Tenemos el vicio

De acostumbrarnos a todo.

Ya no nos indignan las villas miseria,

ni la esclavitud de los siringueros;

ni los millones de muertos de hambre

cada año.

Nos acostumbramos,

limamos las aristas de la realidad,

para que no nos hieran,

y la tragamos tranquilamente.

Nos desintegramos.

No es sólo el tiempo

el que se nos va, es la misma

cualidad de las cosas la que se herrumba.

Lo más explosivo se hace rutina

y conformismo;

la contradicción de la cruz es ya sólo

el adorno sobre un escote mundano,

o la guerra de un Hitler.

Señor, tenemos la costumbre

de acostumbrarnos a todo;

aún lo más hiriente se nos oxida.

Quisiéramos ver siempre las cosas

por primera vez;

quisiéramos una sensibilidad

no cauterizada,

para maravillarnos y sublevarnos.

Haznos superar la enfermedad

del tradicionalismo, es decir,

la manía de embutir lo nuevo

en paradigmas viejos.

Líbranos del miedo a lo desconocido.

El mundo no puede ir adelante,

a pesar de tus hijos,

si no gracias a ellos.

Empujemos.

Jesucristo,

danos una espiritualidad de iniciativa,

de riesgo, que necesite

revisión y neologismos.

No queremos ver

las cosas sólo desde dentro,

necesitamos tener un amigo hereje

o comunista, para ser disconformes

como tú, que fuiste crucificado

por los conservadores del orden

y la rutina.

Enséñanos que tú

siempre has roto las coordenadas

de lo previsible.

Y, sobre todo,

que no nos acostumbremos

a ver injusticias,

sin que se nos encienda la ira

y la actuación.

Sacerdote jesuita y periodista. Fue fundador de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, director del Semanario Aquí y radio Fides. Fue asesinado en marzo de 1980. El poema forma parte de Oraciones a quemarropa.