Lo que está pasando en Bolivia, lo que está pasando en la América india, negra y morena, lo que nos está pasando es sencillamente estremecedor. Bolivia se ha convertido en el espejo donde todos pueden mirarse -hasta los norteamericanos y sobre todo los europeos- y entender que si hay voluntad y decisión de construir otra realidad, otro modelo, otro país, esto no sólo es una posibilidad metafórica sino que puede convertirse en una realidad estremecedora como la que estamos viviendo aquí, en el corazón del continente más contradictorio del mundo.

El Hijo de la Coca es Presidente

El momento de quiebre fue, sin dudas, ese 18 de diciembre donde el pueblo boliviano dejó de mirar afuera, dejó de mirar al Norte y a sus clones presidenciales y se sintió fuerte para elegir como su Presidente, por primera vez en su historia, a uno de sus hijos que había enarbolado con mayor claridad las banderas éticas que encabezan este momento de cambio histórico irreversible: la dignidad y la soberanía nacionales.

El 18 de diciembre del año 2005, quién puede dudarlo, cambió la historia y de la mano de este "Hijo de la Coca", de la mano de Evo Morales Ayma, el indio del ayllu Sullkavi del cantón Orinoca del Jacha Suyu Karangas, Bolivia está viviendo días de una emoción irrefrenable, días y momentos fundacionales que -como los de otras revoluciones que sacudieron la historia- estremecen al mundo y van configurando un escenario donde lo único que sirve para afirmarlo y profundizarlo es el compromiso militante y decidido con la causa que no es otra que la lucha de un pueblo explotado y humillado por siglos pero que hoy está de pie y dispuesto a dar batalla en busca de su liberación nacional y social.

¿Qué han sido sino hitos que han marcado nuestra vida y que determinarán nuestro futuro el Decreto de Nacionalización de los Hidrocarburos, el inicio del Programa Nacional de Alfabetización, la convocatoria a la Asamblea Constituyente, la imposición de una Política de Austeridad para la gestión pública, el anuncio de una nueva Política de Tierras? En estos últimos cuatro meses, Bolivia asistió a los actos democráticos más contundentes de su devenir histórico y se equivocan aquellos que creen que por casualidad es un indio el que los conduce y encauza. Todo el peso de siglos de racismo y discriminación, todo el peso de la negación a asumirse como un país de mayoría indígena que había que respetar y hacer respetar, todo el peso de ser un país gobernado el común de las veces por extraños, todo ese peso soporta al puño del Presidente Evo Morales cuando firma las medidas y las acciones emprendidas por su gobierno en estos primeros 120 días de los que faltan para que no quede piedra sobre piedra sin ser vuelta a colocar pero, esta vez, con manos y decisión bolivianas.

Por eso, el edificio que está cimentando la gestión del primer Presidente Indígena de América está conmoviendo a todos, a propios y a extraños: del fondo de la historia, de tanto siglos de masacres y de genocidio, debía surgir el cambio, el Pachakuti, el Jach´a Uru, el gran día donde los pueblos dijeran basta y empezasen a construir su propio destino, su propio hogar, su propia economía, su propia y revitalizada cultura.

Por ello, y por primera vez en su historia, ya no se habla en el planeta de Bolivia bajo los estigmas de la violencia política, la desgracia de los golpes de cuartel o el narcotráfico; ahora el mundo que quiere los mismos cambios que queremos aquí, alude a Bolivia como un ejemplo a seguir, como una razón de fe y entusiasmo para toda esa humanidad que busca una vida mejor, más humana y menos consumista, más tolerante y menos bélica, más natural y menos contaminada en su mente y en su corazón por los venenos antiguos y modernos, desde el fundamentalismo religioso a la televisión de la globalización.

Sale el sol de las tinieblas y será para siempre

Por eso Bolivia ejemplo, Bolivia espejo, Bolivia eje del mundo: quien quiera oír, que oiga.

El día de ayer, 26 de Mayo de 2006, quedará marcado en la agenda de los pueblos como uno de esos días de esa energía especial y vitalizante que sólo provocan las masas movilizadas; ayer quedará signado el momento histórico donde ese sueño por el que lucharon miles y miles de latinoamericanos, ese sueño por el que murieron miles y miles de combatientes y de dirigentes populares, el sueño de Martí y del Che Guevara, el sueño de una Patria Grande que hermane no sólo a nuestros pueblos sino también a nuestros ríos y nuestras montañas; ese sueño hermoso porque es un sueño nuestro comenzó a convertirse en una promisoria y pujante realidad.

¡Cómo no gritarlo de pie, cómo no sacudirse de alegría y fe, cómo no sumarse al desafío de vivir juntos, de crecer juntos, de pelear juntos contra nuestros enemigos comunes! Ayer, en Shinahota, en una de las venas abiertas de esa América rebelde que ya no soporta más la injusticia, ayer la Patria Grande secó las lágrimas de tantas madres de hijos desaparecidos o asesinados por defender un ideal y las convirtió en un río de cauce profundo por donde navegaremos todos en busca de reparar el daño que tantos siglos de colonialismo y entreguismo vergonzante le causaron a lo mejor que siempre tuvimos: nuestro pueblo.

Ya se siente y ya se ve, como querían los hermanos Yaminawa de la Amazonía, que este nuevo sol sale de las tinieblas y para siempre; ya se huele y ya se vive como se va rejuntando la fuerza del Inkarrí de los Andes; ya está sembrado el desierto y el camino de la conciencia está claro para que nadie tuerza el rumbo y abra la puerta para que entren nuevos conquistadores, nuevos dominadores, nuevos amos, nuevos patrones.

El Hijo de la Coca ya lo ha dicho, en su discurso en el recinto sagrado de Tiwanaku el pasado 21 de enero: "esta lucha no se para, esta lucha no termina, porque en el mundo o gobiernan los ricos o gobiernan los pobres".

Aquí en Bolivia, desde este pequeño gran país sin mar pero con el corazón valiente, el mundo asiste -los pocos con temor pero la mayoría con esperanza-, a la demostración visible que los pobres no sólo pueden sino que deben conducir los gobiernos porque solamente ellos podrán cambiar la situación de miseria económica, marginación social y degradación cultural que padece la gente.

Ayer, en Shinahota, en la raíz vigorosa de ese Chapare donde tanta sangre ha corrido en defensa de los recursos naturales y de la dignidad y la cultura de un pueblo, ayer esa sangre volvió a brillar pero esta vez como un faro que guíe este empeño forjador de una nueva realidad, este impulso urgente e impostergable de cambio, este aliento y este estímulo vital que construye día a día la Revolución Democrática y Cultural del pueblo boliviano.

El mundo se estremece y también nosotros, los que masticamos la amargura de la derrota de las organizaciones político-militares, los que soportamos a las dictaduras con su genocidio y su horror a cuestas, los que persistimos en la convicción de que las democracias claudicantes y vendidas al Imperio debían dar paso a lo que ahora vivimos, con la piel nueva de las heridas viejas que se van curando con la justicia y el clamor recompensado, con los ojos llenos de tensión y de alegría por las imágenes que no veíamos desde hace décadas, con el espíritu intacto, listos para defender cada paso recorrido en este sendero de reivindicación y orgullo renacidos y no dar marcha atrás en las conquistas de un pueblo que no debe cejar de luchar.

Aquí estamos y decimos presente porque ayer, ayer en Shinahota, ayer en el nervio de la América palpitante por romper las cadenas de la opresión, comenzó a escribirse una de las páginas más gloriosas de la Historia Grande de este continente: ayer la Patria Grande dejó de ser un sueño, dejó de ser un discurso, dejó de ser un anhelo. Ayer la Patria Grande comenzó a andar y debemos celebrarlo como lo que es: el primer paso de un camino largo hacia el destino que nos merecemos pero lleno de acechanzas y de peligros que habrá que conjurar y enfrentar como siempre lo hemos hecho: dando la cara por lo que somos y jugándonos el cuero por lo que creemos.