Ayer convinimos en que uno de los mayores síntomas de la severa crisis del Estado que vivimos es la ausencia de ley o la superposición de leyes. Una convención básica del Estado de derecho es la de considerar a la Constitución como ley de leyes, principio y fin de todo el ordenamiento legal. En esos términos, la crisis que vivimos es tan grave que la Constitución hace tiempo que no se respeta. Si es verdad que cada vez que abre la boca el Estado se expresa en leyes y que éstas guardan concordancia y armonía entre ellas, el Estado boliviano de hoy ha sido confinado a la torre de Babel donde se superponen y ensordecen mutuamente muchos idiomas.

Esto corresponde, como es natural, a la confusión que encontramos en el seno de la sociedad, en la cual ciertamente no estamos hablando un solo idioma sino muchas lógicas, y todas parciales.

Los viejos hebreos fueron analistas muy finos de la caída de los pueblos. Por eso acuñaron una maldición: A quienes quiere perder, Dios primero los confunde. ¿Qué es una confusión? Es el entrecruzamiento de lógicas parciales que se expresa en idiomas contrapuestos. ¿Qué Dios nos ha confundido y ahora quiere perdernos?

El proyecto de nueva Constitución es la máxima extensión horizontal de la democracia en los temas transversales. Los capítulos referidos a derechos civiles y políticos, derechos socioeconómicos y cuestiones de género y generación tienen una de las amplitudes más horizontales del Derecho público moderno. Lo curioso es que el derecho a las autonomías, que es una extensión horizontal de la democracia, no ha sido abanderado por los movimientos sociales que propugnan la nueva Constitución, sino por líderes que no participaron en los grandes eventos democráticos de la última década que nos libraron del yugo del neoliberalismo. Un analista español me decía que el caso boliviano parecería una disputa por la democracia encabezada por el Partido Popular, que es un partido de derechas.. Los empresarios más prósperos, los sectores concentradores del ingreso encabezan esa demanda democrática, mientras los llamados movimientos sociales ejecutan tácticas negativas como la abstención. ¿Quién entiende esa confusión?

La correlación de fuerzas en la disputa política de hoy no permite vislumbrar una salida negociada porque los intereses económicos en juego son muy grandes, son decisivos, son estratégicos. Este empate táctico, que algunos prefieren apellidar de catastrófico, se expresa en la Babel cotidiana que vivimos, que a su vez provoca un eco ensordecedor en esa Babel en que hemos confinado el sistema político y la ley.

La ley es un sistema porque es un idioma, y un idioma supone una cultura y una visión del mundo. Sin embargo en Bolivia hay actualmente dos corrientes de aire contrapuestas de temperaturas distintas que generan un tifón social. Ese tifón se posó en Cochabamba el 11 de enero de 2007; se abatió sobre Sucre en noviembre del mismo año; recorre actualmente las provincias de Santa Cruz sin que sepamos dónde va a causar estragos mayores y podría volver a Cochabamba. Ese tifón es la imagen bíblica de la torre de Babel que en este momento parecería ser nuestro único símbolo patrio.