La Habana (PL).- Con tasas moderadas de crecimiento, Estados Unidos vive un respiro luego del declive económico de 2008-2009: para los más optimistas la principal potencia del mundo recorre un camino hacia la recuperación, mientras otros observan indicios de inevitable recesión y crisis. ¿Está avocada la economía estadounidense a un proceso de estancamiento y retroceso? ¿Cómo interpretar los recientes cambios en la política monetaria de ese país? ¿Hay peligros consistentes de deflación?

A partir de estas y otras interrogantes, Prensa Latina conversa con un estudioso del tema, el profesor cubano Faustino Cobarrubia, del Centro de Investigaciones dela Economía Mundial, en La Habana. A simple vista hay una evidente evolución del Producto Interno Bruto (PIB), que en 2015 registró un alza de 2,4 puntos porcentuales, según notificó la Reserva Federal (FED), el banco central estadounidense.

La comparación resulta favorable en el plano interno luego del derrumbe de hace siete años y dentro del contexto internacional, al considerar la situación de Japón y la Unión Europea e incluso en los países Brics (Rusia, China, Brasil, Sudáfrica e India), que en algún momento sirvieron de colchón para amortiguar la crisis financiera internacional iniciada en 2008.

Sin embargo, para el integrante del Comité Académico de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba, el ejecutivo estadounidense agotó el arsenal de políticas económicas que propiciaron el aumento del PIB tras el desmoronamiento de 2008; la cuestión, afirma, es solo de tiempo, pues más tarde o más temprano Estados Unidos deberá enfrentar el costo de la recesión o la crisis. Muchas veces las estadísticas esconden más de lo que revelan, sentencia el investigador al abordar un indicador clave: la tasa de desempleo, que pasó de un 10 por ciento en los momentos más álgidos de la crisis a 4,9 puntos porcentuales en 2015.

Un índice de desocupación en el entorno del cinco por ciento equivale a pleno empleo en ese país y si a esto se une el 2,4 por ciento de ascenso en el PIB, podría concluirse que la evolución resulta favorable. Pero el reporte obvia la situación de millones de personas; en la norteña nación cuando los desempleados dejan de buscar trabajo, automáticamente salen de la contabilidad de la fuerza de trabajo activa; por lo tanto, el cálculo parte de una base inferior a la realidad, apunta el académico.

Alrededor de dos millones de hombres y mujeres conforman el bolsón de los llamados cansados o desalentados porque desistieron en la búsqueda; una cantidad que para nada se toma en cuenta al estimar la tasa de desempleo, insiste. Otro aspecto a tener en cuenta es el tipo de vínculo laboral; en Estados Unidos hay alrededor de tres millones de ocupados a tiempo parcial, en faenas mal remuneradas, sin ningún tipo de protección o seguridad social, advierte.

Para la contabilidad de Washington al parecer todo vale, a tal punto que si una persona recibe remuneración por parte de sus vecinos a cambio de botar la basura o cortar el césped, se registra como trabajador a tiempo parcial, comenta. Aún así, observamos un retroceso: en 1978 casi el 70 por ciento de la población económicamente activa participaba en el mercado laboral, hoy la proporción es de aproximadamente 62 por ciento, detalla el analista.

Deflación a la vista

Al enjuiciar la macroeconomía tampoco puede pasarse por alto la inflación, medida por el índice de precios al consumidor, que en Estados Unidos está creciendo a un ritmo muy bajo. En 2015 subió apenas 0,7 por ciento; es decir, en una magnitud bien distante de la meta anual del dos por ciento fijada por la FED. Por tanto, expresa Cobarrubia, el peligro latente es la deflación: la amenaza de una caída generalizada y prolongada de los precios en el tiempo; pues, ante la expectativa de que seguirán bajando, las personas aminoran el consumo y si no hay consumo no hay inversión ni crecimiento económico, acota.

Hay una amenaza real de que se instale en la mente de los estadounidenses la dinámica de la deflación, como ocurre en Japón hace décadas y está empezando a suceder en la Unión Europea, considera. Para encontrar respuestas básicas sobre el tema, resulta pertinente analizar las políticas fiscal y monetaria, entendidas como palancas del gobierno para tratar de mover la economía en la dirección del crecimiento.

A raíz de la crisis internacional en 2008, el presidente Barack Obama emitió paquetes financieros de salvamento para empresas y bancos, pero el incentivo ya agotó sus potencialidades, y en 2012 el ejecutivo norteamericano empezó a aplicar medidas de austeridad, opina el conferencista en universidades de Alemania, Canadá, Brasil y Japón, entre otras naciones.

Como resultado de aquellos incentivos, la deuda pública supera actualmente el 100 por ciento del PIB, mientras el déficit fiscal sigue muy alto, a pesar de la reducción experimentada en 2015; ello indica que por la vía de la política fiscal es casi imposible inyectar vitalidad a la economía estadounidense, evalúa.

A juicio del estudioso, la economía de estadounidense ha salido a flote en los años más recientes gracias a la política monetaria de la FED, cuyas tasas de interés laxas comenzaron a aplicarse mucho antes del estallido de la crisis financiera en 2008.

Tasas de interés nulas y emisiones monetarias mediante la llamada flexibilización cuantitativa (FC), distinguieron ese proceso. Hasta octubre de 2014 hubo tres paquetes por la vía de la FC, ello significó la emisión de casi cuatro millones de millones de dólares sin respaldo productivo, expone Cobarrubia.

Con ese dinero, recuerda, los bancos compraron títulos de hipotecas, una casa podía valer un millón de dólares, pero concedían por ella tres millones, en momentos en que el gobierno estimulaba el incremento del valor de esas edificaciones.

Pero en un momento determinado, añade, el precio de las casas comenzó a bajar, las personas no tenían cómo pagar el préstamo y los bancos optaron por no vender los títulos hipotecarios a un valor inferior al crédito concedido.

Entonces, el Estado salió a comprar aquellos documentos, con el dinero de los contribuyentes, bajo el supuesto de que salvando a los bancos continuaría el crédito y el funcionamiento de la economía; sin embargo, el saldo esperado nunca llegó, asevera el experto.

La alternativa mayoritaria de las instituciones bancarias estadounidenses fue conceder préstamos a entidades de otros países porque era más rentable colocar el capital donde había tasas de interés más elevadas, argumenta.

Buena parte del financiamiento fue a parar a potencias emergentes, por tanto,la política monetaria de Washington facilitó el despegue de los Brics; es decir, no hubo un crecimiento autóctono, sostiene el especialista.

Cuando los bancos de esos países se vieron con tanto dinero, comenzaron a prestar de forma masiva, dando lugar a burbujas inmobiliarias en China, Brasil y en otras muchas parte del mundo, subraya.

Y la interrogante ahora es cómo va a seguir creciendo la economía de Estados Unidos. Dentro de un contexto internacional adverso, porque ya quedaron atrás los paquetes de facilitación cuantitativa y en diciembre de 2015 la FED puso fin a las tasas de interés cero.

Diversos análisis concuerdan en que actualmente hay al menos un 20 por ciento de probabilidad de crisis en la mayor economía mundial, al considerar además el ascenso de la desigualdad social y el comportamiento del consumo interno, que representa alrededor del 70 por ciento del PIB, señala el entrevistado.

Hasta hace poco la demanda de los consumidores estadounidenses estuvo financiada por las ganancias provenientes de la especulación en la bolsa de valores, pero esa burbuja empezó a desinflarse porque las tasas de interés de la FED van para arriba y también se acabaron las transferencias y los subsidios que apoyaron a las familias más pobres en años recientes, analiza.

En tanto, los salarios continúan en niveles muy bajos, y la desigualdad social llegó a cotas sin precedentes: desde 2008 hasta la fecha, el uno por ciento más rico de la población en Estados Unidos captó el 95 por ciento de los ingresos creados, y una concentración de tal magnitud significa menos consumo, indica Cobarrubia.

Todavía, explica, hay un elevado endeudamiento por parte de los consumidores, equivalente al 103 por ciento del ingreso disponible de los estadounidenses, cuando lo normal sería de un 65 a 70 por ciento.

Esa correlación llegó a ser del 140 por ciento; ha bajado, pero no lo suficiente para estimular el consumo, pues la gente tiene que pagar, evalúa.

Cuando observamos el contexto global, tampoco hay muchas posibilidades de estimular la recuperación por la vía de las exportaciones. Mientras la apreciación del dólar coloca un lastre adicional, pues representa una pérdida de competitividad para las ofertas estadounidenses de bienes y servicios, distingue el analista. En materia de herramientas económicas, asevera, apreciamos en Estados Unidos un agotamiento de la política fiscal, con un estado en situación de quiebra, y una política monetaria que también consumió sus posibilidades reales.

La política monetaria de Estados Unidos genera cada vez mayores preocupaciones por sus efectos globales, en un contexto signado por sucesivos episodios de volatilidad financiera y ralentización del crecimiento económico mundial. Prensa Latina continúa el análisis del tema, a partir de las apreciaciones del académico cubano Faustino Cobarrubia, especialista del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, con sede en La Habana.

En diciembre de 2015, el Comité de Mercado Abierto de la Reserva Federal (FED) de EE.UU. anunció un aumento de un cuarto de punto porcentual en la tasa de interés de los fondos federales, el primer incremento desde junio de 2006.

De tal manera, el indicador se ubicó de 0,25 a 0,50 por ciento, bajo el argumento de que existía un “aumento considerable en las condiciones del mercado laboral” y había confianza en que la inflación podía elevarse en el mediano plazo.

El más reciente pronunciamiento de la FED en marzo de 2016 mantuvo intacto el rango meta de la tasa de fondos federales de 0,25 a 0,50 por ciento y argumentó que la “orientación de la política monetaria sigue siendo expansiva, apoyando así mejoras adicionales en las condiciones del mercado laboral y el regreso a una inflación del dos por ciento”.

Sin embargo, a juicio del profesor Cobarrubia, el giro en la política monetaria de la FED resulta incongruente a la luz de la situación interna en Estados Unidos.

Normalmente, esboza, un movimiento alcista en las tasas de un banco central tiene el propósito de contener el ascenso de la inflación, pues el dinero más caro desestimula la solicitud de préstamos, por esa vía se extrae dinero de la circulación y tienden a bajar los precios.

Pero en la norteña nación la inflación, medida por el índice de precios al consumidor, está creciendo a un ritmo muy bajo. En 2015 subió apenas 0,7 por ciento, cuando la meta anual establecida por la FED es de dos por ciento, recuerda el también miembro del Comité Académico de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba.

Lo anterior indica que el peligro latente en ese país es la deflación: la amenaza de una caída generalizada y prolongada de los precios en el tiempo, pues ante la expectativa de que seguirán bajando, las personas aminoran el consumo y si no hay consumo no hay inversión ni crecimiento económico, acota el entrevistado.

No obstante, la FED está obligada a subir las tasas para evitar problemas mayores: su propia política expansiva, sostenida durante años, ha generado burbujas en todas partes, en las economías emergentes, en los mercados internacionales de materias primas, en el mercado petrolero, argumenta el galardonado con el Premio Anual de la Academia de Ciencias de Cuba en los años 1998 y 2000. El presente declive en las cotizaciones del crudo pone a las claras que la burbuja explotó, ilustra el estudioso.

En el intento de estimular su economía, Estados Unidos emitió a partir de 2008 alrededor de cuatro millones de millones de dólares, sin respaldo productivo, mediante la llamada flexibilización cuantitativa.

Buena parte de esa inyección de liquidez, en vez de emplearse en los fines previstos, fue a parar a China, Brasil y a otras economías emergentes, a la especulación con el petróleo y las materias primas, a la bolsa de valores, porque los bancos y las empresas jugaron a la economía de casino con el dinero del salvamento, señala el experto.

Estados Unidos está atrapado en un dilema: si mantuviera la excesiva flexibilidad de las tasas iría a parar a la crisis y si las sube también puede llegar a la crisis, opina el autor de diversas publicaciones sobre la economía y la política del país en análisis.

Por la vía de las tasas excesivamente bajas, estallarían más burbujas dentro de ese país y en otras partes del orbe, pero con la subida, se encarecen los préstamos internos y esto limita la inversión y el consumo, lo que podría matar el proceso de recuperación estadounidense, sopesa Cobarrubia.

Además, aquellos capitales que emigraron hacia China y otras potencias emergentes buscando más rentabilidad, empiezan a retornar a Estados Unidos por la subida de las tasas de la FED; por ende, crecen los riesgos de descapitalización de esas economías y de otra crisis por impago de la deuda externa, alerta el conferencista en universidades de Alemania, Canadá, Brasil y Japón, entre otras naciones.

En 2016, un año electoral con sufragios presidenciales, las autoridades estadounidenses harán todo lo posible por evitar una crisis, pero el declive será inevitable más tarde o más temprano, opina.

Hasta ahora Washington logró posponer la crisis cíclica, que actúa como un purgante para el sistema, mediante la destrucción de capitales, empresas y mercancías, incapaces de ser competitivos. Esa postergación es a cuenta de exportar la crisis hacia otras partes del mundo, enjuicia el analista.

Al abordar las concatenaciones en un escenario globalizado, no puede desconocerse que Estados Unidos marca la política monetaria a escala mundial, debido al poder del dólar como la moneda básica del sistema financiero internacional.

Ni economías con ascendente poderío logran independizarse del vínculo, pues necesitan del dólar estadounidense para el comercio exterior y por la composición de su salvaguarda financiera.

Estimados oficiales indican que China posee en sus reservas internacionales casi cuatro millones de millones de dólares; por tanto, no le conviene una devaluación de esa divisa, ejemplifica Cobarrubia.

Si algo ha sucedido en el actual contexto de crisis es que la economía estadounidense logró reafirmar su hegemonía, y por esa capacidad ha exportado la crisis a otros países, recalca.

La moneda estadounidense sigue siendo el instrumento financiero fundamental, que marca los pasos en cuanto a las reservas de los bancos centrales del mundo, más del 60 por ciento de ese caudal está en dólares, ilustra.

Si comparamos esa proporción con el uno por ciento que tiene el yuan chino, la distancia es enorme y si observamos el retroceso del euro, la moneda que podría ofrecer la mayor rivalidad o competencia al dólar, entonces el panorama resulta peor, valora.

Todavía en estos momentos, añade, el mundo debate si el euro sobrevive o no, y en la perspectiva más inmediata no hay una moneda ni un centro de poder económico que le haga competencia a Estados Unidos.

Cuando los bancos estadounidenses deciden colocar los dólares en otros países funciona como un acto expedito; de tal modo, obtienen ganancias por el solo hecho de contar con la moneda centro del sistema, enjuicia.

A partir de ahí, expresa, podemos comprender lo ocurrido en China, donde los bancos comenzaron a prestar dinero proveniente de EE.UU. para construir casas y otras edificaciones y se creó una burbuja inmobiliaria, y hasta zozobró la bolsa de valores, un suceso reciente que generó alarma internacional.

Este elemento monetario traslada la crisis hacia otros países; asistimos a movimientos crecientes del capital financiero en busca de mayor rentabilidad, pero no hay nada productivo que sustente ese proceso, remarca el académico.

El escenario tiende a complicarse: mientras en Estados Unidos la FED incrementó las tasas y confirmó que continuará por ese camino, la Unión Europea persiste en las posiciones laxas y Japón, que durante tiempo estuvo reacio, optó por fijar tasas de interés negativas, que penalizan a los bancos comerciales.

Al decir de Cobarrubia, tales divergencias pueden ser el presagio de una guerra de política monetaria, que estimularía aún más la fuga de capitales y la sobrevaloración del dólar.

Esta divergencia, asegura, en vez de favorecer un equilibrio en la economía mundial, agudiza los riesgos. Lo más conveniente sería una coordinación de políticas monetarias y fiscales a escala internacional, pero cada cual va por su lado, pues los problemas e intereses resultan diferentes, afirma.

El primer experimento de tasa de interés negativo, recuerda, lo aplicó la Unión Europea, y “eso es un absurdo, incluso la tasa cero constituye un absurdo”, enfatiza.

Cuando está instalada la mentalidad de la deflación, fundamenta, por mucho dinero que pongas en manos de la gente no habrá un auge automático del consumo y tampoco los empresarios van a emprender inversiones productivas para las cuales no aprecian posibilidades reales de rentabilidad.

A todas luces, sustenta, estamos entrando a una fase nueva de la crisis económica global, mucho más compleja y difícil en la medida en que las políticas monetarias y fiscales aplicadas a partir de 2008 dejaron de actuar como palancas en los principales centros económicos del orbe.

Con el término crisis, aclara, suelen designarse distintos fenómenos. A la luz de las concepciones marxistas, distinguimos dos procesos: las crisis cíclicas (auge, crisis, depresión y recuperación) como parte natural de la reproducción del capitalismo, y las crisis sistémicas.

Entonces, vale preguntarse, ¿estamos asistiendo solamente a una crisis cíclica o al mismo tiempo avanza una crisis sistémica del capitalismo?, cuestiona el entrevistado.

En la historia del capitalismo, nunca antes habíamos observado fenómenos como la compra masiva de las deudas a los bancos ni tampoco la instalación de tasas de interés negativas por parte de los bancos centrales, asevera.

Muchos teóricos exhortan a la comunidad internacional a mirarse en el espejo de Japón, atrapado hace décadas en una trampa de liquidez. Lo que se avecina para la economía mundial, coincide Cobarrubia, tiene cada vez más parecido con el pronóstico de la llamada japonización, si tenemos en cuenta el peligro de deflación, el fracaso de las políticas fiscales y monetarias y el estancamiento económico.

Sobreviene, entonces, la interrogante sobre qué país o conjunto de ellos van a funcionar como locomotora mundial en sustitución de Estados Unidos. Hoy, responde el profesor, ningún otro país está en condiciones de asumir ese rol y si pudiera, sería irracional e insostenible hacerlo al modo norteamericano.

Pensemos solamente en términos ambientales: sería una catástrofe que un gigante como China consumiera al ritmo del mercado estadounidense, reflexiona.

Para recuperar su papel como locomotora, Estados Unidos tendría que crecer de manera sostenida por encima del cinco por ciento y eso es difícil porque no hay palanca para estimular un progreso de tal magnitud, aprecia.

La economía mundial, considera, está abocada a un período de mayor inestabilidad e incertidumbre y de estancamiento secular; es decir, estará creciendo a un ritmo del dos al tres por ciento por un largo plazo, cuando lo óptimo sería un cinco por ciento para un proceso de recuperación.

En épocas anteriores cuando un centro de poder económico entraba en crisis el otro iba en ascenso; pero ahora la crisis es sincrónica y resulta extremadamente difícil coordinar políticas cuando enfrentan problemas diferentes, cuando lo conveniente para uno sería perjudicial para los otros, razona.

Esto nos invita a pensar en la necesidad de cambios estructurales, frente a la coincidencia temporal de múltiples crisis (de hegemonía, económica, energética, medioambiental) dentro de un sistema que hace aguas, aunque el naufragio se prolongue en el tiempo, concluye el académico.

* Periodista de la Redacción de Economía de Prensa Latina.