Hemos hecho conocer nuestra perspectiva, que hemos denominado compleja, recogiendo la tradición reciente de las teorías de la complejidad[1]; comprendiendo su arqueología del saber, desde la teoría de sistemas hasta las versiones más elaboradas y compuestas, como es la teoría de la complejidad de Edgar Morin. En este sentido y desde estos enfoques, móviles y articulados, también hemos lanzado algunos postulados – haciendo uso y manteniendo estos enunciados estructurantes de la formación discursiva heredada, que corresponde a la episteme de la modernidad -. Entre estos postulados propusimos que no hay verdades, en el sentido atribuido por la filosofía, antigua y moderna, que tienen como substrato la concepción de verdad religiosa, de las religiones monoteístas. Que la teoría y la ciencia, son solamente instrumentos orientadores para la sobrevivencia; en el mejor de los casos, instrumentos de potenciamiento creativos. En condición de instrumentos, son cambiables y desechables, cuando dejan de servir.

Considerando este postulado, en relación al desenlace coyuntural de la crisis política brasilera, para seguir con el análisis crítico, buscando la comprensión de la composición compleja singular de la formación social brasilera; podemos decir que nunca se deja de aprender. Por lo tanto, al no tener una verdad, sino solo descripciones, análisis, orientaciones e interpretaciones, desde la perspectiva de la complejidad, queda claro que las hipótesis, tesis, interpretaciones y explicaciones sobre las relaciones, estructuras, diagramas y cartografías del poder, no son, de ninguna manera, ni verdades, ni la última palabra. Sino aproximaciones a la complejidad singular del acontecimiento Brasil, así como de otro acontecimiento social-político-cultural singular. Por eso, es menester volverse a preguntar sobre el poder, sus funcionamientos, sus dinámicas y mecánicas de fuerzas, buscando mejorar las apreciaciones a las que habíamos llegado.

En este sentido, vamos a tratar de proponer nuevas consideraciones sobre las composiciones y combinaciones singulares de los campos de fuerza, que conforman la mecánica y dinámica de las fuerzas de las estructuras de poder en Brasil, que pueden servir también, considerando ciertamente las condiciones, las composiciones y combinaciones singulares, en cada caso.

Consideraciones sobre la crisis política

  1. Hay que visualizar el funcionamiento del poder, en su singularidad nacional; singularidad que articula distintas singularidades de las composiciones de poderes locales, micro-regionales y regionales. Las redes y circuitos de poder no acaban, obviamente, aquí. Esto es apenas un conjunto de enfoques, de recortes y selecciones, que nunca dejan de ser arbitrarias; aunque útiles en la configuración imaginaria, simbólica y conceptual de la interpretación de la realidad, sinónimo de complejidad. Parece menester hacer otras selecciones, que puedan añadirse a las anteriores, avanzando en la configuración de la complejidad.Así como propusimos que uno de los mapas de dispositivos del poder son las relaciones clientelares, vamos a proponer que otros mapas de dispositivos de poder parece que tienen que ver con redes y mallas, relaciones y circuitos, de esquemas de habitus y de comportamientos, estructurados e institucionalizados como verdades de grupos, de estratos, no solamente elitistas; por ejemplo, oligárquicos o burgueses. Estas otras redes de poder, funcionan diagonalmente, comprometiendo a distintos estratos y diferentes clases sociales, comprometiendo y articulando a sujetos ateridos a sus verdades, que no son otra cosa que prejuicios fosilizados. En otras palabras, es el poder, concretamente, el Estado, con todo su aparataje institucional, el que está incorporado, inscrito e internalizado en las estructuras subjetivas.
  2. Hablamos de prácticas sociales instrumentalizadas e institucionalizadas, en la acepción de sentido común realizado en acciones. Prácticas sociales orientadas por prejuicios arraigados. Por ejemplo, hábitos de fraternidades de machos, que tienen una concepción descalificadora de la mujer. Así también tiene una concepción estereotipada de la clase trabajadora, con toda la pluralidad diferencial que pueda conllevar. Pues como no han estudiado donde estudian los hijos de la oligarquía, no han cumplido con los requisitos jerárquicos del reconocimiento institucionalizado, como son los de una carrera académica, definida en el cronograma valorado; hasta los estudios de posgrado, mejor si se logra el doctorado, mucho más el posdoctorado. Entonces, los que nacieron para gobernar, conciben a los nuevos gobernantes, devenidos de sectores populares, como ignorantes e inaptos para gobernar. En otras palabras, solo los amos y patrones pueden gobernar. Olvidando que la garantía de lo que pretenden conocer, saber y tener la destreza, es solamente el título; que no es otra cosa que un aval administrativo y jurídico, que, en todo caso, solo puede garantizar que ha cumplido. No necesariamente que tiene un dominio sobre las materias, los tópicos y temas de sus estudios. Mucho menos que puede usarlos para auscultar la realidad o los recortes de realidad. Hay, obviamente excepciones, que confirma la regla; esto corresponde a cuando, fuera de cumplir administrativamente con el cronograma académico, se ha dedicado con esmero por comprender las problemáticas tratadas. Se ha convertido en un investigador. Sin embargo, esta no es la regla, sino la excepción. La mayoría de los profesionalizados considera que lo que ha aprendido y lo ratifica su título, es de por sí un reconocimiento de la jerarquía que ha logrado. Por lo tanto, es un personaje fuera de lo común, que merece respeto y reconocimiento. En consecuencia, la sociedad debe agradecerle sus servicios cuando trabaja, mucho más si se sacrifica gobernando para el pueblo.
  3. Si quedara, todo esto, en el ámbito de la “ideología” – aclarando que tampoco la “ideología” funciona aisladamente, sino en conexión con prácticas e instituciones -, los alcances de los efectos masivos serían menores. Sin embargo, la “ideología” – en este caso, reaccionaria y conservadora al extremo, machista, patriarcal, racista y pretensiosa, sin tener sustento, pues los conocimientos que saca a relucir son elementales – se efectúa en acciones. Lo que hay es un sentimiento de sobrevaloración, alimentado por prejuicios socialmente ateridos e institucionalizados. En consecuencia, las redes, las mallas, los circuitos y las prácticas, correspondientes a habitus anacrónicos conservadores, no solo se preservan, sino que funcionan como obstáculos encarnados, obstruyendo posibilidades de cambio, incluso si este cambio se limita a las reformas.
  4. ¿Qué es lo que más molesta a esta gente de jerarquía? ¿Qué gobiernen dirigentes sindicales? ¿Qué gobierne una mujer? ¿Qué gobiernen personas que tuvieron un pasado de “izquierda”, en el sentido radical? Puede ser; empero, lo que se hace más patente es que les molesta más es que estos nuevos gobernantes, descalificados de antemano por ellos, se atrevan a hacer, de manera plebeya, por así decirlo, lo que ellos hacían de manera señorial. Hablamos de la corrupción.
  5. No está tanto en cuestión la “ideología” que postulan los dirigentes sindicales, los y las que tuvieron un pasado de “izquierda” radical; pues, de alguna manera, quizás por su pragmatismo, consideran, en el fondo, que estos son discursos, hasta poses, pues cuando hay que gobernar hay que gobernar. En este tema, creen que no hay otra salida que el pragmatismo. Lo que les afecta más entrañablemente es que los nuevos gobernantes aparezcan como señores, que se vistan como ellos, que gasten como ellos, incluso más que ellos; peor, aún que opten por prácticas paralelas, como ellos. Prácticas paralelas de poder, no institucionalizadas, que tiene que ver con la corrosión institucional y la corrupción. Esto no es aceptable. Estas prácticas son un privilegio de la clase económicamente dominante.
  6. Sin embargo, para hacerlo fácil, recurriremos a la ilustración esquemática, en aras de una exposición pedagógica. Se da como una división del trabajo. Unos son los que administran y gozan de los beneficios económicos de sus monopolios, ya sea la tierra, emporios empresariales, dominios financieros; otros son los que administran el Estado. En estructuras de poder del Estado-nación más consolidadas o de mayor tamaño institucional, esta parece ser la regla; por lo menos, como tendencia. Brasil sin contar con una larga tradición democrática, en su formalidad institucional, de alguna manera, ha matizado esta tendencia. Los representantes políticos de la burguesía y de la oligarquía, no necesariamente son de la clase económica dominante. Generalmente corresponden a lo que se denomina, inadecuadamente, clases medias. Se trata de sectores, grupos, personas, de las clases medias, que tienen la peculiaridad de ser arribistas. A pesar de que blanden esa concepción jerárquica de formación académica, no necesariamente los representantes políticos de la burguesía han cumplido con el cronograma académico; es un ideal. La pobreza de sus actos habla de esto, la miseria de sus conductas, corroboran esto. Peor aún, cuando hablan, sus discursos son deprimentes.
  7. ¿Se creen realmente salvadores? ¿Creen que salvan a Brasil de las garras del “bolchevismo” o, en otra acepción, creen que salvan a Brasil de la corrupción y la corrosión institucional? Cuando ellos o sus antecesores fueron los maestros de estos estilos políticos, que, lastimosamente, los nuevos gobernantes, devenidos de los sectores populares o de la lucha radical, han aprendido rápido. Alumnos que superaron a los maestros. Parece que fuera así, por sus pretensiones dichas. Sin embargo, no está claro. En todo caso, creen que es fácil gobernar, cuando son ellos los que gobiernan; basta aplicar las recetas, que se han convertido en hábito de políticos liberales y neoliberales; recetas distribuidas y difundidas por los organismos internacionales, por las empresas trasnacionales, por los aparatos “ideológicos” de orden mundial. No tardan en estrellarse con la realidad efectiva; empero, no van a revisar, por nada del mundo, sus representaciones de la realidad, su “ideología” conservadora. Prefieren, como los nuevos gobernantes, culpar a la conspiración. Solo que la conspiración ha cambiado de bando y de color.
  8. El funcionamiento de la crisis política no solamente abarca los ámbitos de la legitimación, de la institucionalidad, de las estructuras de poder del Estado-nación, sino también las estructuras éticas y morales, de los esquemas de conductas y de prácticas. Lo que hemos llamado los síntomas de la decadencia. Esto ya lo dijimos en otros ensayos[2]. Lo que hay que añadir es que la decadencia es compartida por los gobernantes tradicionales, derrocados en las elecciones, y por los nuevos gobernantes, que ganaron las elecciones, por lo menos, las anteriores. Si bien también esto lo dijimos y lo que volvemos a remarcar es que la crisis alcanza al Estado; se trata de la crisis múltiple del Estado-nación. También de la sociedad institucionalizada, capturada por las maquinas del poder; no de la sociedad alterativa, la sociedad efectiva, la que sostiene los ciclos vitales sociales. A lo que apuntamos es a que al compartir ambas expresiones políticas, encontradas, las conservadoras y progresistas, de la decadencia generalizada, no es sostenible el argumento que unos, cualquiera, es mejor que los otros, el enemigo; incluso, en la versión matizada del mal menor[3].
  9. Dijimos que estas relaciones, redes, prácticas, de habitus, de conductas e imaginarios conservadores ateridos y anacrónicos anclados, son trasversales a la estructura social. Los sujetos sociales y subjetividades se encuentran distribuidos en toda la estructura social. Hay un contingente significativo, si se quiere, como la mitad de la población, que ha votado por estos diputados, representantes de la clase económicamente dominante. Obviamente, no todos son de la oligarquía, tampoco de la burguesía, así como de las clases medias altas; hay también muchos de las clases medias bajas, incluso hasta de la clase trabajadora y de los desocupados.¿Por qué lo han hecho? Recogemos lo que aseveramos en otro ensayo, que los progresistas construyen su derrota[4]; primero, con sus conductas pragmáticas, su realismo político, reduciendo al límite las posibilidades transformadoras, incluso en el alcance reformista. Después, en la medida que se inclinan por prácticas de poder paralelas, pasando de la convocatoria social a la extensión abrumadora de las relaciones clientelares. En tercer lugar, cuando sustituyen, de una manera compulsiva, la realidad por la propaganda y la publicidad. Por último, cuando desatan obsesivamente la expansión de la practicas paralelas de la corrupción. Entonces, la gente se cansa, se desencanta, pierde sus expectativas; mucha gente opta por el voto castigo, no importando las consecuencias.
  10. La crisis llega a fondo cuando se retorna a los que gobernaron antes o se retorna a éstos en la versión de sus sucesores; se vuelve a aquéllos que desataron la expansión de la crisis social, la crisis económica, la crisis política, en los alcances desmesurados, que incitaron a los movimientos sociales-antisistémicos. Sin embargo, no es ninguna salida, mantener a los nuevos gobernantes, que a pesar de sus discursos distintos, de su “ideología” progresista, incluso a pesar de las medidas sociales, que beneficiaron a significativos contingentes de la población, además de las medidas que favorecieron a la recuperación de la soberanía de los recurso naturales y de la economía nacional, son la otra cara del poder, de la reproducción del poder; por lo tanto, de las dominaciones. Forman parte de distintas versiones del orden mundial de las dominaciones, de la estructura hegemónica del sistema-mundo capitalista.