Vamos a tocar un tema escasamente debatido, mucho menos analizado críticamente, pues también se ha vuelto como un fetiche asumido, desde la exaltación de la “violencia revolucionaria”, como si la violencia en la revolución le diera a ésta radicalidad. Es como si la furia diera radicalidad al discurso denunciativo o interpelador. Esto es como dejarse llevar por el sensacionalismo de los significantes y de las formas simbólicas, sin atender a la única cuestión que da radicalidad al enunciado, al discurso y a la posición política; ésta es la raíz del problema, la raíz de la cuestión. Lo que importa es la crítica al poder; la crítica, interpelación y acción contra las dominaciones; la crítica de la “ideología”, la crítica, la desconstrucción y el desmantelamiento del sistema-mundo capitalista; las consecuencias prácticas de esta crítica. En este sentido, la cuestión de las armas fue un tema fundamental en los debates de las corrientes revolucionarias. En estas posiciones había desde las tendencias pacifistas hasta los fundamentalismos violentos. Resumiendo el mapa de estos debates, podemos decir, que la cuestión de las armas giraba, en un principio, por lo menos, en tres tópicos: el de la defensa de las organizaciones, del proletariado, del pueblo; el de la conquista del poder; el de la defensa de la revolución triunfante. En una segunda etapa, los tópicos aumentaron; entre estos, se abrió al debate la irradiación de la revolución por medio de la expansión de las armas, usando al “ejército revolucionario”. Hubo una variante, la guerrillera, que se planteó esta irradiación como foco, que se instalaba en el territorio de un país; esperando que el foco se convierta en guerra de guerrillas a mayor escala. También debemos citar, en esta lista, incorporando un tópico, de la misma manera, poco discutido; éste es el del uso de la violencia del “Estado revolucionario”, contra la propia sociedad; tanto para efectuar las “transformaciones”, así como mantener el orden, de la misma manera, para desterrar a la “oposición conspiradora”. Este último punto es de suma importancia, tomando en cuenta, la experiencia social política de los “Estados revolucionarios” del socialismo real.

La pregunta es: ¿La revolución triunfante debe usar la violencia para transformar la sociedad? Vamos a dar sobreentendida la necesidad de organizar la defensa, recurriendo a las armas; así como, dependiendo de las condiciones de posibilidad histórica-política y circunstancias coyunturales, hacer uso crítico de las armas para efectuar el desenlace revolucionario; lo mismo, suponemos que es menester defender la revolución triunfante. Empero, ¿la revolución se exporta de un país a otro, sobre todo, usando la “violencia revolucionaria”, recurriendo a la expansión de la guerra, transfiriendo la “revolución” con el uso de las armas? Por otra parte, ¿cuándo se usa la violencia en la propia sociedad para “transformarla”, sigue siendo una revolución? ¿No es este fenómeno la reiteración recurrente del uso de la violencia del Estado burgués, que ejerce la violencia para mantener el orden o, si se quiere, para lograr el desarrollo?

Cuando no se discuten estos temas y tópicos problemáticos es que se asume, mecánicamente, acríticamente, que por tratarse de un “gobierno revolucionario” o un “Estado revolucionario”, por el hecho que así se los concibe o se los llame, se autodenominen, todo lo que hagan, este gobierno y esta Estado, es por generalización “revolucionario”. Tomando en cuenta el balance de la historia política de las revoluciones en la modernidad, que tocamos en otros ensayos[1], podemos decir que el recurso a la violencia es la patente muestra del fracaso de la revolución misma triunfante. El recurrir a la violencia contra la sociedad misma es la consecuencia de haber clausurado la derivación radical de la revolución misma, la democracia radical, el autogobierno y el dar la palabra al pueblo. Las transformaciones estructurales e institucionales, que implican la revolución, es decir, la liberación y la emancipación múltiple, plural y, diremos, metafóricamente, absolutas, solo pueden ser producto de la praxis de la sociedad misma. Nunca de la “violencia revolucionaria”, que no es otra cosa, en estas circunstancias y condiciones, la de la imposición estatal, la de la usurpación de la democracia, del autogobierno y la palabra del pueblo. La “violencia revolucionaria”, en estas condiciones, no es más que una frase rimbombante, que encubre, la misma violencia reaccionaria y represora del Estado, como instrumento de dominación.

Con esta ponderación y apreciación de la violencia estatal, no se excluye, ni se niega, la necesidad de la defensa, tampoco de la organización del contra-poder en forma de crítica de las armas, incluyendo, en determinadas circunstancias, coyunturas, contextos, la destrucción del poder. Esto abarca la defensa del país, de la Patria Grande, de la solidaridad fraternal con pueblos sublevados, que luchan por la liberación y emancipación. Empero, cuando la propia armada, el propio “ejército revolucionario” se usa como amenaza, como máquina de guerra, cayendo, de este modo, en juegos geopolíticos, es decir, de dominación mundial, no se hace otra cosa que hacer lo mismo que las armadas y ejércitos imperiales, de las máquinas de poder, del sistema-mundo capitalista. En otras palabras, son otras máquinas de guerra de la geopolítica mundial, que se disputan la dominación del mundo. Esto nada tiene que ver con la revolución, con la emancipación, con la liberación; lo que connota que no tiene nada que ver con el comunismo, con el socialismo. Que se lleve el nombre de “ejército revolucionario”, no convierte semejante estrategia geopolítica en acción revolucionaria, en, para contrastar, geografía emancipadora[2]. Ningún ejército, ninguna armada, por más nombres rimbombantes que se ponga, por más “revolucionario” que se crea, puede sustituir a las voluntades singulares de los pueblos. En la era de las simulaciones del sistema-mundo capitalista, del sistema-mundo político, del sistema-mundo cultural, estas comedias y usurpaciones se han dado. Se trata de mecanismos de legitimación de acciones y estrategias que no son otra cosa que la continuidad de las formas de dominación, con distintos discursos, personajes, guiones, nombres y símbolos.

En consecuencia, la contra-violencia revolucionaria, del contra-poder popular, que es el recurso a la crítica de las armas, es la herramienta necesaria, en defensa de la marcha, del camino, hacia el autogobierno del pueblo; es obligado uso, debido a la ofensiva militar del poder, en su forma estatal conservadora, liberal o neoliberal, en su forma imperialista, en su forma imperial. Nunca de la restauración estatal, con otros nombres. Cuando esto ocurre, se marca ya el ingreso a la regresión, a la decadencia, sobre todo, a la usurpación de la potestad del pueblo, por parte de una nueva élite de poder; aparezca en forma de una nueva burocracia absoluta o en formas gubernamentales barrocas.

La violencia estatal puede camuflarse en discursos que demandan la “defensa de la revolución”, cuando, en realidad, se trata de la defensa de la nueva élite del poder, de la burocracia absoluta, de la impostura grotesca correspondiente a la usurpación de la potestad popular. La defensa de la revolución es decisión colectiva de la democracia, del autogobierno; es el consenso popular, que hace converger las voluntades singulares, uniendo las fuerzas sociales para la defensa.

Ahora bien, el recurso a la crítica de las armas, a la organización militar popular, no corresponde a ninguna improvisación. El hecho militar de la contra-violencia revolucionaria, del contra-poder popular, requiere de la tecnología, de las estrategias, mas ingeniosas, inventivas y audaces que se puedan elaborar. El enfrentamiento militar es un acontecimiento que exige la disponibilidad total de las fuerzas populares, se juega, por así decirlo, su ser mismo. Vencer a las máquinas de guerra estatales, imperialistas e imperiales, requiere de la capacidad organizativa de contra-máquinas de guerra, que vayan más allá de lo que pueden las máquinas de guerra. La ventaja, por lo menos, teórica, de las contra-máquinas de guerra es que no son solamente corporaciones y complejos tecnológicos, no son solamente sistemas-mecánicos, que por más eficientes que fueran, no pueden contra la potencia social liberada, que libera, a su vez, la ciencia y tecnologías restringidas, subsumidas a la dominación, al poder y a la acumulación del capital. La destrucción de la vida tiene desventajas grandes respecto a la potencia creativa de la vida. Estas capacidades organizativas, estratégicas, tecnológicas, solo pueden realizarse cuando se libera la potencia social, cuando se da la palabra al pueblo, cuando se ejerce el autogobierno.

La coyuntura actual mundial, en la crisis estructural y orgánica del sistema-mundo capitalista, en la etapa de la decadencia del sistema-mundo político y del sistema-mundo cultural, es decir, de la civilización moderna, es indispensable tener claridad sobre estos temas y tópicos; hacer inteligible la complejidad del sistema-mundo, las amenazas y alcances de las amenazas del sistema-mundo capitalista, de sus máquinas de guerra, de sus máquinas de poder, incluyendo a sus máquinas extractivistas y máquinas de comunicación de masas. En la medida que está amenazada la vida en el planeta, la sobrevivencia humana, los pueblos del mundo están convocados existencialmente a actuar, a detener la locomotora desbocada de todas las máquinas de destrucción de la vida. Que lo hagan o no, depende de su capacidad de liberarse de la “ideología”, de los fetichismos diversos, de las capturas institucionales, que hacen de mallas del poder mundial del sistema-mundo capitalista.