Tarija.- Cuenca Tajzara se redujo al 15 % y corre alto riego de desecación, como el Poopó. El peligro se arrastra desde hace una década. Entrado el año, Laguna Colorada, uno de los humedales más singulares del país, próximo a la frontera con Chile, estaba a media capacidad de embalse, con grave riesgo para la vida no sólo de los flamencos rosados sino de los líquenes rojos que le dan característico color a sus aguas de 30 centímetros promedio profundidad.

Los datos de registrados de esperada recarga, en Cochabamba para la presa de La Angostura y las lagunas de Wara Wara y Escalerani el 6 de enero eran casi nulos: 10 centímetros, es decir nada, lamentaban ejecutivos de la empresa local del agua y regantes, que habían cerrado compuertas dos semanas antes, a fin de evitar cualquier filtración.

Por su lado, el proyecto Misicuni, que lleva décadas hinchando las esperanzas de la capital cochabambina y sus alrededores, decidió postergar para marzo o abril su llenado previsto para enero y febrero.

El sábado 16 de enero, la represa de Tacagua, en Challapata, en la orilla Este del agonizante lago Poopó, contenía sólo 28 millones de los casi 50 millones de metros cúbicos del máximo de masa acuática disponible en ese reservorio para regar 40 mil hectáreas de forraje destinado al ganado que enorgullece la industria lechera local, aunque la población está sometida a racionamiento permanente de agua, restringida a dos horas diarias, y de madrugada.

Este último jueves 28, los gerentes de Aapos-Potosí mostraron que Chalviri, Llakachaca y otros 22 embalses en cascada que desde las alturas de Karikari sirven desde la colonia, están al 35 por ciento de su capacidad, pero garantizan la provisión por dos meses sin recurrir al racionamiento, siempre que no se repitan excesos como los del carnaval minero, el 23 y 24, donde el líquido corrió a raudales, por dentro y por fuera.

Más al sur, Cotagaita era un horno de día contradictorio con heladas que destrozaron la cosecha de duraznos, súbitos granizos del tamaño de huevecillos y racionamiento a seis horas, mientras que el río Tupiza, en la ciudad del mismo nombre, mostraba este viernes 29 su caudal –para estas épocas lleno de “banda a banda”, repartido entre escasos arroyuelos consumidos por la radiación, la evapotranspiración y otros efectos del cambio climático mundial que está dando fin con el lago Poopó.

Asentada en la meseta más alta de la puna tarijeña, sobre el costado oeste del municipio de Yunchará, la cuenca Tajzara, de 18 lagunas, se asemeja mucho a la de su hermana mayor, la del degradado lago Poopó, incluso por el alto riesgo de quedar desecada.

“No, no está a salvo”, dijo el director de la Reserva Biológica Cordillera del Sama, Francisco Arce, al borde de la laguna Copacabana, la de mayor extensión, durante su última visita a la cuenca, el martes 2 de febrero, día de la Candelaria.

En la capital tarijeña, las lluvias llegaron con intensidad los últimos días, pero el comportamiento de las precipitaciones varía de una a otra cuenca: en Tomatitas, límite entre el municipio local y el contiguo de San Lorenzo, el torrente renovado del río Guadalquivir, contrasta a sólo distancia de metros, con el reseco cauce del Erquiz y otros afluentes, como muestra un video captado este fin de semana.

En el Chaco, donde la poca lluvia se evapora rápidamente agrietando la tierra o se sume de inmediato, un encuentro de municipios convocado para tratar presupuestos regionales y financiamiento para el desarrollo a consecuencia de los ingresos en bajada de los hidrocarburos, prevé considerar también, entre martes y miércoles próximos en Yacuiba, la emergencia de la sequía.

Este año, las lluvias no llegaron en noviembre, cuando, en cambio, comenzaron los retumbes de rayos y truenos proselitistas que se intensificaron en diciembre y enero y que amenazan explosionar las próximas tres semanas, pudiendo coincidir con los esperados aguaceros que fácilmente derivan en inundaciones y declaratorias de desastre cono los que anualmente se registran en el Beni y otros distritos, y que ayudan a sobrellevar la inveterada pobreza.

La alerta presidencial sobre la sequía ocurrió el 14 de enero, días antes del Informe sobre la década de su gobierno, pero muchos meses después de los primeros indicios de la falta de lluvias.

Las reacciones oficiales presentan el mismo perfil, sean subnacionales o centrales, mientras el fenómeno de El Niño “Godzila” ya campea en el país y se aguarda para junio la irrupción de su hermana, La Niña.

Por primera vez en décadas, este jueves de compadres en Potosí transcurrió sin el tradicional chubasco de los “quewua-compadres-llorones” y la exclusa de la represa de Incachaca en La Paz se muestra cerrada, con un nivel de aguas deficitario, sin masa en la parte superior, de mayor embalse.

Para la EPSAS alto-paceña, sin datos recientes públicos y específicos de la reservas en Hampaturi, (que riega Chicani e Irpavi) y tampoco de Tuni-Condoriri y Milluni, sobre la que se cierne la contaminación que ya afecta a El Alto, el embalse general oscila entre el 50% y 70%.

“Un parámetro normal”, según la optimista empresa pública y social, que al igual que otras instituciones confía en los pronósticos del Servicio meteorológico e Hidrológico (Senamhi): mayores precipitaciones en febrero.

Y tal vez en marzo, pero ¿Y después qué?

Pues no se trata sólo de retrasadas y deficientes precipitaciones para las reservas superficiales impactadas además por la contaminación minera en muchos casos, afirman expertos hídricos, oficiales y de la sociedad civil consultados en diversos poblados de Oruro, Potosí y Tarija

Se trata de diversos factores que incluyen a los acuíferos subterráneos, contaminados o no como en regiones próximas a la explotación minera; a la intensidad de la evapotranspiración del agua y la radiación solar, al deshielo de los glaciares que corren el riesgo de ya no ser eternos y especialmente la pérdidas de agua por uso no eficiente o sencillamente abuso y desperdicio por falta de información y educación públicas.

Todavía aún más: a los derrames de “diques de colas” supuestamente erigidos para detener las agua usadas de los desmontes mineros, el fin de ciclo de muchas plantas de tratamiento de aguas servidas, y el vertido de ellas a los principales cauces o la simple inexistencia de estas plantas, además de la perenne falta de coordinación, salvo excepciones, entre políticas y estrategias estatales, en caso de que las hubiera, con programas y proyectos de gobernaciones y municipios.