Hace siglos que estoy escondido. Me ocultaron sin malicia: el hecho de lanzarse a cruzar el mar más ancho de todos, los llenó de zozobra anticipada. Me vieron flotando a la deriva entre ballenas pesadas como la catedral de Brujas y corales color cobre que podían desgarrarme, y los inundó el miedo a perderme. Los escuché cuando tomaron la decisión de dejarme. Uno de los marineros –su nombre era Esteban y había nacido en Lisboa- fue quien propuso encontrar una cueva para alojarme.
Esteban me quería mucho. Todas las noches, se abrazaba a mí, susurraba palabras de aliento –ya celebraremos, tonel querido, me decía y luego agregaba con mayor complicidad aún: el día que tomemos el puerto de El Callao estallarás de felicidad igual que nosotros y beberemos juntos todo el ron que podamos, ya lo verás, hermano, ya lo veras…- y luego, cantaba.
Sus canciones narraban historias que sigo recordando: la vez que erupcionó el volcán de Santa Elena y miles de albatros se posaron en la nave, los ojos llenos de ese terror que sólo sucede cuando la naturaleza, invencible y feroz, se revela. Otra melodía recordaba las huellas de unos mercaderes por los desiertos de la Nubia. Nunca conocí esos desiertos. Resulta que en medio de una tormenta de arena, creyeron ver, desnuda y resucitada, a la Reina de Saba.
Era feliz cuando Esteban me cantaba y no voy a negar que lo echo de menos pero ya pasó tanto tiempo que su memoria es una cicatriz que, a veces, pica. Lo que sí recuerdo bien, como les decía, es que Esteban fue aquel que exclamó fervoroso: busquemos una cueva, dejaremos allí el barril, estará más protegido, mejor albergado, lo más provechoso es que la cueva posea aguas interiores y algún agujero por donde pueda colarse la brisa y la luz solar. Así me quería el marino, era de verse: todos asintieron y se lanzaron a buscar la dichosa cueva.
Algunos caminaron dos lunas de ida y dos lunas de vuelta pero no encontraron ninguna oquedad de ningún tipo. Lo que sí hallaron fue a un grupo de nativos que caminaban envueltos en la bruma lechosa de la mañana. Preguntados, dijeron que iban de cacería hasta una caleta de abundoso cachiyuyo y poblada de leones del mar y focas y esa clase de bestias. Los nuestros les preguntaron por cuevas y ellos les señalaron las montañas que se elevaban hacia el este. Se despidieron con abrazos y los nativos les entregaron un obsequio.
Luego, cuando los marinos caminaron hacia donde el sol se elevaba, comenzaron a advertir que cada vez que creían aproximarse, las montañas se alejaban, como si estuvieran vivas. Así estuvieron rumbeando un día entero, hasta que les llegó la noche, y tuvieron miedo que espíritus malvados los arrebatasen o los hiciesen perder el juicio.
No sabiendo qué hacer, ya que en el descampado no sólo no había cuevas: no había piedras, ni arboles, ni matas, ni nada donde ampararse, alguien propuso amarrarse todos con un solo lazo, así si eran sorprendidos, todos a la vez podían enfrentar a los malignos. Más nadie los acosó esa noche y al otro día, volvieron derrotados y mostraron, a modo de consuelo, unas piedras turquesas y otras piedras verdes que, como ya conté, fueron un regalo de los aborígenes.
El capitán –de Leeds de cuna y gran sabedor de cuestiones del mar y también de cuestiones terrestres como el arte de la geología, las gemas y las cartas geográficas- les dijo a sus hombres que las piedras que brillaban como la esperanza eran esmeraldas y que él las había visto muchas de joven en Portobello, de paso por el istmo del Darién, y que su capitán de entonces había mercado un tonel de ron por un puñado de ellas.
Al escuchar esto, pensé que ahora nuestro capitán trataría de hacer lo mismo, que haría desandar el camino a los nuestros en busca de los nativos y que les propondría el trueque de un tazón de esas piedras por…. mi mismo! No fue el caso y ahora, tantos siglos después, pienso que hubiera pasado si tal cambalache se hubiese cumplido.
Es sabido que los nativos aprecian mucho nuestro contenido y, seguramente, tras su faena de cazas, hubieran echado unas cuantas focas a las brasas y me hubieran abierto para regarlas con el ron más puro del río de Demerara al sur del orbe, que es el líquido que sigo portando, sin mácula. Tal vez sí o tal vez no. A lo mejor, en vez de participar del festín, me hubieran conservado intacto y llevado lejos, cruzando las cordilleras, hasta las minas de oro de otro desierto que llaman Lípez, y allí sí me hubieran cambiado por armas, por tapices o por seda de Manila que ellos aprecian tanto como el ron. Tal vez hoy estuviera fondeado en algún socavón abandonado o vayan a saber: tal vez de mi no hubiese quedado nada, salvo cenizas.
Mientras yo andaba en estas cavilaciones presurosas, el capitán le ordenó a Esteban que cavaran un pozo y me metieran allí debajo y que se idease alguna manera de señalar el sitio, así cuando volvamos de la China –gesticulaba el de Leeds- nos deleitaremos con ron fresco y más añejo aún.
Hasta ahora no han regresado. Años, ¡siglos!, me he preguntado por ellos. ¿Habrán sido muertos por los señores de Nankín en venganza por las casas quemadas a los pescadores de perlas que los engañaron con madréporas podridas? ¿Siguieron de largo por los estrechos de Sumatra, encontraron una isla poblada sólo por hembras y decidieron quedarse? ¿Naufragaron en las costas hostiles de Somalia y fueron comidos crudos por los jinetes dementes del desierto de piedras rojas? Tal vez, simplemente, me olvidaron. Nunca lo sabré.
Aunque Esteban siempre fue muy considerado conmigo, eso me consta. Cavó todo lo hondo que pudo para sumergirme en el pedregal y me depositó con suavidad en el fondo del pozo. Luego, con sus manos, dulcemente, fue tapando el agujero donde estoy metido. Para marcar el lugar de mi guarida, primero encendió unos cáñamos y los pitó con fuerza, para inspirarse. Luego, desenrolló unos pergaminos del Nilo y escribió algo con carbón brillante. Finalmente, extrajo las piedras verdes del bolsillo de su chaqueta e hizo un amarre con todo, clavándolo con puñal sevillano en el suelo del erial. Estaba escrito:
Si has llegado hasta aquí
Deja a mi barril en paz
Toma las piedras y vete
Aunque mil vientos me aparten de él
Y la nieve me aprisione
Volveré a buscarlo
Lo firmó como Esteban Vicente de la Cruz Salgado, y agregó el nombre de esas arenas y el año del Señor de los Cristianos: Atacama, 1602, y me encomendó con sus ruegos y súplicas a Santa Lisímaca, patrona de todos los yermos, despoblados, tundras e infecundos parajes universales, y a Santa Catalina Mártir, a cargo del cuidado apasionado de prisiones, atalayas y escondrijos.