Sucre de mis amores

Ramón Rocha Monroy

mayo 25, 2007Publicado el: 3 min. + -
El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress

A JennyNo hay ciudad en Bolivia, y pocas en Latinoamérica, que haya conservado con mayor celo su linaje arquitectónico como Sucre. Mirarla desde los balcones de La Recoleta produce un sentimiento de paz. En uno que otro trecho el presente ha querido herir de muerte el pasado ilustre de esta villa blanca con sus cicatrices de arquitectura funcional en la tersura del conjunto; pero la norma municipal y el celo de los chuquisaqueños han preservado una ciudad alba y limpia, bajo un cielo que cada día parece lavado y reciente, como si Dios se ocupara de crearlo cada amanecer.

Los chuquisaqueños son personalidades singulares: no hay uno que se parezca a su semejante. Otras ciudades suelen tener un molde común para sus tipos humanos, pero en Sucre, luego de cada nacimiento, se rompe el molde. La identidad de un chuquisaqueño es tan fuerte que a nosotros, gente del común, suelen parecernos excéntricos; pero son excéntricos a fuerza de ser y persistir en su ser.

Cada personalidad en Sucre tiene su tema, su linaje y su apodo, que es como el escudo heráldico de sus rasgos más evidentes. Pensemos en Casimiro Olañeta, en Mamerto Urriolagoitia o en Nicolás Ortiz Pacheco; recordemos a Tristán Marof, Man Césped o los Príncipes de la Glorieta; revivamos los rasgos de personajes populares y encontraremos seres irrepetibles como logotipos registrados, virtud que se confirma con la abundancia de anécdotas y testimonios sobre sus hábitos y costumbres.

Hay una cara interior de Sucre que está vedada al forastero: comienza en los patios floridos en los cuales el amor de cada familia ha sembrado geranios y enredaderas, y termina en el corazón, en la historia íntima de cada familia chuquisaqueña. Romper los siete sellos de la intimidad en Sucre es tarea de titanes, pero hay un hechizo que obra en el ánimo de quien se atreve: la singularidad de la historia de cada familia que, en conjunto, conforma una obra quizá más rica que Las Mil y una Noches. Bastaría hablar, por ejemplo, de los parentescos equívocos, frutos del amor sigiloso y ardiente que transcurre como una red de aguas subterráneas tras la superficie tersa de las aguas visibles. ¡Ah, quién pudiera abrir las siete puertas y conocer todos los secretos que encierran las augustas paredes chuquisaqueñas!

Sucre es sede del Archivo General de la Nación, pero la ciudad en su conjunto es el repositorio mayor de nuestra historia colonial y republicana, y es el museo de la vida cotidiana de todos los tiempos. ¡Con qué amor se guarda en esos hogares la vajilla que perteneció al oidor, el camafeo de la Marquesa, el bastón del ilustre doctor, la levita del Magistrado, la espada del héroe, las sábanas bordadas de la tatarabuela, el uniforme del General, el pañuelo de un amor prohibido.

¿Y la cocina? ¿Y la música? ¿Y el amor en sus parques? Ahora sí que hay motivo para gritar: ¡Sucre de mis amores!

Atrás