Es conocida la dramática apelación política del poder: si no estás conmigo, estas con los otros, con los “enemigos”. ¿Por qué no se puede no estar con ninguno? Esta apelación reduce el mundo político a dos, amigos y enemigos; no hay más. Los amigos son los que están con la verdad de la “revolución”, los enemigos son los que engañan, conspiran, quieren derrocar a la “revolución”, quieren retornar para volver a entregar el país al imperialismo. Independiente que esto sea cierto, que además puedan hacerlo, aunque les resulte difícil mientras el gobierno “revolucionario” goce del apoyo popular, lo que hay que evaluar es si los “revolucionarios”, en el poder, que reclaman lealtad, no hacen cosas parecidas a los derrocados; por ejemplo entregar los recursos naturales a las empresas trasnacionales, preservar al país en la dependencia, al no salir del modelo extractivista. Cuando el gobierno “revolucionario” hace cosas que las hubiera hecho un gobierno neoliberal, la pregunta es no solamente ¿qué reclaman los “revolucionarios” si se parecen a los otros, los “enemigos”?, sino ¿por qué quieren volver los derrocados si el gobierno “revolucionario” gobierna por ellos, promulga una ley minera, que es una traición a la patria, al entregar los recursos mineros a las grandes empresas extractivistas, en condiciones, incluso más onerosas, de las que lo había hecho el neoliberalismo, si el gobierno quiere seguir desmantelando la Constitución, buscando abolir lo más avanzado de ella, que es el carácter plurinacional, comunitario y autonómico, que es el sistema de gobierno de la democracia participativa, que son los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios?

Si fuese ese el problema, el que plantea la apelación al chantaje, la respuesta está dada hace tiempo; los derrocados no volverán; es preferible el monstruo que emergió de la movilización social al retorno de los que derrotamos. Empero, el problema no es éste, sino cómo se continúa con el “proceso de cambio”, cómo se transforman las estructuras y las instituciones, cómo se construye el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Obviamente no es cayendo en el chantaje de que si no estás conmigo estas con los “enemigos”. Caer en el chantaje es caer en la inmovilización, también en la complicidad con la inercia política, sobre todo con la decadencia. Esta complicidad es apostar por la muerte del “proceso de cambio”, una muerte que nace adentro, donde se conforma, poco a poco, retroceso a retroceso, la implosión.

La otra pregunta que se deriva de las anteriores, sobre todo de la interpelación al chantaje, es ¿cómo no coadyuvar a los “enemigos”? Aunque tenga que ver con la apelación al chantaje, no deja de ser pertinente, sobre todo porque la política transcurre en campos de fuerzas. Si se tiene claro lo que significan los “enemigos”, su papel político en la dependencia del país, en la subordinación del Estado al imperio y a los imperialismos, en el entreguismo de los recursos naturales, entonces la lucha consecuente contra la dependencia, contra el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, contra el orden mundial de las dominaciones, el imperio y el imperialismo, es una clara demarcación respecto a las pretensiones de los “enemigos”. Ahora bien, esta posición lleva, primero, a exigir al gobierno “revolucionario” consecuencia, sobre temas tan caros para el pueblo y los y las movilizadas en las luchas; segundo, si no es consecuente el gobierno, si muestra debilidades, interpelarlo por su posición comprometedora, por el doble discurso, por la verborrea antimperialista, empero, en la práctica, una efectiva subordinación a las estructuras de poder local, regional y mundial; tercero, movilizarse por reconducir el “proceso de cambio”. En otras palabras, no coadyuvar a los “enemigos” es también no ser cómplices con políticas demagógicas, que encubren efectivos entreguismos y continuismos, a pesar de que se lo haga en mejores condiciones de los términos de intercambio.

Los que no han aprendido estas lecciones de las historias políticas de las luchas anticoloniales y antimperialistas de nuestros pueblos son los ideólogos, apologistas y propagandistas “revolucionarios” del gobierno popular. Ellos creen que hay que apoyarlos en todo, en sus aciertos y en sus errores, en sus consecuencias y en sus contradicciones, en su mito y en su velado entreguismo, velada subordinación, velada restauración, encubiertas con propaganda y discursos dramáticos. Ellos creen que se lucha contra el imperio y los imperialismos, contra la colonialidad heredada, con discursos encendidos; aunque en la práctica, no se atreven a cambiar nada, ni la condición de dependencia, ni la condición extractivista de la economía, ni la condición rentista del Estado, ni la condición de la estructura de desigualdades, aunque haya mejorado, en comparación, la situación social. Están pues equivocados; ésta es la mejor manera, la más efectiva, de mantener la dominación del imperio, de los imperialismo, de la colonialidad, pues confunde, hace cree que la “revolución” se ha cumplido, debilita las fuerzas, inhibe las capacidades, obstruye la continuación consecuente del “proceso de cambio”, obstaculiza la continuidad de las emancipaciones y liberaciones múltiples.