La Habana (PL).- Desde el surgimiento del Estado Islámico (EI), Occidente se pregunta cuál es su verdadera naturaleza, qué fuerzas sostienen a la organización y cómo logró afianzar su poderío en tan breve tiempo. EI surgió durante la ocupación estadounidense de Iraq, asociado al grupo terrorista Al Qaeda y en 2013 se unió en Siria a las fuerzas opositoras para tratar de derrocar el presidente del país, Bashar Al Assad, integradas además por el denominado Frente Al Nusra, también vinculado con Al Qaeda. La agrupación terrorista, previamente denominada Estado Islámico de Iraq y el Levante, también conocido como Daesh por sus siglas en árabe, pretende establecer un nuevo califato en territorio sirio e iraquí.

Para buscar respuestas, Prensa Latina acudió al doctor Reinaldo Sánchez Porro, cuyo oficio de historiador lo ha llevado a hurgar en el pasado y el presente del mundo islámico por más de 20 años. Sánchez Porro, profesor titular en la Universidad de La Habana y miembro de la Academia de Historia, argumenta que para mediados de 2014, cuando surgió la agrupación, muy pocos previeron que algo semejante ocurriese. La guerra que enfrentaba en Siria a los partidarios de Bashar al-Assad fue el escenario propicio para que el EI reclamara un espacio, precisó el especialista. “En Siria el afianzamiento del grupo extremista estuvo relacionado con la crisis política que vivió el gobierno hace algunos años y aún continúa.

La inestabilidad que se apoderó del país a raíz de la Primavera Árabe, condujo a una guerra entre facciones que aprovecharon los extremistas para robustecerse. Estados Unidos se involucró en el conflicto cuando valoró que podría deshacerse de un gobierno históricamente hostil y comenzaron a financiar y armar a los rebeldes. Sin quererlo, armaron al EI, porque esos mismos suministros que iban dirigidos a la oposición en Siria, al final terminaban en manos del autoproclamado califato cuando sus miembros se unían al EI o este eliminaba a una banda rival armada por Washington, explicó el experto.

Pese a la rápida expansión del grupo extremista, muchos expertos se preguntan si la organización tiene una línea ideológica clara dentro de las tendencias religiosas y políticas de la región. Al respecto, aclara Sánchez Porro, “más allá del evidente apego al dogmatismo religioso y el terror, es difícil saber qué es en realidad”. “Sabemos que es sunita. Ahora bien, los sunitas tienen toda una serie de escuelas distintas. La más rigurosa es la hanbalí. Pero dentro de ella aparece el wahhabismo, cuya más notoria encarnación es la monarquía saudita. Nadie ha podido ver un documento del EI, pero es posible asociarlos con el wahhabismo, debido a su rigor e intolerancia. Las únicas naciones wahabbitas son Arabia Saudita y Qatar, pero una cosa es la actitud de las autoridades oficiales y otra lo que puedan hacer fundaciones privadas no relacionadas directamente con el gobierno. La Casa Blanca combate al EI y uno esperaría que sus amigos en la región también lo hagan, pero existe una zona gris en esa alianza al punto de que los propios americanos deben preguntarse si Arabia Saudita lucha contra el EI o lo fomenta a sus espaldas. Por otra parte, estos grupos fundamentalistas no son aliados de nadie. Y aún en el caso hipotético de que las monarquías del Golfo los apoyaran, puede que el autoproclamado califato se haya revirado contra sus propios patrocinadores”.

-¿Es posible entonces que estos gobiernos no vean con buenos ojos al EI?

“Pienso que no, que se han dado cuenta de que el EI, como el alacrán, puede clavarles el aguijón en cualquier momento. Por otra parte, hay que tomar en cuenta que dentro del llamado califato existen individuos de toda laya, desde espías al servicio de las potencias hasta aventureros y fanáticos. Una prole tan variopinta es muy difícil de controlar. Lo que sí se ha probado es que son extremistas absolutos y que no vacilan en utilizar el terror. El auge del extremismo y el descubrimiento de complots terroristas en países tan distantes como Australia y Canadá, España e Italia, levantó una ola de alarma en Occidente, al punto de que figuras tan destacadas de la izquierda como el estadounidense Noam Chomsky o el pakistaní Tariq Ali se pregunten si el sobresalto es desmesurado”.

Después del 11 de septiembre nada es desproporcionado, comenta Sánchez Porro. “¿Hay algo más aterrador que ese atentado que causó la muerte de más de tres mil vidas, la destrucción de un símbolo del capitalismo norteamericano?”. “El aumento del fundamentalismo tiene causas diversas y de tan difícil clasificación, que no podemos responsabilizar únicamente a un gobierno por lo que ocurre. No podemos negar que vivimos en sociedades donde la muerte se ha convertido en una banalidad. En la televisión aparecen asesinatos por doquier y existe como una preparación para que la muerte sea una cosa admitida. Por supuesto que Occidente -aunque tiene gran responsabilidad por lo que ocurre en Medio Oriente- debe sentir también la incertidumbre de cómo van a operar estos grupos y dónde, porque este fenómenos del extremismo está muy relacionado con la predisposición de algunas personas hacia la violencia. Hay quienes cometen actos deleznables de este tipo sin ser miembros de una organización terrorista, inspirados por discursos que ven en la televisión, en Internet o resentidos con la sociedad en que viven.

Por otro lado, el EI utiliza muy bien las redes sociales: convierte sus matanzas en shows con imágenes que deslumbran a rencorosos, quienes después desahogan sus frustraciones personales en actos de terror. Y es esto lo que probablemente preocupa a la población de Occidente, más incluso que las guerras en Medio Oriente, puesto que esas, a la postre, no afectan sus vidas. El miedo obra sobre las personas de forma a veces secreta e imprevisible y puede llevar a acciones aberrantes. Esperemos que esas naciones no descarguen su temor contra los musulmanes que viven pacíficamente en Europa, Estados Unidos y otros países, quienes nada tienen que ver con la barbarie del EI”, concluye el profesor universitario.

Avanza en Medio Oriente ola de barbarie del Estado Islámico

Con la ocupación de las ciudades de Ramadi, en Iraq, y Palmira, en Siria, se evidencia el avance del grupo extremista sunita Estado Islámico (EI), que amenaza con seguir ampliando y consolidando sus posiciones en el Medio Oriente. Ramadi, a solo 115 kilómetros de Bagdad, cayó el 17 de mayo, lo que significó un duro revés para el gobierno iraquí y solo cuatro días después se conoció que el ejército y las milicias populares sirias, que defendían Palmira, cedieron ante la arremetida de los fundamentalistas.

El EI amenaza con destruir los milenarios tesoros culturales que guarda esa última ciudad, declarada en 1980 por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, la cual podría correr la misma suerte fatídica que Nimrud, joya del imperio asirio; Hatra, con más de dos mil años de antigüedad, así como el museo y la biblioteca de la ciudad iraquí de Mosul. “Teníamos la esperanza de que la comunidad internacional no dejaría de defender Palmira”, dijo el director general de Museos y Antigüedades sirio, Maamoun Abdulkarim. Resaltó el esfuerzo del ejército y las milicias populares de su país para proteger esa urbe ante el ataque de los terroristas, la cual además de su valor patrimonial, constituye por su posición geográfica un objetivo estratégico político, militar y económico.

El Estado Islámico surgió durante la ocupación estadounidense de Iraq asociado al grupo terrorista Al Qaeda y en 2013 se unió en Siria a las fuerzas opositoras para tratar de derrocar el presidente del país, Bashar Al Assad, integradas además por el denominado Frente Al Nusra, también vinculado con Al Qaeda. La agrupación terrorista, previamente denominada Estado Islámico de Iraq y el Levante, también conocido como Daesh por sus siglas en árabe, pretende establecer un nuevo califato en territorio sirio e iraquí. El EI aspira a extender su dominio desde Alepo, en el norte de Siria, hasta la provincia de Diyala en el este de Iraq, para implantar allí un régimen basado en la más extremista interpretación de la legislación musulmana, la Sharía.

El grupo se consolidó en 2014 como una formación independiente, al separarse de Al Qaeda, por considerar al grupo fundado por Osama Bin Laden como poco radical, y nombró como su jefe a Abu Bakr Al Baghdadi, quien fue proclamado califa. El ex analista de la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA), Edward Snowden, reveló que Al Baghdadi recibió entrenamiento militar intensivo durante un año entero en manos del servicio de inteligencia israelí, Mossad, que también lo preparó como líder con cursos de teología y oratoria. Snowden indicó que, según conceptos de Israel y Estados Unidos, “la única solución para potenciar la protección del Estado judío es crear un enemigo cerca de sus fronteras”, lo que coloca al EI como un probable instrumento para tales fines.

Según datos divulgados por los servicios especiales estadounidenses, las fuerzas actuales de la agrupación islamista se calculan entre 30 mil y 50 mil efectivos de los que unos 12 mil proceden del exterior, de estos más de dos mil europeos, australianos y norteamericanos. Los fundamentalistas mantienen bajo su dominio a unos ocho millones de personas. De acuerdo con estimados de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), el EI cuenta con un presupuesto superior a los dos mil millones de dólares y obtiene, principalmente por concepto del cobro de impuestos en los territorios ocupados y la venta del petróleo extraído de los yacimientos allí ubicados, más de un millón de dólares diarios, lo que le permite financiar sus acciones.

Tras la ocupación de Ramadi, el senador norteamericano John McCain abogó por desplegar tropas terrestres estadounidenses en Iraq, una opción no descartable, pese de la renuencia que aparentemente mantiene el presidente Barack Obama en relación con la ampliación de las operaciones militares. La estrategia militar estadounidense se limita por ahora a una campaña de bombardeo aéreo en Iraq iniciada el 8 de agosto de 2014 por una coalición que incluye la participación de Australia, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Francia, Jordania, los Países Bajos y el Reino Unido.

En Siria, donde los bombardeos se realizan desde septiembre del pasado año sin la anuencia del gobierno de ese país, la fuerza multinacional conformada por el Pentágono comprende la participación de Bahrein, Jordania, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Estados Unidos mantiene desplegados en Iraq más de tres mil efectivos, en su mayoría pertenecientes a las Fuerzas de Operaciones Especiales y entrena a nueve brigadas de las fuerzas armadas iraquíes. “Tenemos que disponer de más efectivos en tierra porque la caída de Ramadi es una situación realmente seria”, demandó el republicano McCain, quien preside el Comité de Servicios Armados del Senado.

EE.UU.: Jaque a la estrategia de Obama contra Estado Islámico

La estrategia del presidente estadounidense, Barack Obama, para combatir al Estado Islámico (EI) se encuentra en entredicho tras el avance de los extremistas y la caída de importantes enclaves en Iraq, Siria y Libia. Mayo fue un muestrario concentrado de la guerra múltiple que enfrenta el mandatario, quien comanda los infructuosos esfuerzos internacionales para anular al EI en Medio Oriente y además juega un arduo ajedrez político para conciliar intereses con sus aliados en esa región y sortear las críticas de sus adversarios en Washington.

Obama se reunió con Jens Stoltenberg, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y aseguró que Washington y sus socios de la entidad bélica coordinan una estrategia contra el EI en Libia e Iraq. Tras la caída de la ciudad de Ramadi (115 kilómetros al oeste de Bagdad) en manos terroristas -un importante “retroceso”, según el Pentágono-, Estados Unidos se dispuso a reforzar los cuerpos de seguridad iraquíes y sumó nuevos envíos a anteriores suministros de armas, al entrenamiento de tropas y a la campaña de bombardeos aéreos contra EI iniciada en agosto de 2014. Washington no demoró en despachar a Iraq más de dos mil armamentos antitanques.

En cosa de un mes, contribuyó también con más de 22 millones de municiones para armas ligeras y 12 mil proyectiles de morteros, así como más de 250 vehículos a prueba de minas, dos mil cohetes antitanques Hellfire, 20 mil fusiles M-16, entre otros medios. Pero mucho más ágiles fluyeron las declaraciones: al principio, las voces oficiales fueron cautelosas y se limitaron a catalogar los sucesos de Ramadi como un “retroceso táctico”; luego, el portavoz del Pentágono, coronel Steve Warren, se mostró algo más explícito: “Fue un fracaso de un montón de cosas, el liderazgo es uno de ellos, la táctica es uno de ellos”, afirmó.

De cualquier manera, Warren advirtió que “la guerra es una cosa fluida, hay victorias, pero (…) en este caso -apuntó-, el enemigo fue capaz de ganar la mano”. Sin conocerse aún los golpes asestados por EI en Palmira, Siria, y Sirte, Libia, el presidente Obama dijo no creer que Estados Unidos esté perdiendo la guerra y aceptó lo mínimo: “No hay duda de que hay un retroceso táctico”. En entrevista con The Atlantic, el gobernante explicó que Ramadi -capital de la provincia de Al Anbar- ha sido vulnerable desde hace tiempo, sobre todo, porque en ese caso no se trataba de fuerzas de seguridad iraquíes entrenadas y reforzadas por Estados Unidos. El entrenamiento de las unidades iraquíes, las fortificaciones, los sistemas de mando y control no han sido los suficiente rápidos en Al Anbar, indicó Obama antes de citar el norte del país, donde operan agrupaciones kurdas, como una zona de progresos de la campaña prohijada por Washington.

Anteriormente Susan Rice, asesora de seguridad nacional de la Casa Blanca, declaró que la captura de Ramadi por EI exponía las debilidades de las fuerzas de seguridad de Iraq. Pero fue el secretario de Defensa, Ashton Carter, quien elevó la tesitura en los comentarios al culpar sin muchas contemplaciones a los iraquíes de esa derrota. Carter afirmó que, aun cuando las fuerzas gubernamentales no fueron superadas en número por los extremistas, las mismas “fracasaron en la lucha y se retiraron del sitio, lo que -recalcó- me dice a mí, y creo que a la mayoría de nosotros, que tenemos un problema con la voluntad de los iraquíes para pelear contra el EI y defenderse”. El titular norteamericano agregó que a los iraquíes se les puede ofrecer “formación, equipos, pero -apuntó- obviamente no podemos darles la voluntad de luchar”.

Tras la protesta del primer ministro de Iraq, Haider al Abadi, el vicepresidente Joseph Biden debió llamarle por teléfono a modo de desagravio. De acuerdo con un comunicado de la Casa Blanca, Biden honró a las tropas iraquíes y volvió a prometer a Al Abadi “completo apoyo (…), incluida la provisión acelerada de equipos y entrenamiento…”. A la altura de mayo, el Pentágono entrenaba nueve brigadas de las fuerzas armadas de Iraq, tres de ellas integradas por kurdos, y para ello contaba con la presencia en ese país de poco más de tres mil efectivos, la mayoría pertenecientes a las Fuerzas de Operaciones Especiales.

Por otro lado, Washington encabeza en Iraq una campaña aérea integrada además por Australia, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Francia, Jordania, Países Bajos y Reino Unido, mientras que en Siria -donde se lleva a cabo desde septiembre pasado, sin anuencia gubernamental- se suman Bahrein, Jordania, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. El Comando Central -encargado de las operaciones militares estadounidenses en Medio Oriente- informó que los más recientes bombardeos buscan negar “ventajas tácticas” a los yihadistas y se concentran en objetivos estratégicos como la refinería de Baiji y en las inmediaciones de ciudades iraquíes como Ramadi, Faluya y Bagdadi. Asimismo, ese mando dio cuenta de avances por tierra de fuerzas gubernamentales que, junto a los ataques aéreos, estarían degradando capacidades de EI en algunas zonas de Al Anbar (de mayoría sunita).

En paralelo, Naciones Unidas denunciaba que los golpes aéreos de la coalición que lidera Estados Unidos contra EI han provocado víctimas civiles en suelo sirio. El informe, presentado en el Consejo de Seguridad de la ONU, cita en particular la muerte de 64 personas el 1 de mayo en Ber Mahli, localidad al noreste de la ciudad de Alepo, durante uno de los más de mil 350 bombardeos con drones y aviones tripulados ejecutados hasta la fecha sin que los yihadistas detengan su ofensiva.

Con independencia de lo que ocurra en el futuro próximo -y ciertamente se descarta una derrota de EI a corto plazo-, ya la estrategia de Obama es blanco de innumerables críticas en el Capitolio por parte de los republicanos. Sus adversarios no dejan de avivar el discurso sobre la supuesta incapacidad del dignatario como comandante en jefe y garante de la seguridad de los estadounidenses. Voces como la del influyente John McCain -jefe del Comité de Servicios Armados del Senado- abogan por el envío de tropas norteamericanas al terreno. No creo que debemos desplegar allí la 82 División Aerotransportada (unidad élite), pero tenemos que disponer de más efectivos en tierra porque la caída de Ramadi es una situación realmente seria, opinó McCain.

A su vez, el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, sostuvo que Obama debe reconsiderar su solicitud al Congreso para el uso de la fuerza militar a fin de ganar más poder en el enfrentamiento a la amenaza creciente de EI. Según el congresista republicano, la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar -presentada en febrero- resulta irresponsable a la luz de los hechos recientes y debido a las características de la lucha en la que está involucrado Estados Unidos.

Desde el envío al Capitolio de ese proyecto, los republicanos iniciaron sus ataques con el argumento de que carecía de un basamento estratégico e imponía demasiadas restricciones a los jefes militares. La propuesta de Obama busca dar basamento legal a la actual campaña aérea y proveer un marco flexible para la conducción de operativos sobre el terreno en circunstancias limitadas; es decir, en caso de rescates, en acciones de fuerzas especiales contra el liderazgo extremista o cuando se emplee personal de la coalición. De igual modo, la iniciativa -válida por un plazo de tres años- autorizaría el uso de fuerzas estadounidenses para operaciones de inteligencia, misiones para permitir ataques aéreos y labores de asesoría.

El Pentágono y la clase política en Washington celebraron a mediados de mayo la eliminación, mediante una incursión de fuerzas especiales, de uno de los líderes de EI en Siria, Abu Sayyaf, y la captura de su esposa, Umm Sayyaf. Se trata de un triunfo que supuestamente legitimaba la apuesta presidencial. Ashton Carter calificó la operación de “golpe significativo”, pero enseguida la euforia pasó, justo en la medida en que llegaban las noticias sobre la pérdida de Ramadi y el progreso galopante de los extremistas en la propia Siria -amenazando los tesoros arqueológicos de Palmira- y en Libia.

La región de Medio Oriente -fundamental para Washington por su posición estratégica militar y comercialmente, y por las enormes reservas de crudo de su subsuelo- plantea difíciles teoremas para Obama, incluidos el tradicional conflicto israelo-palestino, la desestabilización interna y posterior agresión a Yemen, así como las negociaciones en curso sobre el programa nuclear de Irán.

En busca de cartas ganadoras para sus intereses en esa área, Obama fue el anfitrión -en la residencia de Camp David, Maryland- de una cumbre sobre seguridad con sus aliados del Golfo Pérsico a fin de zanjar desencuentros a puertas cerradas. Participaron altos representantes de Omán, Bahrein, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, pero solo estas dos últimas naciones asistieron con sus más altas autoridades: los emires Sabah al Ahmad al Sabah y Tamim bin Hamad al Zani, respectivamente. Lastrada por la ausencia del rey Salman de Arabia Saudita -lo que se interpretó como un desplante por diferencias sobre las negociaciones nucleares con Teherán-, la cumbre tuvo como objetivo la restauración total de la mutua confianza y el intercambio, entre otros temas, sobre el avance de EI en la región.

Alarma en el Sahel

La disposición manifiesta del grupo armado Al Murabitum -que opera en la franja sahelo-saheliana africana-, de subordinarse al Estado Islámico (EI) sienta un peligroso precedente para la seguridad de los países en esa región. Hasta hace poco, esas tentativas de enlazar grupos extremistas que toman la confesión como pivote para remodelar la configuración del poder, se presentaba como una ilusión difícil de concretar pese al amenazante discurso panislamita al uso, pero se percibe cierto avance. Aquel ideal unionista mutó tras la guerra que Occidente desató contra Libia y que no concluyó con el asesinato del líder de ese país Muammar Gadafi, a quien los atacantes desde mucho antes de 2011, año de la guerra, identificaban con el “mal”.

Lo cierto es que al lanzar una operación de esa índole contra la Jamahiriya, tal vez los presuntos vencedores calcularon sólo las ganancias inmediatas y no las pérdidas a largo plazo que podría tener el desmontaje de un Estado, como ocurrió respecto a la reactivación de otros focos de violencia en la zona. Al desaparecer la estructura de gobierno libio, se anularon los mecanismos de control, entre ellos los relacionados con los arsenales (en cuanto a concentraciones de armamentos significativas, porque existe una tradición en el área de portar armas ligeras, lo cual complica la situación).

El descontrol sobre los armamentos libios dejó en manos de muchos combatientes los útiles bélicos y al concluir la contienda contra Gadafi, muchos fueron a otros frentes como el caso de Mali y sus movimientos de la comunidad tuareg, y otros ya desempleados y poseedores de esos “medios de trabajo” razonaron más utilitariamente. Todo lo anterior equivale a decir que el aún inacabado proceso en Libia -además de exacerbar las contradicciones internas e irradiarse hacia todo el Sahel-, incentivó la existencia de grupos armados de corte confesional, algunos que en la práctica apenas eran solo un nombre.

Ahora la noticia fue sobre Al Murabitum, que nació en agosto de 2013 por la fusión del grupo extremista Brigada de los Enmascarados, del argelino Mokhtar Belmokhtar, y el Movimiento para la Unidad y la Jihad en África Occidental (Mujao), pero antes sobresalió otro, Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), que también afecta la zona.

EL ESCENARIO

El Sahel son cuatro millones de kilómetros cuadrados que forman de cinturón a través del continente africano de oeste a este: norte de Senegal, sur de Mauritania, Mali, extremo sur de Argelia, Níger, Chad, sur de Sudán y Eritrea, limitada por el norte por el Sahara y por el sur por una sabana menos árida, pero con predominio semidesértico. Esa franja de hasta cinco mil 400 kilómetros de ancho atraviesa África desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo y tiene una larga historia sobre los asentamientos de las comunidades que tuvieron en muchos casos auges inusitados, como ocurrió con los llamados reinos sahelianos, monarquías que sobresalieron del siglo VIII al XVIII. La riqueza de esas estructuras de poder procedía del control de las rutas del comercio transahariano, en especial del tráfico árabe de esclavos, lo que con el tiempo marcó diferencias en la percepción de los oriundos respecto a los comerciantes y sobre todo acerca de su relación con la mercancía.

Se considera que los primeros reinos sahelianos surgieron a partir del año 750 alrededor de importantes centros comerciales, devenidos ciudades a lo largo de la región del río Níger, como Tombuctú, Gao y Djenné. Esas formas premodernas detuvieron su avance en las zonas boscosas sureñas, donde eran hegemónicos ashantis y yorubas. Es así como se fue confeccionando la historia de la faja, donde conviven comunidades sedentarias, las cuales explotan los escasos recursos que brindan la flora y la fauna, nómadas y seminómadas, estas mucho más vinculadas al pastoreo y el comercio.

Además del valor que tiene ser en cierto modo la frontera biogeográfica del desierto, el Sahel sirve de bloque de arrancada (aunque también de barrera) para el flujo migratorio en dirección al norte del continente, desde donde los emigrantes africanos esperan llegar a Europa. A ese espacio territorial también se le señala como un elemento incidente en el tráfico ilegal de personas y bienes, el comercio ilícito de armas y un corredor que posibilita el narcotráfico, y de ahí que el Viejo Continente le preste su atención y los temas sahelianos pasen por evaluaciones sobre la seguridad comunitaria.

Cuando muchos en Occidente se refieren al Islam, lo hacen solo sobre su perfil político y desechan matices necesarios. Sin dudas, hay una filosofía agresiva en los grupos armados que operan en el Sahel, una de las regiones más pobres del mundo; es sumamente complejo el pensamiento que promueve enarbolar la Jihad (guerra santa musulmana) como un propósito que rinda dividendos, aunque se alíen al terror para hacer carrera.

Además de los problemas de antaño en la construcción del Estado-Nación, hay otros más tangibles como las reclamaciones territoriales, las diferencias en los puntos de vista de asumir la religión y también otros flagelos como el hambre y el desempleo en medio de economías primarias destrozadas por la modernidad. Tales condiciones socioeconómicas constituyen una mezcla explosiva que allana una serie de grupos extremistas de confesión islámica como Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y de su escisión el Movimiento de la Unidad y la Jihad en África Occidental (Mujao) y Harakat Ansar Ad Dine (conocido como Ansar Dine). Al Qaeda en el Magreb Islámico es una derivación del el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), nacido como consecuencia de la dispersión del Grupo Islámico Armado en 1998.

Ansar Dine es el grupo creado en 2011 por el tuareg Iyad Ag Ghali, quien llegó a pertenecer al servicio diplomático maliense. Asimismo, Mokhtar Belmokhtar, connotado jefe terrorista, formó en diciembre de 2012 un grupo con el nombre de Al Mulathamin (los Enmascarados) y también integró Al-Mua‘qi‘un Biddam (los que firman con su sangre), y que se relaciona con el Grupo Islámico Armado (GIA) que operaba en Argelia.,En ese ámbito está Mujao, considerada una escisión de AQMI, a la que acusa a de tibieza en la ejecución de jihad. También se incluye Al Murabitum, y su decisión de unirse al EI no la comparten otros facciosos como Belmokhtar. Existen dudas, incluso, sobre la veracidad del mensaje sobre rendirle lealtad al califa Abu Bakr al Bagdadí, difundido por una radioemisora saheliana.

PREOCUPACIÓN Y PRECAUCIÓN

Los ministros responsables de la seguridad de los países miembros del Sahel (G5) -Mauritania, Malí, Níger, Burkina Faso y Chad-, se reunieron en mayo en Niamey, la capital de Níger, para intercambiar información en la lucha contra el terrorismo y la inmigración ilegal, dos de los problemas que afectan la región. El titular francés del Interior, Bernard Cazeneuve, afirmó que “el intercambio de información puede permitirnos desmantelar los grupos que proyectan llevar a cabo ataques tanto en la franja del Sahel-Sahara como en Europa”.

Existe el temor de la Unión Europea de que la situación de peligro en lo que identifica como su frontera estratégica sureña pueda llegar a su territorio y causar pérdidas en su ciudadanía, eso respecto al terrorismo, deducción de una lógica del pensamiento similar a las que emplea respecto al flujo migratorio.En el Sahel, todas las amenazas para la seguridad se entremezclan. El islamismo combatiente se fusiona con el terrorismo internacional, la piratería y todo tipo de tráficos ilícitos. Las antiguas redes y las recientemente constituidas se solapan para respaldar la criminalidad internacional organizada librándose de distancias y fronteras. Esto expresa el analista Aarón Raiss Costa en su texto La evolución del terror en el Sahel.

Ante la posible escalada de la violencia, en enero pasado los ministros del Interior de la Unión Europea acordaron un plan concreto para enfrentar al islamismo radical y prevenir nuevos atentados en este continente. Entre las propuestas está el control sistemático de los ciudadanos europeos de la entrada y salida del espacio Schengen. Asimismo, se planteó la creación de una inspección de datos de pasajeros de aviones, para seguir los desplazamientos sospechosos, así como dotarse de la tecnología requerida a fin de rastrear los intercambios en las redes sociales y descodificar comunicaciones.

Los medios de prensa reportaron la existencia de consenso de que Europa debe reforzar su arsenal contra el terrorismo, ya que está bajo la doble amenaza de un gran ataque organizado por Al Qaeda y acciones perpetradas por individuos radicalizados, a quienes se les identifica como lobos solitarios.

* Julio Morejón es Jefe de la redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina; David Corcho, Oscar Toledo y Jesús Adonis Martínez son periodistas de las redacciones Asia y Oceanía, Norteamérica y África y Medio Oriente, respectivamente.