En su segundo viaje por América Latina, Francisco ha corrido el riesgo de que sus repetidas apelaciones en defensa de los pobres y de las tierras sudamericanas pudiesen ser oscuradas, vinculada a dos episodios que nada tiene que ver con lo sagrado, la hoz y el martillo, símbolo del comunismo que cayó en el olvido, incluso en el país de orígen, la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la cocaína.

Gracias a la “inventiva” del presidente boliviano, el “cocalero” Evo Morales, Francisco recién desembarcado del avión que lo llevó al suelo boliviano, se vió poner al cuello la bolsita que usan los campesinos del altiplano donde consevan las hojas de coca que luego mastican para compensar los posibles transtornos relacionados con la altura (4.000 sobre el nivel del mar)

Esta bolsita llamada “chuspa” es de uso normal entre las poblaciones andinas, pero vista al cuello del Sumo Pontéfice ha hecho desatar la imaginación de muchos “mas media”, sobretodo de inspiración laica, con expresiones como “El papa y la cocaína”. Expresiones bastante discutibles también cuando Morales, en el Palacio de Gobierno de La Paz, en visita de cortesia del Santo Padre, le ha donado un crucifijo clavado sobre una hoz y un martillo, histórico símbolo del comunismo. Símbolo que se ha repetido en una condecoración reservada a personajes ilustres como el papa.

Una disponibilidad que algunos cuotidianos de inspiración aconfesional, han escrito con frases como “papa bolivariano”, “el papa recibido en Bolivia con 20 mil bolsas llenas de coca”, “pasta de coca para Bergoglio”, estigmatizados como “miserias” de periódicos de inspiración confesional y que nosotros añadimos, “la madre de los imbéciles está siempre embarazada”.

“Miserias” que han le han quitado espacio a crónicas, reflexiones y análisis sobre todo lo que Francisco ha dicho durante su pelegrinaje sudamericano, donde desde su llegada ha gritado “libertad y justicia para un pueblo saqueado y exprimido, por el egoismo y la explotación, la violencia física y psicológica”. Con una fuerza profética ha proclamado incansablemente su dolor a favor de los pobres, que tantas esperanzas, tantas expectativas había despertado con el Concilio Vaticano II en las poblaciones más indigentes de América Latina.