
Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.
Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).
Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

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Generalmente se pone a Bolivia, Nicaragua y Haití como los países más pobres de la región latinoamericana y caribeña. Ahora ese "honor" le corresponde a Guatemala, y no porque haya sufrido una catástrofe repentina, sino porque la reciente sequía que vive el país no ha hecho sino sacar a la luz algo que se sabía hace mucho tiempo: es uno de los países latinoamericanos donde los pobres son más pobres y los ricos más ricos, es decir, un país donde las desigualdades sociales y económicas son verdaderamente repugnantes.
Para quienes no lo recuerdan, Guatemala es un país con una burguesía "ladina" altanera y racista que concentra en pocas manos todas las riquezas del país. Es el ejemplo típico de república bananera donde una vez que el gobierno y las multinacionales de Estados Unidos hicieron su trabajo de limpieza política (el derrocamiento de los gobiernos progresistas a principios de la década de 1950), dejaron el país en manos de los militares y de una burguesía corrupta e insaciable que hasta hoy funciona según el esquema de las "20 familias", que manejan una nación como su feudo personal.
La burguesía guatemalteca se ha servido del ejército y de la violencia para mantener sus privilegios. Durante los años de las dictaduras militares, que dejaron el trágico saldo de 200 mil muertos y desaparecidos, la burguesía ladina no pestañeó. Por el contrario, sus negocios florecieron y su poder se consolidó sobre la base de la represión. La concentración económica se hizo cada vez mayor y en pocas manos, porque las comunidades de indígenas mayas fueron despojadas de las mejores tierras, y en las ciudades, los trabajadores no tenían espacios democráticos para reclamar salarios y condiciones de trabajo más justas.
Así, cuando uno mira el mapa actual de Guatemala, puede constatar cómo esas familias de ricos (brutalmente ricos porque su fortuna está basada en el abuso del poder), poseen grandes extensiones de territorio para garantizar la buena marcha de sus negocios, aunque la mayoría de la población maya haya quedado reducida a la tierra menos productiva.
Toda la zona montañosa central del país, las verapaces, está en manos de las grandes empresas cafetaleras y bananeras; la zona sur, en las costas del Pacífico, está en manos de las empresas productoras de azúcar, que han exterminado los bosques para sustituirlos por cañaverales; la rica región del Petén, en el norte de Guatemala está en manos de concesiones petroleras, mineras, madereras y de agroindustria, que cada año eliminan cientos de miles de hectáreas de bosques, y expanden de manera irracional la frontera agrícola, aunque no para cultivar alimentos, sino para la palma africana y otros cultivos destinados a la producción de bio-combustibles, de acuerdo al negocio cerrado con la administración de Bush.
La zona del Peten es rica no solamente en madera, petróleo, y minerales, sino muy rica en sitios arqueológicos -porque fue el corazón del mundo maya- y en reservas de fauna y flora. Todo eso se está perdiendo rápidamente por la codicia de la burguesía ladina guatemalteca, cuya preocupación por la cultura y por el medio ambiente es inexistente.
El saqueo de bienes arqueológicos es un negocio permanente, sobre todo porque muchos de los antiguos sitios mayas están en propiedades privadas y el Estado ha sido incapaz de recuperar eso para la nación. Por ejemplo, las maravillosas estelas de piedra de Quiriguá, están en manos de una empresa bananera; los cañaverales cercanos a Santa Lucía Cotzumalguapa, en el sur, están sembrados de restos arqueológicos que los tractores destruyen todos los días.
El tráfico internacional de piezas arqueológicas de origen maya es inmenso, y dentro de Guatemala, no hay hacendado que no tenga su museo privado con centenares de piezas sobre las que no existe ni catalogación ni control.
Y es que en Guatemala, debido precisamente a esa situación de país feudal que manejan unas pocas familias, todos los tráficos son posibles, y no hay tráfico que no se practique como negocio ilícito: tráfico de piezas arqueológicas, tráfico de maderas preciosas, tráfico de especies animales en peligro de extinción, tráfico de inmigrantes, tráfico de niños recién nacidos para las adopciones, tráfico de órganos, tráfico de jade, y por supuesto tráfico de drogas, que es uno de los grandes negocios.
De hecho, si regresamos al mapa de Guatemala, en la zona del Petén antes mencionada hay más de 300 pistas clandestinas donde aterrizan las avionetas colombianas cargadas de cocaína, que luego es trasegada a través del Río Usumacinta hacia México. Los departamentos de Zacapa, Jutiapa y Chiquimula (y todo el oriente guatemalteco) son conocidos por alojar a las familias de narcotraficantes, muchos de los cuales ocupan cargos públicos, elegidos por el voto de sus poblaciones.
Ya hemos mencionado, en otros artículos sobre Guatemala, el otro latifundio, el latifundio mediático. Este es un país donde unas pocas familias controlan todos los medios impresos y audiovisuales. El ejemplo más patético es el de la televisión: cuatro de los cinco canales existentes están en manos de un mexicano que vive en Miami, a quien todos los candidatos presidenciales rinden pleitesía en los periodos electorales.
No es entonces extraño que un país con las características descritas deje a su población inerme y en manos del hambre y de la extrema pobreza.
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