(Datos & Análisis).- Del 29 de septiembre al 1ro. de octubre se realizará en la ciudad colonial de Totora el Tercer Festival del Piano, evento organizado por el Centro de Residentes Totoreños en Cochabamba que reivindica un arte y un patrimonio inherentes a la renaciente identidad cochabambina.

En 28 fue publicado en la ciudad de Totora un libro con “Notas sobre su pasado”, escrito por el ilustre totoreño Andrés Novillo Villarroel. La obra fue reeditada en junio de 1998, al mes del terremoto, por iniciativa del Centro “Eugen von Boeck”; y allí leemos lo siguiente:

“Aumenta la alegría de los vecinos, el gran número de pianos con que cuenta la población. Este particular hace que Totora ocupe el primer lugar entre las provincias de la República, en cuanto a cantidad de estos instrumentos y puede situarse aún encima de varias capitales de Departamento”.

Es decir que hace 78 años Totora todavía fue el paraíso del piano. “El fervor por este instrumento en nuestro pueblo nace de la naturaleza cosmopolita propia del totoreño, que siempre ha querido estar a la vanguardia de los avances tecnológicos y culturales en el mundo. Así como tuvimos los primeros pianos de moda en el siglo 19, tuvimos también las primeras imprentas y fuimos cuna del periodismo boliviano” dice la profesora Rosa Elena Novillo, nieta del citado cronista.

El glamour de Totora

“A propósito” -escribió Andrés Novillo- “indicaremos que el primer piano llevó a Totora, en 1878, el comerciante don Manuel Céspedes y fue adquirido por don Fernando Pérez; luego hizo venir otro don Domingo Meleán. Sin duda alguna el piano de fabricación más antigua que hay en Totora es el que perteneció a la familia Sánchez, hoy en poder de la familia Villarroel. Tiene apenas las dimensiones de un pequeño mueble cómoda y cuenta con seis octavas”.

Eran aquellos pianos fabricados en Alemania por la casa Neumann de Hamburgo, la misma que tenía una representación para Sudamérica en Buenos Aires a través de la compañía Schutz Marck. “La casa comercial que se especializó en importarlos para Totora era la de un árabe de apellido Nacif, a quien le decían ‘el Turco‘ y tenía su tienda en el domicilio de don José Aragón, donde además de pianos se podía comprar perfumes franceses, alfombras persas y telas inglesas” informa por su parte don Oscar Pino Caero, benemérito telegrafista que publicó recientemente un libro de semblanzas totoreñas.

El transporte de los pianos hacia esa tierra en cuyos yungas aún florecía la coca originaria de los incas, era una titánica proeza empresarial. “Inclusive cuando el ferrocarril ya había llegado de Oruro a Cochabamba en 1917, los pianos eran transportados de la capital hacia Totora a lomo de unas mulas llamadas pianeras, que se diferenciaban de las ágiles mulas cocaleras por ser mucho más robustas pero algo lentas”, refiere el doctor Mario Morató Villarroel, otro totoreño de pura cepa, en cuyo domicilio recibimos toda esta información en vísperas del Tercer Festival de Piano que se celebrará en Totora al terminar septiembre.

Inscritos de lujo

Más de 50 intérpretes, alumnos y maestros de prestigiosas academias musicales, se anotaron para intervenir en el III Festival que lleva el nombre del profesor Hernán Rivera Unzueta. Figuran representantes del Instituto Laredo, de la Escuela J. Sebastián Bach, de los talleres de Nadia Laptich y de Ana María Lavayén, del Conservatorio Milán, del Instituto Franklin Anaya de Quillacollo, así como de conservatorios de Tupiza, Santa Cruz, Sucre y La Paz.

No dejarán de asistir maestros de la talla de Emilio Aliss, Julio Rodríguez Berríos y Delfín Sejas, entre otros.