La Habana (PL).- El Gobierno estadounidense parece jugar a dos puntas con el clima: por un lado negocia un acuerdo internacional que limite el impacto ambiental de la actual hiperindustrialización, pero por otro abre el océano Glacial Ártico a la explotación petrolera.

El pasado mes de mayo, el presidente Barack Obama reclamó medidas urgentes para frenar el cambio climático y paliar las consecuencias de lo que consideró como principal amenaza para la seguridad nacional y un desafío para las capacidades de las Fuerzas Armadas.

Durante un discurso en la ceremonia de graduación de la Academia del Servicio de Guardacostas estadounidense, en New London, Connecticut, el mandatario dijo que la ciencia es irrefutable en cuanto a la realidad del cambio climático y señaló que tanto los mejores científicos del mundo, los analistas de la comunidad de inteligencia y los líderes militares saben qué está ocurriendo.

Ninguna nación es inmune al cambio climático, insistió Obama, quien agregó que el calentamiento global es un grave peligro para la seguridad mundial y, claro, de los Estados Unidos.

Pocos días antes, sin embargo, la Casa Blanca dio luz verde -a través de la Oficina de Administración de Energía Oceánica (BOEM) del Departamento del Interior- a un plan de la compañía anglo-holandesa Royal Dutch Shell para perforar desde este verano pozos de petróleo o gas en el mar de Chukchi, en el Ártico.

Algo parecido había ocurrido en enero pasado: el gobierno propuso la creación de un área protegida -y, en consecuencia, prohibió la actividad industrial- en la planicie costera de la reserva nacional ártica en Alaska y, apenas un par de días después, anunció un plan quinquenal que abriría incluso las aguas de la costa atlántica a las operaciones petrolera y gasífera.

Tal programa de licencias federales para desarrollo de la industria extractiva (2017-2022) ofrecería una decena de áreas en el golfo de México, tres en el Ártico -incluidas una respectivamente en los mares de Beaufort y Chukchi-, y una en la Costa Este, desde Virginia a Georgia.

La primera medida provocó inmediata reacción de algunos congresistas republicanos, quienes opinaron que de ese modo se declaraba “una guerra contra el futuro de Alaska”; la segunda conmocionó a los ecologistas, quienes recordaron amargamente aquel catastrófico derrame de crudo (abril de 2010) en una plataforma de British Petroleum que operaba en aguas del golfo de México.

Luego de esto, la secuencia cronológica muestra pasos positivos por parte de la administración.

Obama vetó la construcción del oleoducto Keystone XL -para trasladar crudo desde las arenas bituminosas de Alberta, en Canadá, hasta Texas-, la cual implicaría enormes riesgos ambientales; asimismo, viajó el 22 de abril, Día de la Tierra, a los Everglades, en Florida, para enarbolar una vez más su compromiso en el enfrentamiento al cambio climático.

En marzo, el gobernante demócrata firmó un decreto que fija como meta para 2025 la reducción del 40 por ciento de las emisiones de gas de efecto invernadero en agencias federales con respecto a 2008.

Sin dudas, una estrategia coherente con la aspiración de alcanzar un acuerdo global durante la conferencia sobre el clima de la ONU, que tendrá lugar en París en diciembre próximo.

De cualquier manera, nadie es suficientemente ingenuo como para no saber que muchas cosas escapan de las manos del Presidente -sea cual sea su postura íntima al respecto- ya que los hidrocarburos constituyen la sangre del progreso en nuestros días, y el poder real habitualmente se impone a las voces conscientes del activismo.

Lo cierto es que la Shell comenzará a agujerear muy pronto el lecho marino del Ártico, una zona frágil desde el punto de vista ecológico.

Tanto la compañía como las autoridades gubernamentales han tratado de calmar a organizaciones ambientalistas y al público en general asegurando que se tomarán todas las medidas para la protección del medio.

La directora de BOEM, Abigail Ross Hopper, dio fe de que se mantuvo un alto nivel de exigencia a fin de proteger de vertidos ese valioso ecosistema y, de igual modo, las tradiciones y la subsistencia de los nativos de Alaska.

De acuerdo con esa agencia federal, la Shell -que ya realizó exploraciones en el Ártico en el pasado- deberá implementar elevados estándares de seguridad contra vertidos de crudo y mantener sus navíos alejados de las morsas que habitan las costas árticas.

No obstante, expertos plantean que el mar de Chukchi constituye un lugar difícil y peligroso para labores de perforación y explotación pues esa área no solo es remota y está expuesta a temperaturas extremas, sino que también se caracteriza por grandes olas, lo que complica las posibilidades de actuar de manera expedita en caso de accidente.

La evaluación de los riesgos del proyecto apunta a que existe un 75 por ciento de probabilidades de que se produzca un derrame de más de mil barriles.

Obviamente, prevaleció aquí el cálculo económico: estudios geológicos -que toma muy en cuenta la Shell- indican que el Ártico posee alrededor del 30 por ciento del gas natural no descubierto en el mundo, mientras que el 13 por ciento de su petróleo y el 22 por ciento de los líquidos de gas natural también están por encontrar.

Esto equivale a alrededor de 400 mil millones de barriles de petróleo, 10 veces la cantidad total de petróleo y gas producido en el mar del Norte hasta la fecha, apunta la compañía en su sitio web.

Otras fuentes señalan que la zona liberada para las actividades de la Shell alberga un 20 por ciento del petróleo y el gas natural por descubrir (23,6 mil millones de barriles de petróleo y 104,41 billones de pies cúbicos de gas).

Pero hay otras cifras que quizá no agraden tanto a la multinacional: se estima que la explotación de las reservas árticas potencialmente liberaría 15,8 mil millones de toneladas de dióxido de carbono, lo cual significaría un aumento de 7,44 partes por millón de las concentraciones de esa sustancia a escala planetaria.

En todo caso, la Shell apuesta a la escasez progresiva de los hidrocarburos, al aumento de la demanda y, por tanto, a una nueva elevación de los precios -que cayeron en picada desde el año anterior- a mediano y largo plazo.

Además, ya la empresa ha invertido unos seis mil millones de dólares en esas heladas regiones.

Frente a la racionalidad económica de nuestros días -que es a menudo irracional desde muchos otros puntos de mira-, el discurso verde presidencial parece desarmarse.

Tras el anuncio de la licitación a la Shell, la directora del Center for Biological Diversity, Rebecca Noblin , denunció que la Casa Blanca “pone en riesgo parajes únicos” y que tal decisión “es incompatible con la retórica del presidente Obama sobre la lucha contra la crisis climática”.

Por su parte, la vicepresidenta de la ONG Oceana, Susan Murray, señaló que el gobierno se ha apresurado a autorizar “una exploración riesgosa y mal concebida en uno de los lugares más remotos e importantes de la Tierra”.

Según la activista, la petrolera no ha demostrado que pueda operar de forma responsable en el Ártico y no se ha hecho una evaluación justa y completa de los riesgos.

A la ola de reacciones se sumó también la organización World Wildlife Fund, al manifestar que este “representa un paso atrás” y recordar que las extremas condiciones climáticas de la región hacen extremadamente difícil operaciones de este tipo.

Los activistas organizan protestas en Seattle, en el occidental estado de Washington, donde la Shell almacena la primera plataforma y otros equipos para comenzar las operaciones.

Sin embargo, legisladores republicanos -encabezados por Lisa Murkowski, senadora de Alaska y presidenta del Comité de Energía y Recursos Naturales del la Cámara alta- aplaudieron el permiso gubernamental.

Ahora mismo la organización Save the Arctic (www.savethearctic.org) muestra la cuenta regresiva para que, en menos de tres meses, la compañía empiece a perforar el Ártico y “la región está sometida a daño potencialmente irreversible”.

El objetivo de Save the Arctic es recoger 10 millones de firmas contra la penetración de la Shell en ese territorio polar , y ya superan los siete millones.

Los grupos que defienden el medio ambiente tienen desafío enorme en Estados Unidos, un país que cuenta apenas con el cinco por ciento de la población mundial y genera el 25 por ciento de las emisiones de gases nocivos a la atmósfera.

*Periodista de la redacción Norteamérica de Prensa Latina.