Perder como ha perdido el gobierno y su ocupación de los aparatos del Estado, en el referéndum autonómico sobre los estatutos, es perder cuantitativamente y cualitativamente. Ha perdido en los departamentos donde se hizo la consulta. En Chuquisaca el No gano por casi el 57%, en La Paz por cerca de 70% (68%), en Cochabamba el No ganó por cerca del 62%, en Oruro el No llega al 74% y en Potosí llega a casi el 70%. En cambio, el Si llega en Chuquisaca a cerca del 43%, en La Paz al 32%, en Cochabamba al 38%, en Oruro al 26%, y en Potosí al 31%. La suma no llega al 100%, la diferencia corresponde a los votos blancos y nulos. Las cifras nos hablan de una diferencia porcentual que viene del 14%, en el caso de Chuquisaca, al 48%, en el caso de Oruro. En La Paz la diferencia es del orden del 38%, en Cochabamba es del orden del 24% y en Potosí del orden del 39%. Esta es la magnitud de la derrota. No hay por donde perderse; sin embargo, parece que hay gente que se pierde, de todas maneras, a pesar de los números. Esto se nota en las estrambóticas interpretaciones. El decir que el mensaje de los resultados del referéndum autonómico es que el occidente del país no quiere autonomías, también se ha dicho que no está preparado para las autonomías, no está maduro, no es otra cosa que muestra de desesperación delirante, ante la contundente derrota.

Desde que el gobierno impuso la Ley Marco de autonomías, con su ocupación institucional del Estado, usando los órganos de poder como apéndices del ejecutivo, se vio claramente que el gobierno no quiere autonomías, no quiere acatar la Constitución, no quiere construir un Estado Plurinacional Comunitario y autonómico, como manda la Constitución. El “ideólogo” gubernamental, sus apologistas y la masa de llunk’us que merodean, creen que se puede manipular doblemente; en el terreno de los discursos, creen que se pueden manipular los sentidos, los significados, los conceptos, que transmiten los discursos, sobre todo lo que está escrito en la Constitución. En el terreno de la realidad, por así decirlo, sin pretender sacar de la realidad a los discursos, sino usando la figura del sentido común, creen que se pueden manipular los hechos, los sucesos, los eventos, implementando una maquinaria monopólica de la desinformación, que es la ocupación casi total de la esfera comunicacional, efectuada por el control de los medios de comunicación. Esta es su pretensión descomunal y desfachatada; sin embargo, sabemos que no se puede hacer esto, aunque lo hagan provisionalmente, recurriendo a artilugios, al dominio coyuntural, a la prepotencia insistente. En todo caso, los sentidos, los significados, los conceptos, no responden a maniobras verbales, sino a estructuras conceptuarles y categoriales, teóricas, o incluso meramente discursivas, intentando quizás, en el mejor de los casos, la pretensión descriptiva. La llamada realidad no responde al capricho paranoico y absolutista de los gobernantes, sino al juego de azar y necesidad, que se efectúa en la concurrencia de las fuerzas.

Al hablar de fuerzas no nos referimos al contar con el monopolio de la violencia; esto último es apenas un efecto del juego de las fuerzas. Nos referimos a las relaciones de fuerzas, a las estructuras, diagramas, cartografías de fuerza, distribuidas en los espacios, espesores, territorios, donde estas fuerzas concurren.

Entonces, si los significados inherentes y los conceptos ventilados no responden al capricho verbal, tampoco los hechos responden a la obsesión absolutista de los gobernantes, qué es lo que ocurre cuando el “ideólogo” del populismo del siglo XXI dice que el mensaje es que no se quiere autonomías, sino un “Estado centralista y fuerte”. Los estatutos autonómicos están muy lejos de expresar a las autonomías, a lo establecido en la Constitución en el entramado de competencias, a lo establecido en la Constitución en lo que respecta a esa articulación dinámica de lo plurinacional, comunitario y autonómico. Más parecen garabatos mal dibujados de lo que opacamente se entiende por autonomía y por lo que establece la Constitución. Pretender que el rechazo popular a esta propuesta mamarracho de estatutos es un mensaje negativo para las autonomías es una muestra patética no solamente de delirante desesperación por la derrota, sino una muestra de estar hace tiempo completamente desenfocado, fuera de la realidad, acurrucado en su burbuja, la que, a pesar de su vaguedad, vulnerabilidad y provisionalidad, pretende reducir al mundo a la curvatura cristalina de sus propias angustias.

Lo que hay que hacer es explicarse la mecánica de la derrota, por así decirlo. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Descartamos desde ya el exaltado triunfalismo de la llamada “oposición”, que cree, equivocadamente, que esta actitud popular se debe a su convocatoria. Esta oposición, llamada “derecha” por el oficialismo, que no se sabe que tiene de “izquierda”, no tiene la fuerza de esa convocatoria que pretende. No es por aquí por donde hay que buscar las causas, usando una figura usual. Para responder a esta inquietud es indispensable hacer investigaciones al respecto, usando metodologías sociodemográficas y de las ciencias sociales, auscultando en el detalle de las circunscripciones. Nosotros no pretendemos sustituir esta investigación, provisionalmente, con hipótesis; sino sugerir falencias por el lado del gobierno, al ingresar al referéndum autonómico. La fenomenología de las decisiones tomadas por el pueblo votante tendrá que captarse en las investigaciones mencionadas.

Sin tocar la Ley Marco de autonomías, que es, mas bien, un dispositivo de autonomicidio, el elaborar estatutos sin la participación necesaria y requerida de la población, es no solamente una vulneración de los derechos democráticos, en el alcance participativo establecido en la Constitución, sino un abuso de poder, contando con la connivencia y complicidad de los delegados de las asambleas departamentales y ciertamente del triste Ministerio de autonomías. No vamos a hablar aquí, ya lo hicimos en otro escrito[1], de la distancia enorme que despliegan los estatutos con lo establecido en la Constitución; sino apuntar un dato conocido por todos; los estatutos eran desconocidos para los votantes. ¿Qué se pretendía? ¿Qué voten a ciegas? Por mera confianza en el líder. Esto es una muestra de desprecio a la gente, al pueblo, a los votantes. Como si no tuvieran derecho a pensar, a decidir por ellos mismos; su obligación supuesta sería la de la obediencia. ¿Qué es lo que les ha llevado a los gobernantes y sus “estrategas” hacerles creer que esta exigencia a lo que consideran las masas capturadas absolutista iba a respondida dócilmente, que iban a actuar de una manera tan sumisa, tan esclava? ¿Su exacerbado orgullo? ¿Su extravagante alucinación de grandeza? ¿Por ser ellos los “héroes” asumidos de un “proceso de cambio”, que aunque no aparezca por ninguna parte, esta difundido por todos los medios, propaganda y publicidades, buscando dar vida a una de las ficciones del poder: Creer que cambio es que ellos estén en vez de otros?

Se puede incorporar, en estas sugerencias, los escándalos de corrupción, que estallaron y fueron conocidos públicamente, la larga lista de atropellos a la Constitución, a las naciones y pueblos indígenas originarios, la vulneración de la misma soberanía, cuando desnacionalizan con los contratos de operaciones, lo que nacionalizaron solo por un año, la traición a la patria efectuada en su Ley minera, que entrega los recursos minerales a las empresas trasnacionales extractivitas en condiciones altamente onerosas, incluso más de lo que hacían los propios neoliberales. Sin embargo, si bien estos son eventos que marcan decursos histórico-político-económicos en la coyuntura, no sabemos, de qué manera han impactado en la consciencia popular y por lo tanto en su decisión subsecuente. La respuesta a esta pregunta corresponde a las investigaciones mencionadas. Lo que sí se puede constatar, en los resultados del referéndum autonómico, es que, esta vez, la que se considera masa capturada por la sombra del caudillo y por la demagogia populista no ha acatado a sus órdenes, ha decidido por sí mima. Como cuando quisieron imponer los magistrados, legalizando la imposición, a pesar de haber ganado el voto nulo; aunque, de todas maneras, torpemente, lo hicieron, de todas formas, quedó el veredicto popular inscrito en los resultados de esa votación; el pueblo anuló esas elecciones de magistrados.

NOTAS

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Autonomicidio; también La comparsa autonómica. Dinámicas moleculares; La Paz 2015.