1º de Mayo: sindicalismo en crisis

abril 23, 2003Publicado el: 11 min. + -
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1º de Mayo: sindicalismo en crisisCarlos Arze Vargas *La cercanía del 1º de mayo, fecha emblemática del movimiento obrero mundial, nos da el pretexto para abordar el tema de la crisis del sindicalismo boliviano, crisis nunca más sentida que hoy, cuando las respuestas a la crisis sistémica del Estado boliviano se detienen en el estrecho límite del interés por salvar al anodino gobierno MNR-ADN, en ausencia de una respuesta desde el movimiento obrero, otrora protagonista central de la política nacional.

1º de Mayo: sindicalismo en crisis

Carlos Arze Vargas *

La cercanía del 1º de mayo, fecha emblemática del movimiento obrero mundial, nos da el pretexto para abordar el tema de la crisis del sindicalismo boliviano, crisis nunca más sentida que hoy, cuando las respuestas a la crisis sistémica del Estado boliviano se detienen en el estrecho límite del interés por salvar al anodino gobierno MNR-ADN, en ausencia de una respuesta desde el movimiento obrero, otrora protagonista central de la política nacional.

La crisis actual del sindicalismo boliviano debería ser analizada a la luz de dos aspectos esenciales: los cambios en la materialidad de los procesos de trabajo y la crisis ideológica de sus direcciones tradicionales. Cabe enfatizar, empero, que no existe necesariamente una sincronía en los dos fenómenos: los cambios en las formas de organizar el trabajo son recientes, prácticamente se llevan a cabo a partir de la segunda mitad de los años 80, en tanto que la crisis de las direcciones sindicales tiene más larga data. Aunque no se puede desconocer la existencia de modificaciones en el trabajo proveniente de experiencias de modernización en ciertos sectores económicos antes de ese período, la presencia del Estado como principal empleador y la vigencia predominante de políticas económicas intervencionistas, eran los elementos determinantes en el mercado laboral.

En este sentido, cabe señalar que la aplicación de las políticas de ajuste arroja resultados muy pobres en lo concerniente a la transformación o modernización productiva. La economía nacional no ha cambiado radicalmente sus rasgos de atraso, su inserción internacional sigue marcada por la exportación mayoritaria de materias primas, y la incursión masiva de inversión externa a partir de mediados de los años 90 tampoco ha significado un impulso destacable a la reestructuración productiva, pues se ha concentrado en pocos sectores que no tienen efectos difusores de modernización sobre el resto de la economía y no son predominantes en términos de empleo. Adicionalmente, los costos de implementación de estas reformas incluyen el debilitamiento de algunas actividades económicas dirigidas al mercado interno y la agudización de la vulnerabilidad de la producción agropecuaria de bienes no exportables.

La información disponible da cuenta de cambios importantes en la estructura del empleo y las condiciones laborales cotidianas, aunque los mismos no han significado una modernización productiva auténtica y menos aún la mejora de las condiciones laborales; por el contrario, esos cambios son parte de la estrategia empresarial competitiva --apoyada por la política neoliberal de los últimos gobiernos-- de carácter espurio, pues se asienta en la reducción de los costos laborales a través de diversos mecanismos que forman parte de la llamada flexibilización laboral. Dicha estrategia ha operado, adecuando las formas "novedosas" de utilización del trabajo al atraso del aparato productivo y agudizando la subordinación de la informalidad y la pequeña producción campesina a la valorización del capital.

El deterioro de las condiciones materiales para la acción sindical ha impactado casi exclusivamente sobre un segmento de por sí minoritario de la fuerza de trabajo boliviana, diríamos, a la porción capitalista formal de la economía, dado que en amplios espacios económicos de la ciudad y del campo, la presencia de relaciones laborales capitalistas fue esporádica (en cierto modo, en el país la forma sindicato fue extensamente asimilada sobre bases no capitalistas de trabajo). Sin embargo, la paulatina sustitución de los anteriores rasgos del trabajo asalariado (como la concentración obrera en grandes centros productivos, la estabilidad laboral, el puesto de trabajo estrictamente definido, la protección social del trabajador y su familia, etc.) por otros nuevos (como la disgregación de la fuerza laboral, la eventualidad, la multifuncionalidad laboral, la desprotección social, etc.) asume el carácter de una igualación "hacia abajo" de las condiciones de trabajo: de una especie de "informalización" del trabajo en su conjunto.

Así, cuando nos referimos al plano material de la crisis del sindicalismo, estamos aludiendo al hecho de que la transformación de ciertas formas que asume el proceso productivo y de sus respectivas formas de utilización de la fuerza de trabajo, limitan las posibilidades de acción, mantenimiento y desarrollo del sindicato en algunos sectores económicos donde las relaciones de asalariamiento eran dominantes y la presencia de la regulación estatal era visible. En este ámbito entrarían la relocalización masiva de trabajadores mineros por la crisis del estaño, la reducción de obreros debido a la desaparición de empresas de gran tamaño, la dispersión de las masas de trabajadores por efectos de la desconcentración, la externalización y la subcontratación de operaciones, etc.

En el plano ideológico de la crisis del sindicalismo, es posible distinguir dos aspectos diferenciados: por un lado, el abandono de un discurso político de tinte marxista por parte de las corrientes políticas que dominaban las direcciones del movimiento laboral y, por otro, las modificaciones producidas en la forma en que los trabajadores interiorizan las nuevas condiciones de su trabajo y, a partir de ello, construyen su identidad colectiva.

En primer lugar, la defección de muchas de las corrientes políticas de izquierda se inició paralelo al propio ascenso del nacionalismo al poder, debido a que su lectura de la realidad boliviana no alcanzaba para hacer la crítica del mismo, sujeta como estaba a la concepción "etapista" del comunismo soviético que prescribía una cierta cronología obligada en la revolución social y al discurso desarrollista de las corrientes nacionalistas que enarbolaban el modelo económico de sustitución de importaciones. Como lo han descrito varios analistas, la orientación práctica de las direcciones, ajena al discurso revolucionario de sus tesis, concluyó produciendo un sindicalismo "pactista" que vinculaba inicialmente la satisfacción de las demandas sociales al éxito del modelo desarrollista y la gestión gubernamental y que acabó convirtiendo esa relación clientelar con el Estado en la posibilidad de su propia sobrevivencia. Esta situación se convirtió en la normalidad de la vida sindical, rompiéndose únicamente en esporádicos episodios en los que la movilización social se sobreponía a las direcciones sindicales obligándoles a retomar el discurso radical de sus documentos fundacionales. Esa relación escabrosa convertía, entonces, al propio sindicato en un mecanismo más del equilibrio social requerido por el sistema de explotación del trabajo, pues se adecuaba perfectamente a la orientación intervencionista del Estado alimentada por las políticas keynesianas, que alentaron la inclusión de las políticas sociales en la agenda estatal y el carácter tripartito de las relaciones laborales.

En la actualidad, con el sinceramiento del capitalismo triunfante, que no requiere de políticas sociales ni de pactos cooperativos, el sindicalismo boliviano peregrina entre las posturas liquidacionistas que postulan la inviabilidad de la organización colectiva de los trabajadores y las posturas modernizantes, que propugnan su adecuación al neoliberalismo dominante. Consecuentemente, la arenga económica del neoliberalismo acerca de la excelencia de la productividad como respuesta para mejorar las condiciones laborales y el empleo, y el discurso político a favor de la democracia representativa, promueven la aceptación acrítica de las nuevas formas de organización del trabajo, que postulan la cooperación obrero-patronal en aras del aumento de la competitividad de la empresa.

En segundo lugar, la dificultad para ampliar la cobertura sindical descansa menos en una evidente difusión de actitudes individualistas por parte de los trabajadores, que en el endurecimiento de las acciones antisindicales adoptadas por los empleadores y la incapacidad de las corrientes políticas de "izquierda", paralizadas por su frustración ideológica.

Con todo, el pretendido desplazamiento de la tradicional cultura sindical de los trabajadores (el llamado sindicalismo revolucionario) y su sustitución por una nueva subjetividad que enfatiza la satisfacción de demandas gracias a acciones individuales, no es una manifestación masiva y menos irreversible, pues se focaliza casi exclusivamente en empresas que han impuesto de manera radical nuevas formas de gestión empresarial, que son la minoría. La ausencia casi absoluta de sindicatos en el sector informal (la llamada microempresa y los trabajadores por cuenta propia), en cambio, es un fenómeno que se remonta hasta hace varias décadas atrás, por lo que no es correcto incluirla como un aspecto novedoso derivado de esta nueva realidad económica. Por ello, deberíamos referirnos, con más propiedad, a la prevalencia más difundida de rasgos subjetivos inclinados al individualismo que atentan contra la acción sindical y no a la presencia dominante de ellos.

Es evidente que la renovación física de la planilla de las empresas, a partir de la expulsión de los trabajadores por efecto de las reformas, ha cambiado el perfil del asalariado, rompiendo así una continuidad en la transmisión de ideología y la práctica sindicales. También es cierto que la flexibilidad de ipso, producida desde 1985, ha conducido a la disparidad en las condiciones laborales de los trabajadores y a la precariedad de las relaciones laborales, ocasionando, a su vez, rupturas en las pautas de solidaridad. No obstante, ello no ha sido suficiente para desterrar totalmente el otrora fuerte sentimiento de pertenencia a la organización sindical y la sujeción de los obreros a prácticas propias de la democracia sindical. Es decir que, pese a la existencia de una creciente presencia de actitudes individualistas (inducidas más por la precariedad laboral, que por adscripciones voluntarias a una nueva lógica en las relaciones laborales), persiste la certeza acerca de la eficacia de la acción colectiva y es todavía importante en muchos sectores laborales, particularmente entre aquellos con fuerte tradición de militancia sindical.

En resumen, quiero remarcar dos aspectos relativos al carácter de la crisis sindical:

En primer lugar, sin restar importancia al efecto que pudiesen tener las nuevas modalidades de organización del trabajo sobre la subjetividad de los trabajadores y, en particular, sobre su identificación con intereses clasistas, considero que no es correcto tender una relación lineal entre ambos pues son diversas las experiencias históricas que invalidan una relación unívoca de tal tipo .

En segundo lugar --en oposición a las concepciones que cargan la tinta sobre las influencia de las modificaciones materiales sobre el sindicato (muchas de ellas con el propósito velado de pretender invalidarlo)-- juzgo como fundamental la crisis ideológica de las corrientes políticas actuantes al interior de los sindicatos, pues las mismas transformaciones materiales no han sido producto de un consenso social, ni han sido realizadas sin resistencia de los trabajadores. En gran medida, la debilidad actual de los sindicatos es producto de la dirección que adoptó el movimiento a lo largo de su historia, incluido el soberano desconocimiento de las realidades objetivas de explotación laboral prevalecientes en los sectores mayoritarios de la informalidad y la economía rural. Contradiciendo el dato empírico de las recurrentes acciones de rebelión de los trabajadores, con las que ponían en vigencia plena su carácter de clase, las direcciones actuaban y actúan sujetándose a sus antiguas fidelidades con el Estado y a los márgenes que éste puede concederles para su sobrevivencia.

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1 Laura Muñoz (1995), por ejemplo, anota en un trabajo sobre el sindicalismo minero que, pese a la presencia de elementos que podrían alentar el individualismo como la temporalidad del trabajo, la incompleta ruptura de los asalariados con la comunidad agrícola, el trabajo en equipos y la remuneración por productividad, los mineros desarrollaron a principios de siglo una identidad de clase que les permitió impulsar la estructuración de sindicatos. * Analista de temas socio-económicos, trabaja en CEDLA.

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