El entramado de narrativas de una época es como un bosque tupido, arborescencias mezcladas; es decir, toda una ecología, mejor dicho un ecosistema. ¿Se podría hablar de una ecología narrativa, mejor dicho, de un ecosistema narrativo? La idea es sugerente, utilizando la metáfora ecológica. Las narrativas encontradas forman un entrelazamiento que, parece, en principio, quizás caprichoso; sin embargo, en la medida que el sistema narrativo se consolida, los tejidos narrativos no se ignoran, tampoco funcionan aislados, sino siempre lo hacen en referencia a la otras narrativas, quizás, más claramente, en relación a su entorno próximo, también a las narrativas afines, en el sentido del tratamiento de problemáticas, aunque aparezcan como antagónicas. Vamos a acercarnos a las narrativas políticas, por así decirlo, de una época, la que comprende como dos siglos, siglo XIX y siglo XX, en Bolivia. Por más contrapuestas que aparezcan en su discursividad y en sus enunciados, de todas maneras, comparten una episteme, un horizonte de decibilidad y de visibilidad, un suelo, un zócalo epistemológico. También comparten, más o menos, una estructura narrativa. Esta es nuestra tesis.

En adelante, después de una apreciación teórica y crítica, armaremos un perfil de esta episteme; sobre todo, intentaremos armar la estructura narrativa compartida, por lo menos en lo que respecta a los perfiles divulgados. Las formaciones discursivas de las que hablamos, relacionadas a “ideologías” respectivas, además de proyectos políticos correspondientes, son, dichos de manera resumida, de modo simple, hasta de forma esquemática: el discurso oligárquico, el discurso proletario, el discurso del nacionalismo revolucionario y el discurso indianista. Ciertamente no podemos tratar estas formaciones discursivas exhaustivamente; no podemos detenernos, por el momento, en sus estratificaciones, sus desplazamientos internos, sus diferencias inter-discursivas; tampoco distinguir los discursos comunes, más de difusión, incluso de rumor, de los discursos elaborados, con pretensiones académicas. Esta tarea la dejaremos para después; lo que haremos es optar por un esquema simple, empero ilustrativo, del cuadro de las diferencias y analogías discursivas de estas formaciones enunciativas. De todas maneras, la anterior tarea, que queda pendiente, en parte ha sido expuesta en otros escritos; nos remitimos a éstos[1].

Las metamorfosis de la trama

En Tiempo y narración, en el segundo tomo, en el dedicado a la Configuración del tiempo en el relato de la ficción, Paul Ricoeur escudriña y reflexiona sobre Las metamorfosis de la trama. La trama, como metáfora de tejido o de textura, hace referencia a una composición que, a su vez, supone temporalidad; si se quiere, supone el despliegue del tiempo o, mejor dicho, despliegue en el tiempo. En otras palabras, los sucesos acaecen secuencialmente, se los interpreta como un orden o en un orden, donde un suceso o secuencia tiene origen, es decir, nacimiento; después, se desenvuelve, desplegando sus posibilidades inscritas. A continuación, aparece una estructura de lo puesto en escena; empero, la composición narrativa, vale decir la configuración de la trama, no está todavía resuelta. Luego, vienen los desenlaces. La trama es esta composición que interpreta los sucesos, eventos, acontecimientos, donde los hechos, que aparentemente, se dan aleatoriamente, se interpretan como formando parte de un sentido o varios, de una dirección o varias; secuencias fácticas que se resuelven como fin, como telos o desenlace.

En el apartado Más allá del “mythos” trágico, Ricoeur escribe:

En primer lugar, se ha definido la construcción de la trama, en el plano más formal, como un dinamismo integrador que extrae una historia, una y completa de un conjunto de incidentes: eso es tanto como decir que transforma ese conjunto en una historia una y completa[2].

Estamos ante el fenómeno, por así decirlo, de transformaciones reguladas, que pueden ser llamadas tramas, bajo consideraciones ampliadas y extendidas; la condición es que lo son siempre que puedan distinguirse totalidades temporales, que realizan la síntesis de lo heterogéneo, manifestado en circunstancias, fines, medios, interacciones, resultados, queridos o no[3]. En otras palabras, se puede formular la hipótesis de que las metamorfosis de la trama consisten en usos siempre nuevos del principio formal de configuración temporal en géneros, tipos y obras singulares inéditas[4].

En relación a las transformaciones efectuadas en el carácter de la narrativa, particularmente de la novela, Paul Ricoeur anota:

Sin embargo, en estas expansiones sucesivas del carácter a expensas de la trama, nada escapa al principio formal de configuración y, por lo tanto, al concepto de construcción de la trama[5].

Con el campo de la trama se acrecienta también el campo de la acción. No se trata solamente de las conductas de los protagonistas, también es acción, en un sentido amplio, la transformación moral de un personaje, su crecimiento y educación, su iniciación en la complejidad de la vida moral y afectiva[6].

Paul Ricoeur acude a la Anatomie de la critique de Northrop Frye[7] para abordar, desde la teoría de los modos y la teoría de los arquetipos, esta cuestión de la metamorfosis de la trama. Ricoeur escribe:

En los modos trágicos, el héroe es aislado de la sociedad (a esto corresponde una distancia estética análoga por parte del espectador, según se ve en las emociones “purificadas” del temor y de la compasión); en los modos cómicos, el héroe es reincorporado a su sociedad. Por tanto, Frye aplica el criterio de los grados de poder de la acción en estos dos planos de lo trágico y de lo cómico. Distingue así, en cada uno de ellos, cinco modos, repartidos en cinco columnas. En la primera columna, la del mito, el héroe nos es superior por naturaleza (in kind): los mitos son, en grandes líneas, las historias de los dioses; en el plano de lo trágico, tenemos los mitos dionisiacos, que celebran a dioses que mueren; en el plano de lo cómico, encontramos los mitos apolíneos, en los que el héroe divino es recibido en la sociedad de los dioses. En la segunda columna, la de lo maravilloso (romance), la superioridad del héroe no es innata, sino de grado, respecto de los demás hombres y de su entorno: a esta categoría pertenecen los cuentos y las leyendas; en el plano trágico tenemos el relato maravilloso de tono elegiaco: muerte del héroe, muerte del santo mártir, etc. (a esto corresponde, por parte del oyente, una cualidad especial de temor y de compasión propia de lo maravilloso); en el plano cómico, nos encontramos con el relato maravilloso de tono idílico: el pastoril, western. En la tercera columna, la de lo mimético elevado (high mimetic), el héroe ya sólo es superior a los demás hombres, no a su entorno, como veremos en la epopeya y en la tragedia; en el plano trágico, el poema celebra la caída del héroe: la catarsis que le da respuesta recibe de la harmatia trágica su nota específica de compasión y de temor; en el plano cómico, tenemos la comedia antigua de Aristófanes: damos respuesta a lo ridículo por una mezcla de simpatías y de risa punitiva. En la cuarta columna, la de lo mimético bajo, el héroe ya no es superior ni a su entorno ni a los demás hombres: es igual; en el plano trágico encontramos al héroe patético, aislado por dentro y por fuera, desde el impostor (alazon) hasta el “filósofo” obsesionado por sí mismo, como Fausto y Hamlet; en el plano cómico, tenemos la comedia nueva de Menandro, la trama erótica, basada en encuentros fortuitos y en agniciones; la comedia doméstica; la novela picaresca, que narra la ascensión social del pícaro; aquí hay que situar la ficción realista descrita por nosotros en el apartado anterior. En la quinta columna, la de la ironía, el héroe es inferior a nosotros en poder y en inteligencia: lo miramos con arrogancia; pertenece al mismo modo el héroe que finge parecer inferior de lo que en realidad es, que se esfuerza en decir menos para significar más; en el plano trágico encontramos toda una colección de modelos que responden de una manera variada a las vicisitudes de la vida mediante un humor desprovisto de pasión, y que se presta al estudio del aislamiento trágico en cuanto tal: la gama es vasta, desde el pharmakos o víctima expiatoria, pasando por el héroe de la condenación inevitable (Adán, en la narración del Génesis; el señor K, en El proceso, de Kafka) hasta la víctima inocente (el Cristo de los evangelios y, no lejos, entre la ironía de lo inevitable y de lo incongruente, Prometeo); en el plano de la comedia tenemos el pharmakos expulsado (Shylock, Tartufo), el cómico punitivo, al que solo la barrera del juego salva del linchamiento, y todas las parodias de la ironía trágica, cuyos variados recursos son explotados por la novela policiaca o la de la ciencia-ficción[8].

Lo que acabamos de citar y exponer antes es sugerente; sobre todo por lo que vamos a hacer, un análisis de las narrativas políticas y sus tramas, al considerar los discursos “ideológicos”, los discursos políticos, también los discursos histórico-políticos, incluso en su forma de análisis y de historia, también de crítica, como narrativas, en el sentido de construcciones de tramas. Como dijimos, esta vez vamos a acudir al esquematismo simple de un cuadro sencillo, con el objeto de ilustrar, dejando pendiente el análisis exhaustivo para después.

Hipótesis teórica

Los discursos “ideológicos”, los discursos políticos, los discursos histórico-políticos, los análisis, la historia política, la crítica política, son narrativas, que parten de mitos y de arquetipos, también de esquemas, para abordar sus interpretaciones, descripciones, explicaciones y convocatorias. Construyen tramas; es decir, transforman la experiencia social y la memoria social en tramas, en totalidades de sentido, que relacionan el origen o nacimiento de una tragedia histórica o un drama histórico con el desenlace esperado; desenlace congénito en los hechos, en las secuencias y en los eventos desatados. Es una trama en el sentido de principio, mediación y fin; es decir, realización dada en una totalidad compuesta. Estas narrativas interpretan, de alguna manera, más directa o, en su caso, mas bien, indirecta, las historias en cuestión como destino. Los actores intervienen en la realización de su destino, estén o no conscientes; lo que hagan, a favor o en contra, de todas maneras coadyuvan, como formando parte de una astucia inherente a la realización del destino inscrito. Los discursos “ideológicos” y políticos están más cerca de la epopeya, del imaginario de la epopeya, cuando arman sus narrativas. Es el héroe el protagonista.

Ahora bien, los discurso “ideológicos” se distinguen por el contenido de la narración; dependiendo a quien le asignan el papel de héroe. En el caso del discurso oligárquico, se puede decir que esta asignación es atribuida al protomártir, al libertador, al símbolo del emprendedor, del empresario; incluso, considerando lo más avanzado del discurso conservador, teniendo un discurso, mas bien, liberal, se transmuta la figura del héroe en la figura abstracta del progreso, incluso en la figura “filosófica” de la libertad; convertidas estas figuras en personajes de la narrativa “ideológica y política. Esto último es el caso del discurso conservador, considerando todos sus estratos, sobre todo en su forma liberal.

En el caso del discurso proletario – refiriéndonos, en conjunto, a los discursos marxistas -, el héroe es la clase proletaria; el proletariado es el encargado de emancipar a la humanidad; también pueden aparecer, en condición de héroes, formando parte de la trama de la narrativa, los mártires de las luchas sociales, de las reivindicaciones de los trabajadores. En su versión más elaborada, también más abstracta, pueden aparecer, en condición de héroes, fuerzas históricas, como las fuerzas productivas, que entran en contradicción con las relaciones de producción. Haciendo hincapié al arquetipo de la epopeya, aparece el partido como el héroe histórico vanguardista.

En el caso del discurso del nacionalismo-revolucionario, la heroína es la nación, que aparece, en principio, como víctima; después, en el desenvolvimiento de la trama, resistiendo a los embates; para aparecer después en la rebelión popular, en la subversión de la nación; por último, como revelación de la finalidad inscrita en los espesores de la historia, la nación se realiza triunfando con la revolución nacional. De la misma manera, también en este caso, aparecen personajes encarnando la nación, héroes de carne y hueso y con nombres, que luchan por la liberación de la nación oprimida. El caudillo es el héroe paradigmático en esta narrativa del discurso del nacionalismo revolucionario.

En el caso del discurso indianista, la heroína es la raza indígena, la raza conquistada, sometida, colonizada, despojada y desposeída, hasta de su cultura. La raza resiste, se rebela, subvierte el orden colonial, se da la tarea de liberar a la nación indígena oprimida por los ocupantes, refiriéndose tanto a los primeros conquistadores, así como, a los herederos del colonialismo, los criollos, los blanco-mestizos, que dominan en la república. La raza profunda tiene como tarea recuperar las tierras, los territorios, la civilización y la cultura perdidos. Entonces este es el fin, la realización del destino del indio colonizado y explotado.

Como se puede ver, en tanto discursos que se mueven en el campo “ideológico” y en el campo político, son discursos distintos y contrarios, hasta antagónicos, opuestos; empero, en lo que respecta a la forma de construir la narrativa, de conformar la trama, se comportan de la misma manera, habitan la misma episteme, el mismo horizonte de visibilidad y de decibilidad. Recurren al mito, a la convocatoria del mito, recurren al arquetipo de la tragedia o del drama, recurren a los nombres universales, que absorben, en su dramático simbolismo, la representación de las multitudes enfrascadas en los avatares de la historia.

Los discursos también pueden variar por la complicación de los contenidos manejados, sus espesores, sus alcances e irradiaciones. Pueden darse formaciones discursivas más simples, más esquemáticas, mas apegadas a los prejuicios; obsesiones no elaboradas, sino planteadas descarnadamente. Este quizás sea el caso de los discursos más retrógrados en el despliegue mismo de los discursos conservadores, siendo de estos discursos los más avanzados los discursos liberales. Los discursos más apegados a los prejuicios y valores más arraigados quizás sean los que reproducen de manera evidente sus concepciones religiosas internalizadas, expresadas como sentido común de la iglesia; aunque se puede encontrar en este ámbito conservador, discursos religiosos y conservadores más trabajados. En cambio, los discursos liberales son más abiertos, pretensiosamente más mundanos y cosmopolitas, precisamente por sentirse apegados a los conceptos y valores universales, emitidos por la ilustración.

En contraste y en comparación, es notoria la elaboración conceptual y la crítica a los valores conservadores, así como a los valores liberales, por parte de la formación discursiva proletaria. La formación discursiva marxista, tal como aparece en la historia social del país, viene de la elaboración experimentada por debates intensos y confrontaciones con las otras teorías, dadas en el mundo, sobre todo con la economía política. Aunque el lenguaje teórico haya sido reducido a un lenguaje directo, más cerca de la propaganda, así como de convocatoria, el discurso no deja la tonalidad de los bagajes teóricos de donde emerge. También aparecen análisis y críticas atentas a la coyuntura, al periodo, al estudio de la situación social y económica, a la caracterización de la crisis y de la formación social en cuestión.

El discurso del nacionalismo revolucionario también presenta su exposición conceptual; sin embargo, con menos alcance teórico que la formación discursiva marxista. De todas maneras, el discurso de nacionalismo revolucionario no deja de estar influenciado por la irradiación marxista; empero, preserva su concepción convocativa a la nación y al pueblo, en contra de la anti-nación. Es un discurso menos abstracto, más local, incluso regional, vinculado a la memoria nacional de las luchas por la soberanía. Ciertamente, entre las formaciones discursivas, particularmente entre la formación discursiva marxista y el discurso del nacionalismo revolucionario se dan yuxtaposiciones y combinaciones; por ejemplo, en lo que respecta a la llamada izquierda nacional.

El discurso indianista emerge de la lucha y la memoria larga de las naciones y pueblos indígenas contra el colonialismo y su herencia, la colonialidad. En principio, se trata de un discurso directo; plantea la dominación colonial de los conquistadores, los ocupantes y sus herederos de manera señalada. Mientras las naciones y pueblos indígenas no recuperen sus tierras, sus territorios, sus instituciones, su cultura y civilización, no se vive otra cosa que la historia reiterada del colonialismo, del despojamiento y la dominación por parte de los que no han dejado de ser extranjeros. Como dijimos en otro texto, el radicalismo de este discurso se circunscribe en la tesis de la guerra de razas, no en la teoría de la lucha de clases, si bien comparte con la formación discursiva marxista el formar parte de lo que llamamos las teorías histórico-políticas[9].

Esquemáticamente, con el objeto de ilustrar, podemos decir que en el campo “ideológico”, estos cuatro discursos configuran un mapa de oposiciones concurrentes. El discurso indianista se opone a todos los otros discurso, los considera foráneos; sin embargo, el antagonismo directo es notoriamente contra el discurso oligárquico, discurso donde radican los prejuicios raciales abiertamente. La oposición con los otros discursos, el marxista y el nacionalismo revolucionario, es más una interpelación a las pretensiones de verdad de estos discursos, a las pretensiones emancipadoras de estos discurso, que terminan ocultando nuevas formas de dominación y colonialismo.

Las contradicciones entre la formación discursiva marxista y el discurso del nacionalismo revolucionario tienen que ver con la interpretación de la liberación nacional, con el carácter de la revolución nacional y el alcance histórico de esta revolución. Fuera de esta concurrencia, en lo que respecta a las llamadas tareas democrático burguesas, las diferencias son grandes en lo que corresponde a las finalidades socialistas, que el nacionalismo revolucionario no las comparte, salvo en las combinaciones dadas en la llamada izquierda nacional.

Observando el mapa del campo “ideológico”, tenemos en los extremos, de un lado, al discurso oligárquico, del otro lado, al discurso indianista; en el medio se encuentran la formación discursiva marxista y el discurso del nacionalismo revolucionario. Estas ubicaciones no tienen nada que ver con el esquematismo dual de “derecha” e “izquierda”, sino con los contenidos, las formas y las expresiones de los discursos; tienen que ver con la forma peculiar con la que conforman la trama narrativa, tienen que ver con el uso del mito y la utilización de los arquetipos.

En lo que respecta al campo político, puede ser que sea ilustrativo usar el esquematismo dualista de “derecha” e “izquierda”; empero, hay que aclarar al respecto en relación a qué se definen estas ubicaciones políticas. No sería difícil catalogar al discurso oligárquico, incluyendo al discurso liberal, como de “derecha”; empero, qué hay de los demás discursos, en lo que respecta a su distribución en el mapa del campo político. Ciertamente las concepciones marxistas consideran a los demás como estando a la “derecha” de la “izquierda” marxista, incluyendo al discurso indianista, que se les antoja “conservador”, a pesar de su lucha anticolonial; una especie de anacronismo. El nacionalismo revolucionario incluso llega a considerar a la “izquierda” internacional como colonial, extranjera y hasta ajena a la lucha nacional y en la defensa de los recursos naturales. Dependiendo de la corriente del nacionalismo revolucionario, pueden considerar próximo o alejado al discurso indianista.

En términos generales, se puede decir que el prejuicio del progreso y e supuesto del telos del desarrollo son ideales que persigue el grueso de estos discursos, excluyendo a lo más conservador del discurso oligárquico, que, mas bien, se apegaría a la tradición señorial; en contraste a este conservadurismo, son estos ideales modernos una de las características emitidas por el liberalismo. El marxismo y el nacionalismo revolucionarios postulan abiertamente la modernización, el progreso y el desarrollo; la diferencia radica en que unos, los marxistas, entienden estos postulados como condiciones históricas de socialismo, en tanto que los nacionalistas revolucionarios entiende estos postulados como soberanía, independencia nacional, así como parámetros del desarrollo nacional. Es decir, el fin no es el socialismo sino convertir en una potencia al Estado-nación. Aunque una parte de las corrientes indianistas, sobre todo las primeras, no se desapegan del todo de estos postulados, no se puede decir lo mismo de otras corrientes, más contemporáneas, que entienden la descolonización como alternativa al desarrollo y a la modernidad, actualizando la civilización y la cultura indígena.

Sin embargo, a pesar de todas estas diferencias, todos los discursos de la época comparten la metamorfosis de la trama; es decir, las transformaciones de la experiencia y de la memoria de las acciones y prácticas, en el marco del arquetipo de la epopeya. También comparten la episteme local y regional de la época, su horizonte de visibilidad y de decibilidad, así como el suelo, el zócalo epistemológico territorial. Hablamos de universales en boga. Aunque suene un poco raro decirlo respecto al discurso indianista, pues parte de la reivindicación cultural y civilizatoria; sin embargo, este planteamiento “ideológico” se construye con conceptos generales, si es que no pretenden ser universales. Por ejemplo, el concepto de indio, de indígena, adquiere una irradiación general, en los condenados de la tierra, condenados de color. Esto es comprensible, no solo por la época, no solo porque comparte el campo “ideológico” con los demás discursos, sino también porque se trata de una convocatoria política.

En resumen, las narrativas de los discursos “ideológicos” y políticos se circunscriben, en la configuración de la trama, al arquetipo de la epopeya y a la convocatoria del mito, aunque en algunos casos aborden su argumentación haciendo uso de la ciencia y de la filosofía. Estos son recursos de exposición, incluso de análisis, que sirven, en la configuración de la trama, para armar de mejor manera la composición narrativa, la misma que recurre a la totalización de sentido estructurada en la epopeya.

Los desplazamientos narrativos, las metamorfosis de la trama, se dan después de esta época moderna o de ilusión de la modernidad, fines del siglo XX, quizás en el transcurso de las dos últimas décadas. El desplazamiento hacia los arquetipos romántico, de lo mimético elevado, de lo mimético bajo, incluso llegando, en algunos casos, al arquetipo de la ironía, aparecen a fines del siglo XX, cuando la narrativa “ideológica” y política, estructurada en la trama de la epopeya, con sus tonalidades trágicas y dramáticas, entra en crisis, se desmorona ante la experiencia de la crisis de las mismas revoluciones modernas. Aparecen no sólo discursos críticos de las pretensiones de verdad de los discursos “ideológicos” y políticos, sino discursos de la duda, del cuestionamiento a los paradigmas, discursos anti-vanguardistas o que renuncian a las pretensiones vanguardistas e iluministas. Discursos donde la figura del héroe estalla en mil pedazos para convertirse en autodeterminación de las multitudes. Incluso aparecen discursos de la ironía, cuestionando toda pretensión de verdad, toda representación como acto de poder. A estas formaciones discursivas heterodoxas e iconoclastas las analizaremos después, en otros trabajos.

[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza Acontecimiento político, también Pensamiento propio. Dinámicas moleculares; La Paz 2013-2015.

[2] Paul Ricoeur: Tiempo y narración II. Configuración del tiempo en el relato de ficción. Siglo XXI; México 1995. Pág. 384.

[3] Ibídem. Pág. 384.

[4] Ibídem. Págs. 384-385.

[5] Ibídem. Pág. 388.

[6] Ibídem. Pág. 388.

[7] Northrop Frye: Anatomy of criticism. Four essays. Princeton, 1957.

[8] Ibídem. Págs. 397-398.

[9] Ver de Raúl Prada Alcoreza La guerra de razas, en Crítica de la economía política generalizada. Dinámicas moleculares; La Paz 2014-2015.