Servicio Informativo Datos & Análsis.- Un informe publicado por Datos & Análisis en julio de 2010 tras varios meses de investigación, estableció que Eduardo Rozsa Flores, desesperado por armar a su ejército separatista, mantuvo intenso contacto con un agente de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) en las semanas previas a su asesinato, informando sobre la interferencia de un espía de la ex Alemania Oriental, Dirk Schmidt, que traficaba armas en Bolivia.

Rozsa se comunicó con la CIA procurando auxilio y asistencia militar ante la orfandad en que había quedado tras su ruptura con el Prefecto de Santa Cruz, Rubén Costas, por una disputa de mando dentro el movimiento “independentista” debido a la cual el grupo de Costas decidió prescindir de Rozsa, negándole el financiamiento comprometido para la compra de armas.

Ese aislamiento político y los problemas en la adquisición del arsenal sofisticado que exigía Rozsa al movimiento cívico cruceño, habrían sido determinantes para que agentes del Gobierno se infiltren en su círculo íntimo, entregándole incluso armas presuntamente extraídas de la Octava División de Ejército, en marzo del 2009.

Por su parte la CIA —dentro una estrategia para estigmatizar al régimen boliviano como genocida— decidió “sacrificar” al miliciano boliviano-croata al constatar la inviabilidad de su sofisticado plan militar, carente de armas adecuadas y de apoyo político real entre la “cruceñidad”, ordenando su asesinato mediante la acción letal de una fuerza policial de élite (la Utarc) que fue creada con recursos de la Embajada norteamericana durante la administración de Sánchez de Lozada. Como es sabido, la Unidad Táctica de Resolución de Crisis (Utarc) gozaba de confianza ciega en las altas esferas del Gobierno de Evo Morales, infiltrado a su vez por aquellas fuerzas siniestras que dispararon a mansalva contra Rozsa y dos de sus correligionarios mientras dormían en sus habitaciones del Hotel Las Américas. Dos años después de la matanza, el ministro de Gobierno Sacha Llorenti condecoró a los policías asesinos, contribuyendo al estigma de un régimen genocida. Aquí la CIA desarrolló un juego hábil de inteligencia y contrainteligencia para matar dos pájaros de un tiro.

Severamente distanciado de Costas y otros dirigentes del Grupo La Torre que lo habían traído de Europa para la “defensa de Santa Cruz”, Rozsa decidió seguir el plan separatista a su manera, corriendo temerariamente un alto riesgo personal y abriéndose a la inminente infiltración. Intentó formar su propio ejército para la Guerra Urbana que era su especialidad, acudiendo al apoyo financiero de Estados Unidos. Tomó contacto directo con la CIA mediante un agente militar de origen húngaro que se comunicaba con Rozsa desde Washington a través del correo electrónico y el chat.

Un veterano militar de la OTAN, el contacto de la CIA

Rozsa envió a la CIA mapas y croquis con las ubicaciones de las brigadas médicas de Cuba en la Amazonia boliviana, así como de los zapadores venezolanos que construían caminos vecinales en Pando y Beni. Mandó una foto del puente Pailas, el más grande de Bolivia en ese entonces, y de un casino instalado por la mafia rusa en el municipio de Cotoca, como los primeros blancos estratégicos a ser dinamitados en el inicio de una guerra civil de larga duración. “Para el 15 de enero quisiéramos alcanzar un nivel de operación militar. Hablando en claro, desde esa fecha vamos a estar listos para la realización de algunas operaciones de tamaño y efectos limitados. La fecha de la conclusión no se puede determinar. Podemos hablar de semanas, pero también, en caso de fragmentación territorial, se podría esperar una crisis de años. Efecto Kosovo”, fue el plan que Rozsa describe al coronel en retiro Istvan Belovai, su contacto de la CIA en Washington, a través de un mensaje enviado por correo electrónico el 18 de noviembre del 2008.

Belovai era una leyenda viviente en la CIA. Un veterano húngaro experto en operaciones militares de alto riego. Tenía el grado de coronel. Jugó un rol decisivo en la Guerra Fría combatiendo al régimen comunista de Hungría como oficial de enlace de la OTAN. Estuvo preso en su país y se refugió en Estados Unidos a mediados de los años 90. Al parecer se conoció con Rozsa durante la Guerra de los Balcanes. Itzván Belovai murió en Denver, Colorado, en noviembre del 2009, cinco meses después del operativo del Hotel Las Américas en Santa Cruz.

A fines del 2009, Datos & Análisis accedió a los emails y chats que Rozsa y Belovai intercambiaron en lengua húngara durante los meses de noviembre del 2008 y principios de abril del 2009, los mismos que concluyeron con el posible arribo del agente de la CIA a Bolivia para ejecutar el plan bélico una vez adquiridas las armas y adiestrado el ejército separatista mediante intensas prácticas de airsoft y paintball.

Según le informó a su enlace de la CIA, Rozsa había logrado reclutar a casi una centena de jóvenes entre las barras bravas de los más populares equipos de fútbol de Santa Cruz, miembros además de la Unión Juvenil Cruceñista. También captó algunas adhesiones en el Beni. A pesar de haber perdido la confianza de los principales líderes cruceños como el prefecto Costas, Rozsa logró atraer simpatías en núcleos tradicionalmente duros de Santa Cruz como Falange Socialista Boliviana (FSB) o las mismas logias masónicas locales.

El jefe de la Utarc entregó las armas a Rozsa

Rozsa le negaba al prefecto Rubén Costas el mando político en el movimiento insurgente para “independizar” a Santa Cruz. El mercenario exigía concentrar para sí el mando político y militar del movimiento; mientras Costas exigía detentar el mando civil aceptando el mando militar de Rozsa. El mercenario que llegó de los Balcanes decía que en una guerra de guerrillas urbana, mando político y mando militar no podían estar separados y en todo caso “lo político se subordina a lo militar”.

“Este hombre está loco”, dijo Rubén Costas en una reunión decisiva del grupo La Torre. Los más cautos de esa organización local que articulaba la “oposición cívica” al régimen de Morales comenzaban a arrepentirse de haber propiciado la llegada del mercenario.

El comandante Rozsa exigía dos millones de dólares para equipar un ejército especialista en Guerra Urbana, con indumentaria de última generación, visores nocturnos con rayos laser, localizadores GPS y el armamento más sofisticado que incluía misiles y tanquetas. Se halló en su computadora registros de visitas a portales de la web especializados en la venta de ese tipo de material bélico.

La posición de Costas se impuso en el grupo La Torre. Decidieron apartarlo. Pesó en esa decisión el temperamento del propio Rozsa. Se lo veía excedido en tragos en ciertas reuniones sociales hablando más de lo debido, jactándose de la magnificencia de su plan bélico. El guión ya estaba escrito antes de su llegada a Bolivia: filmaría la segunda parte de su película “Chico” con él de héroe épico en medio de un baño de sangre real, con extras muertos de verdad. Santa Cruz en guerra contra Evo Morales sería su gran set. Y no dejaba de despotricar contra el Prefecto de Santa Cruz, que frenó la locura. Más que eso. Según testificó Juan Carlos Guedes Bruno, Rozsa había manifestado se deseo de asesinar a Rubén Costas para apartarlo de su camino. “Más vale un cojudo mártir que un maricón vivo”, habría dicho, según Guedes.

En otros episodios, se lo ve a Rozsa en tremendos líos personales por conseguir armas. “No saben con quién se están metiendo”, le amenaza telefónicamente a Alcides Mendoza Mazabe, un integrante de la Unión Juvenil Cruceñista que le había vendido una Brenon 9 milímetros, a medio uso, sin su caserina. El arma pertenecía a un capitán del Ejército. Según Mendoza, la caserina estaba siendo reparada en una armería ubicada en el Mercado Mutualista y Rozsa, que se presentaba con el alias de “Germán”, se desesperó por la tardanza.

En varios emails, así como en sus mensajes a Istvan Belovai, Rozsa celebra haber tomado contacto con jefes de las FF.AA. y de la Policía Boliviana que le prometieron conseguirle armas.

A mediados de marzo del 2009, el jefe de la Unidad Táctica de Resolución de Crisis (Utarc), capitán de Policía Walter Andrade, logra infiltrarse en el entorno íntimo de Eduardo Rozsa con ayuda de un agente de la Embajada norteamericana, un portorriqueño que se hace llamar “El Diablo”, quien los presenta. El policía adiestrado por instructores norteamericanos en los tiempos de Sánchez de Lozada y el mercenario que vino a balcanizar Bolivia se hicieron muy amigos y hablaban de armamentos permanentemente. Esta fue una de las más letales de las infiltraciones que penetró en el esquema íntimo de Rozsa con el pretexto de proveerle armas.

Según un otro infiltrado, Ignacio Villa Vargas que oficio como chofer personal del mercenario, el policía Walter Andrade —que el 16 de abril al mando de la Utarc es quien ejecuta a Rozsa en el Hotel Las Américas— es también quien provee al grupo mercenario un importante lote de armas de uso militar, y son las mismas armas halladas tanto en el dormitorio de Rozsa como en el stand de la Cooperativa de Teléfonos Automáticos de Santa Cruz (Cotas) donde el mercenario instaló su “cuarto de guerra”.

Si es cierto lo que afirma el coronel Germán Cardona, hoy autoexiliado en España, sobre las armas que el Ministro de la Presidencia habría extraído de la Octava División de Ejército el 9 de marzo del 2009, es poco probable que ese material bélico hubiera sido “sembrado” en el stand de Cotas con posterioridad a la muerte de Eduardo Rozsa Flores, Michael Martin Dwyer y Arpad Magyarosi; pues hay testigos, como el mismo Ignacio Villa Vargas, que aseguran haber visto esas armas en dicho recinto mucho antes de la matanza del 16 de abril.

Si Cardona no miente y demuestra haciendo público el inventario que dice tener (hasta hoy no lo hizo), que las armas recogidas de la Octava División por Quintana son las mismas halladas en el stand de Cotas y en las habitaciones del Hotel Las Américas, lo más probable es que esas armas fueron entregadas a Rozsa, el mismo mes de marzo, por el capitán Walter Andrade, el jefe de la Utarc. Es decir, Quintana sacó las armas de la Octava División el 9 de marzo, se las dio a Andrade, y el infiltrado las entregó a Rozsa. No hacía falta “sembrar” nada. Luego Andrade lo mató en abril arguyendo un enfrentamiento armado que nunca ocurrió.