Circula por las redes (anti) sociales un engendro intelectual, anónimo: “QUE TODO EL MUNDO LO SEPA”, que, en forma de panfleto mal concebido y aún peor redactado (que ya es difícil), se autoproclama portador del nada desdeñable propósito de hacer conocer ¡nada menos que al mundo entero! el atroz sufrimiento que Bolivia, a decir del autor o autora del libelo, estaría sufriendo a causa de algo “peor que un desastre sobrenatural” (sic), fenómeno paranormal que habría determinado “el fin del mundo para los bolivianos” (sic). Frases, éstas últimas, que lo dejan a uno francamente perplejo pues de desastres naturales algo habíamos oído pero hasta ahora no teníamos ni idea de que existiesen fenómenos sobrenaturales que, a manera de una turba de “poltergeist”, pudieran abatirse sobre un pueblo indefenso y desvalido, ocasionándole semejante estado anímico que pudiera ser percibido nada menos que como el fin del mundo.

Sería baldío enumerar la colección de sandeces que aparece en tan corto escrito, pero algo que llama la atención es la insistencia del (de la) autor(a) del pasquín, en la figura nada retórica de que se trata de Su país. En el único párrafo del escrito de marras, que consta de once líneas mal contadas, repite once veces: “En mi país…”. Y, claro, uno se pregunta si esta persona, como parte del cuadro de delirio persecutorio que parece cursar, no sería también capaz de creerse única propietaria de Bolivia.

Porque Bolivia, como bien manifestara D. René Zavaleta Mercado, uno de nuestros más ilustres intelectuales, es una sociedad abigarrada, es decir: diversa, heterogénea, múltiple, en todos los aspectos, sobre todo en lo social, lo cultural y lo político; y decimos esto porque una mayoría de bolivianos, lejos de ver la realidad actual como “desastres sobrenaturales” o “el fin del mundo”, ha encontrado por primera vez, en el que también es su país, la esperanza de una vida más digna, de un futuro promisorio y de un presente más justo en relación a sus legítimas aspiraciones.

Probablemente hay, según lo anterior, tantas Bolivias como bolivianos y si aquéllos, con toda probabilidad, hablan desde el resentimiento de la pérdida de sus privilegios de casta dominante cuyos miembros habitualmente formaban parte del “establishment” anterior; éstos hablan desde la satisfacción y la alegría de verse identificados con un proceso y un país, hoy más inclusivo y que ¡por fin! los reconoce como ciudadanos de pleno derecho. Dos visiones, dos percepciones, y en medio, una infinidad de matices.

Los bolivianos, incluidos los miembros del actual estamento de poder, deberíamos esforzarnos en aprender a vivir juntos y en armonía, bajo ese precioso cielo azul de nuestra bienaventurada patria.

Acostumbrarnos a pensar que no se trata de “tu” país o “mi” país, sino más bien de “nuestro” país; un país cuya mayor riqueza es la diversidad. Pero sin apelar a falsas diferencias raciales, porque la raza no existe; solo hay una raza: la raza humana. Respetando, al amparo de las leyes, eso sí, las diferencias de credos religiosos o políticos; sin falsas jerarquías económicas, políticas o sociales.

Pensemos que todo aquello que nos divide debilita a nuestro país y todo lo que suma lo fortalece. Bolivia, señoras y señores, es de todos los bolivianos, sin excepción. Ni más ni menos.

* alfonso.bilbao@gmail.com