¿Se puede considerar a las acciones y las prácticas sociales como narrativas; es decir, como constructoras de tramas fácticas, sin necesidad de que estas sean evocadas? Esta es una pregunta que, si su respuesta fuese afirmativa, nos llevaría a la hipótesis de que los humanos se comportan, en lo que respecta a las acciones, no solamente a las representaciones, prácticamente como componiendo tramas, que hasta quizás sean anteladas. De aquí a encontrar regularidades en las historias singulares, no ya referidas a los habitus, sino a procesos históricos acaecidos y que acaecen; por ejemplo, que las revoluciones deriven en su decadencia, que los “revolucionarios” continúen la reproducción del poder por otros caminos, medios, escenarios, que las revoluciones restauren lo que derriban. Como hipótesis es tremendamente sugerente; sin embargo, no se trata de contrastar la hipótesis, sino de, si fuese así, explicarse por qué funciona así el conjunto secuencial de las acciones humanas.

Ahora bien, las hipótesis interpretativas de la anterior hipótesis teórica serían las siguientes:

  1. Las acciones humanas responden a una trama fáctica inherente. No hablamos de comportamientos, que pueden responder a habitus o, en contraste, a desplazamientos y rupturas respecto de los habitus, sino del conjunto te acciones sociales cuya secuencia dibuja una trama fáctica.
  1. ¿Cómo explicar que hay una trama fáctica? No se trata de recurrir a las relaciones sociales, a las estructuras de estas relaciones, a las instituciones, que suponen estas estructuras, a los sistemas, que se conforman sobre estas mallas institucionales, sino de explicarse por qué el ser humano es un ser narrador.
  1. El ser humano sería un ser narrador pues estructuralmente está constituido para serlo. Lo que nos lleva a suponer también que la vida misma está constituida para serlo; es decir, para componer, para crear composiciones.
  1. Ciertamente hay que diferenciar narratividades vitales, correspondientes a la vida, narratividades fácticas humanas de narratividades evocativas, transmitidas en las sociedades en sus distintas formas de expresión. En estas diferentes narratividades se conformarían tramas también diferenciales cualitativamente. Las tramas vitales corresponderían como a programas inscritos genéticamente; las tramas fácticas corresponderían a estructuras civilizatoria y culturales; las tramas evocativas corresponden a todas las interpretaciones culturales construidas y por construir por las sociedades humanas.
  1. Se han estudiado las narrativas evocativas; sin embargo, no se habrían estudiado las narrativas fácticas humanas, tampoco y mucho menos, las narrativas vitales.

Si fuese así, es imprescindible estudiar las narrativas fácticas humanas, con más urgencia, las narrativas vitales.

Narrativas fácticas humanas

Las narrativas fácticas no solo responden a relaciones sociales, no solo responden a fuerzas, relaciones de poder, sino que responden a estructuras subyacentes biosociales y biopolíticas. Si la trama es una mimesis de la acción, es decir, transformación de la acción en una interpretación, entonces la trama fáctica vendría a ser una mimesis corporal de la experiencia y la memoria social; es decir, una transformación de la experiencia y de la memoria en acción. Ahora bien, ¿por qué tendría que ser la acción o, mas bien, la secuencia de acciones una narrativa no evocativa? No solo que las acciones desencadenan consecuencias sino que persiguen finalidades, buscan lograr la realización de las finalidades con sus actos. Se puede hacer seguimiento a la secuencias de acciones; este seguimiento puede no solamente ser interpretado para continuar las siguientes acciones, sino que hasta puede ser narrado evocativamente; empero, ahora, éste no es nuestro tema. El tema es: ¿Cómo la secuencia de acciones se convierte en una narrativa fáctica, la cual puede ser decodificada sin necesidad que sea evocada? Es decir, la secuencia de acciones puede ser entendida como si fuese una narración, sin necesidad que haya sido narrada, propiamente halando.

Esta pregunta puede ser respondida; primero, porque la interpretación se efectúa a partir de una cultura, que aunque no se presente como narración, decodifica los hechos a partir de bagajes culturales. Decir esto, en todo caso no es tan problemático; pues se entiende que sea así. El tema no es cuando se decodifican las acciones desde una cultura, sino si las secuencias de acciones son, de por sí, por sí mismas, una especie de narrativa fáctica. Obviamente no lo son en tanto entendamos la narrativa como representación, como un orden de representaciones, como una estructura representativa; empero, si entendemos también la narrativa como composición, en sentido amplio, en este caso, como composición fáctica, entonces se abre la posibilidad de sugerir la hipótesis que estamos manejando, la de que esta composición pueda ser interpretada como si fuese una narrativa no evocativa, pues totaliza el sentido de las acciones mismas.

Conscientes de que se trata de una hipótesis arriesgada, la colocamos en mesa para sugerir que pueden darse composiciones, análogas a la narrativa, composiciones que se conforman en la sucesión de hechos. Ciertamente, la experiencia y la memoria juegan un papel preponderante en la interpretación inmediata de las secuencias de acciones, incluso, pueden presuponer, desde el principio, lo que viene después, su sentido total. Por lo tanto, pueden llegar estas secuencias a aparecer como narrativas fácticas en la medida que la memoria interviene. En otras palabras, la memoria es la que narra la experiencia.

No es que la narrativa, incluso y sobre todo, en el sentido usual, sea tiempo, una representación de la temporalidad, fuera de ser mimesis de la acción, sino que es, sobre todo, memoria. La memoria no solo que actualiza los recuerdos sino que los interpreta, hace como una composición. En sí mismos, los hechos, las secuencias de hechos, las sucesiones de acciones, no son narración; la narración fáctica se da lugar con la memoria y en la memoria. Entonces, la memoria no solo recuerda, almacena, guarda, selecciona, actualiza, sino que, además de interpretar, narra; atribuye a las secuencias una composición de sentido.

Así como se habla de un lenguaje corporal, de manera, si se quiere, metafórica, también se puede hablar de una gramática de las acciones, así como también de una narrativa de las acciones, aunque se lo haga metafóricamente. Sin embargo, esta metáfora nos ayuda a comprender las composiciones no evocativas. Lo que decimos tiene su importancia en lo que respecta a la vuelta de la discusión de la distinción de sentido/no-sentido; para la memoria todo tiene sentido. La memoria no recuerda hechos aislados, experiencias aisladas, aunque hayan sido deformadas por la memoria, recuerda conjuntos de hechos relacionados, recuerda este conjunto de hechos como parte del acontecimiento experimentado. La experiencia tampoco se circunscribe a hechos aislados, no experimenta hechos aislados, sino el conjunto de hechos que se convierten en inscripción o huella. Inscripción o huella que es precisamente la de la relación de hechos; inscripción o huella que es precisamente la hendidura del acontecer.

En conclusión, es sostenible hablar de narrativa fáctica, en tanto y en cuanto se trata de la narrativa de la memoria.

Narrativas vitales

La vida, de acuerdo a la biología contemporánea, como ya lo dijimos y asumimos antes, es memoria sensible, entonces, siguiendo la exposición de nuestras hipótesis auscultadoras, en tanto memoria sensible es ya composición inmediata, para lo que respecta a la vida; primordialmente de información genética. Si bien como filogénesis transmite la información de la especie, no deja de interactuar en el perfil ontogenético; es decir, en la conformación de la memoria singular del individuo, por así decirlo. En el sentido que asumimos la vida en La explosión de la vida[1], cuando concebimos la vida más allá de la biología, cuando extendimos la concepción de vida a las dinámicas moleculares y a las dinámicas cuánticas, además de a las dinámicas molares del cosmos, cuando retomamos la idea paradigmática de que cada punto del universo contiene la información del todo, refiriéndonos a las infinitesimales partículas cuánticas, entonces podemos hablar hipotéticamente, en la misma forma auscultadora, de una memoria cósmica. Por lo tanto, en tanto memoria cósmica, memoria, por cierto, aludida metafóricamente, es también una composición, en ese sentido, una especie de narrativa material, cuántica, molecular y molar.

Composiciones fácticas

En nuestras hipótesis auscultadoras hemos llevado lejos la configuración de la narración, hemos llevado lejos las metamorfosis de la trama, hasta incluso cuando pierden su carácter propio, la de mito, epopeya, relato, historia, novela, ironía, en el despliegue de la comprensión. Lo hicimos para jugar con ciertas analogías posibles, que, aunque metafóricas, pueden ayudarnos a comprender la condición no aleatoria de los hechos y las acciones, que, por cierto, se contrastan y entrelazan con la condición aleatoria de los hechos y las acciones. Se da, como dijimos en otros ensayos, la paradoja existencias del juego del azar y la necesidad[2]. Las acciones y los hechos, si bien pueden aparecer en el azar de la proliferación de las singularidades, ocasionando efectos molares, efectos masivos, donde adquieren regularidad, si bien pueden concebirse como actos de voluntades intervinientes, por lo tanto, de fuerzas, también responden como a una necesidad; esta necesidad se expresa como composición fáctica. En este sentido dejaremos de usar los términos de narración y de narrativa, para referirnos a estas composiciones, dejando el uso de los términos para la narración y la narrativa, propiamente dichas; es decir, evocativas, simbólicas, alegóricas, metafóricas, históricas, literarias, estéticas, que construyen la totalidad del sentido en formas figurativas variadas, orales, escritas, pictóricas, corporales, como la danza.

Los hechos y las acciones sociales pueden comprenderse e interpretarse como composiciones fácticas, composiciones donde interviene la experiencia y la memoria social; memoria que precisamente retiene y guarda información, que la procesa, que la usa para actuar, sobre todo actualiza la memoria, dependiendo de las coyunturas, y lo hace decodificando, interpretando, componiendo una construcción de totalidad o totalización, si no es de sentido lo es de configuración del campo fáctico, donde se despliegan las acciones y los hechos. De todas maneras, si bien ya no llamaremos narrativa, se trata de tejidos fácticos, de interrelaciones y entrelazamientos fácticos, que componen cuadros de secuencias y sucesos, mapas de hechos conectados; por lo tanto, dan la idea de condiciones, mediaciones y desenlaces.

Aclaraciones necesarias

Hemos diferenciado, en principio, narratividades en distintos planos y espesores de intensidad; distinguido el plano o espesor de intensidad propiamente narrativo, el de la memoria evocativa, de los planos de intensidad o espesores de intensidad pre-narrativos, propiamente dichos, de las memorias no evocativas, la memoria no-evocativa fáctica y la memoria no-evocativa vital, por así decirlo. Hemos establecido que estas dos últimas memorias, estas pre-narrativas, incluso podrían ser post-narrativas, son composiciones de totalizaciones de campos, en un caso, campos fácticos, en el otro caso, campos vitales. Si bien se puede hacer esta distinción, no hay que olvidar que los planos o espesores de intensidad no se encuentran aislados y separados, sino que están entrelazados, imbricados, interpenetrados y yuxtapuestos. De tal manera que el lenguaje y la cultura, de por sí evocativos, atraviesan los planos o espesores de intensidad atribuyéndoles su propio lenguaje, simbolismos, alegorías, narratividades, a los planos o espesores de intensidad no-evocativos. Al revés, también se puede decir que se da este entrelazamiento; los planos o espesores de intensidad pre-narrativos atraviesan el plano o espesor de intensidad propiamente narrativo, lingüístico y cultural, atribuyéndole sus propias imágenes, fuerzas y espesores. De tal forma que unos planos o espesores de intensidad prestan a los otros planos o espesores de intensidad para interpretar o ser interpretados.

En este sentido o algo parecido menciona Paul Ricoeur cuando se refiere a la semiótica narrativa de A. J. Greimas; dice:

La historia narrada, ya explique el orden existente o proyecte otro, establece, en cuanto historia, un límite a todas las nuevas formulaciones puramente lógicas de la estructura narrativa. Es en este sentido como la inteligencia narrativa, la comprensión de la trama, precede a la reconstrucción dela narración sobre la base de una lógica sintáctica[3].

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza: La explosión de la vida. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-2015.

[2] Ver de Raúl Prada Alcoreza: Episteme. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-2015.

[3] Paul Ricoeur: Ob. Cit.; Pág. 449.