Kant era un misipulmón

Ramón Rocha Monroy

abril 2, 2007Publicado el: 6 min. + -
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Immanuel Kant (Königsberg, actual Kaliningrad 1724 - 1804) fue el más grande filósofo de la Ilustración, fundador del Idealismo Trascendental, llamado también Filosofía Crítica, que influyó en un largo linaje de filósofos occidentales y tuvo numerosos discípulos en el mundo entero, entre ellos, nuestro Franz Tamayo. Suya es esa norma moral pura que emana de Dios, y es base de la inmortalidad del alma y la libertad: el imperativo categórico. Kant fue un profesor universitario famoso e irreprochable en Königsberg, donde ejerció hasta su muerte. Pero no vamos a fatigar a lectores y lectoras con una síntesis de su elevado pensamiento, sino con algunas confidencias sobre su vida cotidiana que conocemos gracias al divino Michel Onfray, y que justifican considerar al sabio de Königsberg como un militante de la buena vida e inspirador de esta columna, pues no olvidemos que su afortunado título se debe a una ligera aliteración de un libro trascendental de Kant: la Crítica de la Razón Pura.

Y ahí va la primera anécdota.

Kant tenía poco más de 30 años cuando le ocurrió algo fuera de lo común: se excedió de tal manera en la ingestión de vino que no pudo encontrar su casa ubicada en Magistergasse, la Calle de los Maestros, de su ciudad natal. Era su costumbre pasar las noches jugando billar y naipes, y a mediodía apuraba un vaso de vino, nunca cerveza, "veneno lento, pero mortal", como llamaba a la bebida emblemática de Prusia, a la cual le atribuía sus ataques de hemorroides. Sería todo lo pietista que uno quiera, pero Kant también era un campeón de la buena mesa, a tal punto que su amigo von Hippel le sugirió que escribiera también una crítica de la cocina. Michel Onfray sugiere un título: Crítica de la Razón Gastronómica, al cual superamos con el nuestro, dicho sea sin la menor vanidad.

Con todo, su concepción de los sentidos del gusto y del olfato, a los cuales considera inferiores y subjetivos, es en extremo materialista. El gusto se reduciría a la sensación que produce el contacto de la lengua, la garganta y el paladar con objetos exteriores. Onfray le reprocha haber omitido el papel que juegan la memoria y el entendimiento en el ejercicio del gusto.. "Ah, cómo cocinaba la abuela". "Esta chanka de conejo no se parece a la que cocinaba la Patapollera". ¿No ve?

No obstante su idealismo, Kant prestó atención a su cuerpo como ningún otro filósofo de su talla. En el "Conflicto de facultades", se describe como un misipulmón: "Creo que, como consecuencia de mi pecho chato y angosto, que deja poco lugar para el movimiento del corazón y los pulmones, tengo una disposición natural a la hipocondría, que en ocasiones llegó a provocarme un hastío de vivir". Kant procuraba abstraer su fragilidad física para refugiarse en el pensamiento puro (Daniel Salamanca hacía lo mismo!); pero postuló la importancia de la dietética (el "arte de prevenir las enfermedades") por encima de la terapéutica (el arte de curarlas). ¡Y había que ver cómo lo practicaba!

Es fama que aparecía por las calles de Königsberg, rumbo al café de sus amores, a hora tan puntual que la gente ajustaba sus relojes según pasaba el filósofo. Pero eso era de ida, porque, de vuelta, hacía sus buenas zetas por la calle. Desdeñaba a los alcohólicos que beben a solas, pero alababa la virtud del vino, de "simplificar la intersubjetividad". "El banquete (invitación a la intemperancia de la comida y el vino) comporta… además de un deleite puramente físico, algo que tiende a un fin moral, a saber: reunir durante un tiempo a muchos hombres con vistas a una comunicación recíproca. No obstante, como justamente su número (de invitados) no permite más que una débil comunicación (con los vecinos más próximos) y, en ese caso, el dispositivo contraría el fin, el gran número alienta la inmoralidad." Kant consideraba que, a la mesa de banquete, deberían sentarse "ni menos que las Gracias, ni más que las Musas", es decir, ni menos de 3 ni más de 9, principio que postularía más tarde el escritor inglés G.K. Chesterton.

Con la edad, dejó de almorzar donde le tocara y decidió comer en su casa, pero jamás solo, porque consideraba que comer solo era nefasto para la dietética personal. Si no tenía comensales, enviaba a su criado a invitar a la primera persona que encontrara, para sentarlo a su mesa. Usualmente enviaba tarjetas a sus amigos por la mañana, y su cocinero preparaba el menú previsto desde el día anterior. Según R.B. Jachmann, "Kant era tan atento con sus huéspedes, que anotaba con cuidado cuáles eran sus platos preferidos y se los hacía preparar." Solía recibir entre 3 y 5 invitados y sus comidas se prolongaban hasta las 4 o 5 de la tarde. Kant dirigía las conversaciones y sus invitados no eran chairo: un futuro ministro de Estado, el gobernador de Prusia, un general de infantería, un duque, un conde, un presidente de la cámara, un consejero secreto, un director de banco y un comerciante, según precisa el gurú Onfray.

Una última confidencia de R.B. Jachmann: "Kant empezaba generalmente sus comidas con pescado y agregaba mostaza a casi todos los platos. Le gustaba mucho la manteca, así como el queso rallado, sobre todo el queso inglés, aunque decía que estaba artificialmente coloreado… Adoraba el bacalao. "Comería, decía, un plato lleno, aun después de la comida". Kant masticaba la comida durante mucho tiempo para no ingerir más que el jugo… Tenía dientes muy malos y le causaban muchos problemas. Bebía un vino tinto muy liviano, en general de Medoc y ponía una botellita junto al cubierto de cada invitado: eso bastaba en general, pero también bebía vino blanco, cuando el tinto le hacía un efecto demasiado astringente."

Como bajativo, solía cascarle un vino estomacal de Hungría, del Rin o de Bischof (tinto azucarado y caliente con cortezas de naranja). Tenía una costumbre curiosa que debió acrecentar sus reservas gasíferas: "Creía que el placer de beber se veía acrecentado cuando al mismo tiempo tragaba aire; por eso bebía abriendo muy grande la boca." ¿Habrá sido también exportador de gas? Lo cierto es que sufría de agudos dolores de estómago, que procuraba atenuar ¡con un vasito de ron! Lo único que consiguió fue dar motivo a sus biógrafos para extenderse acerca de las vicisitudes de su hiperacidez y su estreñimiento crónicos.

Sobre su estreñimiento, Onfray juega con el psicoanálisis para buscar sospechosas relaciones entre la timidez, diremos así, del esfínter kantiano, y la rígida ética de su filosofía. ¡Etílico y ético el caballero!

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