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Área: Internacional >> EEUU
Actualizado el 2006-04-11 a horas: 10:26:01

La supremacía del capital financiero: beneficios récord y auge del autoritarismo

James Petras

(La Haine).- Los bancos de inversiones están profundamente implicados en el reciclaje del dinero del petróleo árabe, y comprometidos en fusiones y adquisiciones en Oriente Próximo a gran escala, mientras una minoría financiera judía, pero muy militante, financia a los lobbies pro israelíes que presionan para que Estados Unidos adopte una política más belicosa frente al mundo árabe e islámico.

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No hay otro sector de la economía de los Estados Unidos cuyo crecimiento pueda equipararse, en estos últimos años, al de las principales instituciones financieras, tanto en términos absolutos como relativos. Para el primer trimestre de 2006, Goldman Sachs (GS) anunció la superación del récord absoluto de beneficios en Wall Street, con 2.480 millones de dólares (es decir, 10.000 millones de dólares al año, de seguir al mismo ritmo). Estas ganancias representan un 64% más que las del mismo periodo del año pasado (un año ya muy lucrativo). La rentabilidad de los recursos propios alcanzó el 38,8%, cifra récord también para una compañía inversora. Los ingresos totales alcanzaron los 10.300 millones de dólares. GS ha registrado beneficios récord en cinco de los últimos nueve trimestres (Financial Times (FT) 15.03.2006, p. 1).

Por su parte, Morgan Stanley declaró un incremento del 17% en sus ingresos netos, hasta 1.640 millones de dólares en su primer trimestre de 2006, con un aumento del 24% anual, en comparación con el 19,7% del año anterior. Lehman Brothers declaró unos beneficios superiores en un 24% para el mismo periodo, con una cifra récord de 1.100 millones de dólares y unos ingresos aumentados en 17% hasta 4.500 millones de dólares. Bear Stearns (BS) se unió al baile de millones de Wall Street, declarando unos beneficios en el primer trimestre de 514 millones de dólares, 34% más que el año anterior. Los ingresos alcanzaron los 2.300 millones, con un incremento del 19%, mientras que la rentabilidad de los recursos propios de los accionistas aumentó en un 20,1% en el primer trimestre. Sumados los beneficios de estos cuatro bancos, alcanzan los 5.730 millones de dólares para el trimestre que va de noviembre de 2005 a febrero de 2006, es decir, 22.900 millones anuales, y esta cifra no incluye los beneficios de tres de los cinco principales bancos (Citigroup, JP Morgan and Merrill Lynch), cuyo primer trimestre se contabiliza de enero de 2006 a marzo de 2006, y de los que se esperan beneficios igualmente elevados, duplicándose en ese trimestre hasta los 12.000 millones de dólares, e incrementando los beneficios a cerca de 50.000 millones en 2006.

Ningún otro sector económico puede hacer gala de una tasa de beneficios similar, ni hay ninguna empresa de entre las siete principales que se acerque siquiera a estos beneficios récord. Los bancos consiguen su máximo rendimiento facilitando la concentración y la centralización del capital (operaciones que denominan “fusiones y adquisiciones”), imponiendo unos lucrativos honorarios en concepto de “asesoría” y suscribiendo las obligaciones que financian las fusiones y las adquisiciones. La segunda fuente de ingresos es la especulación, entre otras con la negociación de la deuda, las apuestas en los mercados mundiales de valores, especialmente en la energía, en los que Goldman and Morgan “han estado haciendo una fortuna estos últimos trimestres”.

Mientras, en Estados Unidos los consumidores, los políticos demagogos y los activistas antibelicistas acusan a los países productores de petróleo, pasando por alto totalmente la responsabilidad de los bancos especuladores en las subidas del precio del crudo.

El principal aspecto político es que la fuerza motriz del sector económico más importante de la economía estadounidense –los servicios– es el sector financiero, el que menos participa en actividades productivas, entendiendo como tales la producción de bienes y servicios para la comunidad. Además de sus elevados beneficios, los astronómicos salarios y gratificaciones de sus elites directivas, y su papel en la concentración del capital tienen un papel principal en el incremento de las desigualdades de salarios. El coste que imponen a las empresas por sus “servicios” contribuye al endeudamiento lo que, a su vez, conduce a despidos masivos, y a la reducción de la cobertura sanitaria y de pensiones como parte de los mensajes de “asesoría” de los bancos implicados.

Además de su actividad especulativa, los bancos se han convertido en accionistas significativos en sectores no bancarios. Desarrollan un importante papel en la reducción de costes laborales como método para maximizar los beneficios a corto plazo, a expensas de las inversiones a largo plazo en investigación y tecnología. Por último, la fuente más lucrativa y dinámica de los beneficios especulativos se encuentra en la expansión en ultramar, especialmente en Europa y Asia. Por ejemplo, Lehman Brothers anunció a mediados de marzo de 2006 “una agresiva expansión en Asia”. Mientras los rendimientos totales aumentaron el 17%, los ingresos provenientes de ultramar aumentaron el 30%, y los de Asia el 67%. David Goldfarb, director administrativo, declaró que la expansión en Asia era la prioridad número uno de Lehman. Los principales bancos han establecido o están en proceso de hacerlo, avanzadillas en los sectores bancarios de China e India. El imperialismo financiero se está convirtiendo en el principal instrumento para la construcción del Imperio del siglo XXI.

Capital financiero: Poder político y política económica

El capital financiero ejerce una enorme influencia sobre la política económica gubernamental mediante una representación directa en los órganos de control de la política monetaria estadounidense: el presidente y consejo ejecutivo de la Reserva Federal. Sus criterios clave para el nombramiento del presidente de la Reserva Federal son la “confianza” y los estrechos vínculos y sólidas relaciones que el candidato tenga con Wall Street. Estos mismos criterios se aplican a todos los principales nombramientos económicos, entre ellos los secretarios del Tesoro, Comercio, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. Durante mucho tiempo, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, ha sido muy respetado y alabado no por su pésima actuación económica sino por sus políticas favorables a los banqueros de Wall Street. Durante la presidencia de Greenspan, la economía de Estados Unidos se ha desindustrializado, ha acumulado unos enormes déficits comercial y presupuestario y se ha basado en dos burbujas especulativas (la tecnología de la información y las cajas de ahorros).

Ha dirigido una economía que ha alcanzado niveles sin precedentes de deuda pública, que se ha duplicado en cinco años. El apoyo de Greenspan a las bajadas de impuestos de Bush para los ricos (ingresos, beneficios del capital, etc.) ha contribuido al enorme déficit presupuestario y ha ampliado las desigualdades. Su política de bajos intereses ha alimentado las burbujas especulativas a costa de las inversiones productivas. Su apoyo a la desregulación del capital (denominada “globalización”) ha conducido a la deslocalización de multinacionales estadounidenses (la mayoría de las cuales exporta a Estados Unidos) y ha producido enormes déficits comerciales y de la balanza de pagos. Si bien estas políticas han ocasionado una desastrosa situación en la economía nacional, han creado unas condiciones extraordinariamente favorables para la expansión del capital financiero en el interior y en el extranjero, así como la concentración y centralización de los bancos en diez grupos de control.

El impacto de Wall Street en la economía y las estructuras nacionales puede ilustrarse mejor al examinar lo que ocurre en la ciudad de Nueva York, su centro operativo. En primer lugar, la distribución de la propiedad en Nueva York es de las más desiguales del mundo. Un poco más del 1 % de la población controla más del 80 % de los recursos, lo que es comparable a las desigualdades de propiedad de la tierra en Guatemala y Brasil.

En segundo lugar, Wall Street está estrechamente vinculada al capital inmobiliario de Nueva York y ambos han sido instrumentos para la subida de los valores inmobiliarios y alquileres, lo que ha producido la destrucción de más de 500.000 puestos de trabajo en la industria durante las últimas tres décadas. La mayoría de las antiguas factorías industriales han sido remodeladas para convertirlas en espacios de oficinas para actividades financieras y en viviendas de lujo para los financieros ricos. El senador por Nueva York, Schumer –un conocido defensor de Wall Street– ha liderado en Estados Unidos la campaña para convertir en chivo expiatorio a China por la pérdida de puestos de trabajo en la industria, pasando por alto el papel primordial del capital inmobiliario en la deliberada destrucción del sector fabril en Nueva York.

Por supuesto que la desaparición de los fabricantes en la ciudad de Nueva York no se debe exclusivamente al capital financiero: los capitalistas locales del textil y los sindicatos son también en parte responsables al apostar por los salarios bajos para competir –una propuesta ineficaz contra China– en lugar de actualizar su tecnología, introducir el diseño por ordenador y la especialización en la producción de alta calidad. Los sindicatos (entre ellos la International Ladies Garment Workers Union- ILGWU, denominada después UNITE) han apoyado la estrategia del trabajo barato de los responsables de las fábricas de ropa al tolerar salarios de hecho por debajo del salario mínimo, lo que ha quedado recogido en los contratos de negociación colectiva. Sin duda, las diferencias étnicas y de clase entre los jefazos judíos, con sueldos de seis dígitos, de la industria del vestido y los mal pagados obreros asiáticos y latinos, así como las comunes posiciones en cuestiones étnicas y de clase de dirigentes y fabricantes, han hecho posible el fracaso de esta política: la pérdida de competitividad de las fábricas y la pérdida de puestos de trabajo de los obreros.

El capital financiero y la guerra en Oriente Próximo

El capital financiero, hasta hace poco, estaba predominantemente en manos de protestantes blancos y de judíos. En los últimos tiempos, la base étnica y religiosa de Wall Street se ha ampliado, al apoderarse los grandes bancos de los pequeños bancos de propiedad familiar. Sin embargo, dentro de la nueva generación de ambiciosos especuladores en Bolsa, existe una gran desproporción de personas de origen judío, no necesariamente religiosos ni implicadas en actividades comunitarias judías o israelíes. No obstante, una significativa minoría de millonarios de la banca y del negocio inmobiliario desarrolla un papel muy activo en la financiación y promoción de la política israelí, bien sea directamente bien sea a través de los principales grupos de presión pro israelíes como el AIPAC1 y el presidente de las principales organizaciones judías.

Esos lobbies han estado a la cabeza de la propaganda en favor de la guerra de Iraq, en el boicot o el ataque a Irán y en la limpieza étnica de los palestinos. La fuerza política de esta minoría de financieros judíos acaudalados, que consideran a Israel por encima de todo, no queda contrarrestada por cualquier otra organización de banqueros judíos o de magnates gentiles2, musulmanes o hindúes. Por medio de la utilización política de su riqueza, de su estratégica posición y alto status, esta minoría de financieros políticamente activos se encuentra en situación de establecer los parámetros y políticas en Oriente Próximo a través de su papel dominante en la financiación de los partidos políticos (en especial del partido demócrata), de los candidatos y de los congresistas.

Los críticos de la guerra judíos y gentiles prescinden, de forma deliberada, del papel que desempeñan la minoría de judíos acaudalados y sus lobbies políticos en el diseño de la política estadounidense en Oriente Próximo y se centran en las compañías petroleras en Estados Unidos y en ultramar (“Sangre por petróleo, no”). Existen numerosas pruebas de ello en los últimos 15 años.

1.Las compañías petroleras no han promovido una política belicista.

2.Las guerras han perjudicado sus intereses y sus operaciones y acuerdos con importantes gobiernos árabes e islámicos de la zona.

3.Los intereses de las compañías petroleras han sido sacrificados a los intereses estatales de Israel.

4.El poder del capital financiero, a través del lobby pro israelí, supera al de las compañías petroleras en influencia sobre la política estadounidense en Oriente Próximo.

Una cuidadosa investigación de las publicaciones y actividades del lobby de la industria petrolera y de los lobbies pro israelíes en las últimas décadas ha sacado a la luz una abrumadora documentación que demuestra que los lobbies judíos han estado mucho más favor de la guerra que la industria del petróleo. Además, la documentación hecha pública por ésta última demuestra un alto grado de cooperación con los Estados árabes y una creciente integración de los mercados. Por contraste, las declaraciones públicas y las actividades de los lobbies judíos más poderosos económicamente y en influencias han servido para aumentar la hostilidad del gobierno estadounidense contra los países árabes, incluida la máxima presión ejercida a favor de la guerra en Iraq, el boicot o el ataque militar contra Irán y el apoyo estadounidense a los asesinatos israelíes y a la limpieza étnica de los palestinos.

La demostración más impresionante del poder judío en el diseño de la política estadounidense en Oriente Próximo contra los intereses de los grandes del petróleo queda demostrada con la política de Estados Unidos en Irán. Tal como subraya el Financial Times: “Las compañías internacionales de petróleo, que están invirtiendo mucho miles de millones de dólares en proyectos en Irán, están preocupadas con el enfrentamiento diplomático (léase, las amenazas económico-militares de Estados Unidos ) al programa nuclear del país” (FT, 18 y 19 de marzo de 2006, p.1). A pesar de que están en juego miles de millones de dólares en contratos de petróleo, gas y productos petroquímicos, el lobby pro israelí ha presionado al Congreso para que impida a las principales compañías petroleras estadounidenses invertir en Irán. A través de su agresiva campaña ante el Congreso y el Gobierno de Estados Unidos, el lobby judío estadounidense-israelí ha creado un clima de guerra en contra de los intereses de todas las principales compañías petroleras del mundo, entre ellas BP- British Petroleum, compañía británica; SASOL, de Sudáfrica; Royal Dutch Schell; Total, de Francia y otras muchas.

El mito de la “guerra del petróleo” ha sido difundido por casi todos los más importantes intelectuales progresistas judíos y repetido como loros por sus partidarios gentiles, a quienes se prohibe de palabra y hechos mencionar la palabra AIPAC en cualquier reunión pública o manifiesto. El poder de la minoría políticamente activa de financieros judíos en el lobby pro israelí se está extendiendo más allá del sector de la política exterior estadounidense y alcanza a la vida cultural, académica y económica de Estados Unidos. En este sentido, tres acontecimientos importantes me vienen a la mente.

En la ciudad de Nueva York, una importante producción teatral sobre la vida de Rachel Corrie, activista humanitaria, asesinada en los Territorios Ocupados por un soldado de las Fuerzas de Defensa Israelíes que conducía un bulldozer, fue cancelada por la presión judía y las amenazas financieras. El teatro ha admitido que la cancelación se ha debido a la “sensibilidad” (y al bolsillo) que suscita el tema en los partidarios de que “Israel es lo primero”. La defensa y el apoyo por parte del lobby pro israelí de una opinión minoritaria a favor de la agresión en Oriente Próximo están llegando a socavar autoritariamente las libertades básicas de los estadounidenses en el derecho a una libre y pública expresión.

El segundo ejemplo de la creciente tiranía de la minoría pro israelí sobre nuestras libertades civiles es la virulenta campaña, lanzada por las principales publicaciones judías y organizaciones pro israelíes contra el bien documentado ensayo escrito por los profesores Stephan Walt, de la Universidad de Harvard, y John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, en el que se critica la influencia del lobby judío en la política estadounidense en Oriente Próximo. Desde el ultraderechista y ortodoxo Jewish Press (que se autoproclama el más difundido periódico judío “independiente” de Estados Unidos) al antes socialdemócrata Forward, y hasta el Jewish Weekly, todos han lanzado junto a las principales organizaciones judías, una campaña propagandista de difamación (“los nuevos Protocolos de Sión”, “antisemitismo”, “fuente para las páginas en Internet de los nazis...”) y presionan para que se los expulse de los círculos académicos.

El autoritarismo judío ya ha tenido éxito en parte. Sus comunicados de prensa se han publicado en los medios de comunicación de masas sin permitir la réplica de los profesores atacados. La Universidad de Harvard ha exigido que el logotipo de la Kennedy School of Government sea retirado del documento. El ultrasionista profesor Dershowitz y sus fanáticos colegas de Harvard han puesto en duda su cualificación moral y académica para la enseñanza. En Estados Unidos y en Francia se están preparando leyes para equiparar el antisionismo con el antisemitismo y para criminalizar como “delito de odio” la libre expresión sobre las atrocidades israelíes y cualquier crítica del control que ejerce el lobby sobre la política estadounidense en Oriente Próximo.

En Estados Unidos, las leyes propuestas podrían afectar a la retirada de financiación a cualquier institución académica en la que se criticaran las actuaciones de Israel. Hasta ahora en Estados Unidos no se ha producido una oposición organizada a este ataque al derecho a la libre expresión de los académicos, judíos o gentiles, o de los periodistas, ni una defensa de la honradez de los dos críticos del lobby. No existe un grupo de inversores judíos o de financieros dispuestos a financiar una campaña en defensa de la libertad de expresión, de la libertad de cátedra, ni de la libertad artística para contrarrestar a la minoritaria elite financiera sionista. El negocio es el negocio.

Algunos mitos y unas pocas apreciaciones: El capitalismo y la guerra

Además del mito de la “guerra por el petróleo” existen varias extendidas ideas falsas:

Mito número 1 - El dominio del capital financiero conduce a la guerra. No existen pruebas de que el capital financiero funcione mejor en tiempos de guerra que en tiempos de paz. De hecho, la historia reciente demuestra que las “crisis” provocan la volatilidad de los mercados y alteraciones inmediatas que perjudican a importantes “apuestas” financieras y otros beneficios. La mayor parte de los beneficios financieros se producen por las fusiones y adquisiciones, que aumentan gracias a las circunstancias del libre mercado, y no a las guerras. Los financieros que apoyan la guerra lo hacen debido a su ideología personal, a su identificación étnica y habitualmente a través de organizaciones con afiliación étnica, no por medio de asociaciones financieras. De forma que las grandes contribuciones que aportan una minoría de financieros judíos a los lobbies sionistas partidarios de la guerra tienen poco que ver con su pertenencia de clase y más con su identificación con las organizaciones que anteponen Israel a todo.

Mito número 2 - Si bien los financieros son la principal fuente de recursos de los belicosos lobbies pro israelíes y de sus portavoces en el Congreso, existe una minoría de banqueros judíos cuya principal preocupación es conseguir los máximos beneficios para sus bancos y, en consecuencia, para sí mismos, que se comprometen en actividades sociales, culturales y profesionales no judías. Más de la mitad, incluso, no contraen matrimonio en el seno de la comunidad judía.

Mito número 3 - Muchos escritores citan encuestas que sugieren que la mayoría de los judíos, como los otros estadounidenses, se oponen ahora a la guerra de Iraq. No obstante, el hecho cierto es que no están dispuestos a criticar al lobby belicista judío ni a mencionar la participación de Israel en el desencadenamiento de la guerra con su ocupación de Palestina.

Mito número 4 - El lobby israelí es uno más de los lobbies existentes. El lobby judío pro israelí es único en influencia porque dispone de una enorme red de organizaciones de base y de 150 funcionarios en Washington que actúan de forma disciplinada y comprometida a las órdenes de una potencia extranjera, Israel. Además el lobby está financiado por individuos muy ricos de sectores muy lucrativos (como el bancario). En tercer lugar, su extensa reputación de amenazas y represalias contra los recalcitrantes y leales miembros del Congreso, ejecutivos y creadores de opinión lo convierten en un extraordinario y peligroso lobby.

Conclusión

La supremacía del capital financiero y su influencia en la política económica estadounidense han tenido unas consecuencias importantes, y en gran parte negativas, para la política económica de Estados Unidos, y en especial para nuestro nivel de vida, nuestra balanza de pagos y nuestro presupuesto. Los desregulados mercados financieros han llevado a la consecución de beneficios récord para Wall Street pero al mismo tiempo han producido una serie de burbujas especulativas que han llevado a la bancarrota a millones de pequeños inversores.

La pérdida de competitividad industrial estadounidense es, en gran parte, consecuencia de la transferencia de capital de las innovaciones productivas, que aumentan la competitividad, a la actividad especulativa, en muchas ocasiones al margen de la verdadera producción de bienes y servicios. Los mercados de productos financieros derivados y los hedge funds –fondos de inversión especulativa– alcanzan en la actualidad un monto igual a toda economía estadounidense, calculándose en 12 billones de dólares, lo que equivale un derrumbamiento financiero anunciado. El capital financiero en su estadio más avanzado de desarrollo se basa en apostar sobre apuestas ya apostadas, que incrementa hasta el infinito las probabilidades de un colapso económico, aunque aumenten el abismo existente entre los banqueros y los asalariados.

La influencia política del capital financiero se ha concretado en la esfera de la política económica y de los nombramientos de altos cargos del Gobierno, pero no se ha implicado en la formulación de las políticas bélicas ni se ha beneficiado de ellas. Sin embargo, el capital financiero ha sido compatible, ha apoyado y se ha beneficiado de sus estrechos vínculos y relaciones con la elite política militarista en el Congreso y el Gobierno. La relación es de mutuo apoyo. El Gobierno desregula los mercados financieros, baja los impuestos, recorta el gasto social, nombra a presidentes de la Reserva Federal amigos de Wall Street... y a cambio Wall Street apoya a los partidarios de la guerra imperial en el Gobierno y el Congreso.

Los bancos de inversiones han estado profundamente implicados en el reciclaje del dinero del petróleo árabe, y han estado comprometidos en fusiones y adquisiciones en Oriente Próximo a gran escala, mientras una minoría financiera judía, pero muy militante, ha financiado a los lobbies pro israelíes que presionan para que Estados Unidos adopte una política más belicosa frente al mundo árabe e islámico.

La postura de Wall Street en el deterioro de las libertades democráticas ha pasado de la ambigüedad al autoritarismo. Al mismo tiempo que han apoyado la Patriot Act, se han opuesto a la compra por parte de una compañía de Dubai de la gestión de terminales portuarias estadounidenses. Y mientras una activa minoría apoya la prohibición de la obra teatral sobre Rachel Corrie y financia a organizaciones pro israelíes que intentan purgar a profesores críticos con Israel, la mayoría lo ve con indiferencia.

El auge del autoritarismo y la lucrativa usura financiera son compatibles con el dominio del capital financiero.

Notas

1. American-Israel Public Affairs Committee (AIPAC) (N.T.)

2. Término con el que la comunidad judía denomina a quienes no son judíos. (N.T.)

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