La Habana y Hanoi (PL).- El desarrollo de grandes ciudades representa un éxito económico, pero también significa problemas sin resolver y un camino que puede tener tanto ventajas como dificultades, muchas de ellas de tipo comercial. El fenómeno de la emigración del campo a la ciudad se mantiene con particular agudeza en los predominantes países pobres. Algunos estudios actuales sugieren observar las grandes metrópolis y sus problemas, y escarbar en cómo será el futuro en ellas.

Muchos entendidos indagan sobre los elementos comunes entre esas urbes, hasta el punto de cuanto se identifican más entre ellas, independientemente de la geografía, que con el resto de las villas de cada país donde están.

Esa comparación apunta a lugares como Nueva York, Londres, Shanghái, que para algunos representan una especie de Estados-Nación.

Precisamente, esa es la mirada de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que identifica a las megaurbes como poblaciones y economías más grandes que muchos países en particular, de ahí el marcarlas como Estados-Nación.

Los desafíos son similares a los de los países en su conjunto, con los temas de transporte, vivienda, seguridad, empleo, migración o educación.

En un informe sobre las tendencias mundiales que afectan a la educación, la OCDE señala que las ciudades podrían aprender de las experiencias de cada una de estas grandes villas, experiencias imposibles en el plano de la política nacional.

Alude a que en esas grandes urbes existen más plazas laborales, pero a su vez más desempleo, en una fórmula un tanto desequilibrada.

Para el director de educación de la OCDE, Andreas Shleicher,

cuando se habla de países, se apunta hacia lo que separa como el idioma y la cultura, pero al tratarse de las megaciudades, se enfrentan retos muy similares.

Se trata de un complejo engranaje que los especialistas estudian de cara al futuro, debido a las inmensas concentraciones de personas que viven en un espacio pequeño, con sus correspondientes ventajas y desventajas, a menudo dos caras de la misma moneda.

LUGARES PARA OBSERVAR Y COMPARAR

En las megaciudades existen sistemas de transporte desarrollados, pero también se presenta hacinamiento en la medida en que esos sistemas luchan por satisfacer la demanda.

Las modernas megaciudades son lugares altamente conectados, pero con grupos de personas que se sienten peligrosamente desconectados, señala la OCDE.

Coinciden sus investigadores en que esos temas pueden ser escarbados a nivel de tales conglomerados para luego ver cómo mejorarlos en el resto de las urbes y en los países, sobre todo los más pobres.

El brillo de las luces, la economía y la innovación atraen a la gente, lo que lleva a presiones adicionales sobre la vivienda y los servicios, así como a discusiones sobre los niveles de migración.

Por tanto, los estudios de la OCDE sobre las megaciudades precisamente apuntan a propuestas para resolver tantos problemas internos de ellos como en otras urbes; es decir, aplicar las experiencias.

Hablan en sus informes de tener luces para la solución en el mundo de asuntos tan acuciantes como es el caso del hambre y la pobreza, y las necesidades de atención sanitaria.

Indican esos expertos que cuando se menciona seguridad, terrorismo o radicalización no vienen a la mente aldeas de Reino Unido o Francia, sino las grandes metrópolis, y de hecho es en esos espacios donde ocurren las mayores desgracias, en ese sentido.

Las cifras de la OCDE muestran cómo la actividad económica de las zonas metropolitanas representa una fracción desproporcionada de la riqueza nacional.

En datos a partir de los estudios citados, se señala que en Francia y Japón, el 70 por ciento del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de 2000 a 2010 se atribuyó a sus grandes ciudades.

Por demás, existen proyecciones de urbanización para las megaciudades, lo que inclinará más la balanza en el futuro hacia esas denominadas Ciudades-Estado.

Es el caso incluso de que Ciudad de México, Nueva Delhi, Shanghái y Tokio ya tienen poblaciones por encima de los 20 millones de personas, más que la mayoría de los países europeos.

El informe también muestra cómo las ideas se extienden entre las grandes villas y lo mucho que llegan a parecerse entre sí.

Recuerda el estudio que en una época solo existía el metro de Londres, que inició sus operaciones en la década de 1860, cuando toda la población de la Gran Bretaña no era mucho mayor que la de Shanghái.

Sin embargo, ahora existen 100 de estos medios de transportes en 27 de los países miembros de la OCDE, que forman parte de estructuras muy urbanizadas. Otros datos aportados señalan que los sistemas de alquiler de bicicletas, iniciados en Copenhague (Dinamarca) en 1995, se extendieron en 20 años a más de 600 ciudades en todo el mundo, y el más grande está ahora en China, cuando en Hangzhou ruedan unas 80 mil bicicletas alquiladas.

Otro de los tantos en el estudio está dado porque estas urbes modernas son intensamente internacionales, donde la característica fundamental está en una mezcla de culturas de quienes las habitan, flujo rápido de dinero, ideas y modas, de ahí el ojo de los expertos sobre estos escenarios.

La OCDE plantea la pregunta acerca de si esas ciudades son ahora el más significativo ejemplo de gobierno, lugares lo suficientemente pequeños como para reaccionar con rapidez y responder a los problemas, y suficientemente grandes como para detentar el poder económico y político.

Fundada en 1961, la OCDE agrupa a 34 países miembros y su propósito es promover políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas alrededor del mundo.

A esta institución pertenecen Alemania, Australia, Austria, Bélgica, Canadá, Chile, Surcorea, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Irlanda, Islandia, Israel, México, Noruega, Nueva Zelanda, Países Bajos, Polonia, Portugal, Reino Unido y República Checa, España, Italia, Suecia, Estados Unidos, Japón, Suiza, Eslovenia, Luxemburgo y Turquía.

En proceso de adhesión se encuentran Rusia, Colombia y Letonia, mientras en 2015 comenzaron las conversaciones para unirse Costa Rica y Lituania. Además, lleva colaboración con Brasil, China, India, Indonesia y Suráfrica, y con otras 60 naciones.

Abrumadas urbes en Sudeste Asiático

Incrustado en la trama del desarrollo económico en todo el mundo, el fenómeno de la emigración del campo a la ciudad se mantiene con particular agudeza en los predominantes países pobres.

Los demógrafos lo describen como un desplazamiento masivo de personas de zonas rurales a urbanas en busca de mejores condiciones de vida mediante la obtención de empleos de superior remuneración, que huyen de desastres naturales y aspiran a tener acceso a servicios de educación y salud.

Pero este éxodo en la mayoría de los casos causa problemas sociales cuando ciudades que reciben grandes cantidades de migrantes están desprovistas de preparación porque los empleos son insuficientes y los recién llegados recurren al mercado de trabajo informal y a alojamientos precarios en favelas.

Además del desempleo crecen entonces los barrios periféricos carentes de hospitales y escuelas, y los existentes se ven abrumados con excesos de alumnos y de pacientes peor atendidos, sin contar otras consecuencias en las redes de distribución de agua y transportación. Expertos apuntan que el proceso de urbanización del llamado Tercer Mundo ha estado desligado del crecimiento económico e industrial paulatino como ocurrió en el occidente, de tal suerte que muchas ciudades de los países pobres se presentan como un caos de tráfico, con viviendas pequeñas e insalubres y con cierto nivel de delincuencia.

Basta con la llegada de frecuentes tormentas que azotan a megalópolis como Gran Yakarta, Manila y Ciudad Ho Chi Minh para presenciar el espectáculo de calles anegadas de agua debido a redes de evacuación insuficientes y al surgimiento improvisado de barriadas periféricas en sitios inapropiados.

A esa propia dinámica natural corresponde un permanente flujo migratorio en el intento de dejar atrás las terribles condiciones de vida en el campo, abandonado a su suerte y carente de políticas de fomentos del progreso.

En opinión de estudiosos, se trata de un proceso urbanizador heredado del pasado colonial, en la que existe una terciarización de la economía dominada por el subempleo y acompañada por una degradante segregación espacial en favelas.

Recientemente la directora del Centro de Investigación de la Población del Instituto Indonesio de Ciencias, Haning Romdiati, analizó la situación concreta en la megalópolis Yakarta, que con casi 18 millones de habitantes ocupa el puesto 11 entre las 30 ciudades asiáticas más pobladas.

A su juicio de momento resulta difícil prevenir la migración hacia las áreas urbanas que atrae a personas de bajo nivel de preparación, incapaces de competir en el mercado de empleo y que terminan engrosando las filas de los trabajadores informales.

En cambio, el ministro de regiones rurales en desventajas y transmigración, Marwan Jafar, sostiene que el desarrollo del campo puede tener un efecto contrario, mediante el apoyo a la prosperidad de las aldeas.

Opina que la corriente de urbanización se asemeja a una espada de doble filo con negativos impactos, primero la pérdida por las aldeas de sus mejores hijos que se marchan en pos de una mejor vida y segundo que conduce a una inequitativa distribución del desarrollo entre las áreas urbanas y rurales.

Pero en las Perspectivas de Naciones Unidas de 2014 sobre la urbanización mundial se señala que el 53 por ciento de los habitantes del planeta residían en 2011 en ciudades, y se espera que representen el 60 por ciento en 2030 y el 67,2 por ciento en 2050.

En el caso particular de Indonesia, hoy con una población de unos 250 millones, el Banco Mundial pronostica que en 2025 el 60 por ciento de sus nacionales vivirán en las aglomeraciones de concreto, asfalto y ruidos.

La entidad ya hizo notar en 2010 que las áreas urbanas aportaban aproximadamente el 74 por ciento del producto interior bruto, lo que supone al propio tiempo que sean las mayores generadoras de contaminación industrial y automotriz del ambiente.

A estos procesos domésticos se suman los migrantes procedentes de otros países de la región, preñados de mayores dificultades para convertirse en participantes plenos en la vida económica, cultural, social y política de las comunidades receptoras.

Compartiendo la problemática con la población local, los inmigrantes internacionales se enfrentan a falta de derechos de residencia formales, vivienda inadecuada, bajos salarios, trabajos inseguros o peligrosos, limitado acceso a servicios prestados por el Estado, intolerancia religiosa y discriminación y exclusión social.

Pueden llegar inclusive a provocarse relaciones antagónicas y hasta violentas, que conminan a dirigentes políticos a respuestas que solivianten más hostilidades o tratar de acomodar a los inmigrantes, insertándolos en el tejido comunitario.

El drama de estas poblaciones se inicia desde el momento en que se sienten empujados a huir de sus países en forma ilegal y caen en manos de traficantes humanos, tal como se puso de manifiesto en la reciente crisis que estalló en el Sudeste Asiático.

Llegó un momento en que cerca de siete mil, entre rohingyas de Myanmar y bangladesíes, abandonados en el mar por mafias de trata, fueron repelidos por Indonesia, Malasia y Tailandia, hasta que entre sí acordaron acogerlos provisionalmente por un año.

Sin duda alguna que el destino buscado hubiera sido las inciertas ciudades donde les aguardaba como lo más probable la precariedad, la explotación abusiva y la trampa de redes de delincuentes.

Los que emprenden estos peligrosos viajes transfronterizos para huir de la extrema pobreza y la discriminación, por lo general piensan en términos de urbanización por sus presuntas oportunidades, percibiendo las zonas rurales como un regreso a lo que dejaron.

Salvo en Vietnam, donde el campo posee todavía un importante peso económico y el gobierno despliega desde hace años un programa de modernidad rural, lo que predomina en la región es la falta de una sostenida atención a las zonas agrícolas que empujan a la emigración a las ciudades.

A juzgar por lo que sostiene Haning, las nuevas autoridades de Indonesia comienzan a vislumbrar la importancia de llevar el progreso al campo antes que los que mal viven allí vayan a buscarlo en las aglomeraciones en crecimiento descontrolado.

Además de Yakarta, otras dos metrópolis de la región del Sudeste figuran entre las 30 más pobladas de Asia: Manila, Filipinas, con unos 12 millones y Ciudad Ho Chi Minh con alrededor de 11 millones, en los puestos 13 y 14 respectivamente.

* Roberto F. Campos es periodista de la Redacción de Economía de Prensa Latina y Hugo Rius, corresponsal de Prensa Latina en Vietnam.