No es que no hay revolucionarias y revolucionarios, los hay, en su momento, en las coyunturas de convocatoria y emergencia, en los periodos de crisis, de luchas sociales. Lo que no se puede aceptar es que la condición de “revolucionario” sea como una esencia, que permanezca permanentemente en el tiempo. Que alguien sea “revolucionario” por esencia. Este es un mito, que puede servir, en un principio; pero, también arruinar precisamente la capacidad de crítica, de interpelación, de lucha. Ser revolucionario es una actitud en determinadas circunstancias históricas, cuando se desatan las rebeliones, individuales, grupales, colectivas y sociales contra las formas de opresión. Esta actitud para ser consecuente, debe mantener su capacidad crítica, de interpelación y de lucha. Cuando esto no ocurre, cuando se suplanta esta actitud por la sumisión al poder, aunque éste se autonombre como “revolucionario”, las características del revolucionario desaparecen. Se usa su imagen, su investidura, para legitimar procedimientos conservadores del poder, por más que se lo haga a nombre de la “revolución”.

Las condiciones políticas y sociales cambian, las coyunturas y los lapsos cambian, el mapa de los campos de fuerza cambian, entonces la actitud crítica, interpeladora y de lucha enfrenta distintas problemáticas o, por lo menos, distintos escenarios de la problemática. Pretender mantener la misma respuesta, que la que se dio en otra coyuntura, en otro lapso, en otras circunstancias, en otros escenarios, es una actitud conservadora, repetitiva y peligrosa para las luchas emancipadoras mismas. Es esta actitud de disfraz la que abunda, una vez que triunfan las “revoluciones”; lo que abundan son estos “revolucionarios” actores, dramáticos, exagerados, que hacen de jueces y de verdugos. Es cuando la simulación se impone en política.

Por otra parte, convertir la condición “revolucionaria” en una esencia es recurrir a un procedimiento de diferenciación antiguo; así se establecen las aristocracias, las noblezas. “Los mejores” se distinguen de la plebe. Del mismo modo, los “revolucionarios” esencialistas se distinguen del pueblo, son sus conductores, adquieren como el derecho a gobernar, orientar, dirigir, enseñar, incluso castigar y vigilar. Nace la nobleza de los “revolucionarios”, que imponen una dictadura, a nombre de la “revolución”, que debería ser emancipadora y libertaria.

En todas las revoluciones se ha intuido esta degeneración, se la ha intentado detener; empero, siempre han sido más fuertes los usurpadores, los que se invisten de jacobinos, de jueces y verdugos implacables de la “revolución”. Son los que destruyen por dentro la potencia y las fuerzas creativas y transformadoras de la revolución, al institucionalizarla, al convertirla en un Estado policial. Que la revolución termine de implosionar, tarde o temprano, depende de características y condiciones estructurales y de contexto. Empero, cuando la revolución se institucionaliza, su camino es éste.

La contra-revolución no solamente es externa, sino también interna; el huevo de la serpiente se anida en el propio gobierno “revolucionario”. Los portadores de esta implosión, de esta decadencia, son estos “revolucionarios” investidos, estos dramaturgos, para quienes, los que no están con ellos son enemigos, están con el “imperialismo”, la “derecha”, la “contra-revolución”. Lo que hay que haber aprendido de las experiencias sociales en las historias políticas de la modernidad es que la lucha continua, no se llega a un fin de la historia, a un acabamiento de la revolución, menos cuando se accede al poder. Las emancipaciones y liberaciones múltiples, la descolonización, requieren de procesos prologados, pues se trata de desmantelar los dispositivos de dominación. Cuando no se hace eso, cuando se cree que la “revolución” ha concluido por decreto, cuando se deja las tareas sin terminar, ocurre que se produce la restauración por otros medios, con otros discursos, con otros personajes.

La actitud “revolucionaria” emerge y desata en las clases explotadas, en los y las subalternas, en los y las condenadas de la tierra, convoca a los “intelectuales” – usamos este término que no nos gusta, sólo para ilustrar – críticos; se da lugar a movilizaciones, levantamientos, rebeliones, interpelaciones, críticas; se articulan alianzas y composiciones organizativas de lucha. Estas movilizaciones pueden derivar en insurrecciones, en guerrillas, en guerras prolongadas, pueden concluir en la victoria “revolucionaria”. Sin embargo, la condición “revolucionaria” no necesariamente es continua; depende. Se puede entrar en una etapa de reflujo; pueden dejar la actitud crítica e interpeladora los “intelectuales”, pueden dejar la actitud interpeladora y de movilización también las clases explotadas, los subalternos, los condenados de la tierra; pueden conformarse. Entonces se da como una discontinuidad, una presencia intermitente de la actitud “revolucionaria”.

Se ha tratado de evitar esta discontinuidad con la formación del partido de militantes profesionales; partido que ha logrado ciertamente, mantener el fuego, como quien dice. Sin embargo, a pesar de estos logros, el partido también puede terminar cobijando actitudes de suplantación, de simulación, encubriendo conservadurismos y restauraciones del poder. La respuesta ante esta dramática experiencia ha sido, recientemente, en la historia reciente de los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos, la de descartar el partido, descartar el vanguardismo, apostando a la espontaneidad de las movilizaciones. Empero, no parece ser tampoco ésta la respuesta a la crisis política de las revoluciones; pues o los movimientos resultan intermitentes sin lograr abolir las formas institucionales del poder, o repiten el anterior decurso, llevando al poder a gobiernos menos consistentes que los del socialismo real; empero, atravesados por las herencias de los gobierno derrocados y la herencia de las deformaciones de los gobiernos socialistas. En todo caso, es una discusión pendiente. Nosotros nos inclinamos a una combinación inédita entre la espontaneidad de las movilizaciones y formas de organización autogestionarias y autónomas. Ciertamente esta tesis es abstracta e insuficiente; empero, está en la mesa de discusión.