Nada está aislado, nada tiene un solo atributo, nada es puro, ni tampoco esencia o sustancia; todo está acompañado, todo tiene múltiples atributos, todo es mezclado, compuesto y combinado. Es relación o articulación de relaciones plurales, en distintos planos. Entonces también las constituciones subjetivas lo son; complejas, compuestas, relacionales. Resulta inocente hablar de humanos buenos o humanos malos, así como de hombres fuertes u hombres débiles: lo mismo, de valores fuertes o de valores débiles. No hay tales cosas, salvo en la imaginación abstracta. También resulta un tanto forzado decir que los humanos son tanto buenos y malos; pues, si bien esta apreciación corrige la interpretación esquemática y maniquea, de todas maneras, asume cono referentes y significados los calificativos de bueno y malo. Pues ocurre lo mismo que con las apreciaciones inocentes maniqueas; esta mezcla abstracta, de dos opuestos, no deja tampoco de ser simple, frente a la complejidad de la dinámica ética. Tampoco se trata de una síntesis dialéctica, pues seguimos manteniendo el equívoco moralista de bueno y malo, que dijimos es institucional. Los humanos somos como todas las formas y manifestaciones de la vida, seres constituidos en la complejidad de relaciones corporales y mundanas. Por lo tanto seres mutantes, en devenir, también, conservadoramente, en adecuación y adaptación, incluso en equilibraciones.

¿Quién o qué nos clasifica de una u otra manera, dependiendo del tipo de taxonomía? Las mallas institucionales; sobre todo, en la modernidad, el Estado. Ciertamente también las ciencias; es este caso, las ciencias sociales. Estas ciencias, que Michel Foucault considera saberes, son parte de los instrumentos de clasificación; por lo tanto, de estatalización, sin ser necesariamente el Estado. El Estado requiere de las clasificaciones para cumplir con sus tareas administrativas; las ciencias sociales requieren de clasificaciones para ordenar las significaciones en el caos; caos que más es a-significante. El Estado requiere controlar, pues se trata de gobernar las cosas y los hombres; las ciencias sociales terminan controlando o pretendiendo controlar el flujo magmático de significaciones, significados, sentidos, atribuyéndoles orden, estructura, lógica, causalidad. Ambos, el Estado y las ciencias sociales trabajan con cuerpos. El Estado captura cuerpos, las ciencias sociales buscan conocer sus comportamientos, conductas, relaciones, estructuras de relaciones. Ambos establecen relaciones problemáticas con los cuerpos; es decir, con la vida, aunque en un caso el objetivo sea la gubernamentalidad, en el otro caso el conocimiento.

Recurriendo a una esquematización pedagógica, podemos figurar a la modernidad como la era de la razón; algo así como la edad de la razón, que es precisamente la pretensión iluminista de la modernidad. Con lo que no estaríamos distorsionando tanto lo que ocurre, al respetar esta pretensión. Esquema que nos ayudaría a comprender la voluntad, que en realidad corresponde a constelaciones de voluntades involucradas; voluntad que está detrás de esta pretensión. Por otra parte nos ayudaría a comprender esta inclinación obsesiva por las clasificaciones. La razón, en tanto razón abstracta, separada de la percepción, en tanto racionalidad instrumental, busca encontrar en el mundo su imagen en ese espejo. Esta imagen es la de las estructuras abstractas. Ocurre como que el conocimiento, que debe lograrse, después de la experimentación y la investigación, se encontrara anticipado, en la propia razón, en sus estructuras internas, que son estructuras lógicas. Entonces pasa como que la razón se confirmara en el conocimiento empírico.

Nadie dice que esta estrategia epistemológica no haya servido; todo lo contrario; ha sido útil, pues se lograron construir cuerpos teóricos explicativos e interpretativos, que permitieron un mejor conocimiento. Sin embargo, hay que entender el conocimiento, todo conocimiento, como aproximaciones y orientaciones provisionales, por más acertadas que sean. No así, como pretende la “ideología” positivista, incluso la “ideología” científica, que es diferente al núcleo interpretativo, explicativo, investigativo y descriptivo de las ciencias, que pretende que se trata de verdades, atribuyéndoles un sentido de eternidad lograda. Lo que pasa es que nos se puede olvidar ni obviar el papel activo que cumple la llamada ciencia, en el sentido que al actuar e intervenir, también desata relaciones con sus referentes, con sus objetos de estudio, con sus unidades de análisis. Estas relaciones corresponden a los mundos que inventan las ciencias. Como se ve, no se trata de desconocer el conocimiento que aportan las ciencias, sino de no fetichizar este conocimiento y convertirlo en verdad.

No vamos a volver a repetir el debate sobre los límites del conocimiento, sobre todo los límites de los paradigmas científicos, las rupturas epistemológicas, los desplazamientos epistemológicos, en relación a los límites y los obstáculos epistemológicos, ya sea hablando en la versión de las revoluciones teóricas científicas, ya sea hablando en la versión de la historia de las estructuras de pensamiento. Lo que interesa ahora es anotar que lo que impulsó a las ciencias en la modernidad es a la construcción del orden o, si se quiere, de ordenes en los distintos ámbitos del universo. El orden es el telos, la finalidad, de las ciencias; también, recordémoslo, es el telos del Estado; solo que se refieren a distintas concepciones del orden. En el caso del Estado, del orden jurídico-político; en el caso de las ciencias, del orden epistemológico que rige el universo.

¿Hemos dejado esta finalidad, la del orden, atrás, ahora, en esta actualidad, cuando nos desplazamos a las teorías de la complejidad, sobre todo donde se encuentra precisamente la teoría del caos? Desde nuestro punto de vista, sí. En las versiones más mesuradas de las teorías de la complejidad, se habla del caos constructor del orden y de la organización; entonces vinculan caos y orden, no necesariamente en una relación dialéctica. Sin embargo, hay versiones no mesuradas, que llegan no solamente a retomar la idea del devenir, sino que conciben dinamias complejas auto-creativas en las distintas escalas del universo. No hay pues orden sino poiesis y autopoiesis; es decir, creación. Dicho más sencillamente, movimiento perpetuo del tejido espacio-tiempo.

Parece que abordamos no solamente la ruptura epistemológica, una nueva revolución teórica científica, una transformación en las estructuras del pensamiento, sino que ingresamos a otro contexto de relaciones con el universo, en sus distintas escalas, con los seres plurales del universo. Nuestra interpretación es que se trata más de relaciones comunicativas e interpretativas que de conocimientos.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, podemos volver a nuestro tema, el de las composiciones subjetivas o de las subjetividades. La fenomenología de la percepción aparece como profusa actividad del cuerpo, actividad que conecta sensaciones, imaginaciones, razones, en composiciones y combinatorias variadas, haciendo, en unos casos, que en el entrelazado perceptual prepondere la intensidad de las sensaciones, en otros casos, prepondere la fuerza figurativa de la imaginación, y en otros, prepondere la fuerza del entendimiento de la razón. Estamos en el palpitante movimiento de la vida, imparable, recurrente, aperturante; sin embargo, definiendo sus propias clausuras. Actividad vital que entraña estos tejidos sensuales, sensitivos, imaginativos y racionales. Es esta experiencia la que se registra y guarda, por así decirlo, en la memoria sensible. También es esta presencia la que se nombra desde el lenguaje. No es pues el Estado, tampoco las ciencias, las únicas que nombran, clasifican, describen; sino, antes que ellas, es el lenguaje el que lo hace. Cumple esta tarea primordial de nombrar y de significar no solamente antes que el Estado y antes que las ciencias, sino que lo hace de una manera plena, espontánea, contante, de manera paralela a la vida, a la experiencia y a la memoria. No requiere ni permiso del Estado ni la autoridad de las ciencias; lo hace de manera inmediata, acompañando a los sucesos, eventos, hechos. Mas bien, es el Estado el que se encuentra obligado a usar el lenguaje que forma parte de la sociedad misma; son las ciencias las que usan el lenguaje; no tienen otro recurso.

El Estado ha tratado de regir el lenguaje; ha creado reglas, normas, hasta definiciones oficiales de las palabras; empero, a pesar de este esfuerzo, de esta implantación de orden, no ha podido contener y detener el flujo desbordante del lenguaje. Sólo le queda ilusionarse, creer que sus métodos, reglas y procedimientos rigen el lenguaje, cuando no lo hacen, efectivamente. El Estado sólo rige leyes, códigos, reglamentos, que no son lenguaje, aunque se transmitan en el lenguaje; son dispositivos de poder, que establecen oficialmente el significado estático de estos dispositivos, no sujetos a interpretación, sino listos para su aplicación.

Las ciencias han tratado de inventar lenguajes; por un lado, más sofisticados, más formales, incluso abstractos, reducidos a la expresión lógica; por otro lado, metalenguajes que tienen como referente de significación al mismo lenguaje, a las mismas teorías. Sin embargo, a pesar de estas técnicas para escapar de la espontaneidad del lenguaje e imponerle un orden, las ciencias han sido desbordadas por el potente ímpetu del lenguaje; solo les queda ilusionarse, creer que lo han logrado cuando emiten discursos disciplinados en ámbitos cerrados, académicos y científicos. Sin embargo, esta ilusión se hace evidente, cuando, incluso desde adentro de la academia y de estos ámbitos estalla el debate.

El lenguaje forma parte de la vida humana, de su actividad constante, de sus relaciones, de sus comunicaciones, incluso intercambios, sobre todo de su interculturalidad. Ni el Estado ni las ciencias pueden controlar la vida ni el lenguaje, pues la vida y el lenguaje desbordan ampliamente las posibilidades del Estado y las ciencias. Solo pueden hacer creer que controlan y que rigen en las escuelas, en las universidades, en los institutos; donde transmite esta “ideología” del orden, enseñando que todo funciona así, como orden; la vida, el lenguaje, los ciclos de la vida, las formas del lenguaje. Cuando se sale de las aulas, se hace evidente que son oasis perdidos en inmensos espacio-tiempos de flujos indetenibles de actividades espontáneas.

Tenemos entonces a los cuerpos, a sus actividades, como sus fenomenologías de la percepción, al lenguaje que nombra y significa, de una manera fluida. Esto por un lado; por otro, tenemos al Estado y a las ciencias como instituciones que intervienen buscando incidir en el acontecimiento vida, en el acontecimiento lenguaje. No lo pueden hacer, mas bien, forman parte del acontecimiento, solo que como composiciones del orden; en un caso, como régimen de gubernamentalidades; en el otro caso, como régimen de conocimientos. No es que no logran instaurar el orden, en un caso, jurídico-político, en el otro caso, de conocimiento; lo hacen, empero, en parte de las dinámicas sociales, en la parte capturada de la sociedad, capturando parte de sus fuerzas; también en parte del lenguaje, en la parte estructurada como lenguaje especializado; así como en la parte del mundo, recortado, aislado abstractamente y analizado minuciosamente en este aislamiento forzado. Fuera de estas islas, la vida continua espontánea, bullente, creativa; el lenguaje continúa polifacético, polisémico, lúdico, juguetón, como torrente de flujos.

Es así como podemos ver que la moral, que es el orden de los valores y principios de conducta, es también una isla en el océano inmenso y batiente de la vida social. La moral es como cuadro de códigos que buscan incidir e inducir en los comportamientos; lo hacen, pero en parte de los comportamientos. No pueden en los innumerables comportamientos constantes y cotidianos. La vivencia y experiencia de los cuerpos, desde la matriz misma de los comportamientos, conductas, acciones y prácticas, sobre todo desde sus fenomenologías de la percepción, despliegan la energía, la mecánica y dinámica de los comportamientos. Lo que hace la moral institucional es capturar parte de esta energía y aplicarla a los cuerpos, induciendo en ellos conductas. A modo de ilustración, de una manera esquemática, usando el concepto discutible de sujeto, podemos decir que los sujetos, posicionamientos en la curva de subjetividades, deciden qué hacer entre estas fuerzas encontradas, las del cuerpo y las institucionales. Los sujetos tienen sus propias estrategias, a pesar de que el Estado cree que se le obedecen; a pesar de los diccionarios clasificados de las exposiciones formales de las ciencias.