Nadie ha explicado del todo por qué los seres humanos desecharon de pronto milenios de explicaciones míticas, cosmogonías y teogonías para utilizar una facultad recién estrenada: la razón, y preguntarse por la verdadera naturaleza de las cosas. Esto ocurrió, dicen, en la costa oriental del Mar Egeo, en la Jonia, y los primeros filósofos fueron Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes, llamados los Presocráticos.

Dice Julián Marías que lo primero que inquietó a estos filósofos fue el misterio del movimiento. Esta idea quisiera retomar para hablar de algo que encontramos cada día en la prensa, desde hace una década: los movimientos sociales.

Los jonios identificaron cuatro clases de movimientos: el movimiento local o desplazamiento de un lugar a otro; el movimiento cuantitativo, de aumento o disminución; el movimiento cualitativo, que entraña alteraciones; y el movimiento sustancial, que puede ser de generación o de degeneración y muerte.

Todo movimiento social aspira a pasar por estas cuatro fases. Tomemos, por ejemplo, el movimiento cocalero, que en su fase local, nació del desplazamiento de los mineros relocalizados y otros migrantes temporales que cultivaban coca en el Trópico. En su fase cuantitativa, este movimiento se volvió el núcleo de las movilizaciones populares contra el neoliberalismo y creció hasta convertirse en una mayoría. En su fase cualitativa, este movimiento aspiró a conformar un instrumento político para ya no depender de candidatos o siglas en préstamo, y fundó el Movimiento al Socialismo; esta fase pudo haber culminado en diciembre de 2005 con el triunfo del MAS en las elecciones generales para dar paso a la fase sustancial. Pero aquí nos asaltan dudas sobre si este movimiento en ascenso pudo convertirse en algo sustancialmente distinto y superior, es decir, un verdadero instrumento: un partido político.

Como espejo tenemos la experiencia del Movimiento Nacionalista Revolucionario, que pasó por esas cuatro etapas hasta convertirse en un verdadero partido político, con estructura orgánica nacional, militancia, dirigencia y, sobre todo, una institucionalidad interna que le dio organicidad. Por eso es común decir hoy que el único partido sobreviviente de la caída del neoliberalismo es el MNR, por la solidez de su estructura orgánica.

El MAS nace de una cultura política distinta, en la cual vale menos el marketing político de los candidatos que el reconocimiento íntimo de la militancia de base. En esta lógica no funciona decir que uno ha estudiado en Harvard, que tiene tales y tales títulos y pedir a la ciudadanía su voto y apoyo, porque las cosas ocurren de abajo arriba: la militancia de base escoge a quienes conocen mejor los problemas de su comunidad, y el elegido debe rendir cuentas permanentemente. Por eso no es casual que de esta cultura haya salido una institución democrática inédita, quizá única en el Planeta: el referendum revocatorio.La pregunta es hasta dónde el MAS se ha convertido de mero movimiento local, cuantitativo y cualitativo en un movimiento sustancial, es decir, en la generación de un partido político.