Con la potente “ayuda” de los medios de comunicación –espacio cultural fundamental de creación de “consensos” en la sociedad capitalista- el gobierno del MAS hace todo lo posible por instalar el referéndum del 21 de febrero como el hecho político fundamental de la presente coyuntura. Reproduce así uno de los rasgos centrales de la democracia capitalista: ofrecer la posibilidad del voto ciudadano como un bien en sí mismo, independientemente de lo que se esté votando y de los términos en los que se lo hace. Hacer pasar esta farsa como un hecho “democrático” es el mismo discurso que los bolivianos hemos oído desde que las urnas han servido para ejercer la dictadura del capital en contra de las mayorías.

Pese a todo, no hay maniobra estatal que no sufra la afrenta de las condiciones políticas objetivas. De un tiempo a esta parte, ha crecido el descontento contra el gobierno de Evo y sus medidas, que, una tras otra, han puesto cada vez más en cuestión su barniz “popular” y “anti-imperialista”. Para mencionar sólo dos cosas, recordemos la brutal represión a los pueblos indígenas de Takovo Mora y los vergonzosos subsidios a las petroleras por medio de confiscaciones de los recursos del IDH de gobernaciones, municipios y universidades. De tal forma, la maniobra política para que el MAS pueda gambetear el ascendente descontento popular contra su régimen consiste en buscar construir una opinión pública polarizada entre los que apoyan a la “vieja derecha neoliberal” y los que respaldan al “proceso de cambio” evista.

Un ejemplo de este esfuerzo político del gobierno es el último discurso del vicepresidente el 22 de enero pasado, el cual repite los mismos términos que hubiera tenido un discurso similar en la coyuntura de la disputa del MAS contra la vieja casta política reaccionaria de la “media luna” hace 8 años. Los derrotados de la historia, como el mismo García señala, son objeto central de la retórica estatal, cosa realmente curiosa porque cualquier lógica política diría que no hay necesidad de patear tanto al perro muerto. Pero la necesidad al gobierno le sobra. Así como el gobierno tiene que manosear la democracia formal para encajar sus intereses partidarios (re-elección) con la institucionalidad estatal, requiere que el referéndum próximo sea desarrollado en medio de un debate político cuyos términos no pongan en cuestión las cuestiones más trascendentes de la administración de Morales, como ser: la ausencia de una verdadera recuperación de los recursos naturales a favor del Estado, la presencia y práctica incuestionable de condiciones “neoliberales” de explotación de la fuerza laboral, el desempleo, el deterioro brutal del sistema de salud, la crisis educativa, etc., etc. Evitar este debate para el gobierno significa resucitar el espantapájaros de la “derecha neoliberal”, cuya sola presencia en los medios de comunicación llevan agua al molino del teatro montado por el MAS, que quiere obligar a los bolivianos a elegir entre los fracasados del ayer y los inescrupulosos de hoy.

Pese a todo lo dicho, son ponderables las respuestas al vuelo que ofreció García Linera en su último discurso a la crítica de izquierda. Las cuales, en el entendido del vicepresidente, sólo tienen una etiqueta diferente pues su contenido es similar al de la “oligarquía”. En efecto, cuestionar la asociación (en realidad subordinación) del Estado con las transnacionales petroleras significa una forma de colonialismo vestido de izquierda. El mismo Lenin, se atreve a decir el vicepresidente, hizo acuerdos con inversores extranjeros en su calidad de dirigente del Estado soviético en los años veinte durante la llamada Nueva Política Económica.

Está demás decir que la misma lógica de comparar la revolución bolchevique con la “revolución democrática-cultural” del MAS es perfectamente derivable del carácter bonapartista del gobierno. El “tata” Belzu citaba al anarquista Proudhon, el primer Paz Estenssoro se declaraba “marxista” cuando salía a arengar a los balcones y ahora García Linera se fantasea como “leninista”. Estas cosas de la historia se repiten casi siempre sólo como farsa.

La revolución bolchevique de 1917 tuvo un acto fundacional: la insurrección popular y un acto constitutivo: la expropiación de los expropiadores (es decir, el traspaso de los medios de producción privados a manos del Estado de los trabajadores), pero esto no fue suficiente. Una revolución no es tal si no transforma las relaciones de poder entre las clases sociales. Y esto no sucede de la noche a la mañana ni por decreto, ciertamente. Pero el paso decisivo para que la revolución abra paso a la construcción de nuevas relaciones de poder es la acción de los oprimidos como sujetos de esa transformación. La instauración de una nueva democracia responde a esta necesidad. No puede haber gobierno de los trabajadores o de los “movimientos sociales” si éstos no son los que definen colectivamente, mediante sus propios órganos de poder, el destino del país. Por el contrario la apelación al “pueblo” sólo para ir a las urnas o para aplaudir las decisiones del caudillo, supone la castración de la energía popular y su instrumentalización para legitimar las decisiones de las camarillas gobernantes. La mejor muestra de que al MAS de Evo Morales no le interesa nuevas formas de democracia popular son los estatutos que presentaron para el anterior referéndum, los cuales constituían la repetición en pequeño de la obsoleta máquina estatal burocrática basada en una caricatura de democracia formal y representativa. La gestión de Evo Morales, que ha partido del supuesto teórico de concertar la democracia burguesa con las formas democráticas de algunos sectores de las masas, ha terminado convirtiendo a éstas en artículos de una Constitución, es decir, en nada.

* El autor es maestro y militante del Partido Obrero Revolucionario (POR).