La mujer era una anciana, pobre pero digna, viuda de uno de los miles de trabajadores mineros que llegaron de manera obligada a vivir con sus familias a El Alto ?entonces (y muchos creen que hasta ahora) una ciudad campamento situada a 4000 metros de altura, al borde de la hoyada donde se asienta La Paz, sede de gobierno de la República de Bolivia-, tras el cierre, a partir de 1985 y producto del ajuste estructural de la economía a través del Decreto Supremo 21060, de las minas que administraba la Corporación Minera de Bolivia y que habían sido, desde 1952, el símbolo de un país que buscaba encauzar su propio destino.

Ese año, cuando las masas hicieron la llamada “Revolución de Abril” y el gobierno encabezado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) nacionalizó algunos de los yacimientos metalíferos más importantes del mundo, el pueblo boliviano vivió algunos momentos de justicia histórica y la certeza que había retomado la senda de un camino propio para alcanzar sus objetivos.

Pero el proceso se desvirtuó, vinieron los militares, luego la democracia y hace veinte años, fue el mismo MNR quien inició el desmantelamiento del estado que había echado a andar, dando inicio a la era del modelo “neoliberal”.

La mujer, entonces en la madurez de su existencia y tras la derrota de la llamada “Marcha por la vida”, llegó con su esposo y sus hijos a vivir “relocalizada” a esa ciudad ajena pero que hoy, anciana, considera como propia: El Alto.

Con los años, su esposo se murió de bronca y de impotencia por que nunca más pudo conseguir un empleo estable como el que tenía en Huanuni.

Ella, trabajando de sol a sol, pudo darles de comer y educar a sus hijos y uno –gracias a la Pachamama y a sus ahorros- logró ingresar a la Universidad Pública de El Alto.

Él, con sus compañeros de estudios, y junto a miles y miles de habitantes de esa ciudad pobre pero digna, fue uno de los protagonistas de la llamada “Guerra del gas”, cuando los excluidos de siempre se rebelaron contra el gobierno neoliberal de turno que pretendía vender al extranjero el nuevo recurso natural estratégico con que la naturaleza había bendecido al país.

Gracias a la lucha de ese pueblo, Gonzalo Sánchez de Lozada, el presidente de turno, no sólo no pudo mal vender el gas –que un antecesor suyo, Jorge Quiroga, había negociado en secreto con el gobierno de Chile- sino que debió renunciar y huir de Bolivia.

A pesar de que su hijo fue herido en los enfrentamientos donde fueron masacrados casi una centena de bolivianos, la mujer, la viuda ya anciana, empezó a querer a esa ciudad a donde llegó por la fuerza de las circunstancias, porque sintió que allí estaba germinando una nueva Bolivia.

A pesar de los muertos, abajo, en la ciudad de La Paz, siguieron gobernando los políticos de siempre pero la crisis era tan profunda que, uno tras otro, renunciaron hasta que tuvieron que convocar a las elecciones que se llevaran a cabo este domingo 18 de diciembre.

La mujer, ya anciana y aunque sufrió demasiado y casi toda la vida, sintió el aire fresco de la esperanza.

Por eso, cuando Evo Morales Ayma –el candidato del Movimiento al Socialismo, un indígena como ella, un hombre de pueblo como ella- apareció en El Alto en una de sus caminatas, ella no dudó en ir a encontrarlo.

Fue con su bandera boliviana –la misma que enarboló cuando su hijo y todos los alteños habían expulsado al presidente “vendepatria”- y cuando lo tuvo de frente a Evo, al indio como ella, al hombre del pueblo como ella –que encabezó todas las encuestas de intención de voto en torno a esta elección histórica-, sólo pudo decirle, con los ojos llenos de lágrimas:

-Hijito, gracias que pude vivir para ver que vas a ser el presidente…

Tal vez, esta pequeña gran historia reivindique a la historia de todo un pueblo.

Tal vez, así como en 1952, hubo una insurrección popular armada en defensa de la nacionalidad boliviana; el 18 de diciembre de 2005 habrá otra insurrección popular, la del voto democrático, para reafirmar esa nacionalidad, golpeada tras los nefastos años de un supuesto proyecto modernizador fracasado que no sólo ha producido más pobreza sino cientos de muertos, cientos de campesinos y obreros masacrados por la intolerancia de quienes gobernaron Bolivia.

Tal vez, como en el 52, este sea el detonante de una urgente nacionalización: ayer las minas, hoy los hidrocarburos.

Tal vez, en esta nueva etapa y oportunidad histórica, el cambio se consolide y no se trunque como en el 52.

Tal vez porque quien lo encabeza es un indio, tal vez porque quien lo conduce es un hijo del pueblo como la anciana de El Alto, como las miles de viudas y huérfanos que causó el modelo neoliberal, como los millones de seres humanos que habitan este país que ha luchado como ninguno para que eso suceda y de una buena vez la historia, la tan arisca, cambie.