En el paradigma del tiempo, pasado, presente y futuro son los referentes de su linealidad continua. Lo único que se tiene a mano, por así decirlo, es el presente. El pasado ya no está y el futuro está por-venir. Sin embargo, en el presente se juzga el pasado y se estima el futuro. Este juzgar el en presente no es justo, no sólo porque se juzga después, en la posterioridad, sin atender a las circunstancias y condiciones completas del momento, sino porque los juicios se efectúan desde la experiencia acumulada y contando con nueva información, además de nuevas teorías. Esto es importante tener en cuenta al momento no solo de juzgar sino de evaluar los eventos, sobre todo las acciones, tomadas en un momento del llamado pasado. También, tomar en cuenta las consideraciones mencionadas, pueden servir de mucho cuando evaluamos las acciones en el presente.

A pesar de los dogmáticos que abundan, hoy sabemos de las debilidades de las teorías bolcheviques; sin embargo, como dijimos, lo que sabemos ahora no estaba a la mano de los bolcheviques de entonces. Ellos tomaron decisiones con lo que tenían, sus teorías heredadas, incluso formuladas, como las tesis orientales, además de la experiencia que tenían, hasta entonces. Lo valioso no está tanto en las teorías que emplearon, que son, mas bien, débiles, si las comparamos con las teorías en la actualidad, sino en las acciones que desencadenaron, que no solamente hicieron temblar al mundo sino lo transformaron. Lo valioso se encuentra en la voluntad que concentraron, cohesionaron, templaron, y desplegaron, de una manera continua y constante. Es esto lo admirable. Independientemente de cómo se pondere la experiencia socialista real materializada. En contraste, se puede observar que la intelectualidad marxista crítica del presente tiene menor impacto y alcance que lo que tuvieron los bolcheviques de principios del siglo XX. No los bolcheviques del presente, que no son otra cosa que sacerdotes disfrazados de “revolucionarios”, pretendidamente bolcheviques, sino la intelectualidad marxista crítica, que, indudablemente sabe mucho más, tiene una abundante información, cuenta con la comparación de las distintas teorías, no solo de las distintas corrientes marxistas, sino de otras teorías importantes, que, además, cuenta con la experiencia acumulada de las historias políticas hasta el momento. A pesar de estas ventajas comparativas, no manifiestan la voluntad de transformación de los bolcheviques; por el contrario, han aquilatado sus acciones y prácticas a una especie de reformismo conformista, que se contenta con proponer decrecimiento en vez de crecimiento económico.

No decimos, de ninguna manera, que es más importante la acción, la voluntad, y no la teoría crítica, sino que apuntamos a la comprensión de la articulación de voluntades, experiencias, teorías, organización, en las condiciones históricas de un momento dado, en un contexto concreto determinado. Podemos decir, a modo de una primera hipótesis interpretativa, que la voluntad concentrada usó las teorías al alcance, independientemente que las considerasen verdaderas, incluso científicas, para transformar el mundo. En cambio, parece que ahora, ocurre de otra manera; la teoría usa las voluntades para demostrar sus valideces. Amortiguando, con esto, la capacidad y la posibilidad de transformaciones. Las teorías son indispensables para interpretar, explicar, comprender, las mecánicas y dinámicas de las fuerzas en los campos del mundo; mucho mejor si son críticas; pero, las teorías no dejan de ser lo que son, herramientas de lucha, en el caso de las necesarias transformaciones. No son paradigmas autorreferentes, cuya finalidad son las teorías mismas. Lo llamativo, y hasta grave, es ver que las teorías no solamente pretenden esto, su propia autorreferencia, sino que han terminado, además de autocomplacientes, en conformistas con el estado de cosas del mundo, salvo algunas modificaciones que habría que hacer, para salvar la democracia, para salvar la ecología, para mantener la justicia, para preservar los derechos. A esta teoría crítica le hace falta su crítica teórica.

El problema es que la llamada teoría crítica o, si se quiere, hablando en plural, las teorías críticas, es crítica respecto a otras teorías, crítica del mundo vigente, crítica de la modernidad, critica del marxismo ortodoxo, critica del socialismo real; sin embargo, no lleva la crítica a las condiciones mismas de posibilidad de la teoría y de la crítica. No critica el tibio papel que cumple ahora, en las luchas del presente, contra el capitalismo vigente. Es menester responder a la pregunta: ¿Qué clase de crítica es ésta que no es capaz de fortalecer las luchas de los pueblos y no es capaz de concentrar las voluntades, con capacidad transformadora? Tal parece que el término de crítica le queda grande.

Con lo que decimos no estamos revalorando los discursos dogmáticos, tampoco los discursos ortodoxos, de las nuevas iglesias marxistas, de ninguna manera. Estos discursos son más desactivadores de la voluntad y de las capacidades de lucha que las teorías críticas. Son parte de las estructuras del poder; en el caso concreto, lo fueron del socialismo real. En el caso de su persistencia anacrónica, lo son de las formas de poder vigente, al hacer el juego, como enemigo fantasma, de las formas de dominación del capitalismo vigente. Lo que decimos es que la crítica debe llevar sus consecuencias radicalmente; esto ocurre cuando la teoría logra convertir su crítica en armas de lucha, logrando una comprensión lucida, que haga inteligible la composición estructural del sistema-mundo capitalista y sus maquinarias de poder. Cuando logra la concentración de las voluntades desencadenando transformaciones materiales e institucionales.

El otro problema es que las llamadas teorías críticas se han convertido en inventarios de las limitaciones de otras teorías, inclusive en inventarios de las formas de dominaciones múltiples, sin poder convertir a las teorías en herramientas potenciadoras de acciones. No lo hace porque tampoco se atreve ir más lejos en las explicaciones e interpretaciones de la complejidad, sinónimo de realidad.

El tercer problema es la propia intelectualidad crítica. No hablamos de la intelectualidad conservadora, cuyo apego a-critico a rumiar teorías institucionalizadas, como si fueran verdades consagradas, de un orden del mundo y de un mundo ordenado, que habría alcanzado su madurez lograda, los convierte en maestros de ceremonia y liturgias académicas. Hablamos entonces de esta intelectualidad crítica, que, en todo caso, esta desconforme con lo que ocurre, con la institucionalidad consolidada como poder, con las pretensiones de verdad de las teorías. Esta intelectualidad es autocomplaciente consigo mismo; una especie de hedonismo sobresale en sus conductas, comportamientos, exposiciones, escritos y escenarios donde se congratula de su radicalismo delimitado. Una competencia compulsiva y preocupada entre los intelectuales críticos sobresale, sobre todo para mostrar mayor radicalidad teórica, mayor consecuencia, mayor apego a los y las condenadas de la tierra y a las causas nobles. No es que sea de por sí inocuo todo esto, sino que, lo que sorprende, que están más interesados en resaltar sus egos que desatar verdaderas tormentas anticapitalistas, incluso en el caso de que se inmiscuyan con los movimientos sociales, los movimientos indígenas, los movimientos ecologistas, que si lo hacen algunos. Sin embargo, esta inserción en los movimientos sociales más sobresalta sus egos, la demostración de su consecuencia, que tener efectos multiplicadores en las luchas, que deberían desbordar las fronteras institucionales del poder.

Entonces, como una de las conclusiones, podemos decir que, hay que aprender de los bolcheviques, de la época heroica, no lo bolcheviques que eran, sino de cómo, obviamente sin copiar, sino comprendiendo la articulación explosiva, lograron concentrar las voluntades y desencadenar las transformaciones desplegadas, cambiando el mundo, desde entonces.

Otra de las conclusiones podría ser la siguiente: Cómo ser consecuentemente críticos, cómo realizar la crítica plenamente, desencadenando la deconstrucción y el desmantelamiento de las relaciones de poder, desencadenando la liberación de la potencia social.

Una tercera conclusión, es dejar nuevamente claro que las teorías son herramientas de lucha, en el caso de nuestras pretensiones de transformación del mundo, no verdades consagradas, no teorías autoreferidas.

Por lo tanto, la cuarta conclusión: las asociaciones, composiciones, alianzas, organizaciones, que sustentan y usan las teorías, no pueden ser iglesias, que resguardan las sagradas escrituras. Esta actitud no solamente mata la crítica, por lo tanto, anula la capacidad de transformación, sino es el claro ejemplo, como los supuestos “revolucionarios” terminan castrados.