Aunque la historia se escriba siempre al revés, Hitler, Churchill y Roosevelt coincidían en lo básico: el enemigo principal se llamaba Stalin y su odioso comunismo. Para ellos, era la reencarnación de Gengis Kan, pero más malvado aún: quería abolir la propiedad privada. Ese era su pecado capital.

Por eso, cuando el austríaco demente del bigotito se lanzó contra la URSS, todos respiraron aliviados: los nazis acabarían con los soviéticos. Luego, Occidente acabaría con esa desviación aria, racista, perversa, de la Europa blanca, culta y civilizada, madre de los Estados Unidos, y juntos volverían a ser las naciones democráticas y libres en un mundo de bárbaros.

Más no contaban ni con la decisión psicópata de Stalin ni menos con el increíble sacrificio del pueblo ruso. La batalla de Stalingrado y Leningrado resistiendo el asedio de los nazis son algunos de los ejemplos más claros de heroísmo y de la voluntad humana por escribir una historia diferente.

Cuando, al fin, Hitler cayó derrotado en el Volga, se pone en marcha la operación Manhattan, la fabricación de la bomba más devastadora de todas, la bomba atómica. La propuesta se la hizo a Roosevelt un emigrado alemán de origen judío, el físico Albert Einstein. Roosevelt, que moriría antes de arrojarla, aceptó de inmediato. Einstein, es considerado un genio y un benefactor de la especie humana (a la cual, ayudó a destruir).

En abril de 1945, Berlín cae en manos de los soviéticos. Empezó una venganza atroz, peor que Dresden. Los eslavos se ensañaron con sus antiguos verdugos. Las violaciones masivas en la Alemania rendida fueron solo el principio. Los yanquis empezaron a aterrorizarse: ¿Qué harían las tropas mongolas de Moscú si invadían nuestra amada tierra WASP? Mientras tanto, los bombarderos USA devastaban al único país del Eje que seguía en guerra: Japón. Tokio y demás ciudades eran arrasadas por bombas incendiarias, convencionales. Los muertos sumaban cientos de miles. Era una sangría a diario: Hirohito no aguantaría mucho más.

Muere Roosevelt. Asume Truman, otro demócrata, como los Clinton o como Obama. A él le tocó la decisión de arrojarla. Y lo hizo. No dudó. El 6 y el 9 de agosto de 1945. Contra la opinión de sus propios generales que le decían: Japón ya está vencido. Los militares no entendían de política: el enemigo era Stalin, que ya había movido tropas al norte de China y estaba dispuesto a invadir Japón y volverlo una isla roja.

Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, en realidad, fueron una advertencia contra el mandamás del Kremlin. Detente, demonio, que las próximas serán contra vos. Japón capituló. Su emperador dejó de ser sagrado. Empezaba la Guerra Fría. Por caminos insondables, sigue hasta hoy. Es lo que el Papa Francisco llama “la tercera guerra mundial no declarada”.

Dos meses atrás, Obama visitó Hiroshima. No pidió perdón y dijo, hipócrita, que su recuerdo no debía desvanecerse nunca. Habría que preguntarle a que cosa se refería. Si a la memoria de Stalin o a los norcoreanos o a la inmoralidad absoluta de matar de un saque a 300 mil seres humanos sólo por enviarse un mensaje entre genocidas.

Fuimos viudas e hijos del rock and roll y herederos perpetuos de la bomba. Hasta que llegó la televisión de la globalización de los marines de los mandarines de Washington para volver a poner todo en su sitio: el de la estupidez rampante y la frivolidad desquiciante que nos domina. La bomba mediática es una versión siniestramente mejorada de la ultra secreta bomba H. No demuele hoteles ni ciudades. Tampoco mata. Cría zombies. El que ganará en noviembre, cualquiera de los dos, es uno de ellos. ¡Dios salve al mundo de Hillary o de Donald Trump!