La teoría es una mirada – lo que quiere decir en griego teoría – elaborada. Mira, si se quiere, arranca o pretenden arrancar, el sentido inmanente de lo que se mira. La teoría se expresa en conceptos, que son como síntesis intelectivas de la experiencia y del conocimiento. Los conceptos son como frutos abultados en los árboles del conocimiento, si usamos esta metáfora botánica; son como núcleos articuladores y conectivos en la formación discursiva, en la formación enunciativa, del discurso teórico. En la interpretación y decodificación teórica es indispensable detenerse en estos frutos, en estos núcleos, conceptuales; pues es en los conceptos donde se teje la narrativa teórica.

No se puede tratar a los conceptos como palabras, aunque sea a través de las palabras que se transmiten los conceptos. A pesar de parecerse a las palabras que pronuncian los conceptos, no pueden descifrarse los mismos a partir de la definición de los términos del lenguaje usual; a pesar de este parentesco con las palabras, los conceptos se mueven en otro lenguaje, el lenguaje teórico; deberíamos decir mejor, los lenguajes teóricos, pues se trata de escuelas, de corrientes, que inventan sus propios conceptos. Incluso conceptos que se pronuncian de la misma manera son distintos, dependiendo de la estructura teórica de donde provienen. Por eso es imprescindible atender la matriz teórica de donde proceden; a partir de este referente primordial, atender a los desplazamientos que sufren los conceptos.

No es que sea difícil hacerlo. Ocurre, más o menos, como cuando uno viaja a distintas regiones, que, aunque compartan la misma lengua, las palabras adquieren distintas tonalidades territoriales, dependiendo de los usos, de los imaginarios, de los modos culturales de los pueblos. Se aprende a corregir los equívocos en la experiencia de los intercambios lingüísticos y comunicativos regionales. Se comprende que el sentido emerge del uso que le da la gente al lenguaje; no hay sentido propio en el lenguaje. De la misma manera, en teoría, es menester atender al uso que le dan los y las teóricas al lenguaje que usan; aprender a corregir los equívocos en la experiencia de la lectura y comprensión adquirida de una obra, del conjunto de textos, que conforman una composición teórica, incluyendo no solamente sus continuidades, sino también sus discontinuidades, sus desplazamientos, sus rupturas e innovaciones.

El problema que esto es lo que no suele ocurrir. En el caso de las culturas regionales, muchas veces se opta por el regionalismo, desdeñando a la región que se visita. De la misma manera, cuando se acude a textos teóricos, se prefiere afincarse en la concepción de mundo de uno mismo, desdeñando aprender del discurso teórico que se tiene a mano. Esta conducta es una especie de “regionalismo”, manteniendo la comparación, por cierto metafórica; “regionalismo” de la lectura que podemos llamar costumbrismo intelectual. De la misma manera que en el otro caso, no ayuda a comprender otra región, tampoco a apreciar los saberes de la gente de la otra región; lo que ocurre es que se preserva la defensa del recóndito lugar supuesto de la propia región, cuando tampoco se la conoce muy bien. No hay nada mejor para conocer la propia región que conociendo otras regiones. Así mismo no hay nada mejor para conocer la propia cultura que conociendo otras culturas. El lenguaje, como dice Gilles Deleuze, no se ha hecho para comunicarse entre los que hablan el mismo lenguaje sino para comunicarse con los otros que hablan otros lenguajes.

René Zavaleta Mercado es un teórico; la mayor parte de sus libros se expresan teóricamente; se desenvuelven en la reflexión teórica, si se quiere filosófica política o de la filosofía política; ciertamente de una de las corrientes en concurrencia o, mejorando la descripción, de dos o tres corrientes que comparte, que combina, en las que se desplaza hacia lo que denominé el pensamiento propio, recurriendo a la interpretación que hace Hugo Zemelman Merino. Obviamente cualquiera es libre de leerlo como quiere; la lectura se presta a eso; incluso y mejor dicho, el placer de la lectura. Sin embargo, si se quiere interpretar su obra parece conveniente lo que hace un buen viajero por las regiones; aprender sus culturas regionales, sus saberes, sus costumbres, sus modos de ser. En este caso, el de la interpretación de la obra de Zavaleta, el buen viajero es el curioso, el que se abre a la comprensión del tejido que entrelazan los textos del autor. Es también un placer aprender de otro pensamiento, aunque no se lo comparta.

Los y las buenas viajeras hacen relatos comparativos, que ayudan en la comprensión de las regiones. Las crónicas nos han ayudado a aproximarnos a otras épocas, aunque hayan sido hechas a partir de la mirada del cronista. Los análisis comparativos de las culturas han ayudado no solamente a comprender las otras culturas, mejorando la comprensión de la nuestra, sino que muestran las analogías y diferencias culturales, sorprendiéndonos con los parecidos, también las parecidas diferencias. La interpretación atenta de una obra es indispensable para pasar, si se quiere, a su crítica, ya sea esta de diferenciación o, en el mejor de los casos, de deconstrucción. Empero, cuando no se interpreta una obra, ocurre como con el mal viajero, que se afinca en sus prejuicios; no entiende ni a las otras regiones, terminando por no entender su propia región, convertida en un fetiche, que es el recóndito recuerdo que preserva de ella. Que, para el colmo, esta imagen recóndita se parece muy poco a la propia región, pareciéndose más a sus propios fantasmas.

Es importante comprender a Zavaleta, no tanto para seguirlo – si se quiere se lo hace, si no se quiere también -, sino para comprendernos, incluso en las diferencias que se tenga con él. Lo triste es sustituir esta comprensión por una caricatura que se prefiera de él, un tanto para defenderse, como hace el mal viajero, cuando se aferra a sus costumbres, en vez de aprender. En este caso, se clausura la posibilidad incluso de la auto-comprensión. Gran parte de las costumbres intelectuales radican en estos estilos “regionalistas”; prefieren mantenerse en las torres de marfil ilusorias, construidas por los juegos de poder institucional. Se niegan el placer del devenir teoría; prefieren rumiar las cuatro verdades aprendidas, lanzarlas, en distintos colores y tonalidades, contra lo que consideran un atentado a las buenas costumbres “democráticas”, cuando lo que llaman “democracia” no es otra cosa que la exigencia de respeto a los propios prejuicios y un desesperado llamamiento al reconocimiento.

El problema que las mallas institucionales, no solamente las “ideologías”, coadyuvan a estos “regionalismos”, que hemos nombrado como costumbrismo intelectual, ya sean instituciones académicas, instituciones mediáticas, foros, presentaciones, que cada vez más se parecen a cocteles, donde se va a presumir. La época de la simulación no solamente afecta a la política, a las prácticas y los escenarios políticos, como hemos hecho notar, sino afecta también a otros escenarios, donde los pequeños juegos de poder encandilan a las personas involucradas. En relación a esta comedia generalizada, es menester rescatar la crítica, recurrir a la crítica, a la demolición de mitos, de fetichismos ideológicos, de parafernalias formales, que construyen monumentos de estuco.