La goleta Triunfo zarpó del puerto de Los Ángeles con la misión de devolver mineros a sus playas de origen. A la vez, guardaba en su interior, un extraño tesoro: una de las mayores, sino la mayor, colección de mariposas que el mundo jamás había conocido.
Los mineros eran expatriados que habían acudido hasta California en busca de oro. ¡Sacramento, 1848! ¿Quién no recuerda esos días de gloria efímera y ríos que brillaban de pepas gigantes mezcladas con sangre y licor barato? La codicia, la violencia y la aventura pobló esos valles con hombres que llegaron de todas partes: Río de Janeiro, Valparaíso, Lima.
El mariposario del rey de Siam cobró justa fama cuando navegantes y comerciantes anglosajones comenzaron a dar noticia de su existencia en Londres y en Nueva York. El rey Rama, un apasionado entomólogo, había logrado reunir en su santuario, especies tan raras como las mariposas negro titanio del mar de Andamán y las mariposas monarcas de las montañas de Birmania, una familia de insectos carnívoros, amado talismán de los misteriosos emperadores chinos. Las mariposas también eran sagradas para los antiguos thai.
Uno a uno, los mineros del oro, fueron desembarcando su suerte o su desgracia a lo largo de la travesía. El capitán de la fragata, que apellidaba Craig, escribía poemas en sus desveladas noches náuticas. De milagro, se conservaron las páginas de su diario. Allí también se pudo rescatar los nombres de algunos de los afortunados o de los desdichados: Severino Oporto del Valle, Jaime Jesús Alcedo, Pedro Miguel Reyes Jordán.
La colección de mariposas era una verdadera joya. Doce baúles de plomo estañado conteniendo doscientas cajas de madera de caoba, selladas con lacre añil, donde medio millón de mariposas dormían, sin un rasguño, sin sospechas de moho, intactas, perfectas, salvas. Patán Satún, jefe de entomólogos del palacio real y director del serenísimo mariposario, las había preservado, con esmero infinito, para la eternidad. Unos piratas malayos, aprovechando la confusión desatada por un tifón, las robaron y luego cambiado por carabinas a unos portugueses de Macao. Cómo llegaron a California, no lo recordaba nadie. Craig las había comprado por sesenta dólares y una botella de bourbon a un marinero loco (que dormía encima de las petacas, en una cueva de la playa, cerca a Cabo San Blas) y pensaba ofrecérselas al Marques de Albuquerque, su amigo de la corte de Petrópolis y primo de Pedro II.[1]
El último minero se despidió del capitán en Ancud. Empezaba el invierno. Estaban retrasados: el cruce del estrecho sería complicado pero ni el frío ni el viento atemorizaban a Craig. En Brasil, también lo esperaba Marisa, la de los poemas y su segunda flamante esposa, tras que había enviudado de Diana, una muchacha de Boston. Sobraban los motivos felices para la vuelta. También los padecimientos pero la nave se comportó de maravilla, a pesar que dos de sus palos fueron dañados por las tormentas. Sin otra novedad, cruzaron el estrecho.
El drama se suscitó después, en ese temible rincón del Atlántico Sur, al oeste y al sur de las Islas Malvinas. Un huracán de nieve azotó la nave y se llevó las velas. La goleta, convertida en una cáscara de coco (o en una mariposa a la que le hubieran arrancado las alas), derivó sin rumbo, hasta que naufragó al norte rocoso de la Isla de los Estados. Un lobero del Tuyú y de apellido Pacheco, años después, encontró los restos de la embarcación y el diario del capitán Craig.
La historia estaba oculta entre unos papeles que según Luisa Margarita Saldías, bibliotecaria jefe del Congreso de la Nación, en Buenos Aires, Argentina, habían pertenecido a Cunninghame Graham. Allí, en esos pliegos amarillentos, el celebrado autor de El Río de la Plata, contaba de su encuentro con Pacheco, entonces dedicado a la cría y venta de caballos, y que éste sólo le había permitido, y en su presencia, tomar notas del diario de Craig en la biblioteca de su casa de Cañuelas. Conocí a la señorita Saldías el año 1979 cuando, dictadura mediante, el congreso argentino no funcionaba pero su biblioteca, sí. Ella fue muy gentil conmigo en materia bibliográfica un par de años; un día, de improviso, dejé de verla. Su asistente en sala, un tal Gervasio, me contó que Saldías se había ganado la lotería y con la plata del premio, quiso cumplir un sueño: vivir en Jamaica.
¿Qué habrá sido de la colección de mariposas del rey de Siam? Son pocos los buscadores de tesoros que se han animado a esas aguas hostiles, además del hecho de que si bien se han registrado cientos de naufragios en la zona, no era frecuentada por buques cargados de oro fatal, gemas y diademas, y que son los que obstinan de preferencia a estos cazadores. De ahí, que es improbable que podamos saber, a ciencia cierta, si las mariposas sobrevivieron a la catástrofe.
Patán Satún las había preservado para la inmortalidad con el cuidado supremo que un fiel budista guarda en su alma para tales menesteres sagrados. ¿Habrán resistido los baúles el impacto de las rocas del fondo marino? ¿Se habrán raspado sus pequeñas alas? No lo sabemos. Lo que si podemos conjeturar es que las etéreas mariposas que ya estaban dormidas cuando iniciaron este largo y trágico viaje, siguen así, congeladas e imperturbables en su sueño eterno, en el fondo de uno de los mares –el más gélido, bravo e indomable- de la Tierra.

NOTAS

[1] Una hipotética vuelta al mundo: Albuquerque, traficante de esclavos, las hubiera regalado o vendido al elusivo Rey de Dahomey (el del film Cobra verde, de Herzog). Las mariposas dormidas arribarían así al África. Unos árabes de Zanzíbar, traficantes de esclavos y de marfiles, las hubieran comprado o saqueado al monarca demente. Los rumores sobre la presencia de la colección en aquel puerto del Índico Sur, cruzarían el océano, hasta llegar a oídos de Patán Satún. Éste, convencería al rey de enviar una embajada para repatriar a las mariposas. Finalmente, tras una escala en Ceylán, los insectos llegarían, otra vez, a Bangkok. Celebraciones rituales a la misericordia de Buda y júbilo popular acompañarían a las mariposas que volvieron al hogar.