En el poder no se salvan siquiera los que tuvieron formación militante. Éstos, a pesar de su formación política, a pesar de venir de tradiciones de luchas, cuando se encuentran cumpliendo funciones administrativas, como funcionarios, o como militantes oficialistas, como propagandistas, incluso como difusores del programa de gobierno, se dejan atrapar por las telarañas del poder. Pierden todo el sentido crítico, que, quizás mantenían al principio de la gestión de gobierno. Se convierten como los otros, en celosos e intransigentes defensores del gobierno, al que consideran fin de la historia, la apoteosis misma de la “revolución”. En vez de hacer análisis, terminan haciendo cantos y loas a todo lo que hace el gobierno, incluyendo sus crasos errores y evidentes contradicciones. Lo aprueban todo como indulgentes militantes. ¿Por qué pasa esto, en quienes se esperaría una actitud más atenta, si es que no pueden que sea crítica? ¿El poder los toma, los absorbe, los seduce, de tal manera, que pierden toda cordura?

Este es el tema crucial. Esta gente que tiene formación militante no tiene capacidad de defenderse ante los cantos de sirena del poder. Son vulnerables a las atmosferas y microclimas del poder; atmósferas institucionales que se forman como burbujas, donde se encuentran. La renuncia a la crítica los lleva a confundir la propaganda con la realidad, como los otros, serviles consumados, que no gozan de formación militante, sino se explayan en el “saber” astuto de los oportunistas. Terminan pareciéndose tanto, los unos y los otros, lo militantes y los oportunistas, que acaban reforzándose mutuamente sus propias miserias.

El problema que no ven los militantes oficialistas es que el poder es una maquinaria organizadora de las fuerzas; las organiza de tal manera que la composición deriva en un bloque conservador, restaurador de la institucionalidad, reproductor de las dominaciones polimorfas. Lo peor ocurre cuando este bloque tiene que ejecutar el papel represor, pues las protestas y las movilizaciones, la crítica a lo que ocurre, a esta inflexión hacia lo anterior, no tardan en dejarse sentir. Es cuando la actitud de los militantes adquiere tonalidades patéticas; como se dice popularmente, hacen esfuerzos denodados por justificar lo injustificable. Sólo convencen a los convencidos, entre ellos se alimentan, se conceden, se hacen cómplices de esta repugnante labor de policías. ¿Cómo funciona la mecánica de fuerzas en el bloque oficialistas como para que los militantes pierdan la cordura?

Se produce como una seducción por esta condición de disponibilidad de fuerzas, que es poder. Un dejarse afectar por la mayoría partidaria, que tiene más apego a los mitos e interpreta el mundo a través de los mitos. También se enamoran del caudillo, que, en realidad es un imaginario colectivo. Se convierte este símbolo en el sentido de sus vidas; a quién dedican sus esfuerzos militantes. Han convertido la militancia, que antes era de lucha, en una labor de endiosamiento. Son los nuevos sacerdotes.

Para responder a las cuestionantes, es menester comprender que el poder no es algo externo, es también algo interno. Atraviesa los cuerpos, des-constituye y constituye subjetividades. Un militante “revolucionario” en el poder, investido por el poder, no puede sino cumplir con su investidura, con su nuevo rol. Por más que insista en declararse “revolucionario” no lo es, ha dejado de serlo, a partir de sus nuevas tareas asignadas, que no son otras que de preservar el poder. No se controlan estos acondicionamientos, estas presiones de la maquinaria del poder, la afectación de estos microclimas burbujeantes del poder. Son muchos más fuertes que los reparos que pueda oponer el militante.

El problema es haber optado por el poder y no por el desmantelamiento del poder. El poder es la historia misma de las sociedades; se constituyó en todas y a través de todas las dominaciones inventadas por parte de las sociedades, la dominante. El poder se hizo carne en los comportamientos, en las conductas, en los habitus, en los prejuicios, en los imaginarios, si se quiere, en los sujetos. Es una ilusión pretender convivir con el poder, usarlo para transformar. Esta es una tesis ingenua. El poder está ahí, afuera y adentro, para ejercer poder, para dominar, para capturar, para apropiarse, para despojar y desaposesionar, para investir a dominantes y dominados. Puede acompañarse esta labor de dominaciones con discursos “revolucionarios”; empero, estos discursos no cambian en nada la dirección, el efecto, el sentido del despliegue de las fuerzas, organizadas por el poder. Por eso, los militantes, terminan envueltos en dramas, hasta en crímenes injustificables, incluso cometidos a nombre de la “revolución”. Es el momento que se hace ineludible la evidencia; los militantes se han convertido en verdugos del pueblo.

La militancia fue una forma de organización para luchar más efectivamente contra el poder; la militancia no garantiza salvarse de la telaraña del poder, una vez que se está en funciones de poder. No se puede usar la militancia en sentido emancipador cumpliendo funciones de poder; es decir, de dominación. No solo es una confusión, sino algo peor; es la forma más atroz de renunciar a un pasado combativo. Las contradicciones saltan a la vista, la paradójica situación del militante se convierten un drama, si es que no es una tragedia.

Quizás el militante retrocede poco a poco; al principio resistiéndose, poniendo reparos; después, justificando sus primeros pasos; para luego embarcarse vertiginosamente en la caída. Adquiere el perfil de todos los políticos de Estado. Cínico, maquiavélico vulgar, pragmático hasta la médula.