El país del diálogo

Ramón Rocha Monroy

agosto 21, 2007Publicado el: 3 min. + -
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Me conmueve la paciencia de aquellos pocos bolivianos que quieren fundar y consolidar la cultura del diálogo en un país sin oído musical para la conversación, que es un arte mayor, bueno y quizá mejor que la literatura. Mi experiencia se remonta al colegio, donde aprendí que sólo se hace escuchar el que grita más o el que clava una frase como un dardo, en un instante perfecto de silencio y disponibilidad auditiva. El resto, no acierta sino a balbucear, a tartamudear o a resignarse a pronunciar frases interruptas. Verbum interruptum: ¿se dice así?

En mi caso, la falta de agilidad para hacerme escuchar derivó en la manía de escribir, como única vía para que alguien me preste atención.

Con el tiempo, veo que las cosas no han cambiado: si los amigos se reúnen, no es para escuchar a los demás, sino para parlotear incansablemente, todos al mismo tiempo y todos pendientes de lo que van a decir y no de lo que van a escuchar.

Cuando alguien se acerca para pedir mi opinión sobre algo, ya sé que lo que quiere es decir su propia opinión y que yo escuche; así que le ahorro tiempo y a la pregunta contesto: ¿Y qué opinas tú? Astuto instrumento para jalarle la lengua y evitar arriesgar mi opinión. Incluso en una reunión formal en la cual hay que pedir la palabra, uno percibe en quienes escuchan el gesto del que espera impaciente su turno de hablar, y no la serenidad atenta de quien quiere escuchar.

Hoy leí una frase de Emil Ludwig relativa a la conversación ideal, que él considera como música de cámara. Yo prefiero un símil más afín a mis gustos: las improvisaciones de una jam session. Escuchamos una banda que inicia un tema de jazz y entonces comienzan los solos: salta el saxo a primer plano y el resto de los instrumentos toca en sordina; termina el saxo, la gente aplaude y la atención salta a la trompeta; termina la trompeta y se inicia el solo de batería o el de piano o el de contrabajo, y cada uno es premiado con un aplauso. Todos escuchan a todos, dan oportunidad a todos y todos salen contentos.

Ese es un modelo de diálogo que parece habitar en el mundo ideal de Platón. ¡Qué distinto a la penosa ceremonia de ver un debate en televisión! Mientras uno habla, el otro muestra la tensión del que está buscando una respuesta, mejor si hiriente, sin el menor esfuerzo por entender las razones del otro.

¡A nadie le interesa escuchar al prójimo! Borges conjeturaba que en Grecia, el hablar debió de ser un arte mayor. Por eso el filósofo de los Diálogos registró con ejemplar devoción las conversaciones de Sócrates y de sus contertulios. Si conceptuamos los Diálogos como una obra realista, ¡cuánto respeto denotan los personajes por la opinión ajena! Aunque el lector suspicaz podría pensar que los Diálogos son una conversación ficticia, puramente literaria, para plantear una filosofía.

La verdad, prefiero creer en el Platón cronista que en el Platón filósofo. Si el mundo helénico tenía tanto respeto por el diálogo, por la palabra ajena, ¡cuánto hemos perdido en 2.000 años de sordera. Uno se cansa de que todos opinen con la soberbia de los conductores de noticieros, sin conjeturas, sin el mínimo espacio para la duda piadosa o la cautela compasiva.

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