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Área: Internacional >> Europa
Actualizado el 2013-01-03 a horas: 16:24:11

Comprad, comprad, malditos

¿Alimentos para comer o tirar?

Esther Vivas

Vivimos en un mundo de la abundancia. Hoy se produce más comida que en ningún otro período en la historia. La producción alimentaria se ha multiplicado por tres desde los años 60, mientras que la población mundial, desde entonces, tan sólo se ha duplicado. Hay comida de sobras. Pero 870 millones de personas en el planeta, según indica la FAO, pasan hambre y anualmente se desperdician en el mundo 1300 millones de toneladas de comida, un tercio del total que se produce. Alimentos para comer o tirar, esa es la cuestión.

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En el Estado español, según el Banco de los Alimentos, se tiran cada año 9 millones de toneladas de comida en buen estado. En Europa esta cifra asciende a 89 millones, según un estudio de la Comisión Europea: 179 kilos por habitante y año. Un número que sería incluso muy superior si dicho informe incluyera, también, los residuos de alimentos de origen agrícola generados en el proceso de producción o los descartes de pescado arrojados al mar. En definitiva, se calcula que en Europa, a lo largo de toda la cadena agroalimentaria, del campo al hogar, se pierde hasta el 50% de los alimentos sanos y comestibles.

Despilfarro y derroche versus hambre y penuria. En el Estado español, una de cada cinco personas vive por debajo del umbral de la pobreza, el 21% de la población. Y según el Instituto Nacional de Estadística, se calculaba, en 2009, que más de un millón de personas tenían dificultades para comer lo mínimo necesario. A día de hoy, pendientes de cifras oficiales, la situación, sin lugar a dudas, es mucho peor. En la Unión Europea, son 79 millones las personas que no superan el umbral de la pobreza, un 15% de la población. Y de estos, 16 millones reciben ayuda alimentaria. La crisis convierte el malbaratamiento en un drama macabro, donde mientras millones de toneladas de comida son desperdiciadas anualmente, millones de personas no tienen qué comer.

Y, ¿cómo y dónde se tira tantísima comida? En el campo, cuando el precio cae por debajo de los costes de producción, al agricultor le resulta más barato dejar el alimento que recolectarlo, o cuando el producto no cumple los criterios de tamaño y aspecto dictados. En los mercados mayoristas y las centrales de compra, donde los alimentos tienen que pasar una especie de "certamen de belleza" respondiendo a los criterios establecidos, principalmente, por los supermercados. En la gran distribución (súpers, hipermercados...), que requieren de un alto número de productos para tener los estantes siempre llenos, aunque después caduquen y se tengan que tirar, donde se producen errores en la confección de pedidos, hay problemas de envasado y deterioro de los alimentos frescos. En otros puntos de venta al detalle, como mercados y tiendas, en los que se tira aquello que ya no se puede vender.

En restaurantes y bares, donde un 60% de los desperdicios son consecuencia de una mala previsión, el 30% se malbarata al preparar las comidas y el 10% responde a las sobras de los comensales, según un informe avalado por la Federación Española de Hostelería y Restauración. En casa, cuando los productos se estropean porque hemos comprado más de lo que necesitábamos, dejándonos llevar por ofertas de última hora y reclamos tipo 2x1, al no saber interpretar un etiquetaje confuso o por envases que no se adecuan a nuestras necesidades.

El desperdicio alimentario tiene causas y responsables diversos, pero, básicamente, responde a un problema estructural y de fondo: los alimentos se han convertido en mercancías de compra y venta y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un muy segundo plano. De este modo, si la comida no cumple unos determinados criterios estéticos, no se considera rentable su distribución, se deteriora antes de tiempo... se desecha. El impacto de la globalización alimentaria al servicio de los intereses de la agroindustria y los supermercados, promoviendo un modelo de agricultura kilométrica, petrodependiente, deslocalizada, intensiva, que fomenta la pérdida de la agrodiversidad y del campesinado..., tiene una gran responsabilidad en ello. Poco importa que millones de personas pasen hambre. Lo fundamental es vender. Y si no lo puedes comprar, no cuentas.

Pero, ¿qué pasa si intentas recoger la comida que sobra? O bien te puedes encontrar con el contenedor cerrado bajo llave como ha hecho el consistorio de Girona, con los depósitos frente a los supermercados, alegando "alarma social" ante el hecho de que cada vez son más las personas que toman alimentos de la basura. O bien puedes enfrentarte a una multa de 750 euros si hurgas en los containers madrileños. Como si el hambre o la pobreza fuese una vergüenza o un delito, cuando lo vergonzoso y propio de delincuentes son las toneladas de comida que se tiran diariamente, fruto de los dictados del agrobusiness y los supermercados, y que cuentan con el beneplácito de las administraciones públicas.

Los supermercados nos dicen que donan comida a los bancos de alimentos, en un intento de lavarse la cara. Pero, según un estudio del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, sólo un 20% lo hace. Y esto, además, no es la solución. Dar comida puede ser una respuesta de emergencia, una tirita o incluso un torniquete, en función de la herida, pero es imprescindible ir a la raíz del problema, a las causas del despilfarro, y cuestionar un modelo agroalimentario pensado no para alimentar a las personas sino para que unas pocas empresas ganen dinero.

Vivimos en el mundo de las paradojas: gente sin casa y casas sin gente, ricos más ricos y pobres más pobres, despilfarro versus hambre. Nos dicen que el mundo es así y que mala suerte. Nos presentan la realidad como inevitable. Pero no es verdad. Ya que a pesar de que el sistema y las políticas dicen ser neutrales no lo son. Tienen un sesgo ideológico y reaccionario claro: buscan el beneficio, o ahora la supervivencia, de unos pocos a costa de la gran mayoría. Así funciona el capitalismo, también en las cosas del comer.

Comprad, comprad, malditos

Son fiestas navideñas, momento de juntarnos, comer, celebrar y, sobre todo, comprar. La Navidad es, también, la “fiesta” del consumo, ya que en ningún otro momento del año, para beneplácito de los mercaderes del capital, compramos tanto como ahora. Comprar para regalar, para vestir, para olvidar o, simplemente, comprar por comprar.

El sistema capitalista necesita de la sociedad de consumo para sobrevivir, que alguien compre masiva y compulsivamente aquello que se produce y, así, el círculo “virtuoso”, o “vicioso” según como se mire, del capital continúe en movimiento. ¿Qué lo que compres sea útil o necesario? Poco importa. La cuestión es gastar, cuanto más mejor, para que unos pocos ganen. Y, así, nos prometen que consumir nos va a hacer más felices, pero la felicidad nunca llega a golpe de talonario.

Nos venden lo trivial como imprescindible, lo fútil como indispensable y nos crean necesidades artificiales en permanencia. ¿Podrían ustedes vivir sin un teléfono móvil de última generación o sin un televisor de plasma? Y, ¿sin cambiarse de ropa cada temporada? Seguramente ya no. La sociedad de consumo así lo ha impuesto. Además, poco importa la calidad de aquello que compramos. Nos venden marcas, sueños, sensaciones… de la mano de deportistas famosos, estrellas de Hollywood. Y por algunos euros compramos ficticiamente la fama, el glamour o la atracción sexual que la publicidad se encarga de servirnos diariamente en bandeja.

Y si me resisto a comprar, ¿qué pasa? Los productos se fabrican para morir siempre antes de tiempo, estropearse, dejar de funcionar, lo que se conoce como obsolescencia programada, para que así tengas que adquirirlos de nuevo. ¿De qué servirían unas medias sin carreras, unas bombillas que nunca se fundieran o una impresora que no se averiara? Para nosotros y el medio ambiente, bien; para las empresas del capital, mal, muy mal. Y es que la sociedad de consumo está pensada, como magníficamente retrataba Cosima Dannoritzer en su documental, para ‘Comprar, tirar, comprar’, el título de su último trabajo. Aquí sólo gana quien vende.

Poco importan las miles de toneladas de residuos que genera la cultura del “usar y tirar”. Desperdicios tecnológicos, ropa, alimentos… que desaparecen tras nuestra puerta, en la basura, o que pasan a engrosar las pilas de deshechos que se acumulan en los países del Sur, contaminando aguas, tierra y amenazando la salud de sus comunidades, mientras nosotros miramos para otro lado. Nos hemos acostumbrado a vivir sin tener en cuenta que habitamos un planeta finito, y el capitalismo se ha encargado muy bien de ello.

Se asocia progreso a sociedad de consumo, pero tendríamos que preguntarnos progreso para qué y para quiénes y a costa de qué y de quiénes. Si todo el mundo consumiera como un ciudadano medio del Estado español harían falta tres planetas tierra para colmar nuestra voracidad, pero sólo tenemos uno, mientras que en muchos países africanos a penas consumen lo necesario para sobrevivir. Aunque es necesario recordar que, también, existe un Sur en el Norte y un Norte en el Sur.

Alguien dirá: “Si dejamos de comprar, la economía se estancará y se generará más desempleo”. La realidad es muy distinta de la que nos cuentan. Y es, precisamente, este sistema el que fomenta paro, pobreza y precariedad, el que deslocaliza la industria y la agricultura, el que explota la mano de obra, el que contamina el ecosistema y el que nos ha sumido en una crisis económica, social y climática de enormes proporciones. Si queremos trabajar dignamente, cuidar de nuestro planeta, tener bienestar… hace falta otra economía, social y solidaria. Satisfacer nuestras necesidades, teniendo en cuenta que vivimos en un mundo lleno, saturado, a punto de explotar. Apostar por la agricultura ecológica, los servicios públicos, las tareas de cuidados… Trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Porqué o cambiamos, o no saldremos de esta crisis “consumiendo”, como nos intentan hacer creer, sino “consumiéndonos”.

Y uno más apuntará: “Hay sociedad de consumo porque la gente quiere consumir”. Pero, más allá de nuestra responsabilidad individual, nadie, que yo sepa, ha escogido esta sociedad donde nos ha tocado vivir, o al menos a mí no me han preguntado. Es así como nos han educado en la sociedad del “cuanto más mejor”. Y no sólo nos han inculcado valores y prácticas de un sistema que antepone intereses particulares a necesidades colectivas, como el individualismo, la competencia, sino que nos imponen, desde muy pequeños, un determinado rol en función de nuestro género, en la reproducción no solo de una estructura capitalista sino, también, patriarcal.

Quieren que compremos hasta morir, como en la película ‘Danzad, danzad, malditos’ (1969) de Sideny Pollack, donde los participantes a un concurso de baile danzaban sin parar hasta la extenuación para el beneplácito de unos pocos acaudalados. Como decía el presentador de la competición frente a los últimos concursantes a punto de desfallecer al final de la película: “Estos chicos maravillosos, estupendos… que siguen luchando, siguen esperando, mientras el reloj fatal sigue con su tic tac. Continua la danza del destino, el alucinante maratón sigue y sigue y sigue. ¿Hasta cuando aguantarán? Vamos, un aplauso. Hay que animarlos. Aplaudan, aplaudan, aplaudan”. Viva el circo.

www.esthervivas.com

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