Que el viento esparce las semillas, que el viento desparrama la vida, lo saben los botánicos y los niños de los colegios y lo han cantado, desde siempre, los poetas. El poder germinal del viento en la naturaleza es algo asumido, hasta celebrado. No pasa lo mismo o se ha olvidado o se ha querido olvidar que igual sucede con las mujeres, no con todas, con algunas mujeres: las más rebeldes, las más libertarias, las más misteriosas.
Todo viaje recuerda otro viaje: cuando el caballero veneciano Antonio Pigafetta, cronista entre cronistas, cronista de Magallanes y por ello mismo, cronista de la primera vuelta –circunnavegación- alrededor del mundo, joven e impetuoso, tanto en sus afanes como en sus textos, refiere la isla Ocoloro en su Primo viaggio intorno al Globo, está cruzando dos coordenadas culturales, internándose en dos horizontes simbólicos, nunca antes entrevistos así, nunca antes amarrados tal y como él lo hizo.
Transcribo a Pigafetta, según la versión de Bigongiari: “Nuestro piloto más viejo nos contó que en una isla llamada Ocoloro, bajo Java Mayor, no viven más que hembras que se impregnan con el viento y, cuando paren, si el parto es macho, le matan y si es hembra, la crían. Y si otros hombres van hasta su isla, ellas les matan, mientras puedan”.
El caballero Pigafetta, nacido, criado y fallecido en Vicenza –el pueblo donde vino al mundo mi abuela Gianna, en el Veneto italiano-, en esta escueta pero deliciosa anotación de viaje (que, con razón, algunos podrán afirmar que se trata de un maravilloso micro cuento) anuda, para los anales, por primera vez, a las mujeres que se preñan, conciben, se embarazan del viento y a las mujeres guerreras, aisladas de los machos, de los varones. Esas que la historia y la leyenda conocen como las amazonas.
“No se necesita, no se necesita/ dice María/ tener las manos blandas para ser mujer…”, ruge León Gieco en, tal vez, el más potente (y conmovedor) de sus folk rocks. Parafraseando y aludiendo al sentido del santafecino universal, tampoco se necesita ser la Virgen María para ser mujer y fecundada sin la participación del más malo: el macho, el rey del patriarcado. La concepción por viento, aire, soplo, etéreo espíritu, es una tradición que viene de lejos, de los egipcios al menos, y en la cultura europea, se vincula, de manera insinuante, a los vientos del Occidente, a los vientos que llegaban desde el tenebroso y seductor océano.
Blowin in the wind: Sergio Buarque de Holanda, el padre de Chico, en su famoso Visión del paraíso, agrega un dato bellísimo a este poder del viento del oeste: también fertilizaba, en otros tiempos, a “ciertas yeguas de la costa de Lusitania, más exactamente de la propia Lisboa, según una historia “increíble pero verídica” referida en el tratado de Varrón”. Varrón fue militar. Tras ser vencido su jefe Pompeyo y ser perdonado por Julio César, fue nombrado por este último, director de la primera biblioteca pública de Roma. Allí escribió su tratado sobre agricultura, uno de los más renombrados de la antigüedad, y donde se eternizan las tan poéticas yeguas portuguesas.
Todo viaje convoca a otro viaje: una isla poblada sólo por mujeres ya había sido nombrada por el también veneciano Marco Polo y hacia las mismas direcciones de la Ocoloro pigafettiana: en medio de las inmensidades del Océano Índico, al sur de las islas de la Sonda. Pero las mujeres de la isla Hembra (o de las Hembras, o Femenina, según la versión que se consulte del Libro de las Maravillas) eran amables con los varones. Al menos, tres meses al año., cuando se visitaban –ellos llegaban de la isla Macho o Masculina- y hacían el amor, “toman su placer” decía Polo, pero con la salvedad que si se embarazaba la mujer, ya no la tocaban, ya que siguiendo a Marco, “eran cristianos bautizados y se atienen a la ley y costumbres del Antiguo Testamento”. Ellas, las mujeres de la isla Hembra no procreaban con el viento, las amazonas de Ocoloro, sí.
La historia de las mujeres guerreras la narra, por primera vez, ¿quién sino?, Herodoto. No está claro el origen del término (¿iraní? ¿Eslavo? ¿Griego?) que alude a mujeres sin un seno (amputado o quemado para favorecer el uso del arco y la flecha), a mujeres solas, sin hombres, a mujeres extraordinarias, en suma. Su lugar de residencia también varía, se estira, muta, se esfuma y reaparece: desde las profundidades del Cáucaso o las proximidades de Trebisonda, a orillas del Mar Negro, en la Turquía actual, hasta Tesalia, Etiopía o los enigmáticos Himalayas.
Colón las trajo consigo a América: su presencia la oyó en su segundo viaje y el capellán de la reina Isabel y obispo de Jamaica, Pedro Mártir de Anglería, situó la ínsula femenil dentro de su santa jurisdicción (más allá del detalle que el cronista jamás piso territorio rasta), aunque la isla Mujeres colombina sobrevivió en el tiempo: hoy se ubica en el mar Caribe, muy cerca de la península de Yucatán, al sureste de México.
Pigafetta, antes de las terribles Molucas y el paso por el estrecho que inmortalizó a su jefe, desembarcó en Brasil pero no se anotició de la existencia de amazona alguna. Para el erudito Antonio, los tupi guaraníes que conoció, eran “como nosotros”, e inclusive cuenta una historia picante y fisgona de una “bella joven”, unos obsequios que él deseaba darle y cómo ella, la bella, se introduce un clavo de la nave por uno de sus labios. Erotismo extraño, pero erotismo al fin.
En América, el paraíso propiamente dicho (León Pinelo dixit), sucedió algo inevitable: las mujeres solas y de guerra, se desnudan. No muestran sólo uno de sus pechos, como las pinta la iconografía europea clásica: despliegan y lucen todo, se quitan todo de encima, se entierran -en los relatos- los ropajes y los pudores medievales: lo transgreden todo, lo revolucionan todo.
Las últimas amazonas (al menos, las últimas amazonas de este texto) son las que registra el fraile Gaspar de Carvajal, el cronista de otro viaje singular, el viaje de Orellana: la primera navegación del río más largo del mundo que, con justicia, se llama Amazonas en recuerdo y respetuoso homenaje a estas damas legendarias.
La crónica de Carvajal es memorable por muchos motivos pero sobre todo porque en sus páginas quedó registrado el momento y el suceso cuando el dominico “ve” a las amazonas. A Gaspar, no le contaron, él las vio con sus propios ojos. Y las ve desnudas, obvio, y muy valientes, capitanas de los varones, y bellas y altas y de cabellos largos. El cura, que falleció en el Cusco, muy anciano, jurando que nunca mintió, encendió la imaginación como pocos.
El otro fue Raleigh. Las amazonas de la selva eran muy guerreras pero, a la vez, muy hedónicas y dionisiacas. Walter Raleigh, el entrañable Walter Raleigh, describió así cada abril en la floresta: “En esa época todos los reyes de las riberas se reúnen en asamblea con las reinas del Amazonas; después que las reinas han escogido, el resto [de las mujeres] echa suertes por sus novios”. Lo siguiente, prueba que no sólo París sino la selva, también era una fiesta: “Durante un mes festean, bailan, beben de sus vinos en abundancia; al bajar la luna, regresan a sus propias provincias”, según escribió el corsario poeta en una de sus obras más intensas: Las doradas colinas de Manoa.
Las amazonas, las hijas del viento, perviven en la memoria y en la parte más húmeda, la más intima, la más incitante, de nuestros sueños. “Entonces las vi. Avanzaban corriendo por entre los árboles. Podía verlas. Eran diez o doce, quizá más. Y sonreían mientras corrían hacía mi completamente desnudas, gloriosamente desnudas…” (Juan Madrid: Amazonas, un viaje imposible)