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Actualizado el 2007-03-22 a horas: 02:09:19
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27 años del secuestro, tortura y asesinato

Memoria personal de Luis Espinal

Alfonso Gumucio D.

Como esta noche, 27 años atrás, Luis Espinal fue secuestrado, torturado y asesinado salvajemente. Los asesinos siguen libres y sus nombres son conocidos: Luis Arce Gómez, Guido Benavides Alvizuri, Rafael Loayza, los agentes y paramilitares de la DOP y SIE conocidos por los nombre y seudónimos de "Nayo", "Beto" Chacón, "Mister" Atlas, Jorge Ramírez, el "Tombo Gemio", "el Gordo", Julio Torres, Melquiades Torres, Guillermo Moscoso, el "loco" Ormachea, "el Indio", Galo Trujillo, "el Abuelo" y otros. No se ha hecho justicia hasta ahora, y mientras no se haga seguiremos clamando por ella. Lo que sigue no es nuevo, pero es mi manera de recordar a Lucho año tras año.

Alfonso Gumucio Dagron

Alfonso Gumucio Dagron 

Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y especialista en comunicación para el desarrollo. Ha trabajado en programas de comunicación para el cambio social en África, Asia, América Latina y el Caribe, con agencias de Naciones Unidas, con fundaciones internacionales y ONGs.

Fue miembro de la redacción del Semanario "Aquí" y ha publicado en un centenar de diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa, Norteamérica, África y Asia. Dirigió películas documentales en varios países. Es Coordinador del Grupo Temático de Comunicación para el Cambio Social en la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (ALAIC).

Ha publicado más de veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios sobre literatura, cine y comunicación, entre ellos: Historia del Cine Boliviano (1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social (1990); La Máscara del Gorila (1982) Premio del Instituto Nacional de Bellas Artes de México; Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social (2001), Antología de Comunicación para el Cambio Social (2008).

El contenido de estas páginas no refleja necesariamente la opinión de Bolpress.

Jaime Balcázar me despertó a las 7 de la mañana: "Acabo de recibir una llamada de Bolivia –me dijo con los ojos humedecidos por la emoción. -Anoche asesinaron a Luis Espinal". Era el 23 de marzo de 1980, estábamos en Managua, Nicaragua, en casa de Jaime. El ejercía las funciones de Representante Residente de Naciones Unidas en Nicaragua y yo estaba visitando ese país que apenas ocho meses antes se había sacado de encima varias décadas de dictadura y despojado de su etiqueta de república bananera. Por esas vueltas que da la vida, le tocó años más tarde a Jaime Balcázar, como Embajador en Brasil, llevar a Bolivia y a la cárcel a Luis García Meza, uno de los responsables del asesinato de Luis Espinal.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, casi tres décadas, y muchas cosas en el país y en la vida de uno. Sin embargo, hay recuerdos que se mantienen invariables porque la emoción los ha grabado con fuego en la memoria. Al morir Lucho una de mis primeras reflexiones fue: "qué poco he disfrutado de su amistad, qué poco nos hemos visto, qué poco hemos charlado". Siento una cordial envidia por Xavier Albó, la persona que mejor conoció a Espinal, que tuvo la oportunidad de compartir la misma casa y el mismo espacio de trabajo.

Cada año al llegar estas fechas armo en mi memoria, como un rompecabezas, los fragmentos que reconstruyen mi relación de amistad y de trabajo con Lucho Espinal. Cuando estoy en La Paz me doy un tiempo para ir al Cementerio General a conversar con mi padre fallecido en 1981, y reservo siempre un clavel para Luis Espinal. Invariablemente, cada vez, me sorprende ver que no hay lugar donde colocarlo: todos los floreros de su tumba están llenos de flores frescas colocadas por tantos que lo extrañan como yo.

Mi relación con Lucho Espinal se remonta a 1969, es decir, hace mucha vida. El había llegado un año antes a Bolivia y por entonces, además de escribir comentarios cinematográficos, ofrecía talleres de cine; yo estuve en dos: aproximación a la crítica cinematográfica y grandes directores de cine. Mientras estudiaba medicina mi interés por el cine y la literatura crecían, de modo que trataba de no perderme sus cursos. Lucho sabía convocar la atención de sus alumnos, hablaba bien y además utilizaba una colección de diapositivas que había armado pacientemente, cuando no había Internet. Diez años después ambos dábamos clases en el Taller de Cine de la Universidad Mayor de San Andrés, y yo tenía la desventaja de enfrentar a los alumnos cuando él terminaba de dar su clase. Por comparación, yo hacía un triste papel.

Luis contribuyó a que mis pasos se encaminaran hacia el cine de una manera definitiva. Dejé medicina, ingresé en la carrera de literatura, y empecé a equiparme con instrumentos de análisis para la crítica cinematográfica, que ejercí con entusiasmo en El Nacional entre 1970 y 1971. En ese tiempo nuestros contactos eran frecuentes pero sin mucha profundidad: yo era apenas el aprendiz de brujo.

La actividad de Lucho era enorme. Escribía guiones para documentales mientras en la televisión estatal (no había canales privados) mantenía dos programas sobre cine y uno, muy  importante, sobre temas sociales: En Carne Viva, una reiteración de aquel programa que antes dirigió en la televisión española hasta que lo expulsaron: Cuestión Urgente. En Bolivia, como antes en España, tuvo que enfrentarse a la censura. Ya he escrito en detalle sobre su actividad como cineasta y crítico cinematográfico en Luis Espinal y el Cine (un libro que debió publicarse en 1980, pero por el golpe de García Meza se postergó hasta 1986).

Con el golpe de Bánzer en Agosto de 1971 el Océano Atlántico se interpuso entre ambos: yo estudiaba cine en París y él continuaba y ampliaba su labor en Bolivia. Había adquirido la nacionalidad boliviana y desplegaba su creatividad en la crítica cinematográfica, en la radio como codirector de Radio Fides, en la prensa como columnista de Ultima Hora y en el cine como guionista en varios proyectos. Pudimos vernos de nuevo en 1975, cuando le hice una larga entrevista para mi Historia del Cine Boliviano. Lo encontré recostado pues acababa de sufrir un accidente que dañó su espalda. En los años siguientes nos escribimos varias veces, por suerte conservo sus cartas.

“Te diré que no soy bueno en escribir cartas. No sé por qué, me es más fácil escribir cosas impersonales que cartas. A mi familia les mando algún cassette al año, y vale”, me dice en una carta de noviembre 1975. En otra insiste: “Aunque no lo creas soy un gran flojo para escribir cartas”. Ello no impidió que me escribiera un par de veces más en 1976 y 1977. El tema principal de nuestra correspondencia era el cine, claro. Luis me anunciaba, por ejemplo “la determinación por parte de la Alcaldía de La Paz (Mario Mercado) de crear la Filmoteca Boliviana” por la que ambos habíamos hecho campaña en artículos de prensa. Me enviaba noticias sobre nuevas producciones bolivianas y sobre sus propios proyectos de introducir el cine en todos los niveles de la educación, primaria, secundaria y universidad. Por mi lado, lo suscribí a varias revistas especializadas y solía mantenerlo al tanto de las nuevas películas producidas en Europa.

En una carta de noviembre de 1977 me avisa que se ha presentado “una oportunidad favorable para sacar una revista de cine mensual” junto a Antonio Eguino y Oscar Soria. “A la vuelta de Toño nos hemos dado cuenta de que él habló contigo independientemente de un plan tuyo semejante, del que tengo idea de que alguna vez me has hablado. No hay que decir que no queremos crear ninguna interferencia contigo; pero creo que tampoco debemos desaprovechar esta oportunidad. Por supuesto, si nuestro plan va adelante, te debes considerar plenamente en él, tanto si vuelves pronto a Bolivia como si permaneces más tiempo en Francia. Más aún, si vuelves, es posible que seas vos la persona indicada para dirigir la revista. Te escribo esto porque no desearía que se crease ningún malentendido entre nosotros; y además, en el cine boliviano no somos tantos como para darnos el lujo de trabajar desunidos”.

No fue sino en enero de 1978 que lo volví a ver. Yo acababa de regresar a Bolivia y supe que él estaba en la redacción de “Presencia” sosteniendo una huelga de hambre, junto a Domitila de Chungara, Xavier Albó y otros que fueron parte de los varios miles que se unieron a la huelga que terminó de resquebrajar el régimen dictatorial de Bánzer. Lo encontré debilitado, moviéndose lentamente, hablando con ademanes suaves como si estuviera racionando la poca energía que le quedaba. Tomé fotos del grupo huelguista que todavía veo publicadas de vez en cuando.

Recordar las fotos de la huelga de hambre me trae a la memoria otras que hice de Lucho en diferentes etapas, por ejemplo mientras trabajábamos con Oscar Soria y Antonio Eguino en la preparación de los guiones para la película Chuquiago, o alguna vez en su casa. Pero de todas las fotos que tomé en las que aparece Lucho, la que más quiero y sin duda la mejor de todas es aquella en la que su rostro aparece confundido en medio de un mar de otros rostros durante una manifestación de la COB en enero de 1979. Como he dicho en un poema, esa foto lo define "de cuerpo entero".

A partir de allí no vimos con frecuencia, en la universidad donde ambos dábamos clases, en los eventos relacionados al cine y por supuesto en el Semanario Aquí del cual él era director-fundador y yo uno de los miembros de la redacción. Ya no era el cine solamente lo que nos acercaba, sino la problemática política y las coincidencias que expresábamos en artículos del semanario.

A fines de febrero de 1980 nos reunimos en su casa por última vez. Yo viajaba a un festival de cine en México y luego a Nicaragua, durante un mes, de modo que decidimos vernos antes de mi partida. Me invitó un whisky y hablamos de cine, como siempre, y de las notas sobre Nicaragua que yo podría escribir para el Semanario Aquí. Antes de despedirnos me mostró sus tallados en madera, que esculpía con pasión como si estuviera labrando los nuevos símbolos de la liberación espiritual, cosa que de algún modo logró. El más conocido, es aquel que conserva Xavier Albó: una cruz hecha de un martillo y una hoz, simbolizando su propia trayectoria, su manera de percibir la identidad entre la lucha de los cristianos y de los izquierdistas por un mundo mejor. "Eres el único amigo que todavía no se ha llevado ninguno de mis tallados", me dio a elegir… Respondí que escogería un tallado con calma, a mi regreso de Nicaragua. Yo no veía urgencia ni suponía lo que iba a pasar unas semanas más tarde.

El día que Jaime Balcázar me dio la noticia nos preparábamos para asistir al lanzamiento de la gran Cruzada de Alfabetización del gobierno sandinista. El país entero se movilizaba con alegría y entusiasmo para generar durante los siete meses siguientes una transformación histórica. El capital principal de la Cruzada de Alfabetización era el compromiso y la generosidad de los jóvenes nicaraguenses.

Mientras estaba en la tribuna de la Plaza de la Revolución, frente a la catedral de Managua cuarteada por el terremoto de 1972, mirando a miles de entusiastas brigadistas que entonaban canciones y se preparaban para dirigirse a los rincones más apartados de Nicaragua, pensaba que Luis Espinal estaba allí con todos nosotros.

  

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