Los efectos de masa e institucionales de las prácticas sociales singulares y locales, individuales y grupales, se convierten en condiciones histórico-sociales-políticas-culturales para las acciones sociales. La maquinaria del poder induce comportamientos y conductas; los efectos de masa e institucionales, no controlados, se convierten en espacio estriado, donde se definen caminos que conducen a la reproducción del poder y de las dominaciones. Entonces, se puede comprender que no solamente la sociedad no controla los efectos masivos e institucionales de sus acciones singulares, sino tampoco controla el poder, la maquinaria fabulosa del poder. Entendiendo que el poder es más amplio y complejo que el Estado, que el Estado es más complejo y más amplio que el gobierno; se puede comprender que tampoco el Estado controla el poder, así como el gobierno no controla el Estado. En ciclos medianos y largos, el poder es como la realización efectiva de los efectos masivos e institucionales no controlados; así como el Estado es también la institucionalización material de los efectos masivos e institucionales no controlados.

El creer que se controla el poder, el creer que también se controla el Estado, desde un gobierno, incluso desde los órganos de poder del Estado, es una ilusión de los gobernantes. Quienes están atrapados en los engranajes de la maquinaria fabulosa del poder. Lo que hacen es promulgar políticas, contar con un plan de gobierno, incluso pueden llegar a definir estrategias de Estado, en el mejor de los casos; sin embargo, estas políticas, aunque estén formuladas como bloque o paquete, solo inciden en algunos planos de intensidad de la complejidad social. No pueden hacerlo en la multiplicidad de planos y espesores de intensidad, articulados, entrelazados e integrados en la complejidad integral dinámica y simultanea de la realidad social efectiva. Pueden llegar a controlar algunos efectos y repercusiones de sus políticas; empero, no pueden controlar los efectos multiplicadores de sus políticas promulgadas.

Fuera de lo que comúnmente se señala, tanto como errores políticos, desaciertos, mal gobierno o, en contraste, a pesar de una buena administración pública, dificultades y obstáculos de coyuntura, el problema mayúsculo se encuentra en esta maquinaria no controlada, en los efectos masivos e institucionales dados en los múltiples planos y espesores de intensidad de la complejidad social singular, dados en las dinámicas no controladas del poder y del Estado. El tema es que esta problemática mayúscula no se la reconoce ni se la toma en cuenta. Fuera de las causas reconocidas de la crisis política, cuando ocurre, la matriz de la crisis, por así decirlo, se encuentra en esta complejidad dinámica del poder, no controlada.

No se habla ni de azar ni de caos, que son conceptos dualistas, insuficientes para interpretar la complejidad. El esquematismo dualista es orden/caos; así como necesidad/azar. Desde la perspectiva de la complejidad, no se trata de dualismos, sino de paradojas, que no son dualistas, sino, mas bien, dinámicas integrales de la complejidad dinámica, integral y simultánea. Se habla entonces de paradojas y complejidades dinámicas singulares. Lo que pasa es que se desconoce el funcionamiento de la complejidad dinámica, sinónimo de realidad. La episteme moderna se ha cerrado a la comprensión de la complejidad al reducir la complejidad a esquematismos duales, abstractos y aislados de la integralidad de planos y espesores de intensidad.

Por otra parte, ni el poder, ni el Estado, pueden comprender la complejidad, precisamente porque son las materialidades e imaginarios institucionales que sostienen la episteme de los esquematismos duales. El poder y el Estado son los instrumentos, las herramientas, las máquinas, que delimitan el horizonte epistemológico; que reducen la complejidad a recortes y explicaciones operativas. Al efectuar estos recortes y al seleccionar planos de intensidad, descartan otros planos y espesores de intensidad; además, lo más importante, descartan la articulación integral y entrelazada de los múltiples planos y espesores de intensidad de la complejidad dinámica y simultánea. Si bien, en un principio, esta reducción de la complejidad resulta eficiente, a la larga resulta contraproducente por el abstracto aislamiento de los campos o planos de intensidad seleccionados. Cuando la complejidad hace evidente su desborde con respecto a estos recortes de realidad y estas explicaciones esquemáticas y dualistas, la “ideología” del poder y estatalizada, se defiende encaracolándose, encerrándose en sus cuatro paredes. Lo que complica, más aún, la situación restringida de la episteme moderna. Trayendo a colación, las repercusiones del uso de paradigmas esquemáticos por parte del Estado. Por ejemplo, los usos de paradigmas económicos abstractos repercuten en efectos no solamente no controlados en el plano de intensidad económico, que es, a diferencia de lo que cree la “ideología” economicista, desde la perspectiva de la complejidad, una intersección singular de los múltiples planos y espesores de intensidad de la realidad efectiva social, sino ahondando y expandiendo la crisis.

Lo mismo pasa con las intervenciones políticas de cierto plazo, que usan otros paradigmas, que suponen un campo político autonomizado. Así mismo ocurre con las políticas ambientalistas, que buscan reponer los efectos negativos de la contaminación y depredación. Al considerar al medio ambiente como entorno o exterior a la sociedad misma, al tomar en cuenta un conjunto de variables que ocasionan la contaminación, la depredación y el cambio climático; al no ver las interrelaciones imbricadas de los múltiples planos y espesores de intensidad de la complejidad dinámica, terminan no solo fracasando en sus intentos, sino también y, sobre todo, manteniendo el problema o, incluso, empeorándolo.

Los Estados, el orden mundial, no van a cambiar de actitud y de predisposición. Van a persistir en lo mismo, variando los discursos, quizás los modelos, ampliando los paradigmas; empero, manteniendo la reducción de la complejidad, operativa e instrumental. Esta quizás sea una de las explicaciones del porque, desde el siglo pasado, las crisis cíclicas de mediano y largo plazo se ahonden y no se solucionen; sobre todo, la crisis ecológica.

Como se puede ver la problemática no se circunscribe a algunos países, a algunos estados, a algunas regiones, incluso a algunos periodos, coyunturas y contextos, sino se trata de una problemática que atraviesa el sistema-mundo; la crisis múltiple atraviesa el sistema-mundo capitalista. Ante esta expansión de la crisis múltiple el dilema que enfrentan las sociedades y los pueblos es o salvar el sistema-mundo o salvar a la humanidad, a los pueblos y sociedades. Lo insólito, ante este dilema, es que los estados y el orden mundial hayan optado por salvar el sistema-mundo a costa de la sobrevivencia de la humanidad, a costa de los pueblos y las sociedades. Esta opción instrumental y operativa, además de fetichista, es suicida, pues optan por un sistema-mundo, que solo puede funcionar por las dinámicas sociales y las actividades colectivas, por la donación de vida de los pueblos. Sacrificados los pueblos y las sociedades, sacrificada la humanidad, el sistema-mundo salvado, momentáneamente, también periclitará, pues no están los pueblos, las sociedades, los humanos que le dan vida.

Estamos ante un sistema-mundo, ante una modernidad clausurada efectivamente, aunque no “ideológicamente”, tampoco institucionalmente. Se mantiene y preserva en las burbujas del poder, en el fetichismo institucional, en el fetichismo del Estado y el poder. Sin embargo, como se trata de efectos masivos e institucionales no controlados, cristalizados y coagulados en las máquinas del poder, las sociedades institucionalizadas, los estados, el orden mundial, no controlan el funcionamiento de la fabulosa maquinaria del poder, ni tampoco el desenvolvimiento complejo del sistema-mundo, aunque logren controlar algunos efectos en algunos planos de intensidad. Pareciera que los dados están echados, que la suerte de la humanidad está ya decidida; sin embargo, todo depende de la voluntad de vivir de las sociedades y los pueblos.