En vísperas del 10 de agosto, los amigos del exterior cursaron mensajes y llamadas telefónicas para manifestar su alarma por los posibles actos de violencia que acabarían por disgregar a Bolivia, pero nada de eso ocurrió. Apenas en Yucumo hubo un complot para que no llegaran papeletas que esperaban unos electores ávidos de expresar su opinión.

Según los comentarios que reciben los diarios por Internet, entre ellos La Jornada, de México, los países vecinos se preguntan por qué no incorporar el referéndum revocatorio a sus usos democráticos, pues esta institución no existe en ningún otro país latinoamericano.

La serenidad y disciplina con que la ciudadanía concurrió a las urnas en todo el país muestra la opinión del soberano sobre la necesidad del referéndum revocatorio. El ausentismo fue muy reducido.

Los resultados transmitidos hasta hoy, que no tendrán mayores variaciones en el cómputo oficial, tienen la virtud de una tomografía computarizada o una resonancia magnética para saber qué piensa la ciudadanía sobre el tifón social que recorre el país cuando menos desde el 11 de enero. Tal como esas invenciones de la ingeniería biomédica, el referéndum mostró sus beneficios para la salud del país. Todos salimos favorecidos: el Presidente Evo Morales, con un respaldo contundente a su obra de gobierno, y las regiones autonómicas con un espaldarazo a sus políticas descentralizadoras y a los líderes que las promueven. Ahora sabemos dónde está el mal, pero sobre todo dónde está el remedio adecuado para sanarnos: el diálogo en dosis puntuales y sostenidas.

Hasta el 10 de agosto había dudas sobre la necesidad del referéndum revocatorio; un día después, los que insisten en que era innecesario son necios, rebeldes y contumaces a la ley y la razón. Si los referendos autonómicos tuvieron alguna sombra de duda, el revocatorio conducido por la Corte Nacional Electoral y secundado disciplinadamente por las Corte Departamentales disipan esa duda y legalizan sus resultados. Del mismo modo, el Gobierno central se ve fortalecido por el apoyo abrumadoramente sólido a sus medidas gobiernos, pero no a sus desaciertos políticos. Y el país entero acrecienta su prestigio democrático en la comunidad internacional.

En los años 50, los dirigentes de la poderosa Central Obrera Boliviana y de la Federación de Mineros decían que Bolivia era el San Petersburgo de América Latina; qué bueno sería que, tras el referéndum revocatorio, dijeran que somos la Atenas de América Latina. Ahora sólo nos resta acatar serena y disciplinadamente los resultados del referéndum revocatorio, con la misma serenidad y disciplina con que concurrimos a las urnas, pues el acto de consulta del 10 de agosto en un momento tan difícil de nuestra historia ha sido importante y decisivo, aunque haya costado 70 millones de bolivianos.