A Simón Yampara.
Estoy imaginándome a un hombre a la luz de una vela. Es un hombre que se afana en escribir una carta, una misiva donde empeña kilómetros de pasión y de tinta porque, deben saber, su correspondencia cruzará la mar y está destinada a un monarca. Es un rey muy poderoso pero muy fatigado y que, de seguro, ni siquiera leerá una línea. Tal vez el hombre que escribe esa carta de tumultos, de verdades que se van develando a la luz de una candela, lo sabe, sabe que ese rey no leerá su correo pero insiste en componer su texto porque también sabe que su carta la leerán en el futuro, la leerán las estrellas, la leerá ese viento que algunos llaman historia. Entonces, el hombre arrecia y anota con una caligrafía que te provoca al leer: Mapamundi de las Indias.

Respira. El hombre respira hondo porque, sabe, ha llegado a ese extremo: sus palabras, por más bellas, por más que cuenten sucesos atroces o glorias pasadas, barbaridades que escandalizan o sabios consejos, justicia que se reclama, memoria que grita, sus palabras no alcanzan para mostrarle a ese rey distante el mundo que se han zampado sus soldados, con sus artimañas y sus arcabuces. El hombre suspira y piensa que ese señor de más allá, que ese señor que aguarda su carta atravesando las aguas, terminará de entender cuando vea su mapa, el mapa que el hombre se dispone a dibujar, el mapa que el hombre legará a ese viento que llaman historia. Entonces, busca una cantimplora con aguardiente de Ica y le empuja un trago y en medio del silencio de la noche del Cercado de la Ciudad de unos Reyes impostados, anota: “has de saber que todo el reino tenía cuatro reyes, cuatro partes”.

El hombre vuelve a envalentonarse con un sorbo de alcohol del desierto, escucha los latidos de su corazón en la noche cerrada y mientras lo sacude el viento que llaman historia, piensa si ese monarca que se oxida en su palacio de piedra, que es señor, sabio y centinela para ese mundo que el busca presentarle, entenderá que un reino son cuatro reinos, que cuatro partes hacen una sola, que no puede haber uno si no existen cuatro, que su mundo es simple como la lana pero a la vez complejo como un tejido, que las montañas además de oro y de plata habían escondido esos tesoros, esos secretos, que esa historia ?que es viento- debía ser anotada pero debía ser anotada a su manera: un reino, cuatro reinos, como has de saber.

¿Sabrá? ¿Entenderá? El problema, piensa mientras estira y alisa el lienzo que numera 983 y 984, no es no saber -¿acaso conocemos todo?-, el problema piensa, mientras sacude el tintero, es no entender. El problema del rey, de esta gente, es no poder entender o no querer: un reino es un reino, carajo, y no cuatro. Pero un reino también pueden ser cuatro reinos: “Chinchay Suyo a la mano derecha al poniente del sol; arriba a la montaña hacia la Mar del Norte Ande Suyo?”, ¿entiendes?

Sale de su ensimismamiento y traza una línea feroz, una línea gruesa y feroz, una raya que casi, casi marca a su mundo. Una línea que no comprende por qué la ha trazado. Pero la deja ahí, invicta. “Estas dichas cuatro partes tornó a partir en dos partes”: Hanan y Hurin, arriba y abajo, ¿entenderá? Un mundo que son dos mundos que son cuatro mundos: no puede haber uno sino no existen dos, si no existen cuatro. Es simple pero es complejo y esa línea feroz que sigue ahí pero que ya no lo abruma. Hanan y Hurin: ¿entenderá?

El hombre ya no duda: prosigue y con seguridad, marca un punto, del centro de los folios, ligeramente más arriba de la mitad de los lienzos, lo recarga de escudos de armas, de atributos de un poder impenetrable y anota: “y así cae en medio la cabeza y corte del reino, la gran ciudad del Cuzco”. Ahora, respira feliz porque sabe que podrá componer su mundo y la línea que sigue ahí, feroz, lo inquieta pero no lo abruma porque en el medio, puso la cabeza y ya vislumbra las cuatro partes, las dos piernas, los dos brazos, los cuatro reinos que son uno solo, las dos partes que son una sola. Escribe: “Tupac Inca Yupanqui, Mama Ocllo?”. Escribe, pensando en esa extraña cabeza en medio de un cuerpo que ya sido cortado, despedazado, cercenado. Escribe, deseando: “Tupac Inca Yupanqui, Mama Ocllo?”. Lo piensa pero no lo escribe; no lo escribe pero lo desea con ansia: Inkarrí.

* * *

Los mapas son mensajes disparatados enviados desde nuestra conciencia de no querer vivir aislados. Un mapa es un reclamo de exactitud de nuestros sentimientos de pertenecer a una isla que queremos compartir con los demás. Pero es disparatado porque esa isla es un territorio de desasosiego frente al mundo que está fuera de nosotros, sobre todo afuera de ese mapa que pretende asirla. Vano propósito: el mundo es inasible. En la soledad del mundo, el cartógrafo sueña que amarra al mundo, sueña que lo comprime entre coordenadas, sueña que esas coordenadas ?que no son otras que las de su propio espanto ante lo inasible del mundo, lo hostil del mundo- amarran a ese mundo que se escapa de sus dedos como el agua. Sin embargo, en medio del misterio, hay un fragor de esperanza, en especial cuando el cartógrafo traza sus líneas, dibuja contornos, llena el espacio en blanco con montañas, con ríos, con pueblos, con mares, con orillas, con mojones que no son sino signos de su propia alma. El

cartógrafo se escribe a sí mismo cuando se empeña en trazar un mapa. Por eso, más allá de su alma, más allá de esa alma embravecida delimitando eriales y selvas, más allá de la isla que el cartógrafo quiere romper con su traza, siempre habrá prodigios, monstruos, milagros. Siempre existirá esa zona del mundo donde la soledad del mundo triunfará siempre.

Entonces, el hombre de nuestro relato, en la soledad de su mundo y en la noche del cercado de una ciudad de reyes impostados, vanos reyes de una ciudad sin nombre, advirtió que esa línea feroz, gruesa e irregular, una línea que semejaba una serpiente entintada, esa línea que, como impulsado por un arrebato de ira, ya había trazado, esa línea era el principio del fin de sus certezas, era el fin de la belleza de la isla que buscaba irradiar su alma y era el principio de su desasosiego: era el destino de su soledad. Así, en el lienzo, esa línea como serpiente entintada fue convirtiéndose en río, un río tumultuoso que llegaría lejos sí pero que nunca terminaría de desaguar porque ese río era la soledad de su alma y la soledad del mundo, de su mundo. Entonces, anotó: “entra a la Margarita, por Cartagena, río Marañón, adonde hay lagartos. Tiene sesenta leguas de boca” y después supuso que se había equivocado pero se dijo hacia sus adentros, hacia ese rincón también inasible que atesoran

las almas: un río son todos los ríos y este río es el río de ríos y viene de ningún lugar y llega a ninguna parte. Entonces, rió fuerte, rió a carcajadas, de ese sueño de querer cartografiar el mundo, de ese querer fijar el rumbo de su alma que vaga, de ese describir su isla y su alma para un rey fatigado que ni siquiera leerá su carta.

El hombre se dijo: terminaré mi mapa. Lo leerá el futuro, lo leerá ese viento que llaman historia. Bebió otro sorbo del quemapechos iqueño y para enaltecerse y agasajarse dibujó un mar confundiéndose con el cielo y puso sirenas debajo de la luna y al sol custodiado por un pez espada arrojando fuegos como un dragón. En ese cielo líquido e invencible, colocó estrellas y ballenas y cometas y lobos de mar y porque el vértigo ya lo estaba derrumbando empezó a fijar los puertos. Anotó: Uayaquil, Pimocha, Tunbes, Trujillo, Santa, Panamá, Callau. Anotó por anotar porque su alma no encontraba sosiego, no había muelle donde amarrarla, y su mano siguió dibujando el contorno de sus miedos: una selva frondosa enmarcada por unas montañas que lo llenaban de pavor y que se derramaban de manera incierta hacia el mar y hacia el cielo y debajo de las bestias que poblaban las aguas colocó las bestias que poblaban los suelos: unicornios, canallas con colas de gato, puercoespines colosales, grifos, toros de cuernos de sable, tigres turbadores y hombres, hombres con barba, hombres que lo atemorizaban.

Cuando ya amanecía, cayó en cuenta que esa línea feroz, ese río poblado de seres que lo estremecían, ese río y esa línea que cortaba el mapa en dos como a una naranja, era el río por donde vagaba su alma, era la línea que dividía su vida. Abandonó el mapa y salió a la calle. Subió hasta un promontorio desde donde divisó las arenas y, más allá, el mar. Se dijo: allí van las aguas, allí también van los hombres cuando mueren. No hay necesidad de dibujarlo todo en el mapa. El rey debería trazar el suyo.