¿Cómo se llega a callejones sin salida? En otras palabras, ¿cómo se encierran, los de la clase política, cayendo prisioneros de sus propias ficciones? O, también, ¿cómo se atrapan en sus propias redes, como escribimos en un artículo[1]? ¿Qué hace, que empuja, a los gobernantes, a seguir la ruta de su propio atolladero? Esta pregunta, dicha de distintas maneras, es importante, para comprender un síndrome de la clase política, sobre todo de la gobernante; el síndrome de la auto-referencia autocomplaciente, síndrome que produce una especie de encaracolamiento[2]. Sumergidos en su propia concha de ficciones, de imaginarios, de mitos y narrativas apologéticas de sí mismos, se hunden en la oscuridad de su propio suicidio. Construyen su derrota.

No parecen explicables estos fenómenos de enajenación y narcisismos, combinando fetichismos y enamoramiento de la propia imagen, solo por los microclimas de las burbujas del poder. Burbujas de la ceremonialidad del poder, que aíslan a los gobernantes, a sus representantes, a la burocracia estatal, en la atmosfera seductora del monopolio legítimo de la violencia, sea ésta simbólica o descarnada. Hay otras circunstancias y condiciones, hay otros engranajes y mecanismos, cuyo funcionamiento ocasiona prácticas reiterativas, que ejercen el poder de la manera cómo también lo erosionan. Por ejemplo, el abuso del poder, el desborde de prepotencia, las señales de una creencia insostenible en la impunidad lograda. En el caso, de las llamadas “izquierdas”, también gobiernos progresistas, que son, en realidad, las nuevas versiones del populismo latinoamericano, se encubre esta decadencia con discursos altisonantes, pretendidamente “revolucionarios”. Aunque vacíos de contenidos, repetitivos de formas desgastadas de anteriores discursos, que si jugaron un rol crítico, una función interpoladora, como dispositivos expresivos de convocatorias populares, en las luchas sociales y nacionales emprendidas; en coyunturas, donde estos discursos emergían de la convulsión de los cuerpos sublevados. Empero, cuando después, cuando se pierde su vinculación con el acontecimiento subversivo, cuando adquieren su tono de legitimidad lograda, incluso institucionalizada. En el mejor de los casos, cuando forman parte de la memoria social de las luchas, se recurre al uso de estos discursos, que ya resultan anacrónicos, en un presente, que exige nuevas emergencias de lucha, nuevas formas de expresión, de interpelación y de estrategias, los discursos desempolvados resultan, mas bien, adormecedores de la voluntad combativa, y calmantes de consciencias desdichadas, que buscan desesperadamente en la actuación y montaje parecerse aquellos héroes de las revoluciones pasadas.

No se sabe por qué creen estos personajes, de los neopopulismos, que son “revolucionarios”, solo porque lo dicen, se autodenominan como tales, usan viejos discursos de antiguas revoluciones, aparecen en las representaciones mediáticas, como si lo fuera, se esmeran por emitir discursos estridentes y pretendidamente subversivos, cuando no hacen otra cosa que ser elocuentemente sonoros en evocaciones teatrales. Por otra parte y siguiendo esta ruta, creen que por el hecho de que son “revolucionarios” por esencia, por una esencia transmitida por la gloria de revoluciones pasadas, como arte de la metafísica de la historia, el pueblo tiene que seguirlos, obedecerlos, defenderlos siempre, además de engreírlos. ¿Qué los lleva a pensar y esperar tal cosa? Es que tienen un esquema inocente, ingenuo y simplón de la historia política y de las contradicciones sociales. La narrativa gubernamental de estos “revolucionarios” de la modernidad tardía, se resume a una epopeya trasnochada, donde el héroe o los héroes, que son ellos, son los portadores del bien, los intrépidos protagonistas que destruyen el mal, que matan a la serpiente alada de varias cabezas. La narrativa oficial convierte a los caudillos en profetas mesiánicos que han venido a conducir al pueblo a la tierra prometida. La narrativa oficial deja poco para los hechos de la historia efectiva, deja mucho menos para el despliegue autónomo del pueblo sublevado, convertido en fiel seguidor y creyente del mesías caudillo. Mientras vive el caudillo, los que lo acompañan se iluminan de su luz irradiante, de su voluntad desbordante y consecuente; cuando ya no está el caudillo, se convierten en los herederos de la divinidad, de la legitimidad del profeta ausente. En estas condiciones, la recurrencia compulsiva, obsesiva, que se vuelve trillada, a la imagen del caudillo ausente, muestra más desesperación que certeza, más vulnerabilidad que fortaleza. Este ya es un síntoma del derrumbe, al que no se ve aproximarse, pues la bulla envolvente de la ceremonialidad del poder, que ahora, también es ceremonialidad de duelo, la estridente discursividad retórica, cada vez más ilusoria, tienden una niebla espesa de espejismos, que enceguece a los gobernantes.

Si a todo esto le sumamos una de las costumbres más antiguas, arraigadas al poder, el de la corrupción, entonces asistimos, no solo a la marcha irresistible al suicidio, sino el apresuramiento grotesco de la muerte, a través del deterioro ético y moral. Son precisamente estos personajes, los que combinan estas composiciones explosivas y destructivas de la cohesión social, de la subjetividad y de la moral, los que reclaman más airadamente el reconocimiento de su “sacrificio”, los que reclaman la obediencia sin miramientos y sin objeciones del parte del pueblo. Y son precisamente estos personajes los que cometen los más insólitos errores políticos y económicos; como si buscaran, inconscientemente el castigo a sus culpas acumuladas.

¿Cómo se explica que los portadores del pretendido discurso antiimperialista no solo persistan en el derrotero de la dependencia, al mantener la economía extractivista y el Estado rentista, sino que los expandan de manera intensa? ¿Cómo se explica que continúen con políticas monetaristas, diseñadas por el imperio? Pueden pretender adulterar estos diseños del capitalismo financiero; empero, atiborrando esa lógica, que tenía su coherencia aritmética, con distintas modalidades de cambio. ¿Cómo explicar que la burocracia, en vez de esmerarse en mejorar las relaciones con las organizaciones autónomas, sociales, comunales, transfiriendo competencias, se cierre, se empodere, se jerarquice, destacando una distancia con el pueblo, y sobre todo, obstruyendo la distribución de recursos, y buscando evitar el fortalecimiento autónomo de las organizaciones y las comunidades? ¿Cómo se explica que en vez de profundizar la democracia, llevándola a las formas participativas, mas bien, refuercen las formas liberales, de delegación y representación, de jerarquización institucional? En vez de construir consensos, incluso con los otros, en temas donde se puede hacerlo, mas bien, aticen la guerra, llevándola al extremo de la ir-reconciliación. Aquí, recordamos lo que escribimos antes, en otros textos[3]; los enemigos son cómplices de la reproducción del poder, del círculo viciosos del poder; en realidad, se necesitan, requieren de su antagonismo, para justificar su presencia lamentable, su representación y delegación persistentes y usurpadoras. Los personajes gubernamentales, que ya se encuentran en el atolladero descrito, requieren imperiosamente del enemigo; si no está claro, entonces hay que inventarlo, producirlo, empujar al otro a que lo sea.

En un momento, mas bien, en un periodo, cuando se sienten en la gloria, adquieren la ilusión de su eterna impunidad. Algo de por si insostenible. Entonces envalentonados, arrecian en políticas exageradamente agresivas, estridentemente acusadoras, blandiendo la débil tesis de la conspiración; reprimen, suspenden derechos y libertades. Lo sorprendente que no solo lo hacen con el enemigo sino con los y las que se pueden considerar parte del proceso de cambio. Solo que en este caso, sus críticas, de estos excompañeros, ex revolucionarios, ex-aliados, les parece coincidir con el imperialismo. Es cuando, como quien dice, abusando de la metáfora, empero ilustrando, se sospecha hasta de la propia madre.

Las conquistas logradas, las fuerzas acumuladas, la convocatoria lograda, comienzan a ser mermadas, desde sus cimientos, cuando, basados en estos logros innegables, refuerzan la ilusión de que son los portadores del fuego santo, y de que se está en marcha una “verdadera revolución”, que además corrige, los límites de las anteriores revoluciones. Se trata de una “revolución del siglo XXI”. A esta ilusión colectiva y delirante de la clase política gobernante coadyuva el apoyo apologético de los intelectuales de “izquierda”, quienes, como en el periodo heroico de la revolución proletaria, y sus subsiguientes contradicciones, no atinaron hacer críticas sino a ocultar las contradicciones, las caídas en el Estado policial, las masacres a nombre, nada menos que, de la revolución. Las críticas quizás hubiesen ayudado, por lo menos, a una discusión esclarecedora, sino a reconducir los procesos revolucionarios. De la misma manera. Los intelectuales de “izquierda”, de ahora, con menos perfil que los de aquel tiempo, hacen lo mismo, no solo con sus indulgencias, no solo con sus apologías, sino con interpretaciones débiles, empero edulcorantes. Es cuando se hace notorio que estos intelectuales comparten la misma narrativa inocente de la epopeya del caudillo y su partido. Pueden llenar de flores conceptuales a esta narrativa simplona, pretendiendo desplegar una teoría; empero, la teoría no aparece por ningún lado, salvo la repetición trillada de figuras, metáforas, analogías, con revoluciones y discursos pasados. Entonces estos intelectuales de “izquierda” acompañan al entierro, creyendo que asisten a la marcha irresistible de la “revolución verdadera”. Son los sacerdotes que santifican a estos gobernantes poseídos por el síndrome del poder, el síndrome de los actores de un drama ya dado, ya conocido, pero que se repite con variaciones.

Sin embargo, como la historia efectiva transcurre, independientemente de la historia representada, de la representación de la historia, no tarda de retirar la niebla como antorchas incandescentes. No tarda de hacer explotar las burbujas, donde se resguardan los microclimas de las ceremonialidades del poder, manteniendo la presencia de sus símbolos inmóviles en un mundo efectivo de flujos dinámicos y cambiantes. El pueblo, al que se lo había reducido a la condición de creyentes desvelados, se cansa, de esperar, de escuchar, de asistir al teatro de una revolución que no llega. Lo que ve, mas bien, en vez de esto, es algo parecido a lo que había antes, con los gobiernos derrocados, solo que ahora se lo hace en masa, de manera más exaltada y extendida. Lo que, al principio fue como buenas señales de lo que comenzaba como promesa, las primeras nacionalizaciones, las medidas sociales, la Constitución, incluso la conformación de proyectos sociales, la realización en grande de formación de cuadros a gran escala y la estructuración de comunidades, no fueron más que el preludio de lo que pudo ser; empero, no será, pues los representantes del pueblo, el caudillo y su partido, reproducen, a su manera, de una forma clientelar, las estructuras y relaciones de poder de dominación. Solo que ha cambiado la élite.

Parte del pueblo, incluso opta por buscar cambiar de caras, cualquiera sean éstas, para no seguir viendo las mismas, que lo embaucan, le mienten, lo sobornan. Este quizás es una de las peores consecuencias del montaje populista, del teatro político progresista. Pues el aprendizaje popular, el empoderamiento popular, se la pierden por cansancio. Una parte del pueblo, prefiere a los de antes, para librarse de los del presente. En este sentido, el populismo, el progresismo, también funcionan, destructivamente, en contra de los aprendizajes populares y las memorias de las luchas.

Llama mucho la atención que, incluso cuando la derrota se hace patente, un hecho, tampoco los engreídos personajes del gobierno “revolucionario” reconocen plenamente su derrota. Están lejos de la autocrítica, salvo el teatro de decirlo; sin embargo, lo que hacen es repetir el mismo discurso de culpabilidad. El culpable es el enemigo, la conspiración del enemigo, la “guerra económica” del imperialismo y la burguesía. Pueden decir que hacen una “reflexión profunda”, después de estas evidencias, las relativas a la derrota electoral; empero, de “profundo”, esta “reflexión”, solo tienen unos milímetros mezquinos. No se atreven a mirarse a sí mismo, en la historia efectiva. Algo que podría ayudarles a corregir algunos graves errores políticos.

De todas maneras, este síndrome político no solo es atribuible a los “revolucionarios”, populistas o progresistas, incluso, con sus diferencias notorias, a los revolucionarios socialistas, sino también a los institucionalistas liberales, así como a los pretendidos técnicos neoliberales. Toda la clase política, con todas sus variantes, sufren del síndrome del poder, síndrome del encarcelamiento. Es más, incluso se puede decir que las sociedades institucionalizadas viven o sufren del contexto que contiene este síndrome; están atrapadas en el mundo de las representaciones, afincadas en las mallas institucionales. Prefieren optar por los fetichismos, es decir, por las “ideologías”, que atreverse a percibir los devenires del mundo efectivo.

NOTAS

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Atrapados en sus propias redes. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/atrapados-en-sus-propias-redes/.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza Encaracolamientos. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. Verlo en Diseminaciones: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/diseminaciones1/.

[3] Ver de Raúl Prada Alcoreza Más allá de las representaciones. Dinámicas moleculares; La Paz 2015. Ver en Más acá y más allá de la mirada humana: http://dinamicas-moleculares.webnode.es/news/mas-aca-y-mas-alla-de-la-mirada-humana/.