Un gran amigo de Borges fue Adolfo Bioy Casares. A él le debemos testimonios que retratan un Borges cotidiano y presto a la tertulia plena de buen humor y de gracia. Las suyas fueron aventuras de la palabra y de la memoria hecha de palabras.

A la hora de la trivia, de visita en el estudio confortable de Bioy y Silvina Bullrich, tomaban un té inglés y se complacían en recordar expresiones. Su proyecto de vida podía sintetizarse en una frase de P.G. Wodehouse que Bioy apuntó en un cuaderno: "No quiero ver a nadie, no quiero ir a ninguna parte ni hacer nada. Lo que quiero es escribir". No apreciaban las palabras póstumas y solemnes, sino aquellas desprovistas de gravedad y cargadas de ironía, de amable escepticismo y metafísica, que despertaban al homo ridens, el hombre que ríe. Como esta frase de Platón: "Nada de las cosas humanas es digno de gran preocupación". O ésta de Stendhal: "Lo que excusa a Dios, es que no existe". O este proverbio griego, tan poco grato a los autores de mamotretos: Mega biblión, mega kakón: Gran libro, gran calamidad.

Tenían de quién salir, pues el padre de Borges solía comentar: "Es tan raro este mundo que todo es posible, hasta la Santísima Trinidad". Heredaron de sus mayores el oído atento para escuchar al Sr. Maschio, ex taxista, que decía: "Ando mal, porque tengo el sistema nervioso".

Bioy tuvo dos pasiones: la lectura y la escritura, que son un matrimonio, y el amor. Pero no tenía demasiados escrúpulos; por eso él mismo apuntó el testimonio de su chofer: "Según Luis, el chofer: "El señor Bioy no es delicado. Se levanta con el cocho a todas las negritas que puede".

Borges improvisaba octosílabos, que es la forma del canto popular universal, y aun sabiendo que jamás los recogería en sus obras completas los recitaba: "Lo vi con barba arrastrando / y le dije con dulzor: / Observo que usted, señor, / se afeita de cuando en cuando. / Le vi la cara horadada / y le dije con horror: / Sospecho que a usted, señor, / me lo afeitó el pez espada".

Bioy cita dos cuartetas de Borges que dan otra imagen del eterno candidato al premio Nobel: la de un anciano risueño, decidor y atento a la vena popular: "Adornado con figuras / en el parque de Camet, / se lee un letrero que dice: / "Hay que lavarse el ojet". Y esta otra, que parece la madre de todos los corderos: "En el medio de la plaza / del pueblo de Pehuajó, / hay un letrero que dice: / "La puta que te parió".

Bioy completa la serie con inspiraciones conjuntas que tuvo con Borges, como las siguientes: "Hay un culo impresionante / en el barrio de Floresta, / Con un letrero que dice: / "Yo cojo bajo protesta". O estita: "En la plaza de las Flores / Declara un letrero combo: / "Las señoritas del pueblo / atienden en el quilombo".

¡Pichones de escritores, háganme caso! Los grandes eran hombres sencillos, cotidianos y nada solemnes. Para llegar al corazón de Borges, no había que recitarle una traducción personal de Horacio, sino recordarle un aro tarijeño, muy del gusto de Rosy Scardino, que Bioy seguramente hubiera apuntado en sus cuadernos: "De la punta de aquel cerro / cayó rodando una lagartija. / Se acerca un lagarto y le dice: / ¿Te has lastimau, m'hija?".