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Actualizado el 2012-12-30 a horas: 23:21:21

Naturalización del individualismo propietarista, la mercantilización de las relaciones sociales y el neodarwinismo social elitista

La expansión del liberalismo económico y su relación contradictoria con la democracia

Bernat Riutort Serra *

Paradójicamente, cuando en la historia de la humanidad más Estados han accedido a regímenes representativos, más se desplaza el poder a un lugar que los trasciende, el ámbito trasnacional de los mercados financieros y la gran corporación. Una nueva plutocracia global condiciona de manera decisiva la política de los Estados, al tiempo que cada sector de la misma se vale del poder de los Estados en los que se ubica su matriz financiero-corporativa para hacer oír su voz y sus intereses en las negociaciones internacionales. Se trata de una contrarreforma unilateral, posdemocrática, neoliberal y neoconservadora.

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En primer lugar establecemos una periodización que sitúa la era del capitalismo global por contraste con la anterior, la era del capitalismo regulado. La periodización es la siguiente: Convenimos en que después de la segunda Guerra Mundial se inicia un nuevo período del capitalismo que llamamos capitalismo regulado que perdura hasta que, a comienzos de la década de los setenta entra en crisis. Dicha crisis se prolonga durante las décadas de los setenta y los ochenta. En el curso de la crisis tiene lugar una transformación del capitalismo regulado en el capitalismo global. Al comenzar los noventa la nueva era expansiva del capitalismo global está en marcha. Su impulso llega hasta casi finales de la primera década del milenio. Cuando estalla la súper crisis financiera sus efectos se extienden de inmediato a la economía real y se inicia otro período de crisis, el del capitalismo global. Después de un lustro recorrido de dicha crisis no se avizora el final de la misma.

Cada país y zona geo-económica del capitalismo se incorpora a cada período antes o después y lo experimenta con más o menos intensidad. En cualquier caso, hasta el presente, las pautas y tiempos de entrada y salida en los distintos períodos para las diversas economías y regiones han gravitado en torno a la dinámica marcada por la economía y la política de los Estados Unidos.

El capitalismo regulado tiene sus focos en las tres áreas centrales, Estados Unidos y Canadá, Europa occidental y Japón, así como Australia, Nueva Zelanda y, de manera peculiar, en los grandes países de América Latina. Durante el período de crisis del capitalismo regulado se incorporan al proceso de la naciente globalización capitalista los estados petroleros de la península Arábiga, los “cuatro tigres asiáticos” y, una década después, los tres del sudeste asiático. Al comenzar la era global irrumpen con gran fuerza en el proceso de expansión del capitalismo global China e India y son arrastradas hacia dicho proceso las economías ex soviéticas. Al comenzar el nuevo milenio entre los países de elevado desarrollo y gran dimensión que globalizan su economía destacan los llamados BRIC –Brasil, Rusia, India y China. La actual crisis del capitalismo global tiene su origen y su principal centro en las economías de los Estados Unidos y de la Unión Europea.

Relación de fuerzas y valores democrático-progresistas

Después de la segunda Guerra Mundial en el mundo “occidental”, el capitalismo regulado se estructura sobre la base de una correlación de fuerzas y unos valores que cabe calificar de democrático-progresistas. Una serie de fenómenos de gran trascendencia histórica configuran este contexto:

La derrota total de la extrema derecha mundial y de buena parte de la gran derecha que ha colaborado o simpatizado con ésta; la indiscutible fortaleza económica, militar, científica y cultural de la superpotencia occidental, los Estados Unidos; la heroica victoria de la Unión Soviética ante la brutal invasión militar del tercer Tercer Reich, de la que emerge como superpotencia y extiende su modelo a los países europeos bajo su influencia; la formación de una cultura democrática-antifascista que impregna en occidente a una parte considerable de la ciudadanía vencedora, en particular a la izquierda política y social europea que ha estado en primera línea de combate contra el totalitarismo del Eje; la viva memoria colectiva de la gran depresión de los años treinta con sus devastadoras consecuencias económicas, sociales y políticas, asociada en la práctica con la teoría y la política económica liberal-conservadora, frente a la que ha surgido una teoría y una política económica crítica y alternativa conocida como keynesiana.

Es esta correlación de fuerzas de configuración democrático-progresista en el occidente capitalista la que está en la base de la nueva estructura social de acumulación del capitalismo regulado. En ella, explícita o implícitamente, se establecen sucesivos pactos sociales entre capital y trabajo y entre derecha e izquierda que facilitan un fuerte y sostenido impulso desarrollista y una dinámica social inclusiva. Una nueva revolución tecnológica asociada al modo de industrialización fordista posibilita el incremento de la productividad seguido por el incremento de los salarios que facilitan la expansión del consumo de masas. El reforzado Estado interventor pone en práctica políticas monetarias y fiscales expansivas cuyo objetivo es estimular el crecimiento económico con plena ocupación. Este nuevo periodo de crecimiento de los centros tiene su envés en la explotación por éstos de las semi periferias y periferias especializadas en la agricultura de monocultivo, las materias primas y la energía, así como la total desatención a las externalidades económicas respecto del medio físico-natural.

El pacto social y el impulso democrático y progresista de la mayoría social presuponen un reconocimiento recíproco; de una parte, están la clase trabajadora y los sectores populares y ciudadanos mayoritarios y, de la otra parte, están el gran capital y las elites de las categorías sociales afines, así como el grueso de las burguesías. Los primeros reconocen la propiedad del capital y la autoridad del Estado, en contrapartida, los segundos reconocen la representación política y sindical de la izquierda y el avance en derechos democráticos y sociales. El conflicto permanente en la historia del capitalismo entre liberalismo y democracia halla un terreno de compromiso que se institucionaliza en el seno de la sociedad civil y del Estado, compromiso, por otra parte, no exento de fuertes tensiones. Sobre esta base se desarrolla el Estado del Bienestar liberal y democrático. En la estructura social de acumulación del capitalismo regulado cada Estado ocupa un lugar central en la regulación de los procesos económicos y sociales de su respectiva sociedad.

Acomodación entre derechos en la era progresista

Los agentes socio-políticos del compromiso progresista son, por una parte, las fuerzas sociales y políticas democráticas del antifascismo y de la socialdemocracia y, por la otra, las fuerzas sociales y políticas del liberalismo social y los populismos de centro derecha. En el capitalismo, hasta entonces, la acomodación entre derechos de la gran propiedad y derechos democráticos y sociales se habían saldado con la aplastante primacía de los primeros de tal manera que el avance de estos se hacía a costa de la limitación o anulación de facto de los segundos. En la era del compromiso democrático-progresista la primacía y el avance de los derechos de la gran propiedad se mantienen al precio de aceptar avances sustanciales de los derechos democráticos y sociales.

Cada Estado del bienestar, según la configuración concreta del compromiso institucional entre sus agentes socio-políticos desarrollará un régimen del bienestar. Allí donde la hegemonía de las fuerzas sociales y políticas del liberalismo social y del populismo de centro derecha es más fuerte los derechos sociales se concretan, o bien en regímenes del bienestar residuales o bien en regímenes familiar-universalistas, por el contrario, allí donde la hegemonía de las fuerzas sociales y políticas del liberalismo social y del populismo de centro derecha es más disputada y es más equilibrada con respecto a las fuerzas sociales y políticas democráticas del antifascismo y la socialdemocracia el Estado del bienestar está más desarrollado y es más universalista.

Las Estrategias de la contrarreforma

La crisis económica de los años setenta y ochenta del capitalismo desencadena un proceso de cambios y conflictos en torno a la articulación y hegemonía de la estructura social de acumulación del capitalismo regulado que transforma las relaciones básicas que lo configuran. Mientras tanto, simultáneamente, se van re-articulando de manera sistemática las relaciones estructurales del mismo, formando las relaciones de la nueva estructura social de acumulación del capitalismo global al mismo tiempo que se reconstruye una nueva hegemonía social y política neoliberal-conservadora afín a los intereses del gran capital financiero-corporativo.

La crisis del capitalismo y los problemas de legitimación y de hegemonía por los que pasa Estados Unidos al comienzo de la década de los setenta alarman enormemente al gran capital, a su entorno político-intelectual y a la Administración. Dado su enorme potencial institucional y su indiscutida posición de fuerza internacional, desde tales posiciones, sus distintos agentes configuran una serie de respuestas complementarias.

La primera respuesta de largo alcance es acabar con el cambio fijo dólar-oro establecida en Bretton Woods, convirtiendo al dólar en dinero fiduciario al tiempo que es la moneda de reserva e intercambio internacional. Mientras, en sucesivas negociaciones con otros estados, se impone con gran firmeza la flotación de las monedas y la liberalización progresiva de las relaciones económicas internacionales, en particular, las financieras. Esta línea de acción es impuesta de manera unilateral por los Estados Unidos en base a su poder, acabando por configurar una estrategia de toma del poder del capital financiero en el seno del gran capital norteamericano que proyecta hacia los capitalismos de otras áreas y países. Para llevar a cabo tal proyecto económico, social y político la Administración pone en juego todo su potencial, en estrecha compenetración con la nueva fracción dirigente del gran capital, la financiera. El enorme beneficio del monedaje para el dólar fiduciario y el proceso de financiarización de la economía se sitúan en primera línea de ataque.

La segunda respuesta de largo alcance es el rescate y la reformulación intelectual de valores y teorías liberales y conservadoras por parte del entorno ideológico-político de la gran derecha reafirmada sobre sí misma, decidida, con ocasión de la crisis, a pasar a la ofensiva y recuperar espacios de hegemonía ideológico-teórica. El individualismo propietarista, la mercantilización de las relaciones sociales y el neodarwinismo social elitista debían retornar a su “lugar natural”, acosados como habían estado por la hegemonía de los valores y las teorías de la era democrático progresista que, por otra parte, la gran derecha no habían acabado de aceptar.

Este proyecto ideológico-político radical se orienta a romper el reconocimiento recíproco que está en la base moral y política del compromiso democrático-progresista. Se trata de una contrarreforma unilateral, posdemocrática, neoliberal y neoconservadora.

La tercera respuesta de largo alcance es la “liberación” del capital respecto de la centralidad del Estado y de la capacidad reguladora de su respectiva economía, con un doble fin; por una parte, en una fase de crisis interna de la estructura de acumulación, se trata de implementar las condiciones que permitan al capital seguir obteniendo beneficios en el circuito exterior al mismo tiempo que crear las condiciones de competencia de la fuerza de trabajo de los países semi periféricos y periféricos con la fuerza de trabajo de los centros, aumentando el ejército de reserva y debilitando la capacidad de negociación del trabajo de manera estructural y ; por la otra parte, debilitar el poder democrático del Estado presionando de manera sistemática en favor de la desregulación, lo que sitúa fuera de la competencia de éste cada vez más ámbitos de la economía, en particular de las finanzas, convertidas en prerrogativas casi absolutas del capital, con lo que el poder democrático empequeñece de manera progresiva frente al poder del capital autonomizado y redimensionado que crece y se transnacionaliza cada vez más.

Los decisivos ochenta: consolidación de la nueva relación de fuerzas

En el ecuador de la crisis del capitalismo regulado cuaja la estrategia del gran capital dirigido por la fracción financiera y la elite tecno-burocrática a su servicio. Esta estrategia alcanza dimensión mundial cuando logra el gobierno en Estados Unidos y Gran Bretaña. Desde tales posiciones de poder la ofensiva en toda regla se torna un combate desigual. Las fuerzas democrático progresistas están en inferioridad de condiciones, no alcanzan a comprender la dimensión del ataque y no se disponen a resistir o articular una contraofensiva. Al contrario, entre ellas se racionaliza la filosofía del mal menor y la adaptación como si la tormenta fuese pasajera, mientras tanto, entre sus elites y categorías sociales bien situadas y más beneficiadas se produce un fenómeno de transformismo político y de identificación con la otra parte.

La etapa definitiva en la toma del poder financiero la inicia la reacción monetarista radical de la FED – la Reserva Federal- al final de los setenta y al comenzar los ochenta, con total apoyo de la nueva Administración republicana. Desde la FED se implementa una brusca subida de tipos de interés con el objetivo de reducir de manera drástica la inflación. La repercusión en Estados Unidos es inmediata, baja la inflación, crea una gran bolsa de desempleo, facilita una notable bajada de salarios y una ofensiva antisindical. Dado el papel del dólar y de Wall Street; en Europa Occidental y Japón, induce una elevación de los tipos de interés y la contracción de la economía; en Latinoamérica, el endeudamiento en dólares de la década anterior financiado a tipos de interés mucho más bajos se ve sacudido por su elevación, precipitando la crisis de la deuda de comienzos de los ochenta que crea la nueva dependencia por deudas de toda el área respecto del capital financiero de los centros financieros, obligando a las sucesivas renegociaciones condicionadas de la deuda y a la implementación de políticas de estabilización y reestructuración económica, el neoliberalismo y la globalización se extienden rápidamente por toda la macro-región.

Al golpe estabilizador le sigue la sistemática política neoliberal de las tres Administraciones Reagan-Bush (padre), Thatcher-Major. La institucionalización de la concertación de la acción de la FED y el Tesoro con la de Wall Street articula el centro de la nueva estructura de poder de las finanzas globales, el régimen de gobernanza Wall Street-dólar. El nuevo poder presiona y logra la independencia de los bancos centrales respecto de la política democrática y la reforma del FMI, el BM y la OCDE, según los principios monetaristas y las concepciones neoliberales. Tales cambios crean un vasto y permanente flujo de valores de todo el mundo hacia Wall Street y la City desde donde financian la economía norteamericana y británica y refluyen al resto del mundo en forma de financiación condicionada a los requerimientos neoliberal-financieros. Lo que permite a la superpotencia pasar de ser el principal acreedor del mundo en la era anterior a convertirse en el gran deudor sobre la base de reciclar hacia Wall Street cantidades ingentes del conjunto de la liquidez mundial. Por otra parte, la política neoliberal de liberalización, de desregulación, de re-mercantilización, de privatización, de reducción de la fiscalidad al capital y el ataque sistemático a la representación sindical, no sólo se aplica en el mundo anglosajón y en Latinoamérica, sino que se proyecta cada vez con más intensidad hacia el resto del mundo.

En el Occidente capitalista, al acabar los ochenta, el reconocimiento recíproco entre las fuerzas sociales y políticas con intereses opuestos que sostuvo la cultura moral y política democrática y progresista y el correlativo compromiso desarrollista y bienestarista están en un estado de avanzado deterioro. La coincidencia en esta fase de la implosión del autoritarismo burocrático soviético que, entretanto, había perdido todo su atractivo económico, social y político en todo el mundo, da paso a la nueva era del capitalismo global.

Las instituciones punteras de la contrarreforma de las ideas

La síntesis neokeynesiana hegemónica hasta los setenta en la academia, la alta burocracia de la política económica, los gestores de las corporaciones y las finanzas y los grandes rotativos, experimentan un giro de ciento ochenta grados. Dicha síntesis es abandonada, sustituida en menos de una década por un conjunto de teorías e ideas económicas de impronta liberal.

El cambio es promovido y legitimado por la concesión sistemática de premios Nobel de economía a estas teorías, por la expansión de poderosos think thank liberal-conservadores que implementan estrategias de financiación, promoción y difusión de las ideas afines; por la promoción de las renacidas teorías liberales en las cátedras e institutos de investigación de las universidades del mainstream financiadas por las donaciones y ayudas del gran capital y las administraciones; por el cambio repentino de orientación de las políticas económicas de los bancos centrales y los organismos económicos internacionales hacia el monetarismo y el neoliberalismo; por la generalización de tales doctrinas entre los grandes medios formadores de opinión global, estrechamente ligados a los intereses gran financieros y; por la creación de un vasto ejército titulados en las múltiples escuelas empresariales y de negocios que se crean cuyos planes de estudio y ethos adoctrinan acríticamente en las nuevas concepciones neoliberales y forman el carácter de decenas de miles de gestores en una escala de valores presidida por el triunfo en los negocios y el enriquecimiento personal a toda costa, por la providencial creencia en el automatismo optimizador de los mercados y el neodarwinismo social, además de crear devotos incondicionales de la nueva religión de la globalización. Tales cachorros son la “nueva oficialidad” destinada a ocupar los puestos intermedios y altos de las finanzas, de las corporaciones y los organismos de gestión de las organizaciones económicas internacionales y los ministerios económicos, participando de un lenguaje, unos valores y unas redes de relación comunes.

Viejas ideas con lenguaje renovado

La matriz teórica que sirve de base y punto de referencia para el conjunto de las redivivas teorías económicas liberales y para sus ideologemas popularizados es la nueva formalización matemática de la teoría neoclásica. El elemento clave para convertir en verosímil en términos de rigor científico-académico la providencial fe en la “mano invisible” es la demostración matemática de que en la teoría general de los mercados existe un equilibrio óptimo.

Sobre la base de la total separación del resto de ciencias sociales, a través del complejo lenguaje matemático que elude la contrastación, se construye una fortaleza aparentemente impenetrable. Para tal fin se establecen tres axiomas en términos de i) preferencias individuales, ii) dotaciones de recursos y iii) funciones de producción, considerados dados, no cuestionados, con estos axiomas no existe temporalidad y menos historia y los agentes individuales actúan en las transacciones mercantiles con perfecta racionalidad calculista optimizadora. La competencia perfecta en los mercados tiene lugar en un mundo ideal transparente en el que no existen ni asimetrías de información, ni asimetrías en la posición de poder de los agentes en los mercados.

Estos tres axiomas incluyen múltiples supuestos: i) En cada elección el prototipo del preferidor racional cumple propiedades lógicas estrictas que, por otra parte, son empíricamente irreales. Además, este preferidor no es saciable en ningún mercado. ii) Las dotaciones de recursos que posee cada individuo son presupuestas, no se considera como se han formado, ni si son desiguales, justas u otras contingencias posibles y, a partir de tales dotaciones dadas, cada agente obtiene su correspondiente renta en el mercado.

iii) Con el objetivo de incluir la producción en la lógica del mercado acuden a las funciones de producción. En éstas la cantidad producida es una función de la cantidad de capital y de la cantidad de trabajo puesta en juego. No obstante, con el tercer axioma, la exterioridad de la incorporación de la producción en la lógica del mercado provoca un paralogismo en el núcleo de la teoría neoclásica; la construcción teórica adolece de circularidad lógica. Ello es así pues, tanto el capital como la fuerza de trabajo de la función de producción se consideran dadas, corresponden a las dotaciones de los agentes, pero, para construir la función de producción el capital debe poder agregarse ex ante de la transacción. Sin embargo, como el capital está formado por distintos elementos físicos heterogéneos, éstos sólo puede homogeneizarse y agregarse a partir de la información sobre los precios de dichos elementos, pero los precios relativos sólo se conocen ex post, de manera que no podemos tener la función de producción antes de determinar los precios de equilibrio, el razonamiento es circular. En consecuencia, si se introduce la producción en la teoría neoclásica no puede determinarse el equilibrio general óptimo. O sea, formalmente en los mercados capitalistas no se puede demostrar el supuesto de la “mano invisible”. Aunque los neoclásicos eluden el resultado parapetados detrás del hiper-formalismo matemático que crea un efecto fetichista de gran rigurosidad del conjunto. De esta manera un mito tan central de la modernidad pasa falazmente a obtener la calificación de máxima cientificidad.

Por otra parte, la teoría neoclásica usa de manera ubicua uno de los postulados centrales de la construcción que es condición necesaria de la circulación de las mercancías que dice que el valor de la oferta agregada iguala al valor de la demanda agregada, conocido como Ley de Walras. Además, supone que la renta es igual al consumo más la inversión. Tal igualdad precisa que todo el ahorro se convierte en inversión. La teoría así construida garantiza que los mercados, cuando no son obstaculizados desde el exterior, no tienen crisis, de manera que no existe teoría de la crisis neoclásica, cuando aparece debe ser atribuida a un shock externo. El problema reside en que ambas igualdades –legítimas en cuanto tales igualdades- no son leyes que competan a la realidad, no existe necesidad real de que se cumplan, son postulados de la teoría. De hecho, son numerosas e importantes las tendencias inmanentes que en los mercados reales distorsionan su cumplimiento. La teoría neoclásica no sirve para explicar el capitalismo real. El cual, por otra parte, con periodicidad asombrosa experimenta grandes crisis.

El monetarismo es una teoría económica parcial referida a la cantidad de moneda en la economía. Esta teoría mantiene como una obviedad de la teoría económica -sin demostrar- que los mercados dejados a sí mismos se ajustan de manera óptima. La estabilidad de los precios es clave para el correcto funcionamiento de la economía. Si la cantidad de moneda se adecúa a la prescripción de la teoría monetarista el conjunto de la economía optimizará los resultados. El candidato preferido para causar el shock externo es el Estado. La intervención del Estado en los mercados y, en particular, en el exceso o el defecto en la cantidad de moneda en circulación, distorsiona tal armonía, causando inflación, o en sentido contrario, deflación. Por otra parte, las demandas sociales, en particular, las de los sindicatos – los otros culpables, al pedir aumentos salariales y beneficios sociales promuevan la inflación.

Para la teoría los bancos centrales han de autonomizarse por completo de la influencia política y social y cuidar que la cantidad de moneda en circulación mantenga controlada la inflación en mínimos, sin caer en la deflación. El medio a utilizar por los bancos centrales para tal fin se reduce a mantener las tasas de interés ajustadas y estables. De tal manera se disciplina el comportamiento fiscal del Estado y las demandas de los agentes sociales y la ciudadanía. Para la teoría monetarista carece de sentido interrogar por el coste social y democrático de tal institucionalización.

La teoría monetarista es una concepción completamente sesgada y limitada del papel de la moneda en una economía capitalista pues, no sólo crea liquidez el Estado con la emisión de moneda, el crédito bancario y los títulos financieros multiplican exponencialmente los medios de circulación, intercambio y valor. Es decir, la teoría monetarista no ajusta el comportamiento del gran capital financiero privado. Al contrario, su teoría reducida del dinero no contempla el exceso de crédito y la revalorización de activos como generadores de inflación y creadoras de burbujas. Además, no sólo provoca inflación la cantidad de liquidez, sino también fenómenos reales como el aumento del precio de las materias primas y la energía, el exceso de demanda, etc. Por otra parte, de hecho, en situación de crisis económica, anular los estímulos públicos tiende a contraer el crecimiento económico, a bloquear las políticas activas de los estados, a generar desempleo y a reducir la demanda agregada, agravando la crisis. Es más, induce fenómenos inexplicables para la teoría monetarista como la trampa de la liquidez.

La teoría monetarista adquirió predicamento como crítica a la teoría keynesiana y al papel activo del Estado en la economía. La afinidad de la teoría con los intereses empresariales y, en particular, con los financieros, es obvia pues prioriza en exclusiva el poder de compra del capital monetario, la tasa de interés de los préstamos que remunera al capital, la reducción del papel económico del Estado y la anulación de la negociación sindical y las demandas sociales. En concreto, sirve para reconstruir el poder del capital y aumentar su remuneración, a costa del poder democrático de la mayoría de los trabajadores y la ciudadanía en general que, en consecuencia, ven caer sistemáticamente sus rentas directas e indirectas.

La teoría de las expectativas racionales se sitúa bajo el paraguas de la teoría neoclásica, se interesa por el comportamiento de los agentes económicos en el largo plazo, supuesto que en el futuro exista perfecta flexibilidad de los factores al ajuste de los precios y que todos los agentes optimizadores de la economía tienen la capacidad de cálculo, la información suficiente de los mercados futuros y el conocimiento y consistencia de sus preferencias en el tiempo para resolver los problemas de los equilibrios dinámicos en los mercados.

Dado que las condiciones paramétricas para los agentes económicos súper-racionales son muy exigentes y la complejidad del conocimiento y de la información requeridos son enormes la sofisticación matemática de los modelos elaborados para establecer los escenarios futuros es exponencial. Sólo la ingeniería informático-matemática está en condiciones de aventurarse por esta vía. La economía propiamente dicha desaparece tras el velo de los modelos y los cálculos.

Por otra parte, los parámetros de racionalidad de los que parte no se dan en la realidad, ni pueden darse, pues no puede eliminarse la preferencia por el presente, el cambio de contexto, la contingencia y la incertidumbre y, por supuesto, no existen tales agentes súper-racionales. Toda la construcción adolece de irrealidad. En especial cuando hace su aparición una gran crisis y, empíricamente, en el plazo largo, dicha eventualidad, hasta ahora, siempre ha acontecido.

Así, la teoría fracasa de manera estrepitosa donde se considera competente, la previsión de futuro. Por lo que es obvio que como teoría científica que pretende explicar la realidad no funciona. Sin menoscabo de que en situaciones particulares de estabilidad y con una restricción espacio-temporal ad hoc, con sus sofisticados modelos probabilísticos, pueda ser útil para construir simulaciones.

Neoliberalismo es una concepción de la economía capitalista que conjuga distintos elementos procedentes de la teoría neoclásica, de la teoría monetarista, de la teoría de las expectativas racionales y de la filosofía política liberal-conservadora. Ofrece una cosmovisión económica y política de las sociedades del capitalismo y de sus problemas que, junto a la idealización de los “mercados libres”, santifica el individualismo de la propiedad, el egoísmo virtuoso, la “mano invisible”, la racionalidad optimizadora y el neodarwinismo social, la eliminación de impuestos al capital pues, aduce, reduce la inversión e interfiere la optimización y crítica las interferencias externas en los mercados al promover políticas fiscales y políticas sociales por parte del Estado de la izquierda y los sindicatos.

El programa neoliberal de política económica en cualquier lugar y para cualquier momento es el mismo; liberalizar, desregular, privatizar, remercantilizar, reducir impuestos al capital, proscribir el Estado del bienestar, proteger la propiedad y la seguridad, inhabilitar la acción sindical y eliminar las políticas desarrollistas y sociales. Tal vulgata se convirtió en dogma y canon de la política de las instituciones económicas internacionales y la mayoría de gobiernos. Se codificó con el “Consenso de Washington”, entró de lleno en Europa a partir del diseño que subyace al Tratado de Maastrich, creador la UE, y se institucionalizó en el Tratado de Lisboa.

Para esta concepción de la economía, la política y el Estado han de contraer su ámbito de acción como condición necesaria para que se amplíe el campo de los mercados. Para llevar a cabo dicho proyecto se pone a las Administraciones al servicio de la realización del programa neoliberal. La democracia ve reducir su ámbito de decisión y actuación económica y social y desactivar, e incluso rechazar, paquetes enteros de derechos sociales. Tal política presupone que “no hay alternativa” a la política neoliberal. De tal manera, de hecho, el espacio real de la izquierda política y social se considera superfluo, desapareciendo de la realidad, aunque no de la constitución. Para el neoliberalismo, ni la democracia deliberativa, ni la democracia agonística, en la que se ponen en juego concepciones distintas tienen sentido. La democracia representativa reduce su función a un mecanismo de sustitución entre elites gestoras que compiten para realizar el mismo programa. Es un proyecto posdemocrático. En la medida que si tal concepción de la política avanza, el Estado del bienestar se transforma en el Estado neoliberal.

La teoría de los mercados financieros globales se formuló con posterioridad a las anteriores, no obstante, vino a añadirse a la concepción neoliberal de conjunto. Dicha teoría aduce que los mercados financieros globales liberalizados y desregulados han adquirido tal dimensión que diariamente realizan decenas de millones de transacciones globales por un volumen superior al PIB mundial, utilizan unos instrumentos informacionales, matemáticos y técnicos altamente avanzados y los agentes y las agencias que operan en los mismos son muy especializados y no tienen problemas sustanciales de información y de computación, así, su autorregulación producirá de manera automática la tan esperada eficiencia y la tendencia al equilibrio global. Además, en caso de que aparezcan problemas de desajustes, siempre serán locales y la propia dinámica e ingentes recursos de los mercados financieros globales los absorberá, por lo que no existe peligro de crisis sistémica.

No obstante, la realidad es que los mercados financieros desregulados y liberalizados se organizan sobre la base de la ocultación sistemática de la información y el desconocimiento del riesgo global de los productos negociados, ponen en juego dispositivos de manipulación muy sofisticados e ininteligibles de los productos que ofrecen, acrecientan la formación interesada de estímulos perversos para favorecer el alza de la remuneración de sus agentes y generalizan la adopción del riesgo moral con la seguridad de que en caso de problemas, como ha sucedido durante esta crisis, se socializan las pérdidas –es “demasiado grande para caer”. Además, la presión financiera constante y avasalladora a través del endeudamiento se proyecta sobre la política y el Estado con el fin de ponerlos a su servicio.

La globalización triunfante

Desde comienzos de la década de los noventa, hasta la súper-crisis financiera desencadenada al estallar la burbuja de las hipotecas subprime, la globalización neoliberal financiarizada, para el gran público, aparece como la era del capitalismo global triunfante - exceptuando episodios puntuales localizados de fuertes crisis financieras. Hasta China e India, las dos macro-áreas más pobladas del mundo que parecían recluidas en su propio interior, toman la senda del capitalismo global dirigidos por sus estados desarrollistas, camino que en las dos décadas precedentes habían ensayado con éxito los “tigres asiáticos”. Mientras, el mundo ex soviético a través de programas neoliberales de choque se adentra a gran velocidad en el capitalismo global más descarnado y desigual.

El reactivado crecimiento económico se basa en el nuevo modo de desarrollo informacional, la organización posfordista de la producción y la inmensa precariedad de vastos contingentes de fuerza de trabajo en la industria des-localizada y en los servicios. Mientras tanto, en los centros desarrollados los salarios caen de forma ininterrumpida con respecto a las rentas del capital. El incremento de la productividad se sostiene, no sólo en el factor del desarrollo tecnológico aplicado a la producción, sino también, y de forma decisiva, en los bajos inputs salariales y en la reducción de los inputs materiales que proceden de la producción de las áreas de nueva industrialización de las semi periferias y las periferias.

La distancia entre, por una parte, los beneficios empresariales y los salarios de la economía real y, por la otra, las rentas financiero-corporativas en los centros del capitalismo avanzado, desde el inicio de la década de los ochenta, aumenta ininterrumpidamente. La deslocalización de la producción manufacturera a las zonas de nueva industrialización y la especialización de los centros en la tecnología informacional y los servicios, en particular, financieros, vinculan de manera creciente la expansión de los centros al crecimiento financiero. La gestación de nuevos instrumentos financieros, la inducción de nuevos productos y la especulación con diversos tipos de activos se tornan el medio idóneo para crecer las rentas financieras muy por encima de la economía real. En la economía financiera crecen las pirámides especulativas, mientras tanto, en la economía real aumenta la dependencia por deudas de sus agentes. Tal dinámica conjunta mantiene, simultáneamente, por un lado, las rentas financieras y la revalorización de activos financieros al tiempo que, por el otro lado, se expande el crecimiento de la demanda agregada sobre la base del consumo ciudadano y de los gastos empresariales. Todo parece funcionar, la economía realimenta y reproduce ambos lados a la vez como si el proceso fuese capaz de expandirse sin grandes sobresaltos de manera continua. Mientras tanto se agranda la contradicción sobre la que se sostiene la expansión.

En los países desarrollados las enormes rentas y beneficios del capital financiero y corporativo avanzan de manera correlativa al empobrecimiento relativo de la gran mayoría de asalariados. No obstante, el consumo de masas crece, dada, por una parte, la reducción continua del precio de las mercancías procedentes de las nuevas zonas industrializadas de las semi periferias y las periferias y, por la otra parte, a la enorme expansión del crédito y la liquidez orientada al consumo de los individuos, las empresas y el Estado que el nuevo complejo financiero pone en marcha. Tanto los individuos, como las empresas y los estados son atraídos a la dinámica de la financiarización de manera imparable por el efecto de abundancia y diversidad de medios de endeudamiento que les ofrece, cuando, por el contrario, cada vez les es más difícil atender con los propios recursos las “nuevas necesidades inducidas”.

La generalización del sistema basado en la proliferación del crédito y la expansión de los mercados de valores supone la expansión imparable del nuevo vínculo tejido en la relación de dependencia por deudas de la inmensa mayoría de individuos, empresas y estados con respecto al gran capital financiero-corporativo global. En la era del capitalismo global la relación de dependencia por deudas sustituye al vínculo ya periclitado de la era del capitalismo regulado establecido en torno a la relación de reconocimiento recíproco entre los agentes económicos, sociales y políticos.

Mientras, las fuerzas sociales y políticas del centro izquierda y de la izquierda institucional, incapaces de resistir o de afrontar ofensivamente tales cambios, perdida la disputa por la hegemonía moral y política se extrañan respecto de su sentido cultural y social democrático progresista y adoptan la política del mal menor que día a día justifica pequeñas concesiones que desplazan cada vez más la realidad social y política al terreno del otro. Las organizaciones sindicales perviven parapetadas en las instituciones, corporativizan sus comportamientos y negocian a la baja en la medida que cada vez tienen menor presencia orgánica entre los asalariados. Entre los partidos demócratas y socialdemócratas, reducidos a partidos de gestión y cargos públicos, el transformismo político penetra desde arriba las organizaciones políticas hasta copar su actuación. La identificación con el mundo del otro adquiere la forma de social neoliberalismo que encuentra su racionalización ideológico-programática con la “tercera vía”.

De esta manera, el sistema representativo deja de incluir en su seno la controversia y el compromiso entre alternativas de sociedad para tornar funcional al sistema financiarizado y neoliberal. Como la desigualdad socio-económica y la falta de voz de cada vez son más amplios y afectan a más sectores sociales que son anulados, marginados o expelidos por el sistema socio-político, crece de manera continua el malestar y la exterioridad. Así, en las afueras y los límites del marco institucional representativo, aparece una compleja expresión política de tal realidad ignorada por el sistema, una nueva y plural expresión sub-política de la política que ha llegado a configurar un movimiento de movimientos en torno a la perspectiva de que otro mundo es posible, una heteróclita expresión democrática de una alter globalidad.

Sustituida la política del reconocimiento, neutralizada la izquierda social y política y en plena expansión de la globalización neoliberal, la acomodación entre derechos de la gran propiedad y derechos democráticos y sociales se decanta -no sin fuertes resistencias puntuales de los afectados- de manera continua y sistemática hacia la preeminencia, el reforzamiento y la expansión de los primeros, los derechos de la gran propiedad, a costa de la reducción y el ocaso de los segundos, los derechos democráticos y sociales. De nuevo el capitalismo torna a configuraciones de la acomodación entre los derechos que representan y naturalizan los intereses de las poderosas y enriquecidas minorías a costa de las grandes mayorías sociales.

La gran corporación se transnacionaliza y financiariza, crece su escala y reorganiza en red. Los mercados financieros institucionalizan el nuevo poder del accionariado. Es decir, los grupos y fondos que controlan los paquetes decisivos de acciones en los conglomerados financieros y corporativos, capaces de mover ingentes cantidades de valor por todo el mundo en tiempo real. El valor para el accionariado global se convierte en “la medida de todas las cosas”. Su gestión adquiere un carácter que trasciende el control que sobre ella pueda hacer cada Estado. Hasta cierto punto se mueve en un ámbito translegal. Buena parte de la regulación sobre sus movimientos inversores en el ámbito internacional procede de su propia auto-regulación y de acuerdos entre pares. Se crea una lex mercatoria global que condiciona desde el nuevo poder del accionariado de manera decisiva las normas que elaboran los parlamentos y gobiernos de los estados y las instituciones económicas internacionales.

Una vez la desregulación, liberalización y transnacionalización ha avanzado hasta este punto, el poder del gran capital se ejerce bajo la amenaza implícita de la exit option; si las políticas de los estados no se adecuan a sus requerimientos desplazan de inmediato la inversión a otro lugar. De hecho, muchos estados en peor posición están ávidos de que la inversión recale en su territorio. La lógica de la acción colectiva de los estados los torna más débiles frente al poder financiero-corporativo y, progresivamente, se adaptan a sus requerimientos, es decir, se neo-liberalizan. El poder del Estado pierde la centralidad que tuvo en su sociedad en la era del capitalismo regulado, se vuelve excéntrico dado que desde otro lugar marcan la pauta de sus políticas económicas y sociales.

Cuando los “mercados votan”, es decir, cuando el accionariado mueve ingentes cantidades de activos en los mercados buscando facilidades para su expansión y revalorización autógena, evitando condiciones, impone sus dictados a los estados en detrimento de las instituciones que representan votos ciudadanos. Paradójicamente, cuando en la historia de la humanidad más estados han accedido a regímenes representativos más se desplaza el poder a un lugar que los trasciende, el ámbito trasnacional de los mercados financieros y la gran corporación. Una nueva plutocracia global condiciona de manera decisiva la política de los estados al tiempo que cada sector de la misma se vale del poder de los estados en los que se ubica su matriz financiero-corporativa para hacer oír su voz y sus intereses en las negociaciones internacionales. Es el nuevo orden económico-político global de gobernanza posdemocrática.

La crisis del capitalismo global neoliberal y financiarizado

La FED, el FMI, el BM, la OMC, la OCDE, el Banco de Basilea, la Administración Bush, la UE, Wall Street, la City, el G-8, el Bundesbank, los departamentos de economía de las universidades top ten y los demás sistemas expertos de la economía capitalista, pertrechados con su concepción económica neoliberal, sus modelos matemáticos de las expectativas racionales y la teoría de los mercados financieros globales, durante el primer lustro del milenio mantienen un consenso respecto a la solidez del sistema y prevén un mayor crecimiento para Norteamérica y la UE así como para el resto del mundo. No contemplan la posibilidad de que estalle la macro-burbuja especulativa que, entretanto, se ha formado. La pirámide especulativa de valor de los títulos del conjunto del sistema financiero es tratada como si fuera reflejo del valor de la economía real. La ficción se desvanece al pinchar la burbuja de las hipotecas subprime. De inmediato la crisis de las hipotecas subprime deviene súper crisis del sistema financiero de los centros del capitalismo y este se transmite de manera imparable a la economía real. La estructura social de acumulación del capitalismo global entra en una gran crisis en la que estamos instalados.

En un primer momento ante el peligro de desmoronamiento del sistema como un todo se acude a la masiva socialización de pérdidas de los títulos financieros y al rescate de los bancos y se introducen contundentes estímulos públicos con el fin de parar el golpe. Cuando desde los poderes económicos globales y los gobiernos afines de los centros occidentales se considera que ha pasado el peligro inmediato, parapetados en las sólidas posiciones de poder logradas en la era global, se convierten las macro deudas financieras privadas en deudas públicas y se vuelve hacia las políticas de estabilización acorde con los intereses financiero-corporativos con el objetivo de hacer pagar los costes de la crisis a la gran mayoría de la ciudadanía y debilitar aún más sus posiciones de poder, relanzando un durísimo ataque a los derechos democráticos y sociales con el objetivo de eliminar todo atisbo de resistencia futura y de asaltar los reductos aun no mercantilizados.

En particular, la construcción posdemocrática y neoliberal de la UE es el lugar donde esta reacción es más intensa. Por otra parte, la reacción democrática-popular frente a semejante ataque vuelve a emerger de la ciudadanía y se expresa en las redes informales y la calle, mientras, la representación política formal que ha sido neutralizada con anterioridad permanece sin dar señales de reactivación. Las instituciones políticas europeas y sus estados, ensimismados en su cúpula de cristal y su indefinido proceso de “integración”, no oyen ni responden a la ciudadanía, sólo atienden los requerimientos de los grupos financiero corporativos.

* Profesor de la Universitat de les Illes Balears. Este artículo fue presentado en Seminario El liberalismo de las cortes de Cádiz a la globalización, UB, noviembre 2012. IX Jornadas Internacionales de Filosofía Política. Filosofía Política: entre el normativismo y la crítica. Fuente: www.sinpermiso.info, 30 de diciembre de 2012.

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