Esta corta frase original atribuida al emperador romano Julio César (que gobernó entre el 27 a. C – 14 d. C), y que se traduce como “divide y vencerás”, tiene la enorme virtud de haber trascendido tantísimos siglos, para continuar constituyéndose -inclusive en la actualidad- en uno de los principios fundamentales de la teoría política, sea para explicar una de las maneras más corrientes para conservar y mantener el poder de gobierno, o una de las herramientas preferidas de los gobernantes para generar hegemonía.

Y esta manera de interpretar y concebir aquella frase, tiene sus bases en la obra fundante de Maquiavelo, titulada El Príncipe. Allí, como es bien sabido, terminó desarrollando con mayor precisión y detalle esa acepción atribuida a Julio César, al mismo tiempo de proponerse esclarecer la naturaleza del poder y las mejores maneras de conservarlo.

En Bolivia, como buscando reafirmar la centralidad y protagonismo de los sectores populares frente al Estado y sus gobiernos, pero sobre todo expresando su consabida capacidad para responder, e inclusive anticiparse a los artilugios del poder y del Estado para someterlos y dominarlos, han contrapuesto sistemáticamente -sea como praxis o consigna-, esa fórmula tan conocida de que “el pueblo unido, jamás será vencido”.

A contrapelo de esa conciencia popular (muy extrañamente por el origen y la escuela de donde proviene), puede sostenerse que dicha máxima de “divide y vencerás”, durante los últimos años, ha constituido un modo preferente y hasta prioritario de acción gubernamental. Y es que no solo ha dividido a las organizaciones y los sectores sociales, que luego de imponer dirigencias paralelas y antagónicas, se han visto enfrentadas y en pugna; sino que ha exacerbado las contradicciones y ha polarizado los intereses tanto en el bloque hegemónico, las propias organizaciones sociales, como en la misma sociedad civil. Ello es totalmente verificable, cuando estableció acuerdos y alianzas con sectores y dirigentes declaradamente opositores, derechistas y/o dominantes (que en el pasado inmediato rechazaron el proceso), o cuando aprobó medidas y aplicó políticas públicas claramente contradictorias con el ideario, el discurso y la propia Constitución Política del Estado.

Los resultados fueron claramente favorables, puesto que entre la división, la pugna, enfrentamiento y desilusión que embargó a las bases de los sectores sociales y las mismas organizaciones populares; se logró establecer una hegemonía, claramente acrítica y hasta fanática, que le otorgó las bases y los argumentos para imponerse y tratar de lograr el control total del poder, independientemente ya de la lucha y el rumbo de un proceso de cambio y transformación marcado originalmente.

Sin reparar en el hecho de que semejante herramienta contiene las expresiones más detestables del dominio colonial, patriarcal, prebendalista y autoritario, puesto que no repara en utilizar cualquier medio con tal de sostener y mantener vigente la figura del caudillo, del jefe o la autoridad (que dicho sea de paso, también puede explicar la imposibilidad e incapacidad de desarrollar otros y nuevos liderazgos que aseguren el proceso), el gobierno decidió llevar al extremo este principio, nada menos que en las últimas elecciones subnacionales.

La amenaza de no trabajar ni de realizar ningún tipo de obras con los municipios y gobernaciones donde el pueblo elija a opositores, expresa claramente no solo el afán de dividir a la población a favor o en contra, sino de polarizarla hasta el punto de su máxima tensión. Sea porque los candidatos oficialistas no habían dado la talla necesaria para convencer a los electores, sea porque anticipadamente se sabía que la elección de sus candidatos ya había dividido a los propios seguidores oficialistas y sus organizaciones, o sea porque había calado tanto el deseo de coparlo todo, sin respetar la más elemental libertad de elegir y decidir que tiene el pueblo y sus ciudadanos, el gobierno hizo su mayor apuesta y quiso probar la respuesta y la adhesión del pueblo.

Todos conocemos el desenlace electoral y aunque ciertamente persiste la falta de capacidad autocrítica en el gobierno para explicar los resultados, es de esperar que se produzca la necesaria madurez para comprender el desenlace político (y aprender la lección).

(*) Sociólogo.