Tuve el privilegio de conocer personalmente a Riane Eisler durante la celebración del Día de la Madre Tierra en Naciones Unidas hace unos años cuando un grupo de pensadoras, académicos y activistas se había reunido para reflexionar sobre los caminos a seguir para ayudar a recuperar el equilibrio perdido y salvar a la humanidad de lo que parece ser un camino de destrucción sin precedentes en la historia del planeta.

La narrativa emergente sobre el Vivir Bien y los derechos de la Madre Tierra, daban contexto a la reflexión. Sin embargo, parecían requerir precisamente de la perspectiva feminista para encontrar las claves de un urgente y necesario proceso de transición que se apoye en un tejido social sólido, cálido, verdaderamente humano que abarque al mismo tiempo cambios profundos en nuestras vidas, en nuestras relaciones y en nuestra propia subjetividad.

El análisis y la propuesta de Riane me conectaron nuevamente y de manera muy fresca con la posibilidad de salir de las palabras vacías de contenido que solemos repetir a nombre del cambio social, para pensar en lo posible desde la vida cotidiana, desde la economía del día a día, desde los cuerpos y los afectos, en fin, pensar el cuidado como una teoría envolvente. Una mirada que al abarcar la economía (base estructural) y la subjetividad (superestructura) en una relación de interdependencia y no de determinismo, me abría el camino hacia una aproximación holística y, por tanto, la posibilidad de incluirnos a nosotras mismas –y a nosotros mismos por supuesto- con nuestros sistemas de valores y conocimientos como parte del desafío y de las soluciones.

Hoy, en este nuestro mundo más que nunca necesitamos de una mirada que recoja la dimensión personal, íntima, la de la subjetividad, el conocimiento, los valores y las actitudes con la misma pasión que las dimensiones social y política, para deconstruir los sistemas de opresión que dan soporte a la injusticia social y la violencia, no solamente contra las mujeres, sino también contra la Madre Tierra. Y esta es una posibilidad que ha sido abierta históricamente por el feminismo al plantear que lo privado es político y proponer derribar los muros de la “privacidad” familiar para desenmascarar la hipocresía de una sociedad que se ha empeñado en no mirar a las mujeres, en no escucharlas y no valorar el trabajo que realizan, a pesar de ser éste de un valor imprescindible para la vida.

Necesitamos con una urgencia inédita cuestionar los paradigmas dominantes, sobre todo los de los valores sociales y de la teoría política y económica convencionales que en su explicación del mundo han invisibilizado esta dimensión y han devaluado la economía que sostiene la vida como es el trabajo de cuidado que sustenta la actividad del conjunto de la sociedad a pesar de que, de admitir su valor accederíamos a reconocernos como seres interdependientes y vulnerables capaces de desarrollarlos mejores sentimientos por nosotros, por la naturaleza y por los seres con los que interactuamos. Es decir, como seres humanos.

El reconocimiento de la propia vulnerabilidad, de la necesidad de pertenencia y de interdependencia es fundamental para reconocernos y evolucionar como humanidad. Sobre todo hoy en día, cuando pareciera que hemos olvidado los propios límites y la propia fragilidad y nos hemos convencido de que somos tan poderosos hasta considerarnos casi “semi – dioses” absolutos del presente y del futuro. Muchos recursos creados por la civilización moderna refuerzan este proceso de enajenación en el que ya –sin ficción alguna- corremos el riesgo de perder las dimensiones de lo tangible, de la interacción humana y del tiempo.

Necesitamos retornar a la noción de vulnerabilidad, fragilidad y pertenencia que nos permita desmontar la ficción de que lo controlamos todo y nos posibilite asumirnos como personas capaces de mirarnos y reconocernos en el Otro para apoyarnos mutuamente y seguir el camino en adelante.

El Siglo XXI encuentra a la humanidad habitando un planeta que ya no es el mismo ni siquiera de hace 20 años atrás, sumergido en una situación más próxima al colapso que a la sobrevivencia y que parece clamar por un cambio radical en nuestras vidas, en los sistemas sociales de producción y sobreconsumo y en las relaciones sociales que hemos generado.

Según la ciencia, los humanos estamos ejerciendo una fuerza destructiva mayor que la de la propia naturaleza por la que los elementos más fundamentales para el sostenimiento de la vida como el agua, el aire, los alimentos, las semillas, el territorio, experimentan un deterioro que amenaza la vida de la civilización y ya ha destruido las de varias otras especies. Un Estudio del Programa Internacional Geosfera – Biosfera (IGBP) titulado El Cambio Global y el Sistema de la Tierra (IGBP,2004) dice que: “La actividad humana iguala o supera a la naturaleza en varios ciclos biogeoquímicos. El alcance de los impactos es global, ya sea a través de los flujos de los ciclos de la tierra o de los cambios acumulativos en sus estados. La velocidad de estos cambios está en el orden de décadas a siglos y no de siglos a milenios en referencia al ritmo de cambio comparable en la dinámica natural del Sistema de la Tierra”.

El cambio climático es una de las crisis más emblemáticas de esta devastación, pues incluye en sus conexiones todas aquellas dimensiones que nos han llevado a límites tanáticos como son la energía, el crecimiento industrial, el desarrollo, el sobreconsumo, el agotamiento de los llamados “recursos”. Pero, no es que estemos ante un conjunto amorfo y masivo de gente responsable del agotamiento de los medios de vida; esta situación es producto de la ambición de pequeños grupos de poder que gozan de los beneficios de un mundo pleno de riquezas mediante sistemas de apropiación y violencia; una élite que desde su práctica ha globalizado valores de mercantilización, apropiación de la vida, usufructo de la energía y el trabajo de la gente y en particular de las mujeres. Y los valores y aspiraciones que sostienen a esas élites han impregnado el imaginario de estratos más amplios de la sociedad, haciéndonos presas de valores, sentimientos y aspiraciones extremadamente insostenibles de ponerse en aplicación generalizada y permanente.

El trabajo de Eisler nos demuestra con varios argumentos y perspectivas cómo los sistemas económicos y sociales de dominación que llevan al mundo a más violencia y destrucción, están vinculados a sistemas de valores y comportamientos de escala individual, familiar y grupal. Y nos muestra que no es suficiente cambiar los patrones energéticos o las tecnologías para detener el cambio climático, pues mientras el patrón de despojo sobre la vida de las mujeres permanezca–sobre el que han teorizado las ecofeministas como Vandana Shiva y muchas otras-éste trascenderá las tecnologías y sistemas sociales para seguir instalándose como un sistema de dominación del uno sobre el otro a escala civilizatoria. Y que mientras no logremos crear un sistema que permita que las personas doten de sentido y empatía a sus vidas, esta lucha será mucho más difícil.

Afortunadamente, a pesar de la destrucción y la violencia económica y social, existe un tejido vivo en las sociedades que se ha mantenido asegurando el cuidado de la vida, del agua, de las relaciones humanas y de la naturaleza que nos cobija. Un tejido social cuyo rumor de selva cálida va llegando a más y más personas que son capaces de celebrar lo que hace posible la existencia misma de la vida. Un rumor que nos dice que no sólo somos interdependientes, sino “eco dependientes” como lo vienen recordando las corrientes ecofeministas que alimentan las reflexiones de un “logos” global que empieza a levantar la mirada desde otra perspectiva.

La lectura de la Verdadera Riqueza de las Naciones es un texto de enorme riqueza conceptual y teórica que recupera aportes y teorías para un cambio social de dimensión civilizatoria y nos conduce a diferentes fuentes de la ciencia y el pensamiento que puedan orientarnos en la búsqueda de respuestas a los dilemas contemporáneos de una civilización que incuba el nacimiento de una nueva cultura para habitar el planeta. Los planteamientos que se presentan en este libro nos recuerdan varias cosas que por la inercia de una sociedad profundamente patriarcal y “ecocida” olvidamos con frecuencia:

En primer lugar que la economía feminista rompe los marcos de interpretación que nos ofrece la economía tradicional enfocada en el mercado y las finanzas, para dirigir la mirada a la riqueza que producen las personas con sus manos, con su tiempo y con sus cuerpos, y la riqueza de la propia naturaleza que, justamente por ser parte de este círculo virtuoso de dones, no es ni debería ser objeto de mercantilización. Riane, a su vez, desmonta los conceptos tradicionales de la economía para proponer que el trabajo del hogar no es un trabajo reproductivo, subalterno a la producción para el mercado, sino fundamentalmente productivo porque produce bienestar, individuos, personas con habilidades y capacidades para contribuir a la sociedad y argumenta que esta definición es una manera de superar la obsoleta visión de que sólo es trabajo con valor aquello que está orientado al mercado.

Por ello, apunta a la necesidad de crear sistemas e indicadores que contribuyan a visibilizar y evidenciar el valor del trabajo del hogar, así como a alentar la inversión social argumentando que esta inversión crea dinámicas socioeconómicas de prosperidad y ganancias duplicadas, es decir que apunta al valor económico del trabajo de cuidado; que además de ser un esquema que va a favorecer la equidad de género, la equidad social y el reconocimiento de un trabajo que, al ser alentado y valorado socialmente, permitiría relaciones de solidaridad y complementariedad. Y esta es una propuesta que la conecta a las ya innumerables valiosas iniciativas de las feministas latinoamericanas, europeas y de otras regiones que han estado buscando la visibilización del valor económico del trabajo del hogar mediante encuestas del uso del tiempo y otros recursos. Más aun, esta reflexión y argumentación alienta a países como Bolivia a que se empiece a aplicar en serio una de las conquistas de las mujeres y del movimiento feminista en su Nueva Constitución Política de 2009 que establece que el Estado debe visibilizar el valor del trabajo del hogar en las cuentas nacionales.

En su libro, Eisler cuestiona con varios argumentos el Producto Interno Bruto como un indicador de “crecimiento y bienestar” de la economía tradicional y de las cuentas y administración de los Estados, demostrando que las inversiones de éstos y de las corporaciones están dirigidas la mayor parte de las veces a la reproducción del dinero y dejan de lado la inversión social necesaria para crear personas productivas, felices, críticas y creativas. Demuestra con innumerables ejemplos cómo las inversiones de éstos (públicas y privadas) se concentran en medios de violencia (presupuestos para las guerras y la seguridad), destrucción ambiental e infraestructuras dañinas y, aún así, se las considera “crecimiento y desarrollo”; mientras que aquellas dirigidas al cuidado, la protección social, la educación, la salud y la infancia son proporcionalmente ínfimas. Es crítica a la utilización del PIB como un indicador de prosperidad puesto que éste incluye los gastos que se realizan inclusive en la destrucción de la naturaleza o el daño a las personas.

La Verdadera Riqueza de las Naciones es un libro que como un diamante de muchas caras ilumina las diferentes perspectivas de análisis sociológico, económico, político, antropológico psicológico y humano de las razones que explican la dinámica económica y social de la sociedad desde los niveles más esenciales de la vida cotidiana, hasta sus estructuras más complejas; desde la subjetividad y la psicología hasta la razón pura económica y productivista.

Riane, quien ha vivido de cerca los extremos de la violencia durante el fascismo nazi en Europa y se ha sobrepuesto a la misma encontrando en cada una de sus experiencias de vida, aprendizajes y vitalidad para mirar con amor el camino de salida a la violencia y la pobreza, ha podido brindarnos una comprensión y perspectivas de este tipo. En su obra ha logrado encontrar aquello que, a pesar de la oscuridad que puede rodear la historia de la humanidad, permite trascender apoyada en una fuerza transformadora: la solidaridad, el cuidado, la empatía, el amor, el respeto mutuo. Nos ofrece en este libro un trabajo maestro de análisis de los paradigmas que rigen la economía y la sociedad y recoge los avances más significativos del pensamiento y la creatividad humanas apostando por una perspectiva evolutiva y humanizante.

La Verdadera Riqueza de las Naciones, es una de las contribuciones más importantes que se han hecho para entender la las causas de la desigualdad humana, la violencia y la destrucción de la Naturaleza. Es al mismo tiempo un magnífico recurso para encontrar un camino de sanación del planeta pues nos invita a pensar en una dimensión civilizatoria y no simplemente sistémica. Gracias al trabajo de Riane Eisler, los problemas que vivimos, pueden ser comprendidos en su complejidad e integralidad; desde la historia y la economía, desde lo personal y lo colectivo, desde la política y la subjetividad para reflexionar hacia una dimensión ética que convoca al Amor, el Cuidado y la No Violencia como las claves más importantes de la economía feminista para una evolución civilizatoria.

* Psicóloga social, autora de publicaciones sobre mujeres y trabajo del hogar, agua y cambio climático. Ha coordinado el Comité Impulsor de los derechos de las trabajadoras del Hogar y es parte de la Campaña Octubre Azul por el agua como un bien común. Es integrante de la Red Latinoamericana de Mujeres transformando la Economía, del Directorio de Food and Water Watch y del Consejo de la Universidad Terre Citoyene.Impulsa la iniciativa Trenzando Ilusiones como un espacio para la transición postcapitalista. Prólogo a la 1ª edición en español de LA VERDADERA RIQUEZA DE LAS NACIONES, Fundación Solón / Trenzando Ilusiones, La PazBolivia 2014.