La segunda potencia del mundo está atemorizando la economía mundial. Los mandarines rojos se comportan como todos los demás países del mundo. Se devalúa, es obvio, por razones económicas-financieras, es decir, para volver más competitiva la propia moneda y favorecer las exportaciones. Se trata de una guerra monetaria con consecuencias que actualmente no es posible preveder. Decisiones que crean, es natural, problemas para los países que exportan hacia China, porque se van reduciendo los márgenes de ganancia, pero muy útiles para Pekín, que ahora comienza a preocuparse de los nuevos competidores como Vietnam, Camboya y demás países emergentes del continente africano.

Según la tradición, la guerra de las monedas se combate siempre en el mes de agosto. El gigante asiático ha devaluado por tres veces seguidas su moneda nacional, el yuan, en un 4,4% en relación a la moneda americana. Era un agosto de 1944, recién terminada la II Guerra Mundial, cuando los convenios firmados por los Grandes de la Tierra en Bretton Woods se convirtieron operativos. Era el 15 de agosto de 1971 cuando el presidente de los EE. UU. Richard Nixon, temiendo la derrota en Vietnam, puso en discusión la convertibidad del dolar en oro. También fue en el mes de agosto de 1993, cuando los líderes europeos decidieron dar un mayor margen de fluctuación a las monedas de Sistema Monetario Europeo (SME).

Cuando se mueve un coloso, como el chino, acostumbrado, por tradición y cultura a razonar en largo plazo, se produce una sacudida económica que tiene inevitablemente un sabor geopolítico porque forma un nuevo equilibrio de poder.

Afectados son los países exportadores hacia China como los europeos y también la otra superpotencia económica, los Estados Unidos esta en dificultad por la supervalutación del dólar confrontándolo con el actual yuan, que parece ser el objetivo de la devaluación efectuada por el gigante chino.