Ya se acerca el 8 de marzo, día internacional de las mujeres. Éste debiera de ser un momento para evaluar avances y desafíos en la agenda de los derechos humanos de las mujeres; pero, en las actuales circunstancias, esto no es posible. En esta oportunidad me voy a referir a lo que con no poco asombro, indignación y hasta irritación, observo en las últimas semanas.

Un escándalo de proporciones mayores saltó a la agenda mediática cuando el periodista Carlos Valverde, con certificado de nacimiento a mano, demostró que existió una relación entre el presidente Evo Morales y la señora Gabriela Zapata, que tuvo como consecuencia natural el nacimiento de un niño que, para sorpresa de todos, habría sido reconocido por el mandatario. Como se sabe, las madres de los hijos que hoy él muestra con orgullo, tuvieron que obligarlo a reconocerlos, de lo que la mimada Evaliz no parece tener siquiera noción o quizás no le conviene recordar.

A mi entender, la presentación de ese certificado no tenía otro propósito que demostrar la relación cercana entre ambos y, de esta manera, establecer que existió “tráfico de influencias” para que la señora Zapata termine posicionada como funcionaria de una empresa china a la que el gobierno favoreció con suculentos contratos de interés público. Aparentemente, esto le permitió a ella saltar del anonimato a las revistas de vanidades, haciendo ostentación de su nueva posición social y económica. La señora Zapata debió de estar muy segura de sí misma y de la protección de la que gozaba para no guardar la mínima discreción al respecto.

El hecho es que, a partir de ese momento, se sucedieron una serie de declaraciones, por demás contradictorias, del propio presidente y de su entorno más cercano, que ya rayan en la demencia porque son de un cinismo repulsivo. Lo que venimos observando en las últimas semanas es un espectáculo digno de guion televisivo para una novela que tiene todos los ingredientes imaginables y que, por lo mismo, ya provoca nausea. Gabriela Zapata, resultó ser para Evo una “cara conocida”, después de mantener con ella una relación que dio como fruto un hijo que, primero, dijeron que había fallecido, luego dijeron que estaba vivo y ahora dicen que nunca existió.

Como consecuencia de este descubrimiento mediático, la señora Zapata hoy guarda detención en la cárcel de mujeres de la ciudad de La Paz. Su apresamiento sin orden judicial alguna, al margen de la ilegalidad, da cuenta de un hecho claro: con tal de salvaguardar la imagen del presidente, montaron un operativo policial y judicial destinado a inculpar, como única responsable, a la señora Zapata, de un hecho que a las claras tiene ribetes de una enorme corrupción que ella sola no podría haber ejecutado por cuenta y riesgo propio. Quieren hacernos ver eso, como si Evo y su entorno más cercano –esos mismos operadores que hoy andan de romería por los medios televisivos para intentar lavar su imagen– jamás se hubieran enterado de la existencia y de las actuaciones de la señora en cuestión. Ahora pretenden cocinarla en la hoguera del escarnio público para hacernos creer en la impoluta imagen del jefazo, como si todavía eso fuese posible.

Con ella “cayó” también Cristina Choque, la joven asambleísta constitucional a quien luego confiaron la cartera del Viceministerio de Igualdad de Oportunidades y que hasta hace unos días fungía como directora de gestión social, una oficina dependiente del ministerio de la presidencia, desde donde se habrían gestionado graves hechos de corrupción ¡¡a espaldas del ministro Quintana!! Según esta versión, el estratega de inteligencia del régimen no había tenido la más pálida idea de las andanzas de estas señoras. Si esto fuese verdad, lo mínimo que le correspondería hacer, por vergüenza siquiera, sería presentar su inmediata renuncia, ya que si no fue capaz de percatarse de que tamañas barbaridades sucedían en su propio despacho, me pregunto cómo el presidente podría todavía confiar en él. No hay que tener cociente de inteligencia de nivel “genio” para darse cuenta que todo esto es, sencillamente ¡absurdo!

En el bullado caso de estafa del FONDIOC sucedió algo similar. Cientos de miles de bolivianos fueron a parar (eventualmente) a las cuentas personales de dirigentes de las organizaciones indígenas, entre otras, la Confederación de Mujeres “Bartolina Sisa”. Salvo la ministra Nemesia Achacollo, que al parecer goza de protección especial, en este caso –entre otros implicados– terminaron imputadas y encarceladas preventivamente dos connotadas dirigentes, Julia Ramos y Melba Hurtado, mientras que a Graciela G., y Lidia Q., les dieron arresto domiciliario atendiendo a su condición de mujeres de tercera edad. Una vez más, los jerarcas del régimen, empezando por el presidente, pasando por el vicepresidente y terminando en los ministros relacionados con los temas en cuestión, pretenden liberarse de toda responsabilidad. Resulta que, mientras en el FONDIOC se daban un festín de millones, los susodichos, a quienes supuestamente nada se les pasa desapercibido y hasta tiempo tienen para vigilar las redes sociales para enterarse lo que de ellos circula por ahí, no habían sabido nada de nada.

Se puede seguir citando ejemplos parecidos, no hace falta para dejar en claro que las mujeres allegadas al poder de este régimen terminan siendo desechables. Su obsecuencia con el régimen, su lealtad incondicional con el jefazo, de nada sirven a la hora de salvarle el cuello a él mismo. Quién sabe, quizás hasta gustosas se prestan a inmolarse por “la causa”, porque mientras estuvieron cerca de él gozaron de todo tipo de privilegios, eso sí “por primera vez” –como canta el discurso machacón de este gobierno, para quienes todo lo que hacen tiene carácter primigenio– ya que nunca antes estuvieron gozando de tan buena posición.

Un séquito de cortesanas incondicionales rodea a Evo –de cortesanos también, por supuesto, pero por ahora no me interesa referirme a ellos– mujeres que sacan cara por él y hasta están dispuestas a “morir por la causa” sin mostrar el menor asomo de dignidad. Ahí vimos a sus ministras, en los carnavales de 2012, festejando que el presidente les dijese que les sacaba el calzón y, recientemente –en el tema de Gabriela– a la asambleísta Juana Quispe saliendo a los medios para justificar al jefazo, diciendo “¡quién está viendo la vida privada de sus jefes de ellos! ¡Cuántas cholas habrá tenido, quién mira de ellos: de Tuto, de Rubén Costas de Sánchez Berzain!”; o a la ministra de transparencia, Lenny Valdivia, poco menos que jurando por su propia madre que “el presidente no mintió” cuando dijo que el niño había fallecido ni cuando solo vio “cara conocida” a la madre de su hijo.

En este 8 de marzo, día internacional de las mujeres, voy a sugerirles a estas señoras que se hagan un favor a sí mismas: que guarden al menos un día de silencio, que ni se les ocurra hacer celebraciones, que no nos vengan a mostrar las estadísticas de cuántas mujeres ocupan espacios de poder porque de nada nos sirve a nosotras, las mujeres de este país, salvo a ellas mismas. Tampoco tengan la ocurrencia de contarnos cuántas leyes a favor de las mujeres se han aprobado en los últimos diez años, porque –dicho sea de paso– ningún favor les debemos a ellas ni al régimen por avances que tienen que ver con una agenda largamente batallada por las organizaciones de mujeres y, en particular, por las feministas.

Y lo mismo les solicito a los cortesanos del régimen: hagan el favor de callar la boca, de no seguir en romería por los medios de comunicación intentando lavar la cara, sucia de mentiras, de su jefe. Al menos tengan el decoro básico y elemental de no repartir flores o chocolates a las mujeres que trabajan en sus reparticiones, porque ya sabemos que para ustedes, las mujeres somos fusibles, marionetas, objetos desechables, a las que no guardan el menor respeto.