaron cambiar sus hábitos de deambular y se decidieron a vivir conmigo. Construyeron agrupaciones en Jalca y luego la fortaleza de Knélap, para defenderse de sus enemigos pues siempre los atacaban. Primero se llamaron los hombres de las nubes y luego Chachapollas. Atrajeron mi atención porque eran muy claros, altos y delgados como una palma.

Empecé a descubrir que estos animales eran de tamaño y color diferente y se encontraban por todas partes. En mi viaje hacia el norte fue cuando me percaté de ello. Otra cosa muy curiosa a mi entender, era que la duración de mi cocción en recipiente de barro les sirvió como medida de tiempo, puesto que el lapso de ablandamiento de mi cuerpo es constante después que el agua entra en hervor. A partir de entonces comenzaron a hacer nudos con los hilos de pita, a los que llamaron quipus, y luego se pusieron a contar animales domésticos.

Se me hizo mucha gracia que los valdivios que habitaban en ese entonces, en lo que ahora se llama Ecuador, usaban mi cuerpo cuando era bicéfalo y el resto se asemejaba a una pareja de ellos constituida por macho y hembra, como la divinidad de su reproducción. Cuando una hembra presentaba síntomas de preñez, mi cuerpo se convertía en el centro de festividades de toda la tribu, entonaban cantos, tocaban instrumentos y bailaban. Entrada la noche me dormía entre los senos de las futuras parturientas por cuatro noches consecutivas, y a la noche siguiente entre sus órganos genitales; las futuras madres debían reproducirse con la celeridad que yo lo hago.

Los mochicas practicaban algo muy diferente; me hacían devorar por sus críos para vigorizar sus cuerpos, y mediante el vigor alcanzar la madurez y la erotización. Yo soy rica en vitaminas C, B6, B2, B1, A, proteínas, glúcidos, lípidos, potasio, fósforo, magnesio, sodio, calcio, hierro, ácido pantoténico, riboflavina, y en combinación con otros alimentos adquiero nuevas cualidades. Este ha sido mi gran secreto puesto a la luz por esa tribu que convirtió el himeneo en el principal fin de su existencia. Lo afirmado lo respaldan abundantes pruebas comenzando por sus pequeñas esculturas en terracota que deambulan por ahí. Yo era ingerida en función de ser alimento y también me utilizaban como un órgano sexual en busca de su excitación.

Otro asunto que no puedo dejar pasar por alto es el de los indios jíbaros. Ellos me usaban poco para robustecerse debido a que habitaban en zonas calientes. Se servían de mí para una actividad muy singular. Con ellos fui por primera vez una modelo, en tanto que tubérculo; porque quiero aclarar que también doy frutos, igualmente redondos y muy pequeños, los cuales oscilan de uno a tres centímetros; esto para hacer aclaración y diferencia en mi trabajo de modelaje. Como dije más arriba, mi cuerpo en cuanto a lo grande creció en Chile, y en lo reducido y de color amarillo oro en la llanura de la laguna de Fúquenes, en un lugar que en Colombia se denomina Boyacá. Mis tubérculos de esta zona se parecen a mis frutos, entonces los jíbaros que apreciaban la diferencia para sus fines, me llevaban desde esas lejuras con una delicadeza extremada a las selvas ardientes y bochornosas de las laderas del Amazonas. Como yo me reproduzco por germinación y no por polinización, ellos consideraban mis ojitos de color indefinible, boquita y nariz, a los punticos por donde empiezo a retoñar. Pero este no era el motivo de la importación, sino como mi cuerpo tiene muchos tamaños y formas, me ensartaban en una vara delgada siguiendo un orden riguroso, de tal manera que mi cuerpo más grande quedara de primero para descender hasta el más pequeño que era el llevado desde Fúquenes. Guiándose por todos mis cuerpos traspasados por el eje de madera, los médicos reduccionistas emprendían la competencia para lograr la cabeza de menor tamaño.

He tenido también el uso de ser útil como símbolo de intercambio entre los pueblos de las nubes y los pueblos de las aguas, he sido equivalente para ser intercambiada por pescado de los indios caribes y de otras tribus, por pieles, animales y también frutos. Los incas lograron transformar mi cuerpo en harina y también lo disecaron; una de las causas de su victoria militar para lograr la dominación de sus vecinos. Me apilonaron en grandes depósitos por todo su imperio; en esta nueva condición de trasformación me hice resistente a la humedad y al tiempo, convirtiéndome por estas dos cualidades en moneda. Cinco cuartas de la mano de un indio era la medida de altura de un saco de mi cuerpo pulverizado, equivalía a una alpaca o llama con cría. Un bulto de mi cuerpo disecado valía tres bultos de pescado, en las mismas condiciones.

Yo vivía apaciblemente en el seno de la sociedad indígena, cuando en una tarde de reposo en 1537, aparecieron unos extranjeros que venían de un puerto llamado Barrancos Bermejos, habían navegado por el río Opón y llegaron a lo que hoy se llama la provincia de Vélez en Colombia. Allí vi por primera vez a un tal Pedro Cieza De León. A la época me llamaba simplemente papa. Al advenedizo se le ocurrió llamarme turma de tierra; o sea, testículo de tierra, éste fue el primer ser distinto a los indígenas que conocí en toda mi historia y en toda mi vida; fecha del comienzo de una verdadera epopeya transgeográfica. Hasta ese momento conocía el agua dulce y el agua salada; la segunda solamente por las zonas costeras. Los foráneos me llevarían mar adentro en carabelas y bergantines, y en ellos cruzaría hasta la otra orilla la inmensa laguna. Viaje emprendido por primera vez desde Santa María del Darién; le seguirían puertos peruanos y sucesivamente otros.

Entablé una amistad sincera con los marinos quienes fueron los que me hicieron conocer el mundo entero. Con ellos llegué hasta Japón, China, toda Asia, África y Europa. Pero no todo es color de rosa, antes de ser indispensable tuve que enfrentar pruebas difíciles; verdaderos problemas. La iglesia ortodoxa rusa me acusó de manera inicua de ser la responsable de la escrófula y de la lepra. Los campesinos rusos me consideraban anticristiana e inmunda. En otros lugares europeos se me acusaba de hermafroditismo, y también inspiradora de la masturbación. Me hicieron responsables de las enfermedades venéreas, especialmente de la sífilis, los censores echaron sobre mis espaldas culpas para hacerme juicio. En compañía de brujas fui condenada a la hoguera. Los moralistas me asociaban al culto satánico y a la perversión sexual. En España ocurrió todo lo contrario; en 1571 unos frailes me plantaron en un huerto del hospital de Sevilla para alimentar a los enfermos de avitaminosis por las agudas hambrunas de aquellos tiempos, dando mejores resultados que toda la medicina junta. En 1565 tuve la oportunidad de ser presentada en sociedad por un comerciante; esto ocurrió en Irlanda, el menos indicado, un tal Hawkinngs, quien era vendedor de esclavos y de mercancías que hacían parte del botín de piratas. Poco deductivo escogió entre mis muchos cuerpos uno que presentaba piel oscura. Por el color me asociaron con la maldad y el resultado fue desastroso. Un segundo intento irlandés lo hizo Sir Walter Raleigh en 1584; reconozco que era un hombre generoso y de muy buena voluntad; él me trajo de Virginia, pero esta vez el fracaso obedeció a una causa distinta. Su cocinero que no me conocía preparó excelentemente mis hojas botando los tubérculos, ignorando por completo que ellas son nocivas para la salud humana y los primeros síntomas comienzan por la indigestión.

El favor de ser introducida y admitida en Europa se inicia con una de las luminarias de su tiempo, el filibustero Francis Drake, que como en todo lo suyo era certero. Él me remitió al prestigioso botanista John Gerarde, quien me cultivó en un jardín de Londres descubriendo todas mis virtudes, empezando por las etílicas. Soy el origen del whisky poteen derivado de mi nombre en inglés. Un prisionero hambriento y famélico que eludió la muerte porque me engorguitaba todos los días llamado Antoine-Augustin Parmentier. Aquel que participó en la guerra de los siete años contra el emperador Frédéric II en 1756-63, logró que los franceses dieran los primeros pasos para aceptarme, con la ayuda de Bufón, Turgot, Condorcet, el rey Luis XVI, la reina, y hasta Voltaire tuvo que intervenir. Una anécdota que me hace reír siempre que me acuerdo, es la de Federico Guillermo I. En 1651 cuando amenazó a todos los agricultores que se opusieran a cultivarme con cortarles la nariz y las orejas. El empecinamiento en reproducirme a primera vista hoy parece irrazonado. En el entonces las cosas eran muy distintas. La gente moría masivamente por hambre y enfermedad. Se me viene a la memoria un hecho doloroso; sufrí una terrible enfermedad por el desconocimiento genético de los irlandeses, asunto que hoy hay que tener mucho cuidado por esas manipulaciones que se hacen. Por ausencia de defensas me atacó el hongo Alternaria solani y luego el Phytophthora infestans, los dos son un algo así como un cáncer, conocidos popularmente como tizón. Los campos de Irlanda quedaron convertidos por la presencia de mi cuerpo hecho cadáveres, en verdaderos cementerios, a los que siguieron los cuerpos de casi un millón de irlandeses muriendo porque no tenían nada para comer. Otro tanto abandonó el país para no morir de hambre, con destino al norte de América, entre quienes se encontraban los Kennedy.

Pasando a la etapa en la que considero ser indispensable, en la denominada modernidad, mi cuerpo se amplía en usos. Me requiere la industria farmacéutica, textil, maderera y de carburantes. Últimamente hago parte del etanol y soy también un eficaz adhesivo. Esto resulta secundario porque mi función principal siempre ha sido la de ser un alimento. En la actualidad me cultivan en ciento diez países. Mi cuerpo tiene la colosal presencia a nivel mundial, con trescientos ochenta millones de toneladas, apenas sí soy superada por los cereales; con ellos me estoy disputando en el momento el primer lugar. Hay tanto interés por mí que hasta me han dedicado todo un año a honrarme. Por esto soy de la convicción que todos los humanos que pueblan el planeta me conocen, sea por estarme tragando o haberme injerido más de una vez en su existencia.. Una masa de especialistas me requiere, no les hace falta motivos para buscarme. Los genetistas quieren descifrar mis doce cromosomas con una longitud de setenta millones de pares de bases, equivalente a ochocientos cuarenta millones de nucléotidos; mientras que los políticos me invocan en sus programas para subsanar las quejumbres humanas. Los financistas se desvelan cómo sacar ventajas de mí para convertirme en ganancia. Los hambrientos sueñan con mi presencia en sus platos. Los fotógrafos me buscan mis mejores ángulos. Los poetas hacen de mi pulpa la carne para sus metáforas. Y así, cada uno en su cada qué, me hace suya. Mientras tanto un niño del Tercer Mundo gateando juega con mi cuerpo pensando que soy una bolita de caucho.

* Leído en la Maison de Sciences Salle Gaston Berger / Asociación “América Latina Publicaciones”